masturbación

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    Tenía 15 años y luego de la hora de almuerzo, me iba caminando al colegio. Como eran cerca de las 14:00 horas casi no había gente en la calle. Estaba todo muy tranquilo. Iba escuchando música, cuando de pronto levanté la mirada y vi un hombre de aspecto desaseado, con su pene afuera, masturbándose y acercándose a mí. Tenía mucho olor a trago, me acorraló contra la pared de una casa e hizo ese maldito sonido como jadeo en mi oído (que lamentablemente he sentido muchas otras veces). Alcancé a empujarlo, perdió el equilibrio y corrí despavorida.

    Llegué tan asustada al colegio que mis compañeros me preguntaron qué es lo que me había pasado; cuando les conté me respondieron algo insólito y a la vez doloroso: “es tu culpa, eso te pasa por andar leseando por ahí… nadie te manda a venirte caminando… andai buscando que te hagan algo…”.

    Solo años después me convencí que no era mi culpa. Pero en el momento, la incomodidad y el temor de volver a escuchar esas respuestas, hicieron que no le contara a mi familia.

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      La mayor parte del tiempo soy acosada en la calle, con miradas que poco menos me desnudan, sonidos extraños, gritos o frases que dicen estos asquerosos cuando pasas a su lado. Pero lo que más me marcó fue cuando iba en primero o segundo medio. Había salido tarde del colegio e iba a mi casa caminando. Estaba tranquila, ya que aún no estaba oscuro, pero como iba sola quería llegar luego. De repente, vi que venía hacia mí un tipo alto, vestido con unos pantalones con muchos bolsillos y una polera blanca. Empezó a hacer como que buscaba algo en sus bolsillos y  avanzaba; se detenía, se devolvía y luego seguía caminando hacia mí. Todo eso me pareció medio sospechoso,  así que crucé a la vereda de enfrente y seguí caminando, haciéndome la loca. En eso oí un sonido, la verdad es que no me acuerdo cuál fue, pero miré hacia la otra vereda pensando que quizás el tipo estaba perdido. Sin embargo, lo que quería era enseñarme su miembro y gozar  viendo cómo quedaba pasmada, asustada, en blanco. Realmente no me lo esperaba, lo único que atiné a hacer fue  seguir caminando, aunque moría de susto de que él me siguiera e hiciera algo. Pensé en correr, pero hasta eso me dio miedo, pensaba que si salía corriendo sería una motivación para seguirme o que podía ser aún más satisfactorio para él verme así de asustada, por lo que seguí caminando hasta llegar a mi casa.

      Cuando llegaron mis papas les conté todo, lo único que querían era salir a buscar al tipo y golpearlo brutalmente, pero no valía la pena. En fin, me habría gustado haber reaccionado de otra forma, haberlo encarado o ridiculizarlo, pero incluso hoy si me pasara lo mismo, no sé si tendría las agallas.

      Por mucho tiempo no quise usar short o bikinis en la playa sólo para no llamar la atención. Sin embargo, me enorgullece decir que ya no me importa lo que estos animales digan en la calle, soy libre de vestirme como quiero, cómoda y linda. Sinceramente espero que esta mala cultura del acoso sexual callejero deje de existir, ¡ya es suficiente!

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        Un día en la mañana, iba camino al Metro para ir a mi trabajo y se cruzó un hombre en bicicleta. Me dijo: “Mijita, ¿por qué no se saca el banano para poder correrme?”.  Suelo no fijarme mucho en las personas, pero vi a este hombre. Tenía su mano metida en sus pantalones, me sentí asquerosa por provocar eso a alguien en la vía pública, hasta que mi pareja me dijo que no hiciera caso, que ese hombre era un degenerado, un enfermo.

        Otro día lo volví a ver. Andaba arriba de la bici con su mano dentro del pantalón. Crucé la calle más que rápido y empezó a gritarme cosas. Ese día renuncié a mi trabajo, porque estaba arrendando allí. Volví a casa. Ahora no importa cómo andes vestida, siempre habrá gente que te mire como si estuvieras desnuda. A veces me siento mal por despertar instintos tan bajos. Mi novio dice que no es que yo los provoque, sino que hay gente tan jodida que expresa toda la suciedad que llevan dentro.

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          Hace un par de semanas salí vestida de lo más casual y sin mayor arreglo, porque iba a visitar a mi brother, mi mejor amigo, con quién siempre hemos sido un desastre.  Llevaba pantalones rasgados, una camisa a cuadros debajo de un polerón negro con cierre y botines negros. Era un conjunto muy alejado de lo que se podría considerar “provocador”.

          Luego de toda una tarde de risas y comida, la hora voló. Antes de darme cuenta ya eran más de las once de la noche y debía volver a mi casa para trabajar al día siguiente. Él me acompañó a la micro y espero a que me fuera, algo muy habitual y seguro, considerando que la micro me deja a media cuadra de mi casa, todo OK.

          Al bajar de la micro, iba pensando en lo bien que lo había pasado, cuando me interceptó un auto rojo.  El conductor era un chico entre los 25 y 28 años de edad, aparentemente universitario. Con una actitud algo despreocupada, cordial y agradable me pidió indicaciones. Dijo estar “perdido”, una situación muy cotidiana. Considerando que era la única en la calle, asumí que el movimiento brusco que hizo con su vehículo para frenar fue porque si no era yo, ¿quién más le daría las indicaciones? Comencé a explicarle. No estaba muy lejos de la calle que buscaba. Me miró con una sonrisa y agradeció. Crucé la calle y de manera algo brusca volvió a impedirme el paso con el auto. Ahora, más agitado, me preguntó: “¿Puedes indicarme de nuevo? Se me olvidó”. Raro, no habían pasado ni treinta segundos. Asumí que tal vez estaba algo desorientado. Me dije a mi misma “debe estar volao o algo” y no le di mayor importancia. Volví a indicarle el camino. Comencé a sentirme incómoda porque él me miraba, pero no estaba prestando atención a mis palabras, sino a mí.

          Terminé las indicaciones y me moví rápidamente pensando que era el típico “jote”. Quise seguir mi camino, di unos cuantos pasos para alejarme pero él llevó su auto hasta mí de nuevo. Aquella tercera interrupción me puso alerta y jamás podré olvidar lo que sucedió después.

          Me hizo un gesto para que me acercara. Yo no estaba muy convencida. Me dijo que tenía un mapa y me preguntó si  podía indicarle bien, porque como no era del lugar se sentía muy desorientado. Sin acercarme mucho al auto, miré lo que parecía un mapa mientras él fingía buscar la calle. En eso, me dijo: “Ya, una última cosa… ¿Por qué no te subes? ¿Te gusta esto?” y se descubrió. Se estaba masturbando. Obviamente, negué con la cabeza y salí corriendo. Entré por un pasaje cercano mientras corría con miedo. Noté que se estacionó y al ver llegar a alguien, se fue como si nada, dejándome ahí, con el corazón en la mano.

          Abrí la puerta de mi casa y me desplomé a llorar en el sillón, cayendo en cuenta de lo peligroso que fue todo el asunto. ¿Qué hubiese pasado si él no hubiese estado solo? Lo he hablado sólo con amistades porque en mi casa el ambiente y la confianza no dan para eso, sólo generarían más tensiones.

          Sentí  miedo y rabia, me vi en la obligación de correr y no pude tomar su patente. Fui a Carabineros al día siguiente y me dijeron que sin patente no se podía hacer nada. Ni siquiera tomaron una declaración para dejar constancia  de que estas cosas ocurren en mi comuna. De hecho, un carabinero joven me dijo “tal vez se pasó ‘rollos’ porque eres distinta”.  Gran argumento y solución. Llevo el cabello tinturado de colores llamativos, pero ¿y qué?, ¿porque me veo distinta puede venir este imbécil a hacerme sentir vulnerable? Ya van dos semanas en las que algo tan sencillo como caminar por la calle me es difícil, porque siento un auto pasar a mi lado y me siento amenazada. Temo por otras mujeres. No puedo hacer una denuncia formal y ese imbécil anda suelto. Lo peor es que algunos me han dicho que tengo que cuidarme, que no debo andar sola tan tarde, pero no es ni jamás será mi culpa, no es mi responsabilidad. ¿Por qué me debo hacer cargo de la enfermedad ajena? ¿Y saben qué es lo peor?  Que no se puede estar segura ni en el trabajo, la calle o la universidad. Él podría ser tu compañero.

          Lo peor es que fui vulnerada por tener un acto de consideración sencillo y humano: dar indicaciones esperando contribuir a que una persona llegara bien a su destino.

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            Tengo 18 años y desde muy chica recuerdo haber escuchado gritos de hombres en la calle, bocinas, etc. Mi mamá decía que no había que tomarlos en cuenta, pero la verdad es que, para mí, es bastante molesto.

            El otro día un sábado entre dos y dos y media de la tarde, iba llegando a mi casa en el barrio Matta. Ya había pasado por una constructora donde saqué aplausos, pero hice como si no los escuchara. Una cuadra después, se acercó un tipo en una bicicleta azul. Era moreno y con ropa deportiva; me di cuenta que me miraba fijo mientras se masturbaba. Me asusté y corrí la mirada hacia otro lado

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              “Un día me subí a la micro y un hombre me tocó la vagina”, cuenta Barbara Letelier, de 26 años, una de las tantas chilenas que ha sido víctima de acoso sexual callejero.

              ¿Qué tan grave es el acoso sexual callejero en Chile? ¿Son los llamados “piropos” su única expresión? A través del testimonio de tres mujeres chilenas, el Observatorio Contra el Acoso Callejero, OCAC Chile, realizó un video que retrata cómo se vive en Chile esta forma de violencia de género en el país, con el fin de mostrar la magnitud del problema y el nivel de desprotección de sus víctimas.

              El video cuenta los testimonios de tres jóvenes chilenas que sufrieron acoso sexual callejero de gravedad, como Bárbara Letelier, de 26 años, quien cuenta que “un día me subí a la micro y un hombre me tocó la vagina”. O Nicole Miranda, de 19 años, a quien asaltaron y manosearon, y pese a denunciar el hecho ante las autoridades, éstas le informaron que tomarían el caso como asalto y no abuso sexual, puesto que “decían que el objetivo principal del tipo era robarme y no tocarme”.

              Para OCAC Chile, la violencia sexual en el espacio público se define como un “conjunto de prácticas de connotación sexual ejercidas por una persona desconocida en espacios públicos, como la calle”. En nuestro país, estas acciones violentas  son sufridas de manera sistémica, especialmente por mujeres y niñas, y ocurren “varias veces al día desde aproximadamente los 12 años”, según datos de la Primera Encuesta sobre Acoso Callejero.

              Frente a este panorama, diversas autoridades nacionales se han pronunciado expresando su apoyo y disposición a trabajar para erradicar estas prácticas. Durante el lanzamiento de la campaña #AcosoEsViolencia de OCAC Chile, en noviembre pasado, la ministra Claudia Pascual dijo que el gobierno de Michelle Bachelet ha asumido el compromiso “de ampliar la mirada de la violencia contra las mujeres”.

              Para leer más testimonios de acoso callejero, haz click aquí.

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                Tengo 27 años, trabajo en una institución pública y como es obvio utilizo un uniforme institucional: feo, muy feo. Es ese uniforme que te queda muy ancho -soy delgada y se ve peor- y que ni arreglándolo se vería mejor.

                Mi historia es la siguiente. Tomé el metro como de costumbre y me bajé en Quinta Normal para tomar la micro que llega a Maipú. Todo iba bien, hasta que me subí a la micro y me di cuenta de que los únicos asientos que iban desocupados eran los de atrás, no los del fondo, sino esos que están elevados antes de llegar a la puerta trasera.  Nunca me ha gustado sentarme ahí, porque una vez me asaltaron a las 17:00 de la tarde, con la micro llena. Para variar nadie hizo nada. También sufrí otro intento de robo, así que siempre optao por irme de pie, pero adelante. Además, pensé que como iba con ese uniforme tan feo, “nadie me vería”.

                Ese día iba muy cansada, así que pensé que nada iba a pasar, que tenía que superar mi trauma producto de los robos y que en caso de cualquier cosa, gritaría. Me senté en el asiento que está al lado de la ventana y más adelante se subió un escolar, como de segundo o tercero medio, que iba con un bolso típico de gimnasia. Se sentó al lado mío y de pronto sentí que se empezó a acercar mucho.

                Lo miré de reojo y no noté nada extraño, por lo tanto me corrí disimuladamente. En eso, sentí que algo muy suave rozaba mis manos. Pensé que eran las suyas y me volví a correr. Él, muy insistente, se acomodaba muy cerca mío, obviamente con su bolso encima de sus piernas por lo que no me dejaba ver qué era.

                De pronto, volví a mirar de reojo y vi -esto es muy asqueroso pero lo voy a decir tal cual-, PELOS. Vi pelos muy largos, entonces giré para ver qué era y efectivamente era su pene. En ese minuto entré en shock, pensaba qué hacer, si pegarle un charchazo al escolar o pararme disimuladamente.

                También pensaba que si hacía escándalo la gente lo bajaría de la micro y el “pobre pendejo” quedaría con un trauma atroz (no es lo que pienso hoy). No supe cómo reaccionar, era un cabro chico y yo una mujer con más años que él. Y él me estaba invadiendo, acosando.

                Me paré y me quedé en la parte de adelante de la micro hasta bajarme. Caminando las cuadras que me faltaban para llegar a mi casa reflexioné lo tonta y cobarde que había sido, por no haber denunciado públicamente al estudiante. Pensé también que le había hecho un flaco favor al no decirle nada, porque con mi silencio estaba permitiéndole acosarme y naturalizando la situación, para que él después lo volviera a hacer.

                Quise compartir mi experiencia para que ninguna mujer permita que un hombre, independiente de su edad, la acose.

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                  Cerca del lugar donde trabajo -General Blanche, Las Condes- hay una plaza donde vamos a descansar después de almorzar. Un día apareció un tipo y se sentó detrás de la banca donde estábamos sentadas con mi compañera.

                  Notamos que el tipo movía su mano rápido, pero decidimos no mirar, creímos que éramos mal pensadas y que tal vez nos equivocábamos al creer que estaba tocándose.

                  Unos días después, volvió a aparecer por la plaza y se sentó en el mismo lugar, siempre con actitud sospechosa y mirando los árboles mucho rato antes de sentarse. Lo volvió a hacer: se estaba masturbando descaradamente, esa vez ya no tuvimos dudas. Para él es una costumbre, ha vuelto varias veces y lo vemos después de almorzar. Ayer lo esta a haciendo y decidí sacar mi celular para tomar una foto. Él se debe haber dado cuenta porque se paro rápido y se fue.

                  El tipo no me asusta porque es chico y no se acerca a la gente (pero sabe que lo pueden ver), sólo me preocupa que cerca de esa plaza hay una universidad y un instituto donde se puede encontrar con chicas más jóvenes y nadie tiene porqué presenciar eso en la calle o en la plaza donde vas a pasar el rato.

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                    En el parque de “Condorito”, también conocido como Llano Subercaseaux, ubicado en la comuna de San Miguel, todos los días transita mucha gente. Sin embargo, hay ciertos hombres que de manera frecuente rondan por allí y lo único que hacen es molestar, me han molestado un millón de veces, pero quiero relatar un hecho específico.

                    Cierto día pasé caminando en dirección al metro San Miguel y escucho que alguien me dice “hola señorita”. Al mirar, vi a un hombre de aproximadamente 50 años, masturbándose mientras me miraba… quedé en shock. Lo único que hice fue seguir caminando muy rápido, tratando de olvidar algo que en el fondo sabía que no iba a poder hacer.

                    Dejé de pasar por allí durante algún tiempo, hasta esta semana, era la una de la tarde e iba caminando al metro cuando veo al mismo sujeto, pero esta vez con amigos. Me invadió el miedo, pero caminé más fuerte que nunca y ahí empezó el festival de comentarios en relación a lo que querían hacer con mi cuerpo, bueno, ya se imaginarán el tipo de frases.

                    Esta vez me llené de valor y sola empecé a gritarles que me dejaran tranquila, que eran unos ordinarios, y debido a mis gritos y a sus risas (porque al parecer el tratar de defenderme les provocaba excitación) mucha gente se dio cuenta, pero nadie dijo nada, nadie se metió, de hecho fue como “ver un espectáculo”… lo peor es que incluso ahí mismo había una comisaría y no sirvió de nada.

                    Con mi relato quiero llegar a dos cosas. Primero, es un aviso para todas las chicas que transitan en las cercanías del metro El Llano o San Miguel por el camino de la plaza, para que traten de ir por la vereda de enfrente en caso de ir solas o para que pidan ayuda si ven algo, ya que se está haciendo muy frecuente el acoso en esta zona. Y lo otro es un llamado a que si vemos que una persona está siendo molestada, debemos ayudarla. Nadie merece un insulto, opinión ni nada que nos incomode, esto lo debemos frenar

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                      Desde hace varias semanas las estudiantes de la Universidad Católica del Norte (UCN) son víctimas de una serie de actos de acoso sexual callejero que van desde acciones verbales, hasta persecución, tocaciones y masturbación pública, según denunció el canal Antofagasta TV.

                      Según describe el video, el acosador se sitúa fuera del recinto y además de acosarlas verbalmente, las persigue en sus trayectos de salida, aprovechándose de su distracción o soledad para realizar tocaciones o exhibirse masturbándose.

                      Los guardias del recinto afirman que no pueden hacer nada, puesto que su rango de acción se limita al interior del lugar: “cada vez que nosotros vamos a intervenir el hombre se sube a la micro y sale arrancando, y no podemos retenerlo en la calle, no estamos autorizados”, expresó el supervisor de seguridad de la UCN en el video.

                      Pese a la cantidad de casos existentes, no se han realizado denuncias formales, por lo que las autoridades policiales y los encargados de seguridad de la UCN llaman a los y las estudiantes a denunciar y entregar antecedentes sobre este sujeto para poder facilitar su captura. OCAC Chile se suma a este llamado a denunciar ante Carabineros, PDI o Físcalía.