lesbianas

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    Es verdad que siendo mujer eres acosada y discriminada diariamente, aun más cuando eres lesbiana. Mi pareja, con la que estoy en una relación hace ya dos años, y yo tenemos una opinión muy negativa respecto de cómo son vistas las relaciones lésbicas en Chile. Casi nunca nos tratan de forma normal, como quisiéramos que nos tratase, solo es un gusto distinto y ya. Sin embargo, la gente es cruel y juzga todo desde su punto de vista, en cómo se debería vivir para ser “normal” porque de lo contrario eres rechazada por la mayoría de las personas.

    Debido a la relación que tenemos, hemos sufrido la discriminación incluso por parte de nuestras familias que no nos aceptan. La familia de mi pareja no me deja entrar a su casa y me trata de lo peor. También nos ha pasado en lugares públicos; recuerdo una vez que estábamos en Santa Lucia, me recosté en el pasto con mi pareja y un tipo empezó a mirarnos, a hacer gestos vulgares, sonidos e intimidaciones acercándose mucho a nosotras.

    También fuimos discriminadas en una entrevista de trabajo. Con el fin de cuidarnos la una a la otra decidimos trabajar juntas para darnos apoyo y compañía en un mal momento de nuestras vidas. Fuimos a ciudad empresarial a una entrevista para call center en Virgin Movile. Nos preguntaron si éramos pareja y dijimos que sí ya que ya estábamos hartas de que nos miraran como cosas raras. Ante nuestros ojos, fue claramente una situación de discriminación ya que de todo el grupo que estaba en la entrevista, nosotras éramos las únicas con experiencia en el rubro, vivíamos cerca del lugar en cuestión y además sabíamos bastante bien cómo manejarnos en el trabajo indicado. Finalmente, después de la gran pregunta nos hicieron salir de la sala y esperar fuera, los demás quedaron dentro y esperamos bastante rato. Al final, le consultamos a un guardia qué pasaba y llamó a una chica que confirmó que ya hace bastante se había terminado esa selección y que ya estaban casi en la última etapa para comenzar a trabajar. Nadie se dignó a decirnos algo para que nos retiráramos.

    Sin embargo, el último y más violento, traumante y humillante episodio por el cual pasamos ocurrió un día que íbamos desde Lo Espejo a Puente Alto en metro para hacer un trámite. Pagamos nuestro pasaje, entramos al tren y nos sentamos. Todo iba bien y tranquilo hasta que se subió un mimo que hacía reír a los pasajeros burlándose de algunos. En cuanto lo vimos, él nos miró feo y se fue acercando a nosotras con sus bromas e imitaciones. Nos empezó a molestar a los minutos de haber subido con una señora que se había subido y nos increpó con gestos y burlas para que nos paráramos y le diéramos el asiento. Ante estos gestos, la señora señaló que no necesitaba sentarse ya que se bajaría en la próxima estación, este tipo siguió con las burlas hasta más no poder, haciendo gestos obscenos y burlas respecto a ser pareja. Nosotras en ningún momento le prestamos atención y eso más le molestó, porque siguió y siguió. Finalmente llegamos donde debíamos bajarnos, nos paramos y cuando se abrieron las puertas del vagón, el mimo nos gritó algo como “bájense lesbianas maracas conchesumadre”. Al escuchar esto, me di vuelta y después de aguantar harto, me defendí diciendo que parara el hueveo y le lancé unas gotas de agua de una botella prácticamente vacía que llevaba porque con los nervios me había tomado toda el agua. Este tipo me respondió inmediatamente, se lanzó encima de mí, me agarró fuertemente del cuello y con el otro brazo me tiró un combo. Mi única reacción fue intentar taparme con los brazos para que no me golpeara la cara. Recuerdo ese segundo como eterno ya que me quedé inmóvil y en shock, solo sentí miedo y no sabía qué hacer. Mi pareja rápidamente al ver lo que pasó, se abalanzó encima de él y lo sacó para que no me siguiera golpeando. Lo increpó y comenzaron a pelear a golpes. La gente nunca intervino y él, como un cobarde, nos tiraba golpes con patadas y puños mientras se escondía detrás de la gente, burlándose. La gente, como en un circo romano, lo defendía diciéndonos que habían niños, que tuviéramos cuidado, que para qué le hacíamos caso, etc. Yo les pregunté que cómo eran capaces de ver cómo se burlaba, que no hicieran nada ante los golpes que este tipo me propinó, la gente respondía una y otra vez de la misma forma.

    Entre todo este caos, dejaron parado el metro ya que él mismo salía y entraba al tren para golpearnos. Después, llegó un guardia y nos hizo subir hacia la boletería donde estaba carabineros, que allí arregláramos nuestro “problema”. Yo estaba llorando de impotencia y por la humillación que nos hizo pasar a mi pareja y a mí.

    Le pregunté a los guardias y hasta a las personas del aseo para saber a quién le podía pedir las grabaciones del metro con el fin de demostrar que él se lanzó encima de mí y que mi pareja solo me defendió para que no me siguiera pegando, pero fue inútil porque nadie dio una respuesta y nos ignoraron; se lavaron las manos diciendo que las grabaciones las debía pedir Carabineros. Por otro lado, el mimo seguía burlándose de nosotras mientras carabineros tomaba su declaración.

    Nos llamó mariconas de mierda delante de Carabineros, pero ellos siguieron escribiendo lo sucedido. Él contó que nosotras le pegamos de la nada, bastante ilógico ya que nadie se lanza de la nada a pegarle a alguien, a excepción de él. El mimo reiteró que nosotras lo golpeamos, sin embargo, físicamente no teníamos ninguna posibilidad de defendernos ante alguien como él. Un hombre que pesaba unos 85 kilos, medía 1,80 y tenía 35 años. Nosotras por otro lado, teníamos 22 años, pensábamos 60 kilos y medíamos 1,58.

    Carabineros decidió que era riña y nos llevó a los tres detenidos y a constatar lesiones ya que él tipo indicó y aseguró que lo golpeamos, que estaba mal y dando lástima cambió su actuar para salvarse .

    Fuimos a constatar lesiones y gracias a dios no alcanzó a hacernos nada tan grave salvo las evidentes lesiones de golpes, patadas, además de mi cuello en donde tenía las uñas y manos marcadas del tipo .

    Llegamos a la tenencia de carabineros y empezaron con hacer el informe o algo así para relatar y dejar por escrito lo sucedido. Dimos toda la información que nos solicitaron y solicitamos nuevamente las grabaciones de las cámaras del Metro para que quedara en evidencia el actuar del sujeto. Carabineros dijo que tendríamos que pasar todo el día, tarde y noche en el calabozo para pasar al otro día a la fiscalía e indicar lo sucedido .

    Nosotras no podíamos quedarnos ahí todo ese tiempo ya que teníamos comprado unos pasajes a Viña del Mar porque nos íbamos para allá y teníamos todo listo y, obviamente no esperábamos que ocurriera lo mencionado anteriormente, ni tampoco teníamos como deshacer todo de un momento a otro.

    Carabineros nos mandó al calabozo. A él a uno de hombres y a nosotras a otro de mujeres donde gracias a Dios una Carabinera que nunca esperé que se compadeciera me trató de una manera decente y me preguntó qué había pasado. Yo le conté y me dio frases de aliento y lamentó lo sucedido.

    Finalmente pasamos unas dos horas en el calabozo y nos preguntaron si seguiríamos el caso. El tipo obviamente se rehusó porque no le convenían las pruebas que podrían encontrar, estableció que ya se sentía mejor y que no quería seguir el caso. Nosotras por otro lado ya teniendo planes y cosas por hacer, dijimos que tampoco podríamos ya que no disponíamos de tiempo para seguir con eso. Sé que quizás fue un error por parte nuestra, pero realmente solo queríamos irnos y olvidar lo sucedido. Luego de unas horas, lo dejaron salir a él y después a nosotras.

    Ese día quedó en mi mente para siempre. Desde ese entonces que mantengo mucha angustia cada vez que ando en metro o en micro, tampoco quise volver al lugar ni tener alguna relación con lo sucedido ese día. Debo confesar que a pesar de que ya han pasado unos cinco meses de esto, todavía no lo olvido, siempre está en mi mente el miedo y pánico del momento y no sé cómo superarlo.

    He tenido constantes sueños y recuerdos de lo sucedido y siempre me inunda una gran pena, además de un sentimiento de asco y humillación. Este tipo me trató así y me golpeó solo por algo que a no le gustó.

    Desde ese día siento miedo de los homofóbicos y sus reacciones. Hasta cambié mi forma de ser con mi pareja, sé que no es su culpa, sin embargo, desde aquel momento no quise tomar su mano, ni besarla, ni tocarla en público nuevamente.

    Me siento muy perseguida y siempre que salimos estoy muy alerta de todos, con miedo en mi corazón y un nudo en la garganta.

    Sé que mi pareja me ama y entiende, pero para mí es muy difícil olvidar lo sucedido.

    Después de las cosas mencionadas, perdí la fe en la gente y me ha costado mucho avanzar. Últimamente me siento mejor encerrada y le pido a Dios que por favor se lleve el miedo y el trauma que me atormenta día a día .

    Se perfectamente cómo es sentirse acosa y violentada por ser mujer y por ser lesbiana.

    Agradezco mucho sus artículos y espero que algún día historias como esta no ocurran y nuestras próximas generaciones vean la discriminación y el acoso como un delito repudiable.

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      Cuando tenía más o menos 15 años, estaba pololeando con una chica. Fuimos al Cerro Santa Lucía porque nos parecía bonito y queríamos pasar un buen rato. En un momento nos estábamos besando y vi que un señor se empezó a acercar a nosotras, muy despacio y como haciéndose el “loco”. Al final, se sentó atrás de unos arbustos mientras nosotras estábamos sentadas en el pasto, hasta que en un momento volteé para ver si se había acercado más y resulta que seguía en el mismo arbusto sentado viéndonos. Mi polola era un poco más alta que yo, así que podía ver mejor lo que estaba haciendo el hombre: se estaba masturbando frente a nosotras, aun cuando sólo nos estábamos besando y ni siquiera eran besos que se pudieran decir “calientes”, no era nada del otro mundo. A mí me dio mucho asco y decidí irme, mi polola en cambio quería encararlo, pero a mí me daba miedo así que le pedí que no lo hiciera. Ahora me arrepiento un poco de no haberlo encarado, pero en ese momento me sentí indefensa, me sentí asquerosa y me sentí muy pequeña. Sentí que era mi culpa.

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        “Cerca de mi casa, un hombre nos increpó a mí y a mi pareja violentamente, simulando tener un cuchillo debajo de su polera nos dijo "dense un beso" detalló Valentina, quien en esa ocasión fue acosada sexualmente en el espacio público, por ser mujer y por ser lesbiana.

        Caminar por la calle como mujer es, sin duda, una odisea. Según datos de la Primera encuesta sobre Acoso Callejero realizada por OCAC Chile, más de 90% de las encuestadas han sufrido acoso sexual callejero, una práctica de connotación sexual que se da en los espacios públicos y donde, según la misma encuesta, un 25,1% son acosadas más de una vez al día. Asco, rabia y miedo son los sentimientos comúnmente reportados por las víctimas.

        Pero, ¿qué pasa con las mujeres de la diversidad sexual? Las lesbianas, además de sufrir las características formas de acoso callejero, están expuestas a la “violencia y acoso por su orientación sexual”, explica Erika Montecinos, directora de la agrupación lésbica Rompiendo el Silencio.

        Persecuciones, proposiciones sexuales (como tríos y pornografía), comentarios reprobatorios por parte de desconocidos, del tipo “asquerosas”, “hay niños presentes” o “marimachos”, son algunas de las manifestaciones de violencia que diariamente sufren las lesbianas en las calles de nuestro país. Casos que se suelen mantener ocultos porque “muchas lesbianas sienten vergüenza de denunciar la violencia”, añade Montecinos.

        Si bien las mujeres lesbianas viven de igual manera acoso sexual callejero, en su caso se suma, además, una condena social por su orientación sexual, que tiene su origen en una sociedad machista y heteronormativa.

        Heteronormatividad, exclusión y violencia

        La heteronormatividad es un régimen social, político y económico. De acuerdo a Michael Warner, profesor de estudios americanos en la Universidad de Yale, es “el conjunto de relaciones de poder por medio del cual la sexualidad se normaliza y reglamenta en nuestra cultura y las relaciones heterosexuales idealizadas se institucionalizan y se equiparan con lo que significa ser humano”.

        En este régimen, las personas son clasificadas por sexo biológico y por género. Es decir, si tienes vagina eres una mujer y por ende femenina. Quienes no encajan en este orden son violentados o violentadas por su diversidad.

        “Las lesbianas constituimos un sector expuesto, doblemente, a problemas sociales y económicos derivados de ser mujer y de la orientación sexual: doble discriminación y violencia”, afirma Bárbara Orellana, de la agrupación Rompiendo el Silencio, a través la columna de opinión “Lesbianas y políticas públicas”.

        Caminando en los zapatos de una mujer lesbiana

        “Cerca de mi casa, un hombre nos increpó a mí y a mi pareja violentamente, simulando tener un cuchillo debajo de su polera, nos dijo ‘dense un beso’. Por suerte me di cuenta de que no existía ningún cuchillo y que era sólo un pobre imbécil”, cuenta Valentina Caro, quien fue acosada sexualmente en el espacio público, no sólo por ser mujer, sino también por lesbiana.

        Erika Montecinos explica que todas las mujeres sufren de una violencia similar, sin embargo, “en el caso de las lesbianas, nosotras sufrimos violencia y acoso sobre todo cuando expresamos nuestros afectos en la vía pública”.

        Otro caso: Cristina Sánchez caminaba con su polola de la mano, por una calle poco concurrida, cuando la tomó de la cintura y la besó. El conflicto surgió cuando un grupo de tres o cuatro hombres comenzaron a gritarles y ofenderlas por su orientación sexual. En palabras de Cristina: “los insultos, los garabatos y las ofensas son cosas que quedan”. “Lesbianas asquerosas”, “les falta pico”, “muéranse conchesumadres”, fueron algunas de las agresiones que recibieron.

        Después de este episodio, la pareja de la joven decidió que debían controlar las muestras de cariño en público. “Ella lo considera peligroso”, relató Cristina.

        ¿Has sufrido acoso en la calle por tu orientación sexual? Deja tu testimonio aquí.

        Jazmín Salazar

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          Me encontraba en Manquehue esperando a mi polola, que venía de Providencia, eran las cinco de la mañana. Estaba sentada en un paradero y en eso paró un taxista, me dijo: ¿qué hace acá tan tarde y sola, señorita? Tenga cuidado, que la pueden asaltar. Yo le dije que sabía y que estaba esperando a una amiga para irme a casa con ella. Me preguntó que a dónde iba y yo le dije que a Los Dominicos.

          Él se ofreció a llevarnos, pero yo le expliqué que mi “amiga” llegaba en un buen rato, él dijo que no era problema, así que esperamos. Mi polola llegó y nos subimos al taxi, que en vez de subir por Apoquindo, siguió por Las Condes. Yo pensé que se metería por Padre Hurtado, pero seguimos por varias cuadras más arriba, hasta que nos habíamos pasado de cualquier salida o conexión lógica hacia nuestro destino.

          Yo le dije que se fuera por tal calle, pero no me hizo caso, estábamos casi en Cantagallo. Él nos preguntó si nos molestaba que se bajara a hacer pipí, yo ahí ya noté algo extraño. Le dije, sin embargo, que no había problema. Se metió en un callejón pero había mucha luz y dijo que a esa hora andaban muchos pacos y le podían poner problemas. Nos metimos a otro callejón y el tipo dejó el auto estacionado. 

          Cuando volvió, abrió la puerta de atrás y nos explicó que se le bloqueaba la puerta de adelante. Yo cerré la puerta que había abierto y abrí yo misma la delantera. Él nos dijo, “tranquilas si nos les voy a hacer nada”. Yo y mi polola estábamos peleadas, entonces no habíamos hablado nada en todo el camino, ni entre nosotras ni al taxista.

          El taxista se subió por adelante y vi que se había sacado lo pantalones, entonces nos dijo: ay, ay, ay, ¡ahora sí, señoritas!”, y yo le dije “ay, ay, ay, qué conchetumadre”. Inmediatamente con mi polola le empezamos a pegar al tipo. Yo le empecé a pegar combos en la cara, mientras ella le pagaba combos a la ventana y patadas al asiento. Traté de abrir las puertas pero no podía. El tipo solo nos gritaba que paráramos.

          Entonces le dije que abriera la puerta o le íbamos a reventar el taxi. Él se empezó a desesperar, tenía toda la cara rota, abrió el seguro. Mi polola se bajó corriendo y yo también, entonces el tipo aceleró y casi me atropelló. Se fue arrancando. No alcanzamos a anotar la patente ni nada.