manoseo

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    Desde los 12 años que he tenido que soportar todo tipo de acoso. Jamás me visto con faldas o vestidos, más por miedo que por otro motivo.

    Cuando tenía 13 años, me ocurrió algo que aún me causa dolor y miedo. Fue a las ocho de la noche, en Halloween. Iba camino a mi casa, recuerdo que andaba con una polera y unos pantalones. Comencé a sentir que alguien me seguía, pero como aún había niños con sus madres en las calles pidiendo dulces, no le tomé mucha importancia.

    A solo unos metros de mi casa, un grupo de hombres se acerco a mí. Me agarraron las manos, inmovilizándome. Me tocaron, violaron mi espacio y me dejaron marcada de por vida. Grité muy fuerte todo el tiempo y nadie me ayudó, mujeres y hombres con sus hijos pasaron por al lado sin hacer nada,  solo observando, como si fuera lo más normal del mundo.

    Luego de manosearme y frotar sus genitales contra mi cuerpo, se fueron. Tenía 13 años, ahora tengo 18 y sigo caminando con miedo por la calle. Yo no entiendo cómo existen personas que defienden este tipo de actos o le bajan el perfil, cómo no apoyan iniciativas para erradicar esta violencia que vivimos las mujeres. Ninguna mujer tiene porqué vivir algo tan grave como lo que me sucedió a mí.

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      Esto pasó hace unos dos años. Yo tenía diecinueve años y, como todos en verano, quería usar falda y algo cómodo para repeler el calor. Me aseguré de que fuera una falda que no se levantara fácilmente (era una falda-pantalón). Yo estaba pololeando y salí con mi pololo al cumpleaños de mi mejor amiga en Providencia. Hubiese preferido mil veces no llegar a mi casa ese día.

      A menos de cinco metros de mi casa, mi pololo (ex ahora) me abrazó. Un  tipo mayor que iba pasando, ebrio y andrajoso, se acercó y metió su mano por mi entrepierna y tocó mi trasero y genitales. Sentí tanto asco, impotencia, RABIA. ¿Qué cresta se creía ese viejo asqueroso? ¿Qué le hizo pensar que tenía derecho a tocar mi cuerpo? Me quedé tan helada del impacto y del miedo que no atiné a hacer nada. Me considero una mujer de personalidad bastante impulsiva y tal vez lo hubiese golpeado o al menos lo hubiese enfrentado verbalmente, pero no pude. Lo peor, es que mi pololo no hizo absolutamente nada. No le gritó, no lo encaró, nada. Se quedó en una posición cómoda, como si tocar a su polola fuera algo natural.

      En ese momento lloré tanto, lloré fuerte y no me importó que la gente me mirara. Supongo que él sintió vergüenza ajena porque me pidió que guardara silencio y me llevó del brazo a mi casa. Él no podía siquiera dimensionar todo lo que yo sentía en ese momento. No lo entendía y jamás lo iba a entender, porque a ellos no les pasa. No tan explícitamente al menos.

      Es horrible no poder salir a la calle con ropa liviana de verano. Tener que cubrir tu cuerpo y aguantar el calor porque la sociedad machista no sabe comportarse. Yo me visto para mí, no para provocar a viejos verdes. Doy gracias porque existe esta organización, confío es que nuestros testimonios sirvan para crear conciencia y legislar al respecto. Basta ya. Basta de abusos, basta de no poder caminar en paz por la calle y espacios públicos. Como dato anexo, luego de esa horrible experiencia, lógicamente terminé mi relación.

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        Sucedió cuando tenía dieciocho años. Salí de mi casa para juntarme con una amiga, íbamos a una fiesta. Caminaba por mi población cuando de pronto se cortó la luz, así que me puse transitar por el medio de la calle, porque había perros por las veredas y el sector no era muy concurrido. Cuando estaba a punto de llegar a mi destino sentí que venían dos bicicletas detrás de mi, pero no llamaron mi atención hasta que comenzaron a rodearme mientras caminaba. Daban vueltas en círculo mientras yo tomaba con firmeza mi cartera, porque no quería que me robaran las cosas que llevaba, luego empecé a sentir miedo al pensar en lo que me podía pasar. Pese a ello seguí caminando, hasta que uno de los tipos pasó a mi lado y me agarró el trasero, luego de eso, partieron.

        Eran unos cabros, lo sé por su pinta, y lo más probable es que ni siquiera fueran ladrones, porque sino hubieran aprovechado la oportunidad de soledad y la falta de luz para robarme. Pero en vez de asaltarme me agarraron el poto porque podían, porque ahí estaba yo, una chica sola y un cuerpo a su disposición.

        Para ellos pudo ser un chiste más, pero yo siento tanta rabia cuando lo recuerdo, que no soporto que digan que los hombres hacen este tipo de cosas porque es su naturaleza. ¿De verdad es natural ver a una niña sola y aprovecharse de ella sólo porque es mujer? Yo creo que no.

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          Hoy tengo un poco más procesado lo que viví. Fue un día del 2014, cerca de las tres dela tarde. Sufrí acoso sexual por parte de un hombre en la micro de recorrido 405 que sube por Vitacura.

          Me cambié de asiento para dárselo a una señora mayor y el hombre amablemente me dijo, “siéntate aquí”. Hasta ese momento todo iba bien. Me senté al lado de él, tomé mi celular y puse mi bolso en las piernas. Ese día hacía frío, andaba con un vestido negro y medias. No un vestido ajustado ni corto, generalmente uso ropa holgada.

          De un segundo a otro sentí que él me acariciaba la pierna subiendo por mi vestido, fue demasiado rápido. Lo enfrenté. Lo empujé y le grité. Él me respondió diciendo “qué halaracas las mujeres, siempre pensando algo que no es”. Como si sus manos en mis piernas hubieran sido producto de mi imaginación.  Sentí una impotencia terrible. Qué hacer en esos casos, cuando nadie te ayuda.

          Me bajé de la micro tiritando y me puse a llorar. Me pregunto cuántas mujeres por miedo aguantan este tipo de cosas. Yo al menos lo enfrenté. Pero me quedo con la experiencia de que estos casos son ciegos, sordos y mudos.

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            La primera vez que me enfrenté al acoso sexual callejero, tenía como 11 o 12 años y lo recuerdo nítidamente. Iba de pie en la micro, era verano, usaba shorts y una polera fresquita, porque hacía mucho calor. En esa época ni siquiera había dado mi primer beso y todavía jugaba con muñecas. Sentí una mano que se metió por debajo del short y me comenzó a acariciar toda la nalga. Intenté moverme, pero la micro iba llena y no pude. Eso duró varios minutos, hasta que me pude bajar. No grité ni nada, quedé congelada.

            Cuando tenía cerca de 15 años, me iba y venía del colegio con mi hermana, un año menor que yo. A esa edad éramos un poco más “choras”, no nos dejábamos intimidar. Vivíamos una situación de violencia intrafamiliar en la casa, no nos espantábamos con facilidad. Lo primero que nos pasó juntas fue que al cruzar la calle un tipo le dio un agarrón monumental, que le levantó la falda del uniforme hasta la cabeza. Lo salimos persiguiendo con la intención de pegarle, pero no lo alcanzamos.

            Por esa misma época íbamos bien seguido a un supermercado cerca de la casa, siempre nos mandaban a comprar ahí. En el estacionamiento había un tipo que acomodaba los autos. Era mayor, de unos 60 años. Siempre nos gritaba cosas, puras cochinadas de índole sexual. Todos los días. Un día nos aburrimos y decidimos enfrentarlo. Justo nos habían mandado a comprar un montón de latas de conserva, así que cuando veníamos de vuelta y el viejo nos empezó a seguir y decir cosas, nos dimos vuelta y le pegamos con las bolsas en los brazos y piernas. Llegó un guardia y le contamos todo. El guardia le paró el carro al viejo y no volvió a aparecer por ahí.

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              Un día salí a caminar y un tipo que vendía cómics en la calle, me preguntó si me gustaban. No ando por la vida pensando que la gente es malintencionada y creí que serían un par de minutos de conversación interesante, así que le dije que sí. Él me dijo que me quería hacer un regalo, un dibujo de un superhéroe. Pasó un segundo y el tipo me tomó la polera y me metió el dibujo a los sostenes.

              Yo me eché para atrás y le dije “¡NO!”, y me empecé a ir media congelada, caminando como robot, descolocada. Entonces él me empezó a gritar “es porque eres gordita, verdad”, “¡es porque erís guatona!”. Yo me alejé más rápido y como una cuadra lo escuché gritarme “guatona culiá”, más de una vez. Él estaba con un amigo y los dos se rieron en mi cara. Yo estaba con depresión y es verdad que estaba pasada de peso, pero ¿a él qué le importa? Además él me abordó a mi. Él no sabe por qué yo estaba así. Me hizo sentir asquerosa, sucia y con el autoestima más por el suelo de lo que ya estaba.

              Ha pasado como un año y medio de esa situación y aún me cuesta mucho relacionarme con los hombres. Odio caminar por la calle y sentirme congelada y como robot cuando siento esas miradas asquerosas, los comentarios, los silbidos y -peor aún- los toqueteos. Yo sé que esto me afectó de sobremanera debido al estado emocional en el que me encontraba en ese momento y en el que aun estoy un poco. Pero ninguna, NINGUNA mujer merece ser tratada de esa forma.

              Quiero dejar de sentirme así. Cada vez que me pasa algo en la calle me acuerdo de esa situación. Con cada “preciosa”, que algunos estúpidos piensan que es de los más “educado” o “poético”,  me acuerdo de esa situación.

              Ahora estoy mejor anímicamente y automáticamente “mejoró” mi apariencia. Lo pongo entre comillas, porque eso al final sólo tiene que ver con los cánones dictaminados por la publicidad sexista y demases. Al final sólo es peor, porque ahora recibo el doble de molestias en la calle.

              El machismo tiene que morir y ojalá pronto. Yo no quiero nuevas generaciones de mujeres volviendo a pasar por estas situaciones una y otra vez.

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                Me acordé de esto hace muy poco, de alguna forma había logrado bloquearlo y autoconvencerme que no era tan grave. Una prima de mi pololo se casó en Talca y viajamos para asistir. Me puse un vestido precioso, corto, con bolsillos y un tapadito a juego, porque detesto mis brazos gordos. En medio de la fiesta y el bailoteo, me acerqué a la mesa donde estaban mis “tíos políticos” para conversar un rato con ellos. Me paré al lado del padre de la novia, un señor francamente detestable, que se curaba raja en todas las fiestas. Se ponía a hablar estupideces y a ofender a su señora hablando intimidades atroces. Hasta ese día lo encontraba casi cómico y simplemente le hacía el quite. Para todos los demás, era casi una tradición que el tío te diera la lata con sus intimidades sexuales ordinarias, una especie de rito de iniciación en la familia.

                Estando yo de pie junto a su silla, sentí una mano que subió desde mi rodilla hacia arriba por mi muslo. Me quedé helada. Simplemente no podía creer lo que estaba pasando. Me congelé, él era el padre de la novia, yo estaba celebrando el compromiso de su hija, estábamos todos tan elegantes, estábamos rodeados de gente. Entonces no comprendí nada, me preguntaba si él realmente me estaba haciendo eso o si lo estaba imaginando.

                Mientras yo pensaba todo esto, la mano seguía subiendo y ya hasta me había levantado el vestido, mi vestido precioso, tan delicado y femenino. Ahí desperté de mi colapso mental y pensé “conchetumadre, este viejo asqueroso me acaba de correr mano a vista y paciencia de todo el mundo”. Si no hubiera sido por mi suegra quien le dio un carterazo (o un servilletazo, no recuerdo), le gritó “¡suéltala!” y me dijo que me fuera para otro lado quizás yo en mi confusión hubiera seguido ahí congelada. Nunca volvimos a hablar de eso. Le conté a mi pololo pero él tampoco lo consideró muy importante, de seguro yo en el momento no lo hice tampoco entre la vergüenza y el pudor, pues estaba pasmada y ambos habíamos tomado algunos tragos.

                La fiesta siguió, a mí me costó mucho volver a ponerme a bailar, tampoco quería que pensaran que era una amurrada o que iba a arruinarle la fiesta a los novios, que no tenían culpa de nada. Qué curioso cómo nos enseñaron a pensar que cualquier cosa o norma social  es más importante que nosotras.

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                  Era un día de verano en la noche, venía de entrenar (soy luchadora de Max lucha libre) y tenía que tomar el colectivo al frente del lugar donde entrenaba. Estaba tranquila, escuchando música, esperando que pasara locomoción. Cabe destacar que iba en tenida deportiva, sin maquillaje. De atractiva nada. Entonces, pasó un tipo cerca mío y me dio un agarrón. Por un segundo me quedé helada, pero como venía con la adrenalina a mil por haber estado entrenando, me di vuelta y le pegué un cornete, al tiempo que le dije “ENFERMO DE MIERDA”. Mientras el tipo se agarraba la boca, justo pasó un colectivo. Lo hice parar y me fui a casa. Hasta ahora, nunca había hablado de lo sucedido, pero quiero compartir mi historia porque siento que puede ayudar a alguna mujer a la hora de reaccionar frente a estos tipos de violencia.

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                    Eran los primeros días de primavera, estaba en octavo básico, acababa de cumplir 13 años. Siempre, toda la vida, había usado el jumper ancho hasta la rodilla, porque mi mamá me repetía siempre que era mejor así para no llamar la atención de nadie. Pero ese año, como cualquier adolescente, quería sentirme bonita, le rogué por varias semanas a mi mamá que me permitiera ajustar el jumper -que era dos tallas más grande- y me dejara hacerle basta unos seis dedos por encima de la rodilla, como lo usaban el resto de mis compañeras. Luego de muchas vacilaciones, mi madre aceptó.

                    Ese día, iba al colegio sola con mi hermana de nueve años. Como todos los días, era el primer día que fui al colegio feliz con mi nuevo jumper. De pronto, por el camino, veo a lo lejos unas mas allá antes veo un tipo desconocido que mira insistentemente hacia nosotras. Me siento un poco asustada, pero tras verlo desaparecer, me tranquilizo y sigo avanzando.

                    Unos cinco minutos más tarde, el tipo aparece tras nosotras y me mete su mano por debajo del jumper. Pensé lo peor, estaba tan asustada que solo atiné a pedirle a mi hermana que corriera hasta el colegio. Fue lo ultimo que alcancé a decir, antes de que mi voz se paralizara sin poder articular otra palabra. Producto del impacto, también se me nubló la vista y al voltearme sólo pude ver una silueta gris de un hombre de unos 30 años que me observaba sonriente mientras yo lloraba paralizada. Luego de unos minutos, corrió victorioso. Llegué al colegio llorando, los inspectores llamaron a mi mamá, quien vino a retirarme y me llevó a la casa, me acogió y contuvo por supuesto, pero también me dijo: “viste, te dije que no arreglaras el jumper”.

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                      Esto pasó cuando tenía 20 años. Una noche, como a las nueve, iba caminando hacia mi casa y, como nunca, no presté atención al camino. Iba concentrada en la música que iba escuchando. En dirección contraria a mí, venía un tipo de aproximadamente 30 años, no más que eso. Cuando pasa por el lado mío, me agarra el trasero e inmediatamente se pone a reír. Nunca me había sucedido algo así, no supe cómo actuar.

                      En ese momento pensé o sigo caminando o me devuelvo y le pego. El hecho de que el tipo se pusiera a reír me dio tanta rabia que me devolví. Lo agarré de la mochila que llevaba puesta y comencé a pegarle manotazos y combos. Gracias a Dios el tipo no fue agresivo y con la adrenalina del momento tampoco me puse a pensar en las consecuencias que podía tener mi actuar. El tipo solo decía discúlpame, discúlpame y no atinaba a nada más. Después de tanto pegarle y gritar se acercó un hombre que venía por la misma calle . Al contarle lo que había
                      pasado, me ayudó a pegarle.

                      Me dan asco estos hombres, que creen que por ser mujeres no podemos defendernos.