manoseo

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    Una tarde salí con mis compañeros de trabajo a un bar muy cerca de mi casa. Como era verano, temprano y estaba agradable, decidí volver sola. Siempre había hecho ese recorrido caminando, hasta ese día…

    Llegando a una avenida, un auto dobló hacia mí; frenó a varios metros, y vi que alguien, supuestamente, se bajó a revisar la rueda del auto. Seguí caminando, alejándome de donde él estaba, en dirección a la avenida principal, pero sentí que corría detrás mío. Luego, me tomó de las nalgas y me levantó en el aire. Quedé tirada en el suelo y él volvió corriendo a su auto riéndose, gritando y tocando bocina, como festejando un gol.

    Tuve que tomar aire mientras caminaba muy de prisa (temía que si corría él lo tomara como otro juego) y llamar a un amigo por teléfono para pedirle que se mantuviera en línea mientras caminaba las dos cuadras que me faltaban para llegar.

    Lamentablemente lo que al tipo este le pareció divertido, acabó con mi confianza de caminar sola en la calle, me dejó invalidada como mujer independiente, y me llenó de una sensación de miedo y odio a encontrarme a un hombre en la calle. Hasta hoy transito con temor, mirando a cada rato por si viene alguien siguiéndome, sin importar la hora ni el lugar.

     

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      Estaba esperando la locomoción en Av. La Florida con Walker Martínez, había mucha gente en el paradero y la micro no pasaba hace rato. Estaba usando un pantalón tipo ‘opart’, de esos con rayas blancas y negras, par de tacos altos y una polera negra. El tipo que estaba delante de mí, me dejó pasar primero para subir a la micro y le respondí amablemente con un “gracias”. Nada raro hasta ahí.

      La micro iba llenísima de gente, por lo que quedé en toda la pasada, cuando de repente sentí una palma de mano que pasó por todo mi trasero, llegó a mi entrepierna y me levantó. Fue asqueroso, quedé en shock. Iba con los audífonos puestos y no sabía si eso realmente me había pasado. Me di vuelta y el huevón que me había dejado subir primero a la micro (como de unos 40 años) estaba pasando por detrás mío. ¡Había sido él! Pero estaba tan paralizada que no atiné a hacer algo.

      Me bajé de la micro tiritando y le hablé por Facebook a una persona que en ese entonces era mi amigo. Le dije: “Huevón, me agarraron todo el poto en la micro, me siento muy mal, estoy temblando”. Lo peor fue su increíble y machista respuesta: “Es tu culpa po, para qué te pones esos pantalones, es obvio que eso te iba a pasar”. ¿Cómo puede haber gente así? Me costó mucho sentirme confiada en una micro, sobre todo porque cuando me pasó eso, era menor de edad.

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        Ya me había pasado antes que me gritaran cosas en la calle o que algún pelotudo me dijera algo cuando pasaba al lado de él. Suelo salir a la calle con audífonos, y las veces que no lo hice, siempre respondí, por lo que me llegaban comentarios como “hueona loca” o “ordinaria”. Pero la situación que voy a contar me dejó congelada.

        Iba un sábado al dentista, tipo once de la mañana, en Metro. Iba con un vestido suelto negro y zapatillas. El metro no iba tan lleno, pero lo suficiente para que la gente fuera un poco apretada. Recuerdo que sentí una puntada en mi trasero, pero no le di importancia, pensé que alguien me había pasado a llevar con el bolso. Cuando sentí que era más insistente, miré y era un tipo metiendo la mano bajo mi vestido, manoseándome el trasero. Me quedé como tabla, no supe cómo reaccionar. Siempre me habían dicho en casa que si llegaba a pasarme algo así tenía que gritar, hacer escándalo, pero dentro mío me hice pequeñita, me quedé muda. El tipo luego bajó en la siguiente estación y me quedé igual de paralizada, con asco, con ganas de llorar y con rabia hacia mí misma por no haber hecho nada. Hasta el día de hoy, cuando recuerdo, me siento enrabiada con el tipo y conmigo por no haber reaccionado y haberme paralizado así; porque aunque a una le enseñen qué hacer en esas situaciones, no te esperas que suceda.

        Hace rato que no uso vestidos en la calle ni me gusta salir muy arreglada, sobre todo porque siempre ando en transporte público. Es penca tener que dejar de ser como una es o quisiera ser, por miedo a que te griten o te toquen.

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          Nunca he asumido esto como un trauma, quizá está en mi inconsciente, quizá no. Quizá marcó una parte de mi personalidad o de mi conducta sexual, no sé. Es fuerte leerlo ahora, pero al menos es para dejar mi testimonio.

          Tenía siete años. Todo era juego con los amigos de la cuadra, todas las tardes nos reuníamos, un grupo de ocho, a jugar al luche, a la pinta, a la escondida. Entre ellos había un niño que ya no era tan niño, de unos  14 años. Yo era tan pequeña que no sé qué edad tenía, pero por su conducta quizás era un púber. No sé qué le dio al chico conmigo, no sé qué podía ver en mí si yo era una niña que ni siquiera se desarrollaba aún. El tema es que me seguía.

          Jugando al luche, se ponía detrás mío para manosearme y tocarme el trasero. Un día fui a bañarme a la piscina de una amiguita que vivía al frente y él estaba ahí. Yo andaba con unas calzas cortas, gastadas, con hoyitos en la costura. Al bañarnos, estaba todo el tiempo pegado a mí. Metía su mano debajo, intentando meter su dedo meñique por uno de los hoyitos que daba justo a mi vagina. Yo le pedía que parara, porque me dolía lo que hacía. “Pero si es rico”, decía él. Me obligaba a darle besos con lengua y a sentarme arriba de él,  sobajeándome mis partes íntimas con sus piernas. Yo no entendía nada, nunca en mi vida había escuchado ese tipo de cosas, nunca había tenido interés con la sexualidad.

          Un día, vino a buscarme a mi casa. Le dijo a mi abuelita que me invitaba a su casa, que tenía unos juegos nuevos. Yo, entusiasmada e inocente, dije sí y mi abuelita accedió sin saber lo que pasaría.  Me llevó a su casa, jugamos un rato y luego me invitó a subir a su pieza, yo vi los juegos y le pregunte por ellos, él me dijo “sí sí, pero después”. Entonces me preguntó si sabía lo que era hacer el amor. Obviamente, respondí que no. Dijo que se hacía poniéndome arriba de él y moviéndome, que si lo quería intentar, yo respondí que no. Luego, dijo “mira, yo te enseño” y con ropa, se subió arriba mío y se balanceó un par de veces. Quizá aburrido de que yo no entendiera, cambió de propuesta. Me preguntó, “¿sabes qué es el sexo oral?”. Contesté que no. Se bajó los pantalones, tomó mi mano y me chupó un dedo. “Así es, pero aquí”, dijo señalando su pene. Insistió en que lo hiciera. Aunque era inocente, no quería hacerlo. No recuerdo cómo salí de su casa.

          Hoy me pregunto, ¿qué habrá sido de él? ¿Estará enfermo de la cabeza? ¿Habrá estado enfermo a esas alturas? ¿Qué sucedía en su mente al querer vulnerar a una niña tan pequeña que ni siquiera le podía entregar lo que él quería, siendo tan joven?

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            Tenía 18 años y me dirigía a la universidad en micro, vestida como siempre con bototos y jeans. Iba estudiando en un asiento al lado de la ventana y se sentó a mi lado un hombre joven, de alrededor de 30 años, de “buena presencia”.

            Mientras avanzaba el viaje, empecé a sentir que me tocaba con su mano, como casualmente y se mantuvo así por varias cuadras. Cuando miré, no pude ver sus manos porque las tenía envueltas en una chaqueta. Al principio quise creer que era casualidad pero luego fue acercando más y más su mano a mi muslo, hasta que en un movimiento tenía toda su mano rodeando mi muslo a la altura de mi entrepierna.

            Estar al rincón sin poder alejarme, me dejo paralizada unos momentos. Luego lo enfrenté y le dije “saca la mano”. Él me sonrió. Luego, al querer bajarme, no me dejó salir fácilmente del rincón, tuve que decirle explícitamente: “déjame salir”. Cuando salí, volvió a tocarme. Me paré rápido y me bajé de la micro.

            Cuando me bajé el hombre me tiraba besos por la ventana. Me sentí muy mal, con ganas de llorar, completamente violentada y con mucha vergüenza y culpa, sin saber por qué. Nunca le conté a mis papás, ni a mis hermanos, ni a mis compañeros lo que me pasó. Quizá solo a mi mejor amiga de la Universidad.

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              Tenía 14 años y decidí ir donde un amigo alrededor de las diez de la mañana.

              Iba caminando apurada, porque me daba miedo andar por las calles del centro de Santiago, pensando que podrían asaltarme, sin saber que lo menos que podía pasarme era eso. Seguí caminando y pasando por calles solitarias, apurada y preocupada.

              De repente empecé a caminar por una calle mucho más concurrida y bajé la velocidad porque me sentí segura al estar rodeada de gente. Lo que no sabía era que donde más segura me sentí, menos lo estaba.

              Un tipo empezó a caminar hacia mí, levantó su mano y la pasó por mi entrepierna intentando apretarla, ante la mirada de todas las personas que caminaban y que no hicieron absolutamente nada por defenderme.

              Me quedé quieta en la mitad de la calle y la gente me empezó a empujar para pasar. Seguí caminando hacia a casa de mi amigo y una vez ahí, solo quería llorar y abrazar a alguien, pero cuando le conté, él se rió y me dijo que me calmara, que siempre pasaba, que era tonto y que me acostumbrara.

              Nunca se borró de mi mente la cara de aquel personaje que hizo algo que “siempre pasa”, algo “normal”. Hoy tengo 18 años y aún no olvido aquella experiencia, pero bueno… Siempre pasa, debería acostumbrarme, ¿no?

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                Esto nunca se me va a olvidar. No se me podría olvidar nunca en la vida.

                Fue en una fiesta de curso de segundo medio, yo tenía 16 años. Estábamos celebrando fin de año en una disco y estaba el curso completo, pero también había más gente. Era una fiesta de espuma. Yo estaba usando una polera con pabilos bien simple y una mini falda. Yo no sabía (ahora sé) que en una fiesta de espuma eso no se debe hacer (NO SE DEBE HACER), y por eso comparto esto, ya que vivimos en una sociedad terrible donde aprendí ese “código” de la peor forma. Por favor, mientras sigamos viviendo en este mundo machista no usen falda en una fiesta de espuma.

                Cuando empezó a caer la espuma y estaba toda la gente en la pista apretujándose, perdí la mano de mi amiga entre toda la multitud y ahí ocurrió lo horrible. Sentí un abrazo y pensé que era un amigo (evidentemente era un hombre), pero entonces resulta que no era un abrazo, estaban inmovilizando mis brazos y acto seguido esa persona introdujo su mano bajo mi falda y manoseó mis genitales bajo la ropa interior. Fue fuerte, brusco y doloroso, y yo no me pude soltar hasta que gracias a lo resbaloso de la espuma pude deslizarme fuera de los brazos de quien me sostenía y salir de ahí casi gateando.
                Colapsé en llanto en una esquina del local y unas compañeras me sacaron de ahí. Recuerdo que una enfermera me examinó con mucha pena y me dijo que tenía lleno de hematomas. Me dio analgésicos y me fui a mi casa. Solo le conté a mi mamá y ella lloró conmigo. No hubo denuncia, en ese entonces estos temas no daban para eso.

                Yo era chica y es terrible para mí que el primer hombre que me tocó de esa forma no fue alguien a quien yo quisiera y con quien lo hubiese consentido, sino un maldito degenerado. En mi familia es como típico que mis tías cercanas o abuela me peguen suavemente en el trasero a modo de broma, pero durante más de un año cada vez que lo hacían yo explotaba en llanto. Afortunadamente hoy hay gente que le da la seriedad que yo le doy al suceso. Pero me da vergüenza contarlo, porque no sé cómo reaccionaría si alguien se atreviera a decirme “bueno, pero a ti se te ocurrió ir con mini falda ¿no?”

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                  Había ido a una actividad del colegio del que había salido el año anterior y que está a diez minutos caminando de mi casa. Eran las once de la noche y me llamó mi mamá preguntando cómo y a qué hora llegaría a la casa, le dije que aún no terminaba la actividad pero que a las doce partiría a la casa. Le pregunté si me iría a buscar, me dijeron que no porque ya estaban todos acostados. Dije que ya, que volvería en micro.

                  Cuando ya eran las doce, me despedí y partí al paradero con un poco de temor, porque no suelo salir de noche, normalmente no llego después de las once porque nunca se sabe lo que puede pasar. En el paradero, no pasaba ninguna micro y había pasado media hora, así que en la oscuridad me puse a pensar si caminar o seguir esperando. Como pasaba el tiempo y quería llegar luego a la casa, me propuse a caminar esos diez minutos. Pensé que nada pasaría.

                  Iba a mitad de camino, llegando al semáforo para cruzar la calle, y en mi apresurado caminar sentí pasos detrás de mí, de esos que caminan y corren a la vez. En ese momento empecé a caminar más rápido, esperando que la persona solamente pasara por al lado mío, sin hacer nada; pero no. De un momento a otro sentí sus manos encima mío. Me tocó entera y yo no podía hacer nada, sólo rogaba que no me violara más de lo que ya había hecho. Se fue corriendo, como si lo que hizo era todo lo que quería, tocar y nada más.

                  Me dispuse a seguir caminando, cuando pude reaccionar, llamé a mi mamá diciéndole entre llantos que me fuera a buscar, que me encontrara en el camino porque ya no podía llegar sola. Me encontré con mi papá, me vio llorando y me preguntó qué me había pasado. Le dije que me habían acosado y nos fuimos en silencio hasta la casa. Al llegar lo primero que hice fue sacarme la ropa, nunca había sentido tanto asco, que alguien me haya tocado, son esas cosas que de verdad no se olvidan.

                  Sólo espero poder quitarme ese temor de caminar en la calle, poder caminar tranquila, sin que nadie te grite o te silbe.

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                    “Un día me subí a la micro y un hombre me tocó la vagina”, cuenta Barbara Letelier, de 26 años, una de las tantas chilenas que ha sido víctima de acoso sexual callejero.

                    ¿Qué tan grave es el acoso sexual callejero en Chile? ¿Son los llamados “piropos” su única expresión? A través del testimonio de tres mujeres chilenas, el Observatorio Contra el Acoso Callejero, OCAC Chile, realizó un video que retrata cómo se vive en Chile esta forma de violencia de género en el país, con el fin de mostrar la magnitud del problema y el nivel de desprotección de sus víctimas.

                    El video cuenta los testimonios de tres jóvenes chilenas que sufrieron acoso sexual callejero de gravedad, como Bárbara Letelier, de 26 años, quien cuenta que “un día me subí a la micro y un hombre me tocó la vagina”. O Nicole Miranda, de 19 años, a quien asaltaron y manosearon, y pese a denunciar el hecho ante las autoridades, éstas le informaron que tomarían el caso como asalto y no abuso sexual, puesto que “decían que el objetivo principal del tipo era robarme y no tocarme”.

                    Para OCAC Chile, la violencia sexual en el espacio público se define como un “conjunto de prácticas de connotación sexual ejercidas por una persona desconocida en espacios públicos, como la calle”. En nuestro país, estas acciones violentas  son sufridas de manera sistémica, especialmente por mujeres y niñas, y ocurren “varias veces al día desde aproximadamente los 12 años”, según datos de la Primera Encuesta sobre Acoso Callejero.

                    Frente a este panorama, diversas autoridades nacionales se han pronunciado expresando su apoyo y disposición a trabajar para erradicar estas prácticas. Durante el lanzamiento de la campaña #AcosoEsViolencia de OCAC Chile, en noviembre pasado, la ministra Claudia Pascual dijo que el gobierno de Michelle Bachelet ha asumido el compromiso “de ampliar la mirada de la violencia contra las mujeres”.

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                      Tenía alrededor de 15 años y me dispuse a regresar a casa en Metro, después de una jornada de colegio. Hacía calor, yo vestía con mi jumper poco “provocador”, porque no me gustaba -ni me gusta- recibir las miradas lascivas de algunos especímenes.

                      En el andén había bastante gente, me subí de las primeras al vagón y poco a poco empezó a llenarse, hubo un momento en que la muchedumbre comenzó a presionar. Subió un tipo de entre 30 y 40 años que llevaba una especie de maletín en la mano, que me miró fijamente por unos segundos. Noté su presencia, pero ignoré el trasfondo que esa mirada podía ocultar. Acto seguido, él aprovechó la presión que ejercía el resto de la gente para tocarme, trató de disimularlo tapándose con el bolso y tocó mi vagina. Más bien fue un agarrón, porque presionó con fuerza. Mi reacción innata fue ponerme colorada, hasta que pasó el shock de los primeros segundos. No sabía qué hacer. Después, atiné a pegarle un palmetazo con todas mis fuerzas para que sacara su sucia y asquerosa mano de mis genitales. Como mi movimiento fue brusco, él me miró sorprendido y la gente de alrededor también miró en busca de lo sucedido. Porque sí, ellos notaron que algo pasaba.

                      No puedo asegurar si alguien comprendió lo que sucedió en ese instante, pero aun así, nadie hizo nada, ni preguntó qué pasaba y lo peor, nadie se acercó a mí a ofrecer ayuda. Estaba sola, en medio de un mar de gente y con el acosador frente a mí, sin saber cómo reaccionaría. En un gran esfuerzo, terminé moviéndome del lugar lo más lejos posible. En cuanto al tipo, siguió su viaje con gran naturalidad, como si él no hubiese hecho nada.

                      No fui capaz de gritarle a todo el mundo que ese hombre me había tocado, que había abusado de mí con violencia y sin pudor, que había corrompido mi espacio, mi paz y tranquilidad. Hasta el día de hoy, después de años, nunca se lo conté a nadie, porque lo que menos necesitaba era la típica reacción machista justificando el acoso por cómo andaba vestida, por lo que posiblemente hice para provocarlo o los consejos de que debo andar con más cuidado. Discursos que sabía de memoria, pero que no servían ni sirven de nada en estas situaciones. Porque nadie más que una sabe lo que se siente en esos momentos, lo vulnerada e insegura, la rabia, el asco y la pena de vivir en una sociedad tan retrógrada, en donde aún para muchos, la mujer sigue siendo un objeto del cual quieren y creen tener soberanía.