impotencia

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    Tengo varias experiencias que compartir aquí, pero cuento esta porque es la más reciente y una de las que más me ha afectado anímicamente.

    Hace una semana vino a verme desde el sur mi mamá. Como vivimos lejos, vernos es un gran acontecimiento, así que salimos a comer algo rico a Providencia. Sabía que a la vuelta tendríamos que tomar la tristemente conocida micro 210, así que comimos y pagamos rápido para volver temprano, a eso de las 12:00 de la noche. Como cualquier día viernes, la micro venía llena con mucha gente tomando y fumando arriba. Yo soy emetofóbica (fobia al vómito), y justo tuve la mala suerte de que un hombre se puso a vomitar (de borracho) arriba de la micro, cerca de donde estábamos con mi mamá. Me puse muy nerviosa y avancé hasta el frente como pude (los que tienen alguna fobia entenderán que no fue de exagerada, sino para evitar un ataque de pánico), sin embargo mi mamá no pudo pasar con toda la gente que había, así que se quedó atrás. Mientras me sujetaba como podía, porque estaba tiritando y llorando por lo que acababa de ver, sentí una mano tocándome por atrás, fuerte, sin disimulo ni vergüenza. No fue un agarrón cualquiera, su dedo índice presionaba con fuerza mi vagina por sobre la ropa. Me quedé helada. Nadie, nunca, ni siquiera con mi consentimiento, me había tocado así, con esa brutalidad. Normalmente cuando me gritan cosas en la calle les respondo o al menos les hago algún gesto, pero iba tan mal con lo que acababa de pasar que no atiné a nada, solo a darme vuelta para que parara. Vi que era un niño, no mayor que yo, y me dio demasiada rabia la liviandad con que se tomaba lo que acababa de hacer. Ni siquiera le dio vergüenza que lo identificara. No ocultó su cara. Y yo que no había hecho nada malo, que había caminado a ese lugar de la micro buscando sentirme segura después de algo que había sido traumático, me tocó sentir culpa, vergüenza e impotencia. Agaché la cara y contuve las lágrimas, como si hubiera sido mi responsabilidad que me ultrajaran y por haber estado justo en ese lugar.

    Cuando nos bajamos, mi mamá asumió que seguía llorando por lo del viejo vomitando. Me consoló y me preparó un tecito. Cuando le conté, me dijo que no tomara nunca más esa micro. Luego le comenté a mi pololo y me dijo: “Pucha amor, que tienes mala suerte”. Pero lo peor fue contarle a mi papá, cito textual: “Tú eres tonta, como vas a andar sola en la micro a esa hora. Si un día te violan va a ser culpa tuya, de nadie más que tuya”.

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      Desde mi adolescencia he sufrido acoso. Tuve un vecino que me seguía y cuando salía a comprar me esperaba en las esquinas y me llamaba. Debido a que vivía junto a mi casa, sabía cada uno de mis movimientos. Lo más atrevido que hizo fue seguirme un día temprano en su auto mientras yo iba camino a la escuela, se detuvo en frente de mí y me abrió la puerta de su auto.

      He crecido con esa impotencia de no poder hacer nada, ya que si respondes algo te pueden insultar más o agredir físicamente, lo que sería terrible, porque un hombre siempre va a tener más fuerza que una mujer que no tiene entrenamiento.

      Nunca he sido sensual, coqueta, ni he tenido un físico perfecto, pero siempre fui la más alta de mi clase y con caderas prominentes. Hoy mido 1.65 metros, tengo un sobrepeso importante y me visto como un vagabundo, según dice mi padre, pero aún así los tipos se me acercan para decirme al oído estupideces. Con 24 años me da terror caminar junto a un hombre mayor en la calle.

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        Gracias a su testimonio, se pudo demostrar que los cuerpos de las mujeres siguen siendo considerados como propiedad pública.

        El medio ‘‘Bustle’’ evidenció el daño que causa el acoso callejero, a partir de una carta que una joven irlandesa envió al diario ‘‘The Irish Times’’. Se trata del testimonio de Jenny Stanley en el que relata la angustiosa situación que vivió hace un tiempo, mientras esperaba el bus para ir a su casa, en Dublín.

        Así es como Stanley describió una parte de su experiencia:

        ‘‘Comenzó cuando un miembro del grupo me miró fijo a los ojos, me señaló y les dijo a los otros: ‘Me gusta esa’. Otro concordó e insinuó lo que a él le gustaría hacerme si me llevara a casa, mientras un tercer hombre añadió detalles de lo que a él me haría. Básicamente yo era un objeto para satisfacer sus deseos. Las cosas que dijeron me llenaron de furia y, para ser honesta, hicieron que cuestionara mi valor como persona”.

        A partir de esto, se pueden desprender algunas de las formas en las que el acoso callejero nos ha dañado como sociedad y como personas.

        • El acoso callejero perpetúa la desigualdad de género en la sociedad
          ‘‘Si puedo ser vista de esa forma, es porque estas personas no me perciben como un miembro igualitario de esta sociedad’’, escribió Stanley. De hecho, el acoso callejero demuestra que los cuerpos de las mujeres se siguen considerando como propiedad pública, de la que se pueden emitir comentarios, y no como las de un ser humano con privacidad. Esto se evidencia por medio de calificaciones que se hacen a las mujeres de “puta” o “zorra”, a través de la cultura de la violación y también por medio de ataques a los derechos sexuales reproductivos. Ningún cuerpo es propiedad pública.
        • El acoso callejero disminuye la libertad de tránsito en el espacio público
          Las personas pueden ser acosadas donde sea que vayan y bajo cualquier circunstancia. El sentimiento de inseguridad en los espacios públicos restringe la movilidad de las víctimas y provoca que estas caminen con miedo a ser acosadas o violentadas, cuando desean o necesitan ir a un lugar.
        • El acoso callejero aísla a las víctimas y las hace sentir solas
          A menudo, las personas no responden al acoso callejero, incluso a veces forman parte de este. Anne Thériault, escritora de medios como Washington Post, Vice, The Daily Dot y The Toas, publicó un testimonio en Facebook sobre cómo recibió un comentario de un hombre en la calle y la respuesta que ella le dio. Sin embargo, cuando lo hizo un grupo de hombres que la observaban le dijeron que ‘‘le debía gustar la atención que recibía’’ y que ‘‘lo estaba pidiendo” (por su forma de vestir). Incluso algunas personas que no son acosadoras, reafirman y apoyan la idea de que este comportamiento es correcto (siendo que no lo es).
        • El acoso callejero limita la expresión de la identidad de género
          La diversidad sexual a menudo sufre acoso callejero de forma muy violenta. Este comportamiento no solo cosifica a la mujer, sino que demuestra la intolerancia social existente hacia la diversidad sexual y a quienes no se sienten cómodos dentro del binarismo de género.
        • El acoso callejero hace que las personas olviden cómo merecen ser tratadas
          ‘‘La experiencia de esta noche me develó que me he convertido en alguien sin sensibilidad a este tipo de comportamientos, porque mi reacción fue el silencio”, aseveró Stanley. Debido a lo común del acoso callejero, las víctimas olvidan que ellas no merecen estas agresiones. Lo que se produce normalmente son la objetificación y las amenazas. Sin embargo, después de un tiempo se genera, como lo señala Stanley, el ‘‘cuestionamiento de tu valor como persona’’.

        Respecto a este tipo de agresiones, Josefa Crino, coordinadora del Área de Intervención de OCAC Chile señala: ‘‘El acoso callejero, al ser un tipo de violencia normalizada por la población, deja en manos de la víctima la responsabilidad de estos ataques, ya que apela a la provocación que estas víctimas puedan generar en el acosador. Cuando se vive una experiencia como esta, se genera un trauma propio de sentirse violentado sexualmente. Junto con ello, se produce un sentimiento de culpa por parte de la víctima, que debe enfrentar la poca empatía y nula contención de los demás. Es por esto que las personas no hacen las denuncias y tienden a aislarse’’.

        ‘‘En relación con la normalización de la violencia, si una persona tolera este tipo de trato en el espacio público, y no denuncia ni enfrenta el acoso, permite que se ejerza violencia sobre ella misma y olvida que se están vulnerando sus derechos’’.

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          Seremos una sociedad desarrollada cuando seamos más consciente de lo que nos rodea y nos involucremos en eso. Hoy fui acosada en una micro de la línea San Remo, recorrido M (San Pedro-Concepción). Yo iba en uno de los asientos traseros centrales, cuando un joven de no más de 30 años comenzó a masturbarse. De inmediato le dije al chofer lo que lo que ocurría y él me respondió: “ya, y ¿qué quiere que le haga?”. Con lo súper ruda que soy, me sentí increíblemente desprotegida. Llegué a llorar a mi casa de la rabia e impotencia ¿Qué más podía hacer yo? ¿Bajarme de la micro? ¿Romperle los dientes de un puñetazo al tipo y al chofer?

          El respeto callejero es simplemente una forma de resguardar nuestro derecho a llegar tranquilas a la casa cuando nos movilizamos a plena luz del día (o a la hora que sea) en el transporte público. Los que no lo han vivido, deberían tener un poco de empatía.

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            Tengo 25 años, soy una profesional del área de las ciencias sociales y procuro trabajar por el bienestar de otros. El camino ha sido difícil.

            La primera vez que me sentí violentada fue a los 16 años mientras iba camino al colegio. Todas las mañanas un vecino mayor, de 60 años, se sentaba al mi lado cuando viajábamos en la micro. Un día me tocó y al mirarlo, él me pidió que no dijera nada. Al comienzo creí que no había sido intencional, pero luego volvió a tocarme y yo lo enfrenté. Llegué a mi colegio y no hice más que llorar de impotencia. Después con mis padres establecimos una denuncia en Carabineros y con el tiempo nos citaron a la Fiscalía para declarar. En aquella ocasión, el persecutor me señaló que no tuviera esperanzas, porque por lo general estas denuncias no terminaban en nada.

            Han pasado cerca de 10 años, he vuelto a ver a este hombre en distintas ocasiones, y me sigue generando miedo. Algunas personas creen que hacer este tipo de actos puede ser insignificante, pero pienso que poca gente dimensiona el daño que esto produce en las víctimas. En mi caso tuve que enfrentar un tratamiento psicológico, ya que afectó mis relaciones interpersonales. Comencé a sentir miedo a los hombres, miraba con desconfianza las muestras de cariño y dejé de sentirme cómoda con las ropas más llamativas.

            Es por esto que escribo mi testimonio, porque estoy cansada de sobrellevar una situación que atentó contra mi voluntad y que me ha perjudicado tanto. ¡Es necesario que todos y todas terminemos con el acoso y volvamos a sentirnos seguros y seguras en nuestros propios espacios!

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              Cuando tenía ocho años, un día soleado iba caminando al colegio sola. No me desarrollé mucho; a esa edad mi cuerpo era totalmente de niña, recién me estaban saliendo senos y no se notaban para nada. Ese día, sentí una mano que asquerosamente tocaba mi seno mientras caminaba. Lo hizo mientras iba en dirección contraria; yo quedé congelada ya que fue algo muy traumático.

              Hoy tengo 25 años y si bien no puedo describir con exactitud ese día, recuerdo muy bien la sensación, mi miedo, mi impotencia y mi culpa. Cada vez que paso cerca de un hombre, de forma inconsciente pongo un brazo como barrera para que nadie me toque, para que no me pase lo mismo.

              Cuando tenía 20 años, el pololo de mi mejor amiga, de ese entonces, trató de violarme. Siempre había pensado, cuando veía las noticias o cuando escuchaba esto de otras personas, que si alguien intentaba violarme me defendería, no me quedaría callada, etc. Sin embargo, cuando pasó esa situación me congelé y ni siquiera pude hablar; fue algo muy violento. Lamentablemente, mi amiga desechó nuestra amistad y prefirió quedarse con él, pese a que fui yo quien le contó a ella. Unos días después fui a Carabineros, pero no me tomaron en cuenta, y al final todo quedó ahí.

              Es impactante ver cómo somos vulneradas en la calle, en la publicidad o hasta en nuestra propia familia. Si nos pasa algo, es nos echan la culpa. Nosotras fuimos las que provocamos o somos las tontas, las confiadas y las que no debimos pasar por tal calle. Me impresiona que alguien abuse sexualmente de otro y que no tengamos el amparo legal o protección.

              Siento que ser mujer en esta sociedad es horrible: no puedes vestirte como deseas, ya que, sea como sea tu ropa, por muy tapada que estés si te violan o abusan de ti, es tu culpa siempre. Eres un objeto, eres un cuerpo, y un hombre puede decir y hacer lo que quiera. No digo que todos los hombres sean iguales, pero en definitiva pienso que el no poder caminar por una simple calle sin tener miedo, es algo realmente preocupante. Debería ser una preocupación social.

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                En 2013 iba a mi casa después de salir de clases, con mi jumper que ni siquiera es provocador y un polerón ancho que me llegaba hasta el trasero; en esos momentos tenía 14 años. Estaba a una cuadra de mi casa cuando furgón blanco se estacionó frente a mí. De ahí se bajó un hombre de unos 40 años que iba de copiloto, me agarró y empezó a tocarme, ¡se estaba masturbando! No supe qué hacer y quedé en shock. Él intentó subirme al furgón y lo único que atiné a hacer fue a tratar de safarme. Menos mal que justo iba pasando gente por la vereda de al frente, así que me dejó. Salí corriendo desconcertada, ya que no entendía bien que había pasado, corrí hasta el portón de la villa donde vivo e intenté buscar las llaves pero no pude de lo nerviosa que estaba, ya que pensaba que me seguía de nuevo. Entonces corrí hasta el otro lado de la villa donde la puerta del portón estaba abierta, cuando por fin llegué a la puerta de mi casa la golpeé con tanta fuerza que mi mamá abrió asustada y me dijo: “¿Qué te pasa?”. Y yo sólo me puse a llorar. Después de contarle lo que había sucedido, fuimos a la comisaría que queda cerca de mi casa, pero una vez allí los carabineros me dijieron que estaban de manos atadas, porque no habían pruebas. ¡Sentí mucha rabia! Ni siquiera salieron a rondar por el sector para ver si veían el furgón blanco. Me costó tanto superar lo que pasó que, desde ese día y durante todo ese año, mi mamá me tuvo que ir a dejar y a buscar al colegio.

                Ahora, con 16 años, estaba esperando a mi mejor amigo afuera de un supermercado, que era donde nos íbamos a juntar, pero llegué antes, y mientras lo esperaba, un taxista de como 60 años se paró frente a mí, me tocó la bocina y dijo: ”Yo la llevo mi guachita, venga mamita’’. Lo bajé y lo subí a garabatos hasta que se fue; me dio mucha rabia e impotencia, porque me vinieron los recuerdos de lo que me había pasado anteriormente y me puse a llorar hasta que llegó mi mejor amigo.

                Me he topado con tanta gente pervertida, que ya casi ni me siento segura en este país en donde si te acosan, nadie hace nada. Además siento rabia que digan que es por cómo nos vestimos, porque me visto normal y no ando de provocativa por la vida. Es más, ¡ni siquiera parezco de mi edad! Me veo menor y siempre me echan unos 14 años e incluso menos. Espero que con los testimonios de todos/as logremos hacer algún cambio en este país.

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                  Esto pasó hace poco. Iba volviendo de la casa de una amiga a pie. Yo vivo en Ñuñoa, calle Los Cerezos con Eduardo Castillo Velasco. Era de noche, las 22 horas. Como siempre iba mirando hacia atrás cada diez segundos para ver si no me sigue nadie. Cuando faltaban dos cuadras para mi casa, vi a alguien caminando a mi ritmo y mirándome en la vereda de enfrente. Estaba con capucha rosada o naranja (no se veía bien de noche), chaqueta negra y jeans, un metro setenta y algo, era flaco.

                  Me daba vuelta mientras caminaba cada vez más rápido y el tipo me seguía desde la otra vereda. Me apuré más hasta llegar al frente de mi casa, saqué las llaves rápido, pero él ya estaba detrás mío. Pasó todo muy rápido, el tipo me agarró un seno con fuerza y salió corriendo. Yo me quedé ahí helada, qué sacaba con gritar. Abrí el portón de mi pasaje y entré.

                  Ya sabíamos con mi familia de un caso similar, quizás en manos del mismo enfermo que andaba por el sector atacando a mujeres que andaban solas. Yo no salí dañada físicamente, pero el miedo es algo que siempre quedará. Esto no me pasó por usar ropa provocativa ni andar en exceso arreglada, simplemente me pasó por ser mujer.

                  Pensaba en cambiarme de barrio, pero esto es algo que pasa en todos lados. Me hubiera gustado haber podido inmovilizarlo, haberle mirado el rostro. Haber gritado, haber hecho algo al respecto. El no poder hacer nada aún me desespera, me da rabia, impotencia. Por eso les dejo mi testimonio, además de hacer la denuncia a Carabineros.

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                    “Cuando yo sea mayor estaré entrenando a otras chicas, para que los slums (barrios pobres de Kenia) se llenen de super heroínas y no tengamos que tener miedo nunca más” dice Teresa.

                    Sarah Achieng, campeona de boxeo de África del Este y Central en la categoría de peso pluma, es miembro del equipo keniano Box Girls. / SEBASTIÁN RUIZ para lanación.cl

                    Nairobi es la capital de Kenia, una ciudad pluriétnica y multireligiosa donde convergen la explotación, la pobreza y la violencia, sobre todo hacia la mujer. Insertas en esta realidad machista, un grupo de mujeres ha encontrado en el boxeo una forma de empoderarse y generar lazos en la comunidad.

                    De acuerdo expresó al medio escrito La Nación Sara Achieg, campeona de boxeo femenino africana, “las mujeres aquí viven una inseguridad altísima. Hay muchas violaciones y embarazos precoces. Bastantes chicas contraen el VIH a causa de estos abusos”. De acuerdo a datos entregados por el Nairobi Women’s Hospital, cada media hora, una mujer es violada en Kenia.

                    Ruth Mumbi, activista y una de las una de las fundadoras de Bunge la Wamama Mashinani (BLWM), expresa para elpaís.com, que “el patriarcado keniano en el gobierno ha dejado un vacío legal que permite la humillación de las mujeres. La tendencia emergente en Kenia de desnudar a las mujeres en público es muy preocupante. A mi modo de ver, el poder masculino castiga a la mujer, degradándola y robándole la dignidad”.

                    Jean Atieno, o Sonko como la conocen, una mujer de 26 años que boxea desde los 19, es la profesora de un grupo de niñas kenianas de 13 años. Su lema es ‘Chicas fuertes, comunidades seguras’. Explica que “No nos referimos a luchadoras. Somos boxeadoras, no belicosas, y si luchamos es para defendernos, no para pelear porque sí”.

                    Gracias a este proyecto de boxeo, las chicas son capaces de defenderse frente a agresiones físicas y adquirir confianza ante una serie de situaciones diversas. Además de las clases de defensa también reciben charlas sobre sus derechos y adquieren valores hacia la comunidad.

                    Teresa, de 13 años, es campeona en esta disciplina, y expresa que más allá de lo que pase con su carrera de boxeadora, le interesa mejorar su entorno.  “Cuando yo sea mayor estaré entrenando a otras chicas, para que los slums (barrios pobres de Kenia) se llenen de super heroínas y no tengamos que tener miedo nunca más” dice Teresa.

                    Encuentra la crónica completa  aquí.

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                      No sé cuántos años llevo aguantando que me griten en la calle. Hace un par de años empecé a pelear con aquellos que me acosan, pero más de una vez me he sentido avergonzada y no he sentido la fuerza y las ganas para gritar algo de vuelta o ponerme a pelear.

                      Hoy iba bajando en bicicleta por Santa Isabel, cuando dos tipos en una camioneta pasaron a mi lado chiflando y tocando la bocina. Les hice un gesto, volvieron a pasar a mi lado y a hacer lo mismo. Cuando los encontré en el semáforo, les grité que no era un perro para que me silbaran, que me respetaran. Lo único que conseguí fue que me siguieran por diez cuadras, chiflando, tocando la bocina y gritando. De pasada otro par de tipos más se sintieron con el derecho de gritarme.

                      Siento rabia e impotencia, al ver que haciéndome respetar no consigo nada y que quedarme callada sólo significa aceptar estas conductas en silencio. No pienso quedarme callada nunca, por más que me desgaste. Soy voluptuosa, prácticamente cualquier cosa que me ponga implicará tener el cuerpo a la vista y eso que hace años que uso escote. Soy “gusto de maestro”, como me
                      dijeron alguna vez, por mi copa D, mis caderas y mi poto. Sé que eso no justifica que expresen su opinión de mi cuando no la deseo.