masturbación

    0 1720

     principal testimonios

    No recuerdo del todo mi edad, solo que estaba en La Serena. Mis hormonas estaban en apogeo y algunos cambios físicos comenzaban a notarse. Como soy gordita, mis senos crecieron antes y más rápido que los de las niñas de mi edad. Yo tenía muy claro por qué esto pasaba, así que sólo me preocupaba por no golpearlos, porque eran demasiado sensibles.

    Un día caluroso, salí con mi tía a la playa. Era una zona ideal para la gente que tenía niños, porque casi no había olas y por eso había mucha gente. Me metí al mar con una amiga del día, típico de los niños que hacíamos amistad fácilmente. Jugábamos en el agua compitiendo quién duraba más flotando. Ella se reía de un hombre de edad avanzada que nos miraba, “rascándose” sobre sus intimidades. A mí me dio  asco, sabia más que mi amiga respecto al tema. Ella se despidió y no volví a verla.

    Seguí en el agua otros minutos, hasta que oí una voz llamándome. Era mi tía. Se hacía tarde. Tranquilamente, me abrí paso entre los niños y adultos que había. Una mano casi estrujó mi seno derecho. Sabía que no debía quedarme callada y empecé a gritarle al hombre, que era el mismo que nos había estado mirando. Gracias a Dios mi tía me apoyó en presentar una denuncia. Gran sorpresa me llevé al enterarme tiempo después de que no fui la primera niña que tocó, ni la última.

      0 3112

      principal testimonios

      Fue un lunes por la mañana, como a eso de las diez. Tomé la micro para irme a la U y me senté en el tercer asiento, justo en la mitad de la micro, del lado de la ventana. Pasado un rato, se sentó a mi lado un señor, se veía muy normal, debió tener unos 40 años, no más que eso. Yo iba escuchando música y mirando hacia afuera. De pronto empecé a sentir unos codazos en el brazo, pensé que el tipo estaba sacándose algo del bolsillo y no le di importancia, pero se repetían mucho, me volteé a mirar y se estaba masturbando al lado mío. Me quedé congelada, sentí mucho miedo. ¡¡La micro iba llena!!

      Todos los asientos al rededor estaban ocupados, yo solo quería que todo eso terminara. Pasaron como cinco minutos eternos y entonces la micro se detuvo. Él se acomodó el paquete, se limpió los dedos en el respaldo del asiento de enfrente y se bajó muerto de la risa, corriendo. Yo me bajé en el siguiente paradero. Estaba aterrada, miré a todos en la micro y NADIE SE INMUTÓ. Me bajé llorando y tiritando, me senté en la plaza de Viña y ahí me percaté que tenía toda la pierna derecha moqueada. No andaba ni con confort, así que tuve que limpiarme la cochinada con el morral.

      Sentí rabia, asco, frustración, impotencia y mucho miedo. Una a veces escucha estas historias y piensa “me pasa eso, le saco la chucha al tipo, grito, le doy un combo en los cocos”, pero en ciertas ocasiones estas cosas te pillan de sorpresa y te hacen sentir vulnerable como una niña y recuerdas todas los traumas, los punteos, los acosos callejeros desde que te empezaron a crecer las tetas -y desde antes- y cómo hombres como estos se encargaron de cagarte la mente. Y te congelas, así de simple.

      Era la primera vez que algo así me pasaba, no supe qué hacer ni cómo pedir ayuda. Y sé que no es mi culpa y que no soy una tonta por no haber reaccionado a tiempo. Las que han pasado por algo así entenderán cómo trabaja en nosotras el miedo frente a ese tipo de violencia.

      Ese día llegué a la U y entré a clases como si nada hubiese pasado, me limpié en el baño con toda la dignidad del mundo y me prometí que jamás me permitiría volver a pasar por algo así de nuevo, no solo por mí, sino por mi hija, porque sé que por mucho esfuerzo que haga, siempre estará latente el
      peligro de encontrarse con UN HIJO SANO DEL PATRIARCADO, porque ese hueón no
      estaba enfermo y como él hay muchos.

       

      Si quieres enviarnos tu testimonio, puedes hacerlo aquí.