humillación

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    Cuando tenía 15 años, hice uno de mis primeros viajes en micro desde y hacia mi colegio. En ese tiempo existían las micros amarillas. Era hora punta. Siempre pensé que estando cerca del chofer, estaría más segura, pero no. Iba de pie, ubicada al costado del chofer y la micro iba llenísima y todos me empujaban para bajar o subir. Recuerdo que era invierno y nos permitían ir con pantalones. En una parada, entre empujones sentí una mano que me apretó en la parte más baja de mi trasero y vagina, por lo que horrorizada miré hacia atrás y no había nadie. No había tipo a quien culpar, nadie vio algo y de seguro el que me abusó bajó rápidamente de la micro. Para mí eso traspasó el límite de acoso. Tocar un cuerpo y unos genitales ajenos es abuso sexual. Desde ese momento, busqué pantalones más holgados y a usar prendas masculinas; todo para insinuarme lo menos posible. Pero seguía recibía palabrotas obscenas en la calle.

    A mis 22 años, con mi mochila cargada de libros dirigiéndome a la universidad, un tipo en evidente estado de ebriedad que se estaba tambaleando, se acercó y me tocó el trasero. Me acordé de la vez anterior, por lo que tomé mi pesado bolso y como pude lo levanté y golpeé en la cabeza al hombre; después lloré de impotencia. A mi lado había una caseta de seguridad ciudadana. El tipo que estaba ahí me preguntó qué había pasado, y yo entre lágrimas le dije que un degenerado me había tocado el trasero. Y él solo rió.

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      Tengo 20 años y soy de La Florida. Hace dos meses, comencé a ir al gimnasio, que queda a unos 15 minutos de mi casa. Por horario, solo puedo ir de 8 a 10 de la noche. Jamás me vestí con ropa apretada al cuerpo ni nada por el estilo, ya que quería sentirme cómoda haciendo deporte.

      El día lunes, como de costumbre, salí de mi casa al gimnasio. Andaba con calzas y un polerón muy ancho. No se me marcaba nada. Iba tranquila caminando, me faltaba una cuadra y media para llegar, cuando vi el camión de la basura. Pensé que algunos de esos trabajadores eran muy confianzudos, pero tampoco quise generalizar. Finalmente, dejé de pensar tonteras y seguí hacia mi destino, cuando de repente se acercó uno de los basureros y me miró. Mejor dicho, casi me desnudó con la mirada. Me sentí terriblemente desnuda. Pensé que lo mejor era ignorarlo e irme rápido al gimnasio, cuando apareció otro basurero y me hizo el típico sonido “tssts” para llamar mi atención. Nuevamente, caminé mucho más rápido, hasta que un tercer basurero, de unos 50 años, se me acercó, mucho más confianzudo, se paró frentea  mí y me dijo, “hola, cosita ¿cómo estás?’’. Yo me paralicé. No es normal que alguien se acerque y me salude tan cariñosamente sin conocerme y en ese tono tan “califa”. Decidí ignorarlo. Sin embargo, no se apartaba de mí, luego hizo un gesto llamando a los otros dos que me habían mirado y hecho sonidos para molestarme. Mientras se acercaban, mi desesperación crecía. No sabía qué hacer, no reaccionaba. Veía que la gente pasaba, pero se hacía a un lado. Al final, me armé de fuerzas y grité con todo lo que tenía. Les dije de todo: que si él estaba consciente de que yo podía ser su hija o hasta su nieta y que si no le daba vergüenza. Y su respuesta fue reírse. Me sentí humillada. La gente solo pasaba rápidamente por nuestro lado. Me fui con el amargo sabor de haber sido intimidada. Fue la peor experiencia. Solo espero no volver a encontrarme con ellos, porque ni siquiera tengo el consuelo de que la gente me podría ayudar.

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        Un día, un número desconocido me llamó. Contesté y un tipo me dijo “tení las medias tetas”. De fondo se escucharon varias risas de hombres. La rabia e impotencia por no saber quién era el tipo que había hablado no han bajado con los años. Lo que es una broma inocente para algunos, para mí fue una carga sobre mis hombros. Cuando una es chica, su apariencia física siempre es un tema complicado y ser voluptuosa desde los 13 fue difícil. Antes de mirarme a la cara, me miraban las pechugas. Los desubicados no saben lo insegura que eso hacen sentir y el tiempo que me tomó aceptar mi cuerpo tal cual es. Ahora, después de recibir innumerables opiniones sobre mi cuerpo -que yo no pedí- puedo decir que amo ser mujer y amo mi cuerpo. Me encanta la lucha contra el acoso, porque me hace sentir segura, más confiada y con un apoyo infinito. Sé que si actuamos unidas tarde o temprano la sociedad entenderá que el “piropo” es invasivo e hiriente.

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          Esto me pasó como a los 19 o 20 años. Hoy tengo 25, pero aún no se me ha quitado el miedo a andar sola de noche. Eran como las 22:30 hrs. y yo iba llegando a mi casa, luego de haberme quedado hasta tarde en la universidad haciendo un trabajo. Bajé de la micro, que me dejaba a una cuadra de mi casa, y me dispuse a caminar. Siempre mis papás se quejaban de que esa calle era demasiado oscura, pero según yo eran exagerados. A medio camino más o menos alguien me abrazó fuerte por la espalda. Justo había terminado un pololeo largo hacía poco y por un instante pensé que mi ex me estaba esperando para pedirme volver o algo así, pero ahí me di cuenta de que más que abrazarme, me querían inmovilizar. Cuando me tenía completamente inmovilizada, con fuerza, el tipo me metió una mano por debajo de la parka (era invierno y andaba muy abrigada) y me levantó del agarrón que me dio en el trasero y en la vagina. Afortunadamente atiné a gritar y el tipo salió corriendo. Le grité un millón de cosas hasta que lo perdí de vista. Me fui corriendo a mi casa muerta de miedo y más encima con la entrepierna súper adolorida. Nadie salió a mirar qué pasaba. Llegué a mi casa en estado de shock, llorando en silencio. Fue difícil contarlo, porque había visitas en la casa, y por alguna razón me daba vergüenza que ellos escucharan, pero mi papá me abrazó, me terminé de quebrar y les conté todo. Mi papá salió con sus amigos a buscar al tipo, pero no lo encontraron. Desde entonces, cada vez que llegaba a mi casa después de las siete de la tarde, alguien me iba a buscar al paradero, aunque fuera solamente una cuadra, y eso se mantuvo hasta que me fui de la casa de mis papás. Hoy han pasado varios años, pero me sigue atemorizando caminar sola de noche, muchas veces termino llamando a mi pareja para que me vaya a buscar al metro o derechamente tomo un taxi.