machismo

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    Me gustaría contar el ‘‘incidente’’ absolutamente asqueroso del cual nunca me voy a poder olvidar.

    Había ido a correr al cerro con mi pololo y nuestros dos perros. Estábamos de vuelta en el auto, yo manejando y él en el asiento de pasajero, cuando aparentemente me tiré en la línea de otro auto (señalicé, pero el tipo venía muy rápido). Él trató de pasarme como pudo, me hacía cambios de luces y lo típico, y cuando estábamos llegando a una luz roja, se puso al lado mío y se dio la libertad de bajar la ventana y empezar a insultarme a diestra y siniestra. Entre “fea”, “pendeja” y otros insultos, los cuales yo le contesté, le salió esta joyita: “además con perros, ¿qué te pones mermelada para que te la chupen?”. Esta frase nunca, pero nunca se me va a olvidar, la tengo grabada en una parte bien oscura de mi cerebro. Mi pololo se bajó, e indignado le empezó a pegar patadas al auto del señor, quien también se bajó. Entre que ellos estaban a punto de agarrarse a combos, la señora de este caballero también se bajó y le empezó a pegar a mi auto. La historia de lo que pasó después es larga. Mientras su hija lloraba en el asiento de atrás, este insaciable caballero vio que estaba sudada por haber hecho ejercicio, y me dice: “además estás pasada a ala”. Por último amenazó con pegarme, pero varias personas, que a esa altura ya se habían bajado de sus autos, lo pararon. Cuando todo se acabó, seguí temblando por varios minutos, no podía ni encender mi auto.
    Todos los días veo el abollón que dejó en mi capó. Me he cuestionado mucho si mi respuesta y la de mi pololo fueron las adecuadas, ya que la otra opción era quedarnos callados, aceptar la falta de respeto, resignarnos e irnos.
    Me da una pena enorme su pobre niña, criada por dos padres machistas y violentos.
    En fin, son varias las cosas que me siguen doliendo del hecho. Primero, que este sujeto arruinó la relación inocente que yo compartía con mis perros, se metió en mi cabeza y ahora tengo que estar acordándome de esa asquerosa frase a cada rato. Además logró alterarme al punto de ver rojo, algo que no me hace sentir para nada orgullosa. Por último, me molesta enormemente que luego del horrible rato que nos hizo pasar, se fue, solo para volver a insultar a la próxima mujer automovilista que tenga el “descaro” de ponerse en su camino.
    Sé que esto, en comparación con lo que les pasa a muchas mujeres, no es nada, pero para mí se siente mucho, muchísimo.

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      La campaña #NoTeDaVerguenza alcanzó el primer lugar del trending topic nacional. Algunas de las personalidades que se sumaron a la campaña en sus redes sociales fueron Natalia Valdebenito, Alejandra Valle, Mariana Loyola, Kena Lorenzini, Francisco Olea, Luis Larraín, Ignacio Lira y Malaimagen.

      Con un video que muestra cómo el tráfico de imágenes sexuales por chats y redes sociales, el acoso callejero y la violación son parte de un continuo de violencia, esta mañana el Observatorio Contra el Acoso Callejero (OCAC) Chile y EME Masculinidades lanzaron la campaña #NoTeDaVergüenza, que busca sensibilizar a la comunidad masculina sobre la violencia sexual que sufren niñas, niños, adolescentes y mujeres.

      “¿No te da vergüenza ser parte de esto? Si no hay consentimiento, es violencia sexual”, narra el video animado, que fue desarrollado con el apoyo de la Embajada de Canadá en Chile y el patrocinio de la agencia FBC Mayo y Campaña del Lazo Blanco.

      “Vivimos bajo la ‘cultura de la violación’, que dificulta que la sociedad comprenda y prevenga la violencia sexual. En Chile, observamos este fenómeno cuando, por ejemplo, se culpa a la víctima en los casos de abuso y violación o cuando se pasa por alto el consentimiento en el acto sexual”, comentó María Francisca Valenzuela, presidenta de OCAC Chile.

      En tanto, Francisco Aguayo, director de EME Masculinidades, se refirió a la importancia de incluir a los hombres en la erradicación de la violencia sexual contra las mujeres. “Es necesario que los hombres dejemos de normalizar este tipo de violencia, erradicando los micromachismos y agresiones sexuales que ejercen algunos contra las mujeres, en sus relaciones de pareja o en espacios como la calle, la casa, la escuela, el carrete o el trabajo. Los hombres tenemos un papel muy importante en esta lucha y es momento de involucrarnos en el cambio, si los hombres son parte del problema de la violencia masculina tenemos que involucrarlos en la prevención y solución”.

      Además del video, la campaña cuenta con el sitio www.notedaverguenza.cl, que recomienda acciones para que los hombres se involucren en la prevención de la violencia sexual. “Nunca culpes a la víctima” y “Reacciona cuando seas testigo de un caso”, son algunas de las recomendaciones.

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        Estudié una carrera de las ciencias sociales en una facultad de esas que se llaman a sí mismas con conciencia social, progresista, revolucionaria a veces. Ahí no había cosas que pasan en otras facultades, como tener compañeros que defienden la dictadura, autoridades fascistoides o profesores que acosan a sus alumnas, aunque sí conocí casos de renombrados académicos que ninguneaban a compañeras por ser mujeres, sexismo puro.

        Pero nunca supe de hechos de acoso sexual, después de todo, me imagino que el progresismo y el alto nivel de feminización de mi facultad deben haber surtido algún efecto disuasivo en cualquier potencial acosador sexual.

        Hace dos años trabajo en una organización que lucha contra el acoso callejero y este año comencé a investigar sobre el acoso sexual en mi universidad. Me sorprendí cuando me di cuenta que sucede lo mismo que al hablar de acoso callejero: todas lo han sufrido o conocen a alguien que ha sido víctima.

        Escuché historias como la de un académico que le preguntó a una estudiante, cuando no había nadie más cerca, si a ella le gustaba jugar al emboque. Escuché también que cuando ella manifestó su indignación por el comentario, él le recordó quién ponía las notas.

        Escuché sobre un médico que quiso explicarle a una interna de medicina dónde estaban las piernas dando una palmada en su trasero: “aquí comienza la pierna, y termina acá, en el tobillo”, le explicó usando innecesariamente las manos.

        Escuché sobre un ayudante de laboratorio de química que se las arreglaba para tocar los pechos de una de sus compañeras, cuando se quedaban solos a limpiar matraces. Sobre una estudiante de intercambio que fue violada por su profesor al salir de un carrete universitario, hace no mucho tiempo.

        Escuché decenas y quizá cientos de testimonios de acoso sexual, desde la mirada lasciva o el comentario insinuante, hasta la forma más terrible de atentar contra la dignidad de una persona: la violación. Y todo esto ocurrió en una universidad, un ambiente que se supone protegido. En un espacio que, según nos enseñan desde el comienzo, es el templo de la razón, la igualdad, el pluralismo, la fraternidad, el respeto, la ética y la conciencia social.

        Lamentablemente, las lógicas de poder entre estudiantes y profesores, y en las jerarquías académicas en una universidad, hacen que la denuncia sea el último recurso. Lo más común es ignorar lo sucedido, aunque tenga consecuencias en el rendimiento de la víctima y ponga en juego su formación. Esto sucede porque, considerando cómo funcionan los sistemas reglamentarios dentro de las universidades, la denuncia muy pocas veces es garantía para la víctima. Si el agresor es académico o directivo, es muy probable que sea protegido, que el caso no llegue a nada o se le pida a ella tomar un camino alternativo, como cambiar de ramo o de horarios.

        También es común que, cuando la víctima logra convencerse de que su miedo, molestia o incomodidad no son una exageración, bote el ramo o abandone la carrera, porque prefiere perder ese espacio en lugar de arriesgarse a amenazas, represalias o la vergüenza, que pueden afectar su trayectoria educativa o su carrera profesional.

        El acoso sexual en ambientes educativos constituye una forma de violencia de género muy grave, porque es otra expresión de la violencia sexual enquistada en esta sociedad, porque atenta contra la dignidad, la salud mental y el cuerpo de las personas, y también, porque niega a quienes han sido víctimas el acceso libre y protegido a la educación, derecho humano primordial.

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          Para combatir el sexismo y su impacto negativo en las ventas, las tiendas han tenido que cambiar la experiencia de la clientela a través de variedad en la oferta de productos, capacitaciones y nuevas contrataciones.

          Hace unas semanas, el medio ‘‘Reverb’’ publicó un artículo sobre el sexismo en las tiendas de música, en el que se señala que además de traspasar barreras en medios de comunicación, publicidad y productos, también está pegando fuerte en la industria musical. Y es que en el afán de llenar los rankings musicales con hombres adolescentes, se relegó a las mujeres a un papel secundario. Situación que hoy le está costando caro a la industria.

          En el medio se cuenta que para combatir el sexismo y su impacto negativo en las ventas, las tiendas han tenido que cambiar la experiencia de la clientela a través de ofertas de productos más variados, capacitaciones y nuevas contrataciones. Ello, con el fin de que se respete la diversidad de todos los clientes.

          En esa línea, Meyer De Wolfe, dueño de “Wolfe Music”, enfatiza la importancia de no asumir nada o emitir algún juicio sobre el conocimiento musical, la capacidad o el poder adquisitivo de la clientela, ya que puede ser visto como un acto condescendiente y alejar al potencial cliente del negocio. ‘‘Estamos felices de mostrarles todo de una forma no prejuiciosa, porque en general en las tiendas de música se piensa que el cliente (hombre o mujer) saben todo sobre guitarras, y ese no es el caso”, afirma.

          Asimismo existe una percepción de que las mujeres no son bienvenidas en las tiendas de música, por lo que Michael Samos, de “Empire Guitars”, para combatirla dice que él está consciente de lo que va a vender y lo que no.‘‘En particular en el mundo de los pedales hay algunos nombres de productos que me hacen sentir incómodo. Por lo mismo son descartados inmediatamente, sin importar qué tan bueno sea. Creo que las tiendas deben ser pensadas como un proyecto basado en la comunidad. En esa línea, es importante ofrecer un acceso igualitario a la información y al equipo, de manera que la comunidad se abra a las mujeres. Especialmente en las tiendas pequeñas, porque si no son lugares cómodos y accesibles,verán reducida su comunidad y la oportunidad de vender’’, explica.

          Junto con ello, Samantha Suause, una profesional de las ventas en ‘‘Island Music’’, asegura que la capacitación puede tener un impacto positivo para disminuir el sexismo en las tiendas de música: ‘‘Cada vez que contratamos a una nueva persona, nos sentamos, repasamos nuestras políticas y le enseñamos cómo deben vender y tratar a la clientela. Cuando hacemos eso, la gente sabe que puede hablar con cualquiera, ya sea hombre o mujer, y que nosotros sabremos sobre qué están hablando y que los ayudaremos en todo lo que podamos’’.

          Adicionalmente, las tiendas también deben estar conscientes de cómo tratan a las vendedoras señala Jennifer Tabor, fundadora y gerenta de “Souldier Straps”, ya que ‘‘existen muchas tiendas que no se hacen responsables de las vendedoras’’.  A modo de ejemplo, cuenta que en varias ocasiones la gente se le ha acercado para preguntar dónde está el hombre que atiende. Al no encontrarlo algunos se van o simplemente se dan cuenta que buscan a alguien que no existe: “Ellas quieren a un hombre, porque no pueden negociar conmigo como dueña del negocio. Cuando estas personas vuelven, tengo que decirles que no hay ningún hombre con el que ellos puedan conversar. Entonces se olvidan del tema, porque les gusta el producto y continuamos con la venta’’.

          Si bien esta situación puede parecer cómica, la gerente de Souldier Straps dice que no es un hecho aislado, puesto que en el 15% de las tiendas que debe visitar, no la toman en cuenta porque creen que ella no sabe de lo que está hablando: ‘‘Soy una persona lo suficientemente segura, por lo que en realidad no me ofende. Yo puedo enfrentarlos codo a codo, sin embargo hay muchas mujeres que se echan para atrás, no enfrentan la situación y no vuelven a la tienda’’.

          Para Jan King, guitarrista, cantante y escritor de ‘‘Jan King and Medicine Ball’’, existen por lo menos tres razones para avanzar y contribuir con el fin del sexismo en la industria: porque es lo correcto, es bueno para los negocios y es cada vez más simple. En ese sentido, crear un entorno acogedor para las mujeres no tiene porqué ser difícil, requerir mucho tiempo o ser costoso. ‘‘Solo se necesita ser respetuoso, amable, no condescendiente y alentador. No creo que sea mucho pedir’’, afirma. 

          Por su parte, Graciela Salinas, colaboradora de prensa en el área de comunicaciones de OCAC y autora de la tesis ‘‘Playing like a girl: the impact of gender in the working experiences of women drummers and sound engineers’’ para un Master of Arts en la Universidad de Melbourne, señala que ‘‘la idea de la música popular, en especial el rock, como un ‘territorio masculino’ está muy naturalizada, a pesar de que la presencia de mujeres en el área crece día a día. Se asume que es cosa de hombres, que si ves a una mujer en una tienda de música, le está comprando algo al pololo. Muchas de las experiencias de las profesionales en esta industria están ligadas al doble esfuerzo que deben realizar para validarse con sus pares y el público, a la cosificación por parte de los medios y la industria en su totalidad, a ser tratadas como un grupo aparte en la música, como intrusas o simplemente al hecho de ser invisibilizadas. Las frases: ‘tocas como niña’ u ‘oye, eres buena… para ser mujer’, son muy comunes en los relatos de las mujeres en esta área’’.

          Además Salinas indica que durante su tesis comprobó las hipótesis de otras investigadoras respecto a prejuicios contra las mujeres en la música, ya que “se da por hecho que la mujer no tiene la capacidad física de cargar instrumentos, de armar y desarmar equipos o de manejar tecnología. Es por eso que dos de los roles más hostiles para las mujeres suelen ser el de baterista y el de sonidista. Todas mis entrevistadas comentaron que en más de una ocasión, tanto hombres como mujeres, asumieron que ellas no podrían hacer bien su trabajo sólo por el hecho de ser mujeres. Olvidan que, por ejemplo, tanto un hombre como un mujer sonidista pueden lesionarse si cargan equipo sin la técnica y las precauciones necesarias”.

          Imagen: Reverb, portada de revista ‘‘She Shreds’’ y de ‘‘Guitar World’’ que recientemente desencadenaron un extenso debate sobre cómo se muestra a las mujeres en la cultura musical.

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            Cuando denuncian una publicidad por sexista, no es porque se busque tapar los cuerpos para frenar su hipersexualización. Al contrario, apelamos a que la diversidad de cuerpos no se venda al mejor postor para satisfacer a un binarismo sexual.

            Hace unos días, TVN realizó una nota sobre la polémica publicidad de WOM Chile, enfatizando que se había planteado un fuerte “debate de género”. Lamentablemente, es difícil entender este debate como uno de género. Para ser así, hubiera sido necesario que, al menos, las dos o más partes que integran tal debate manejaran contenidos mínimos sobre el género. TVN no emitió un debate de género, sino un intento de desarme a una publicidad sexista y, a la vez, una intención de argumentar a favor de ésta, en nombre de la diversidad, la diferencia y lo subversivo, con conceptos como “opción” y “libertad”.

            En la noticia, Chris Bannister (CEO de WOM) comentó: “no fue nuestra intención denigrar a la mujer ni a ninguna persona, al contrario, quisimos celebrar la diversidad (…) ser inclusivos en la campaña”. Según él, la agresividad de la campaña, denunciada por varios grupos feministas, no era su objetivo. En realidad, su campaña era “apasionada” y “diferente para Chile”. Por más honesta que sea esta respuesta, la verdad es que es errada si se observa desde los principios que él mismo declara defender.

            No es culpa de Bannister desconocer los mecanismos de reproducción y contexto que lo empuja a decir lo que dice. Por ello, no sabe que la diversidad, las diferencias y la inclusividad efectivamente son parte de su publicidad, pero al apellidarlas neoliberalmente.

            Cuando hablamos de conceptos como “libertad” y “opción” –entre comillas– es porque operan en base al mercado, donde no sólo es el dinero lo que se pone en juego, sino que todo un sistema que funciona en relación a éste. Uno de los mayores éxitos del proyecto neoliberal –que sacudió y sacude a nuestro país– es que efectivamente impuso un determinado significado a los significantes “opción” y “libertad”, hegemonizando su estructura, encarnando el slogan de la dictadura de la opción y la libertad de elegir, así, en negrita y en destacado. Sin embargo, por debajo, éstas se postulaban sólo dentro del mercado, escondiendo otras alternativas dentro de los parámetros neoliberales.

            Hoy se profesa la ilusión de escoger el colegio, la vivienda, la salud, etcétera, pero la elección no es tal, ya que todas éstas se supeditan a nuestra capacidad de pago, entre otras cosas. Tal cual ocurre cuando el periodista entrevista a una mujer de la tercera edad, para escucharla hablar contra “la escandalosa publicidad de WOM” y la responsabilidad de las mujeres que aparecen en ella, mencionando que “ellas están en su libertad de desnudarse”, argumento del que el neoliberalismo se ríe a carcajadas, porque ha cumplido su objetivo: absorber la idea de libertad. Que estos hombres y mujeres participen en la campaña no implica que dentro de sus libertades y opciones haya estado, efectivamente, participar. Existe un sistema operando para que ESA “opción” sea real, y por tanto, estas personas ejerzan su libertad neoliberal.

            La publicidad de WOM Chile es sexista, sí, pero no sólo por exhibir mujeres parcializadas -senos anónimos siendo tocados por manos anónimas- y por visibilizar la diversidad sexual de forma restrictiva; es sexista porque se despliega en parámetros patriarcales, con una visibilización mediante la hipersexualización de las mujeres e invisibilizando a los hombres, si es que los hubo en la campaña. Es agresivo, al jugar con las opciones y libertades (neoliberales) de las personas, sin preguntar cuáles son los mecanismos que generan que este tipo de publicidad sea una posibilidad, ni cuestionándose qué empuja a unas, más que a otros, a vender sus cuerpos, enteros o parcializados.

            La publicidad de WOM Chile es, entonces, “inclusiva”, al recoger lo diferente y la diversidad, en una inclusión con barreras de mercado, y “diferente” y “diversa” dentro de lo igual.

            Es necesario pensar estos conceptos fuera de la hegemonía significativa del aparato neoliberal. Cuando varios grupos feministas y de la diversidad sexual, entre otros, denuncian una publicidad por sexista, no es porque se busque tapar los cuerpos para frenar su hipersexualización. Todo lo contrario, apelamos a que la diversidad de cuerpos no se venda al mejor postor para satisfacer a un binarismo sexual, a que el cuerpo –en sí mismo–no represente la opción neoliberal de ser vendido. Si por consecuencia de esto, mujeres, hombres y quien sea, puede correr sin polera cuando se le antoje, y nadie teme ser violado, tocado o acosado, entonces estaríamos un paso más cerca de una diversidad sin el estilo de WOM, sin el estilo neoliberal.

            Columna escrita por María José Guerrero, Directora de Estudios de OCAC Chile.

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              Esta compañía se llama a sí misma “valiente e innovadora”, pero se cuelga de una receta publicitaria sexista y conservadora, que existe hace décadas. ¿Cuántas cervezas, lavadoras y autos se han vendido con cuerpo de mujer?

              La nueva marca de telefonía móvil WOM (Ex Nextel) inició sus operaciones con una campaña de lanzamiento que, buscando ser “disruptiva e innovadora”, ha caído en el recurso dañino y facilista de mostrar a la mujer como un objeto.

              Lamentablemente, no es la primera ni la última vez que la publicidad se sirve de la hipersexualización del cuerpo femenino para vender y llamar la atención, contribuyendo a naturalizar el machismo.

              El femicidio, el maltrato físico y psicológico hacia las mujeres, la discriminación y el acoso sexual callejero, son parte de un engranaje patriarcal, que esta clase de publicidad, por muy inocua que parezca, ayuda a replicar. Imágenes en las que un hombre aparece rodeado de varias mujeres, como si fueran de su propiedad, o en las que se muestran pezones censurados, mientras un par de manos animadas las tocan, como si el “agarrón” fuera algo simpático; cosifican y deshumanizan a las personas, perpetuando una de las tantas desigualdades de nuestra sociedad.

              Esta compañía se llama a sí misma “valiente e innovadora”, pero se cuelga de una receta publicitaria sexista y conservadora, que existe hace décadas. ¿Cuántas cervezas, lavadoras y autos se han vendido con cuerpo de mujer?

              WOM llega con el lema “hay mucho de qué hablar”, pero no escucha el descontento general por la violencia de género. Invita a la revolución, pero sigue perpetuando que quienes protagonizan sus comerciales sean mujeres extra delgadas, de piel clara y dientes perfectos. Y esta observación, gente de WOM, no es una reivindicación moralista, no hay nada malo en el cuerpo desnudo de una mujer ni en dos chicas besándose. No. El problema es que juegan a la revolución con esas imágenes, mostrándolas como escandalosas y prohibidas, cubriéndolas con un halo negativo. Simulan abordarlas como algo natural, al mostrarlo “sin tapujos”, pero en realidad el cuerpo femenino está ahí como mero recurso para seducir a su audiencia, por su valor erótico. En su lógica de reproducción de discursos –y no de revolución–, las mujeres, como los teléfonos, están ahí sólo para ser usados.

              ¿Por qué no eligieron una chica morena de rasgos originarios, un tipo que mida menos de un metro setenta, un hombre transgénero besándose con otro hombre? Porque ahí sí está presente la diferencia, pero, al parecer, la verdadera diversidad no les sirve para vender.

              *Columna escrita por Betania Bunster, publicada originalmente en El Quinto Poder.

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                Los hombres pueden trabajar contra del acoso sexual callejero, hablando con otros hombres, para hacerles entender que ellos no pueden decidir lo que es o no ofensivo para una mujer.

                Muchos hombres ven al acoso verbal callejero como simples cumplidos, pero ¿qué pasa cuando a las mujeres les molesta? El periodista Jozan Cummings, del medio virtual The Root, se lo preguntó y escribió un artículo al respecto.

                El autor se basa en su perspectiva como hombre para decir que él podría estar de acuerdo en que muchos se consideren ‘‘caballeros’’ al decir estas frases. Sin importar lo bien intencionadas que sean las palabras o lo respetuosas que se crea que son, están llegando a oídos exhaustos. Oídos que antes de ese cumplido, lo han oído todo y lo oyen todos los días. Sea con miradas o con palabras, las mujeres ya están hartas.

                Lamentablemente, la gran mayoría de estas conductas son perpetradas por hombres a los que, seguramente, nunca se les enseñó que esta es una práctica no deseada y, por lo mismo, violenta. Muchos no saben cómo respetar a sus pares mujeres y caen en esta pésima y poco original conducta. Cummings también desmiente la aseveración de que a las mujeres que les molestan estas acciones tienen mal carácter: nadie tiene el derecho a decirles que están equivocadas si es eso lo que sienten.

                Una de las mayores preocupaciones que plantea el autor es que el debate sobre el acoso sexual callejero se ha abordado sólo desde un punto de vista: el de las mujeres (y con razón, ya que ellas son las víctimas la mayor parte del tiempo). Sin embargo, la organización en contra del acoso callejero ‘‘Hollaback’’ toma el otro lado: “Los hombres en particular no están conscientes de la frecuencia y la gravedad de las faltas de respeto que muchos compañeros y compañeras (especialmente mujeres), experimentan en los espacios públicos’’, explica en su sitio web.

                Rolando Thompkins, uno de los directivos de la organización ‘‘Stop Street Harassment’’, indica que una de las mejores cosas que los hombres pueden hacer para trabajar en contra del acoso sexual callejero es hablar con otros hombres y hacerles entender que ellos no pueden decidir lo que es o no ofensivo para una mujer. También compara esta situación con el racismo al indicar que ‘‘al igual que una persona blanca no puede decirme lo que es ofensivo para mí en términos de raza, yo no puedo decirle a una mujer qué es ofensivo para ella’’.

                Cummings explica que, culturalmente y como hombre, sabe que cuando quiere conocer a una mujer, debe ser ‘‘agresivo’’, que es lo que se enseña a todos los jóvenes. Es decir, debe acercarse a una mujer que no conoce y comenzar una conversación. Para el autor, saber cómo acercarse a una mujer está en contraste con ser misógino o machista, y evita este último comportamiento.

                En el artículo, también se señala que existen beneficios al hablar con los pares sobre el acoso callejero, ya que muchos hombres poseen historias en la que han salido con una mujer o han escuchado a alguien decirle algo. Es probable que este tipo de experiencias ayuden a los hombres a cuestionarse a sí mismos.

                Como sea, los varones necesitan hablar más con las mujeres y entre ellos sobre lo que han vivido. Quizá, por la brecha cultural, sea difícil alcanzar a un consenso respecto de qué es y qué no es acoso sexual callejero. Probablemente, una mayor comprensión desde ambos géneros ayude a que todos y todas lo sobrellevemos de una forma más sana y sin violencia.

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                  Se nota cuando no se ha leído nada sobre género, cuando algunos hombres se dedican a repetir como loros lo que dicen y hacen sus amigos o a reproducir lo que leyeron en algún foro de internet, más descontextualizado todavía, que alimenta argumentos disonantes y sin peso.

                  Los estudios de género proponen la reivindicación de identidades sometidas: mujeres, masculinidades críticas, LGBTIQ y otros nativos y parias, en pos de una igualdad política y social. Pero claro, muchos no tienen idea, porque sólo hablan sin entender nada.

                  Efectivamente la desigualdad entre géneros existe y se manifiesta en diferentes instancias, como el acoso sexual callejero. Aunque no lo crean, hay personas -mujeres en su mayoría- que son acosadas más de tres veces a la semana, incluso varias veces al día, con silbidos, tocaciones y punteos.

                  Algún imbécil dirá “pero mira cómo se visten”. La ropa nunca es una justificación para ser vulnerado en el espacio público. Todos tenemos derecho a transitar en paz. Y ante la lógica “tengo derecho a expresarme”, respondo desde ya: ese derecho no tiene por qué violentar la sensación de seguridad de los demás.

                   ¿De verdad creen que es un problema menor? ¿Tienen idea de cuántas mujeres deciden su ropa cada mañana en función de “qué me van a decir en la calle”? Modifican sus rutas para evitar ser acosadas o sacan valor para salir a la calle como ellas quieren. Muchos varones no tienen idea de esto, porque sólo están tan preocupados de masturbarse en su propia idea de lo femenino, que no miran más allá.

                  ¿De verdad es menor que un tipo salga a masturbase frente a niñas? Hay casos de eyaculaciones sobre menores en la vía pública o de gente que se reúne a tomar fotos a las mujeres por debajo de la falda. Eso es acoso sexual callejero, no está penado por la ley y aún así hay quienes se preocupan por defender los “piropos”.

                  Esta reivindicación no es “hembrismo”, el “hembrismo” lo inventaron los varones machistas y se reprodujo en masa para minimizar algo tan revolucionario como la igualdad de derechos.

                  Les doy un consejo: en vez de hacerse un auto-felatio de su propia masculinidad, pregúntenle a sus amigas qué les pasa cuando salen a la calle, si las siguen, qué cosas les gritan. Verán que el famoso “piropo” poético es sólo un mito. A ver si así se pegan el alcachofazo de que están dando la cacha y reproduciendo un sistema, a ver si así aportan algo al mundo, porque si vienen a decir que deberíamos “preocuparnos de cosas más importantes”, estoy ansioso de saber que es eso más importante que la igualdad de las personas.

                  *Columna de Francisco Rojas Fontecilla, publicada originalmente en El Ciudadano

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                    Estábamos carreteando en la casa de una amiga y no sé cómo salió el tema de los café con piernas. Yo he ido a algunos del centro, como el Haití, donde más que mirar culos, una disfruta del café. Dos amigos empezaron a compartir sus experiencias en esos locales que no tienen las puertas abiertas, sino que ocultan todo lo que pasa tras vidrios polarizados o derechamente pintados de negro.

                    Uno dijo: estábamos en primer año de universidad y entramos a uno de Estación Central. Pedimos los copetes más baratos y un amigo le miraba las tetas con descaro a una de las chiquillas. Llegó la hora feliz y mi amigo tuvo la osadía de hundir la nariz en el escote de la tipa que lo atendía. Cuando nos fuimos -ninguno pasó a un privado, éramos estudiantes pobres- el amigo con el que iba contó que después de emerger de esas pechugas enormes, la boca le había quedado llena de galleta molida. Parece que alguien, antes que él, había incursionado en el escote sin lavarse los dientes.

                    Nos reímos. Era una anécdota cerda y esas historias vomitivas siempre son chistosas.

                    Otro contó esto: éramos escolares y no teníamos nada de plata. Fuimos a un café con piernas del centro. Entré con mi amigo y altiro dos chicas nos hablaron. Nos pidieron que las invitáramos a un copete y nos sentamos en un sillón. Estábamos tomando y conversando, yo le miraba las tetas y tenía ganas de agarrarle el culo, pero no sabía si podía. No era fea, pero no era pa’ presentársela a tu papá. De repente, la mina me preguntó “¿querís que te la chupe?”. Quedé palacagá.

                    Ahí lo interrumpí y le pregunté, ¿se te paró?

                    Qué, me contestó él, cómo me preguntai esa hueá.

                    ¿Qué tiene que te pregunte?

                    Na’ que ver po’, cómo preguntai eso.

                    Pero dime po’.

                    No, no se me paró.

                    Mi amigo quedó choqueado. Se puso rojo, supongo que se sintió vulnerado y avergonzado. A mí me dio rabia y se lo dije, ¿por qué si acabas de hablar del culo y las tetas de una mina y yo te escucho intentando empatizar con tu historia, tú te ponís de todos colores cuando te pregunto por tu entrepierna, por lo que sentías?

                    Nos dimos vueltas en una discusión que no tuvo sentido y que no vale la pena reproducir, pero en el fondo la actitud y el discurso de mi amigo no fue más que el reflejo de algo que tenemos bien interiorizado y naturalizado: hablar y referirse al cuerpo de las mujeres es normal. Pero los penes y el cuerpo masculino es otra cosa. Parece que son sagrados.

                    Por ejemplo, excluyendo la pornografía, la tele y las películas en general igual muestran pechos o potos, pero nunca hombres piluchos. ¿Por qué? Mi teoría es que la narrativa en general es masculina y el androcentrismo poderoso: las historias -tele, radio, libros, cine- son contadas mayormente desde y para varones heterosexuales, a quienes “no les gusta el pico” y por lo tanto no muestran ni quieren ver penes en la pantalla. Así, lo masculino es menos referido como objeto que lo femenino.

                    Alguien podrá decir que igual Pato Laguna salía en calzoncillos en los catálogos Avon. Sí, hay una objetivización ahí, pero insisto que a nivel masivo no hay comparación. En fin, sólo me sorprendió eso, que mi amigo, como no está acostumbrado a que lo traten como objeto, se pusiera rojo porque me referí a su cuerpo, pero ni se inmutó al referirse al culo de la chica del café. Quizá, con lo que sintió, el patudo aprenda a ser más empático. Ojalá.

                    *Columna escrita por Arelis Uribe originalmente para Esmifiesta

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                      No sé si es el efecto del alcohol o si es un comportamiento reprimido que sale a la luz en situaciones decadentes, como la de la otra noche.

                      Es viernes a las cuatro de la mañana. Estoy con un chico, conversando y fumando tabaco, sentados en un espacio abierto donde hay otra gente fumando, conversando y tomando. Llega un amigo, de esos del colegio, que conozco hace más de 11 años. Se sienta junto a nosotros y nos interrumpe a gritos, con una actitud amenazadora y en “broma”.

                      – ¡Oye, hueón! Aléjate de ella, hueón, yo sé que te gusta. Ten cuidado con ella, ella es mi amiga, no te metai con ella.

                      Descolocada e incómoda, me reí, nos reímos. Mi risa fue en serio y en broma. Me sentí violentada, pero no quise darle importancia, mi amigo de hace años estaba muy borracho, lo entendí.

                      Pero la “broma” no llegó hasta ahí.

                      – Oye, hueón, para la hueá, ésta loca es mi amiga, no te metai con ella, yo sé que querí culiar con ella, pero no, hueón, aléjate de ella.

                      Siguió así, como por 15 minutos.

                      Antes de eso, en el mismo carrete, terminábamos de hablar sobre la campaña contra el acoso callejero, sobre el afiche en el que aparece mi foto, y otro ex compañero de curso que conozco hace más de diez años, pero que no es tan amigo, empezó a gritar:

                      – ¡Es que erís súper rica! ¡RICA! ¡Rica, hueón!

                      En ese momento, traté de dialogar con él, entre risa, rabia y trasnoche.

                      – Oye, hueón, para, no me interesa saberlo, menos viniendo de ti. Deja de hablar de mí como si fuera un pedazo de carne.
                      – Es que eso eres, poh: un pedazo de carne RICA. De hecho, te tiraría a mi parrilla- dijo, haciendo un gesto de parrillero.

                      Quedé perpleja.

                      Algo no anda bien. Dos ex compañeros de colegio, que conozco hace años, hablando frente a mí sobre mi cuerpo, rebajándome a un objeto sexual, faltándome el respeto y riéndose de la situación como si fuese un chiste. ¿Qué tiene de gracioso?

                      Entiendo que hombres y mujeres nos sintamos atraídos y haya cosas que decir, pero no entiendo la forma ni el momento. ¿Por qué una persona que supuestamente quiere halagarme lo hace a los gritos, en una actitud desafiante y agresiva, diciendo que me tiraría a su parrilla?

                      Me sentí muy violentada. ¿Fue el alcohol o una debilidad lo que produjo que los pensamientos más obscuros e inconscientes salieran a la luz? No avalo ni justifico esa “broma”. ¿Por qué debo reírme del comentario que me rebaja como persona a un simple trozo de carne muerta? Reírme y aceptarlo, ni cagando.

                      Al otro día, hablé con mi amigo, ahora lúcido, y dijo que no se acordaba de nada, pero le refresqué la memoria.

                      – Discúlpame, estaba muy curao, no me acuerdo de nada.

                      Pude dejarlo pasar, pero no. No soy cristiana, así que si quiero no perdono. Además, así los amigos aprenden de sus errores.

                      No es aceptable que un amigo se refiera a ti como un objeto “culiable”. Las mujeres no somos objetos sexuales y cada una decide con quien “culiar”. Es lo mismo que cuando camino por la calle y me gritan cosas obscenas. “Mamita, con esa boquita cómo me gustaría que me la chuparai”. ¿Por qué ese afán de decirnos cada estupidez que se les ocurre, sin pensar si queremos oírla o no?

                      Detrás de este comportamiento hay un deseo oculto y violento. Una amenaza: ¡aquí mando yo! El copete no es el problema, es sólo un estímulo para sacarlo a luz. El problema es callar durante años en un sistema patriarcal donde la diferencia entre hombres y mujeres es gigantesca, en todos los ámbitos, desde el laboral al sexual. Pero no más. Yo no disculpo, no me callo. Porque no soy un pedazo de carne, no soy una vagina. Soy una mujer, una persona, y como tal exijo respeto.

                      *Columna publicada originalmente por Danita en Es mi Fiesta