incomodidad

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    Hace un tiempo, sucedió un hecho que como hombre me hizo reflexionar sobre el acoso callejero y el efecto que éste tiene en la desigualdad de género. Iba en una micro muy llena a la casa de mi polola, a eso de las ocho de la noche. Como tenía poco espacio, estaba preocupado de mantener el equilibrio para no chocar a los demás pasajeros, cada vez que el conductor frenaba fuerte. Pese a ello noté que la mujer que estaba delante mío parecía muy incómoda con que yo estuviera a su lado, ya que mi entrepierna quedaba a la altura de su hombro. No pude evitar avergonzarme ante la situación, aunque a algunos les parezca algo normal y cotidiano, y como pude me abrí paso entre las demás personas y me volteé.

    Sin embargo, quedé en frente de una niña de unos doce años. Ella iba de pie junto al asiento de una señora que, asumo, era su mamá. La niña miró hacia atrás muy incómoda, ya que inevitablemente iba muy pegado a ella, y pude ver como la señora la miró con una cara extraña, como diciéndole que tuviera cuidado. Me sentí un acosador y pese a que no estaba haciendo nada, bajé la cabeza, tomé mi mochila y me la puse en frente, asegurándoles que no pretendía tocarla de ninguna manera. El resto del camino me fui pensando en cómo tan solo por pertenecer a un grupo uno se ve encasillado en estereotipos dañinos, a pesar de no tratar de dañar a alguien, me sentía un acosador.

    Al día siguiente hablando con mi polola sobre el acoso, me contó algo que me ayudó a ordenar las ideas en mi cabeza, me dijo que cuando alguien es agredido todo el tiempo, cualquier acción se interpreta como agresión. Estas mujeres están tan habituadas al acoso callejero por parte de los hombres, que deben ir por los espacios públicos con la guardia en alto todo el tiempo. Yo fui etiquetado de victimario solo por ser hombre y ellas se sintieron víctimas solo por ser mujeres, así me di cuenta que, sea cual sea nuestra posición, este asunto nos daña a todos, y si queremos que cambie, debemos trabajar juntos como sociedad, sin importar nuestro género.

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      Cuando tenía 11 años me mandaron a comprar. Estaba contenta porque llevaba puesto un vestido nuevo confeccionado por mi abuela, que me parecía lo más lindo del mundo. Todo iba bien, hasta que un hombre muy mayor se asomó por la reja de su casa, me miró con deseo y me dijo cosas asquerosas al oído.

      Como nunca me había pasado algo así, entré en pánico y corrí hasta mi casa llorando. Cuando llegué, me cambié el vestido de inmediato y le tomé fobia. También le agarré odio a mi propio cuerpo en plena pubertad. No quería usar sostén, no quería crecer. Desde ese día comencé a usar poleras enormes y pantalones gigantes para ocultar mis formas, y pasaron más de 10 años hasta que pude volver a ponerme un short, una falda o cualquier prenda ajustada sin temor a cómo pudieran verme los demás.

      El acoso callejero nunca es justo, menos a los 11 años.