manoseo

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    La violencia estuvo siempre presente en mi vida. A los 11 años de edad un niño unos años mayor que yo, me manoseó las piernas en el bus del colegio. Avisé a los profesores, pero no pasó nada y me las tuve que arreglar sola. A los 14 años, en un gimnasio, un entrenador me abrazó y manoseó en un cuarto cerrado. Le conté a mis padres, pero finalmente no denunciamos. En el transporte público también sufrí acoso, en varias ocasiones me toquetearon. Una vez grité y nadie me ayudó; me miraron como si fuera una anormal.

    Pasó el tiempo, fui madre a los 16 años y sufrí violencia intrafamiliar por parte de mi pareja de ese entonces. A esa edad el acoso callejero ya era algo habitual para mí. Era frecuente que se me acercaran hombres para suspirar en mi oído o sorberse la saliva en señal de “estar rica”. Una vez un viejo me gritó “¡te sacaría caca!”; sentí tanto miedo… 

    Hoy ya no temo por mí, sino por mi hija de cinco años. Me da pena que por ser mujer tenga que pasar por estas cosas. Por eso, sé que debo prepararla, explicarle por qué pasa esto y enseñarle que el acoso callejero es una rama de la violencia, que permite y justifica otras formas de violencias.

     

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      Era una tarde cualquiera, yo iba caminando por una de las calles más transitadas de Antofagasta, hacia el dentista. Sentía las miradas babosas de algunos hombres, pero las ignoraba porque no sabía qué hacer, así que seguí caminando. Luego de un rato, pasó al lado mío un hombre de treinta y tantos años y se atrevió a tocar uno de mis senos y decirme: “me lo comería todito, mi amor”. Quedé en shock, me di la vuelta y por un rato me quedé ahí mirando cómo se alejaba como si nada hubiese hecho, como si no acabase de tocarme, de agredirme y de humillarme. Comencé a maldecir hasta a mi genética por tener muchas curvas y entre esos pensamientos, se me cruzó el “no es tu culpa”. Me decidí y comencé a correr detrás del tipo, estaba esperando el semáforo como dos cuadras más allá y yo no me iba a quedar de brazos cruzados. Corrí y cuando lo tuve al lado mío, me miró y me dijo: “ah, te quedé gustando”. Me enojé y le pegué con el codo en todo lo que se llama cara. “¡Maraca de mierda, puta, zorra” y otros garabatos me siguió gritando mientras le sangraba la nariz y yo me alejaba de su lado.

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        En el momento que viví esta situación tenía aproximadamente 14 años y recién estaba empezando a andar sola por la ciudad. Iba camino a la casa de un ex, alrededor de las 11 de la mañana por calle Moneda con Cumming. Estaba muy nerviosa, porque era temprano y sabía que el barrio no era el mejor. De repente, apareció un grupo de personas entre los que venía un tipo mirándome desde lejos y caminando hacia mi. Caminó, siempre con la vista fija en mi, hasta que llegó y tocó mi entrepierna a la pasada. Me tocó sin mayor remordimiento y me susurró algo al oído que no entendí bien. Luego, siguió caminando como si nada. Quedé en blanco sin saber qué hacer, solo seguí caminando, a punto de llorar. Esto sucedió con muchas personas de testigo, hombres y mujeres, y nadie hizo ni dijo algo. Cuando logré llegar donde mi ex, al ver lo consternada que estaba, él se río en mi cara de lo sucedido. Lo tomó como una broma, cambió el tema y ahí quedó.

        Cinco años después continúo recordando esto. No le he contado a nadie en profundidad, ni siquiera a mi mamá. Cinco años después, comienzo a aprender que esto es considerado como un evento de acoso callejero de tipo traumático; y vaya que tiene sentido. Han pasado muchos años y sigo recordándolo como si fuera ayer: cada vez que salgo sola, cada vez que camino por ese lugar (que evito a toda costa), cada vez que me gritan algo en la calle o, simplemente, cada vez que veo a alguien sospechoso en la calle.

        Por eso les pregunto a los acosadores, ¿en serio creen que hacer estas cosas es subirles el autoestima a las mujeres? No, no nos sube el autoestima. Nos trauma de por vida. Hago el llamado a pensar un poco, a ver más allá y a empatizar con quien está a tu lado.

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          Desbloqueé este recuerdo cuando descubrí que había normalizado las situaciones en las que mi intimidad fue violentada, cuando me empecé a conocer y valorar como mujer. Ese día dejé de culparme por aquello y me di cuenta que el machismo es el único responsable.

          Era domingo, verano y hacía el típico calor infernal de Santiago. Salí con short corto y una polera ajustada, evidentemente buscando capear el calor. Doblé por el pasaje hacia el negocio y venía un tipo moreno, de baja estatura y con cara de no ser del sector. Se paró frente a mi, cortando el camino y me tocó. Tocó mi vagina y siguió caminando, como si nunca me hubiese visto. Con solo 12 años no entendí muy bien lo que pasó, pero sabía que nadie debía tocarme ahí sin mi autorización. Volví a la casa, sin decir nada de lo que pasó, me encerré en la pieza y jugué mucho rato tratando de no pensar. Luego me vestí, o más bien me tapé, como se visten las señoritas “decentes” y desde ese día evité usar short y faldas cuando estuviese sola. Solo acepté nuevamente la ropa linda y ajustada cuando salía con mis papás o con alguien que me brindara seguridad.

          Desde ese día el acoso no se detuvo. Me demoré mucho tiempo en aceptar que me gustara, me tocara. A veces, cuando alguien en el Metro o en la calle se acerca mucho, tengo esa sensación de parálisis que todas sentimos cuando somos vulneradas, pero sé que hoy tengo que defenderme. Hace 12 años no tenía idea, porque normalicé estas situaciones e incluso asentí ante aquellos comentarios de: “Deberías sentirte halagada, eres bonita y a los hombres les gustas”.

          Ya me saqué esa venda de los ojos, pero quedan mis sobrinas, mis futuras hijas, mis amigas y las hijas de mis amigas. Todas en una sociedad que nos sigue culpando por nacer femeninas y coartando la libertad de transitar libre, sin miedo por los espacios que por derecho también nos pertenecen.

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            Me encontraba en el departamento de informática de la Universidad de Santiago, ubicado en Estación Central. Estaba sentada junto a otros compañeros de la carrera, conocidos y desconocidos, mientras hablaba por télefono. De pronto, se acerca un compañero que no veía hace tiempo, me saludó y luego pasó por detrás mío. Justo en ese momento, sentí un tirón de mi ropa interior, claramente intencional. Es más, el elastico llegó a golpear mi piel. Me di vuelta y vi como él se alejaba, sonriéndome de forma burlesca.

            Al principio, me cuestioné si mi pantalón no me protegió lo suficiente para haber evitado que se notara la ropa interior. Pero con el pasar de los días (e incluso años), me di cuenta que eso nunca debió haber ocurrido, independiente si mi ropa interior se encontraba visible o no, no era posible tal acto.

            También recordé que ese mismo compañero intentó tocar mis senos camino a la casa de otro compañero. Varios compañeros caminábamos para ir a carretear, yo iba al lado de él hablando, cuando de pronto hace el gesto de tocación. Le tomé la mano y le dije que no. Él respondió diciendo “shh shh”, haciéndolo pasar por algo normal. Incluso sabiendo él que yo estaba pololeando y él conocía a mi pololo de ese entonces.

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              Tengo 25 años y desde los trece  que he sido víctima de acoso callejero en incontables ocasiones.  Antes de contar mi primera experiencia, quisiera realizar algunas observaciones hacia las mujeres que sufrimos esto. Soy parte de esta comunidad desde que empezó en Facebook y siempre he leído lo mismo. La mayoría de los testimonios inician describiendo la ropa que llevaban puesta y contando que esta no era provocativa. Si nosotras iniciamos nuestros relatos describiendo la “ropa no provocativa” que llevábamos puesta. Ese es el primer error: ningún tipo de ropa justifica un acoso. Usted puede salir a la calle en bikini y nadie tiene derecho a tocarla sin su autorización. Hay que eliminar de nuestra cabeza y vocabulario eso de “ropa no provocativa”. Primero, porque es injusto contra nosotras mismas y es una forma de justificar el acoso. Segundo, porque los hombres son seres pensantes, por lo que pueden evitar “provocarse”.

              Mi segunda crítica es hacia nuestras madres y abuelas que más de alguna vez dijeron la frase “preocúpate cuando no te griten” o “te gritan porque eres bonita”. O sea que ¿nosotras necesitamos la aprobación de un hombre para considerarnos bonitas? No es así, las mujeres valen por sí misma y no necesitan la aprobación de nadie.

              Luego de esto les cuento mi experiencia. A pesar de ser una mujer de carácter fuerte, nunca he tenido la suficiente personalidad para enfrentar el acoso. Me da miedo la reacción de la otra persona, no sé cómo enfrentar la violencia. Me da susto que estos tipos lleguen más lejos, que me golpeen o algo peor.  En ese entonces, tenía doce años. Era una niña, nunca había dado un beso, ni siquiera me había gustado alguien, de hecho aún jugaba con mi hermana a las muñecas y mi primera experiencia con el sexo opuesto fue a través del acoso de este tipo. Iba caminando hacia la casa de mi mejor amiga, cuando pasó un tipo de unos sesenta años en bicicleta que me agarró el trasero de una manera tan fuerte e invasiva, que me llegó a levantar del suelo. Quedé en blanco, en shock, sin poder ni hablar. El tipo se dio vuelta a mirar mi reacción y me sonrió. Yo quede allí, de pie, sin poder decir una palabra e inmovilizada. Después de un rato y con un hilo de voz le grité: “Viejo cochino”, (creo que ni me escucho).  Llegué tiritando y llorando a la casa de mi amiga. No podía explicarle lo que me había pasado, entonces se quedó conmigo haciéndome cariño durante horas, mientras yo no paraba de llorar, porque me sentía muy sucia y casi violada. Tuvieron que llamar a mi mama porque no me atrevía a irme sola. Luego en mi casa, lloré toda la noche. Me sentía culpable y no comprendía qué hice para pasar por eso, no entendía por qué lo hizo si el era mayor que mi abuelo, ni qué le podía ver a  una niña de 12 años.

              Luego de eso me ha pasado en innumerables acosos callejeros, así que aprendí a evitar calles peligrosas, a cruzar si viene alguien sospechoso en frente, a no mirar ni sonreír en la calle, y no salir sola de noche, porque de lo contrario me acosan. La única forma que no me suceda es si salgo con mi novio, recién ahí soy una persona que merece respeto, a la que no le gritan ni tocan. Es injusto que solo de la mano de un hombre uno pueda caminar tranquila, me quitaron el uso de los espacios públicos desde que tengo 12 años y eso debe cambiar, eduquemos a nuestra familia, que nuestros abuelos, padres, tíos, primos, sepan que esto pasa, molesta y es una forma de violencia. Creo que si partimos por nuestro entorno de a poco esto irá cambiando.

               

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                No es primera vez que me ocurre. Cuando era adolescente muchas veces un tipo se “apoyó contra mi” en la micro o algún depravado me agarró el trasero, pero aprendí a encarar y funar a los sujetos, con golpes y gritos. Hoy con 30 años, en la calle más central y transitada de Puerto Montt, un tipejo a eso de las 13:00 horas, aprovechando el volumen de personas, pasó rápidamente a mi lado y estiró sus dedos “rosándome” el trasero. No fue un agarrón, ni un  toqueteo, pero sentí sus dedos y para mí eso bastó. Me di vuelta y con una carpeta dura llena de formularios lo golpeé en la cabeza. Se giró sorprendido, diciendo que no había hecho nada, que no se había dado cuenta. En palabras coloquiales “lo subí y lo bajé” a improperios, pero él seguía haciéndose el desentendido. Cuando dio la vuelta para irse, volví a golpearlo. Sí, tengo 30 años y soy una mujer con carácter, pero lamentablemente estos hechos me dejan siempre mal, con ganas de llorar.

                ¿Hasta cuándo aguantaremos que las personas se sobrepasen? Pensando en los niños y adolescentes creo que tenemos que reaccionar y ser capaces de que, por ultimo, estos idiotas se lleven un mal rato público. De lo contrario, seguiremos reproduciendo una sociedad abusadora y violadora. Chile tiene cifras horribles, muy bien lo saben ustedes.

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                  principal testimoniosFue hace dos semanas. Iba por Providencia de pie en la micro y con la espalda apoyada en la ventana. En eso, se subió una mujer de unos 40 años (yo tengo 29 años). Aunque no había tanta gente, se puso justo delante mío. Al rato comenzó a correrse para atrás y a rozarme el pubis con su trasero. Le toqué el hombro y le dije: “Disculpa, no puedo correrme más atrás”. Se hizo la loca. Pero unas cuadras más adelante volvió a rozarme y con más ganas, como “perreando”. La gente alrededor miraba con asombro, pero nadie hizo o dijo algo. Reconozco que usé la fuerza, la empujé, me puse en otro lugar y después me bajé. Quedé desconcertada, es tan raro ser acosada por una mujer. Pero finalmente me siento igual de vulnerada

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                    A los 14 años fui por primera vez víctima del acoso sexual callejero. Me estaba bajando de la micro y sentí un agarrón. Era muy chica y no hice nada.

                    Cada vez es más usual recibir piropos en la calle y roces en el metro. Ya estoy cansada de que no se nos respete y que se haya transformado en algo normal. No somos un objeto, no somos solo un cuerpo, ¡somos personas con dignidad!

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                      Pensé mucho tiempo cómo escribiría esto. Leía los testimonios y sentía que en realidad mi historia no era tan terrible, pero el deseo de contarla seguía creciendo hasta que una noche de reflexión pensé en el montón de cosas  que había vivido en mi vida y todas las veces que no me hice respetar, que alguien pasó por sobre mi inocencia, confianza e intimidad sin sentir un mínimo de vergüenza. Mis historias son un reproche a todos los momentos en que debí levantar la voz, porque me da vergüenza no tener la fuerza de enseñarle a estos abusadores que a la mujer se le respeta, y que cada vez que callo estoy provocando que otra mujer pueda sentir lo mismo que yo.

                      Esta no es una historia de acoso callejero. Es la historia que nunca he sabido cómo contar. Cuando estaba en básica, estudiaba por las tardes, así que en las mañanas me iba a la cama de mi mamá para ver tele con ella y regalonear un rato. Un día mi madre tuvo que dejarme sola porque necesitaba comprar cosas para el almuerzo. Al rato alguien llamó por teléfono, era un hombre. Él me dijo que era amigo de la familia y preguntó si mi padre estaba en la casa, instintivamente respondí que no. Me preguntó si mi madre se encontraba y le dije que había salido, pero que volvía al tiro… Era tan inocente. El tipo me dijo que era doctor y que quería “revisarme”, así que me preguntó cuántos años tenía y qué ropa llevaba (no sé qué respondí). De pronto, me preguntó cómo era mi “cosita”, que si sabía cómo eran las “partecitas” del hombre, que si tenía “pelitos” y que me empezara a tocar. ¡Dios, corté el teléfono tan pronto como pude! Por suerte, mi madre desde pequeñita me enseñó que nadie podía meterse con mis “partes de niña”. Cuando mi madre llegó a la casa estaba asustada, sentía miedo de que ella me retara por algo que nunca fue mi culpa, así que nunca le conté a nadie esto, lo borré de mi memoria por años, pero ahora de grande caí en la cuenta de que debió ser algún vecino o alguien muy cercano. ¿Cómo mierda supo este asqueroso que mi madre no estaba en la casa? ¿Cómo sabía que había una niña en esa casa que el podía acosar? Nunca lo sabré.

                      El resto de mi infancia fue relativamente relajada, nunca he sido bonita. Todo eso hasta que me creció un busto grande cuando nadie tenía nada. Las niñas me rechazaban y los hombres sólo querían hablar de mis pechos. Me alejé de todo y me volví solitaria, rasgo que mantengo hasta hoy. Pasaron varios años, me cambié de ciudad y comencé a juntarme con puros hombres; nunca he sido buena con las mujeres, quizás porque me crié muy cercana a mi hermano.

                      Un día fui con una compañera a la casa de un amigo a hacer una tarea para el colegio. Nos sentamos junto al computador con él y cuando ella se levantó al baño el me agarró muy fuerte, tanto que no pude zafarme y de la nada me plantó un beso. No supe cómo reaccionar, ni qué hacer. Lo saqué como pude y quedé para adentro. Cuando llegó mi compañera, yo estaba pálida y nerviosa. Intenté como pude terminar mi trabajo para poder irme pronto y olvidarme de todo lo sucedido. Ese fue mi primer beso.

                      El resto es una mancha borrosa de agarrones de pechos en reuniones de amigos aprovechándose de la oportunidad de un pasillo delgado; que me tiraran a un sillón, me tocaran entera y no saber cómo arrancar; que me manosearan bajo la mesa en clases, cuando creían que nadie miraba, y me pasaran la mano por toda la pierna hasta donde nadie debería llegar sin permiso. Y una la tonta quedándose callada, tiesa, sin saber qué hacer ni cómo reaccionar por vergüenza. Juro que nunca busqué que me pasara todo eso.

                      Un día, camino al colegio, me subí a una micro llena. Al rato sentí que alguien se puso detrás mío e insistentemente trataba de quedar en esa posición, por mucho que yo me moviera. Puse mi bolso detrás (por suerte usaba uno) y la cosa se calmó por un rato. Estaba tan lleno que no pude verle la cara y pasé mucho rato tratando de convencerme que no era lo que yo pensaba. De repente, sentí que una mano me subía la falda del colegio, me tocaba el trasero y me manoseaba. Traté de correrme y mirar, pero no podía. ¡No pude más! Empujé a toda la gente que tenía alrededor, gritando permiso con todas mis fuerzas y tratando de no llorar. ¡No podía dejar que un asqueroso me hiciera llorar! Cuando por fin me pude dar vuelta, vi la cara del viejo llena de risa. Le causaba gracia mi vergüenza, mi miedo. Puse la música fuerte, cerré los ojos y trate de olvidarlo, pero ¡no, esas cosas nunca se olvidan!

                      Todas hemos vivido esas miradas y frases al oído de viejos asquerosos que no deberían  acercarse; de esos tipos que te ven sola en un paradero y te preguntan dónde vives o tu nombre; que te dicen que eres bonita pero no te miran a la cara; que te ven esperando a alguien y creen que es correcto acercarse para decirte lo que se les antoje.

                      Nunca me consideré una mujer bonita, aún así he vivido todas las cosas que nombré y quizás cuantas otras que mi mente decidió olvidar.

                      Hoy me niego a seguir callada. No quiero seguir escondida, ni que a las demás les pase lo mismo. Confronto a cada asqueroso que mira a otra mujer de pies de cabeza. Los miro con odio hasta que la vergüenza se los coma.

                      Por eso les digo a las mujeres que debemos ser empáticas, fuertes y enseñar a nuestros hijos e hijas que se hagan respetar y respeten a otros. Tenemos que defendernos entre nosotras y hacerlos sentir como la verdadera peste que son. Ellos no tienen idea el daño que una palabra o agarrón le hace a una persona y cómo eso puede llegar a destruir la inocencia e alguien.