Metro

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    El pasado 3 de abril se aprobó por unanimidad el proyecto de ley que modifica el Código Penal y penaliza el acoso sexual en lugares públicos. Días más tarde, Metro presentó un número telefónico para denunciar hechos de acoso y violencia sexual, para lo cual el personal que recibirá esas denuncias fue capacitado por PDI y funcionarias(os) del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género.  Si bien esta acción es positiva porque reconoce la existencia de las violencias sexuales en el transporte público y pone a disposición herramientas para enfrentar su ocurrencia, también nos recuerda el centralismo y la poca conversación de todos los actores relevantes para enfrentar esta problemática.

    Si bien Metro es una de las arterias de movilidad más importante de la Región Metropolitana, no es la única forma en que se mueve la población capitalina, ni menos, la forma que se mueve la población nacional. Lo anterior es de perogrullo, sin embargo es sintomático de las maneras en cómo se gestionan los problemas sociales: administración privada.

    Y que no se malentienda, felicitamos a Metro por la iniciativa (y esperamos que la ejecución cumpla con los más altos estándares), no obstante se requieren políticas públicas transversales donde el Ministerio de Transportes converse con ministerios como el de La Mujer y la Equidad de Género y de Educación, como también con gobiernos locales, municipios y sociedad civil, con tal de generar políticas a nivel país teniendo en consideración las características de movilidad de cada región y localidad.

    Contribuir a la erradicación de las violencias sexuales no puede ser un interés particular de uno u otro sistema de transporte, sino que debe pensarse desde la política pública nacional con bajadas locales para su ejecución. Como sociedad civil apuntamos a transformaciones estructurales donde el Estado sea garante y no sólo fiscalizador, enfocándose por sobre todo a la prevención.

     

    Esta columna fue escrita por María José Guerrero y fue publicada originalmente en el Diario La Hora el día 30 de abril de 2019.

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      El objetivo de la instancia es capacitar a funcionarios y funcionarias para aplicar los protocolos necesarios ante denuncias de acoso sexual.

      Esta mañana, Metro de Santiago inició la campaña #NoLoDejesPasar, iniciativa que busca capacitar a sus trabajadores y trabajadoras para atender y guiar a personas que sean víctimas de acoso sexual al interior de las estaciones y trenes.

      Como Observatorio contra el Acoso Chile, trabajamos codo a codo con Metro de Santiago en esta campaña para que sea un aporte en la construcción de espacios libres de violencia sexual. Según comentó Daniela Watson Ferrer, directora de Comunicaciones de OCAC, “la idea no es depositar la responsabilidad de su propia seguridad en la víctima, sino crear una comunidad de personas que colaboren para erradicar esta forma de violencia. #NoLoDejesPasar es el resultado de esta alianza y esperamos poder seguir trabajando junto a Metro y avanzar en la creación de una verdadera cultura de respeto y no violencia junto a todo el personal de la empresa”.

      “Celebramos todas las iniciativas que recojan el guante del desafío contra el acoso. Necesitamos que todas las instituciones se sumen, se acerquen a nosotras y capaciten a su personal, esto es tarea de todos y todas. No basta con manifestar que estamos en contra del acoso, es urgente y necesario sensibilizar a las personas y tener acciones efectivas”, concluyó Daniela Watson Ferrer.

      Las capacitaciones, a cargo de la Policía de Investigaciones, estarán centradas en lo jurídico y en entregar apoyo psicológico y procedimental ante este tipo de denuncias. Por su parte, el Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género entregará todo el apoyo necesario a través de la línea telefónica 1411. “Es el inicio de un camino sin retorno, uno que abre las puertas al respeto y a la tolerancia cero a la violencia contra las mujeres”, manifestó la ministra Isabel Plá.

      En el lanzamiento también estuvo presente la ministra de Transporte y Telecomunicaciones, Gloria Hutt, quien señaló que “no solo como Gobierno, sino que también como sociedad, debemos promover la construcción de una agenda igualitaria. Nosotros, como ministerio, estamos concretando un compromiso con el país, para que todo nuestro trabajo tenga un componente de equidad e inclusión y ahora estamos tomando medidas para que el Metro sea un espacio seguro para todas las mujeres“, sostuvo la ministra Hutt.

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        Me dirigía al Metro Macul a eso de las 8:00 de la mañana, vistiendo un abrigo y calzas de polar (lo explicito para que no aparezca el comentario de la vestimenta que tan usualmente se utiliza para culpabilizar a la víctima). Cuando pasaba frente a un supermercado, un tipo en bicicleta de unos 40 años de edad me detuvo para preguntarme una dirección. Me saqué los audífonos y traté de guiarlo. Hasta ahí todo bien, pero cuando me dio la mano para darme las gracias, me jaló hacia él para darme un beso en la boca. Yo sólo atiné a apartarme y di un grito agudo de sorpresa y miedo. El tipo se volvió a acercar para tratar de darme nuevamente un beso y yo me fui lo más rápido que pude. Mientras me alejaba me gritaba “un besito en el chorito”.

        La situación me dejó en shock y sentí rabia conmigo misma por no haber reaccionado de otra forma (siempre llevo conmigo un gas pimienta para un eventual peligro). No obstante, lo que más me molestó fue la reacción de algunos amigos varones e incluso un chico con el que estoy saliendo, quienes se rieron de la situación, pese a lo vulnerada que me sentí. Ahora me da miedo ayudar a la gente en la calle por el temor a que me ataquen de nuevo.

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          Iba camino a mi trabajo, como todas las mañanas en el Metro. No estaba tan lleno, de hecho había espacio suficiente para moverse en el vagón. Luego de combinar en Los Héroes, y antes de llegar a Moneda, siento algo extraño. Justo detrás mío había un tipo, vestido con polera oscura, bombachos de estos bien hippies y con un banano hacia su costado derecho. El tipo tenía su pene erecto bajo el bombacho, y lo estaba fregando contra mi trasero. Mi experiencia de vida me ha enseñado a no quedarme callada, por lo que lo enfrenté, a gritos eso sí, para que alguien más me ayudara, por si acaso.

          Le grité: “¿Qué te creís tú? ¿Que puedes estar frotando tu weá erecta en mi trasero?”. Y me respondió: “Yo no estoy haciendo eso, es el banano, mina loca.” Ahí yo le dije: “Hay bastante espacio en el vagón como para que tu “banano” no me esté rozando. Además, con qué cara dices que es tu banano, si se nota que tu mierda está parada bajo tus pantalones.”

          El tipo me decía que no había espacio, que no podía culparlo. Yo estaba con mucha rabia, las demás personas no eran capaces de decir nada. Solo cuando le empecé a gritar garabatos reaccionaron. Le gritaron más cosas al tipo y lo bajaron en Metro La Moneda. Ahí yo ya estaba llorando mucho de rabia y susto. Si hubiese pasado algo más, la gente no hubiese hecho nada. Y mientras me veían llorar, me decían: “Tranquila, si ya lo bajamos. No llores, si ya pasó y se bajó”, “Tenías razón, sí lo tenía erecto, pero ya se bajó, no te preocupes”. Una chica trató de preguntarme por qué lloraba como dos estaciones más allá y una señora le respondió que fue porque me estaban acosando. Pero claro, en el momento esa señora que lo vio todo, no fue capaz de decir nada. Destaco que en ese entonces yo jamás había tenido relaciones sexuales. Este es un pésimo recuerdo y fue una pequeña tranca al momento de iniciar una relación.

          Han pasado ya dos años. Espero que cada vez se vaya creando más conciencia de que uno no puede ser testigo pasivo de estas cosas.

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            Hoy me ocurrió una situación que todavía no sé cómo nombrarla. Iba en el Metro camino a la universidad y, como de costumbre, este iba más que repleto. Me subí en Tobalaba, cuando ya estábamos en Los Leones se subió más gente. Quedé adelante de un hombre, no tenía espacio para moverme y con suerte respiraba. Cuando el Metro avanzó, sentí algo extraño en mi mano; una vez que se abrieron las puertas y tuve espacio para moverme dentro del vagón, me di cuenta que el canalla, cerdo, asqueroso y enfermo se había masturbado con mi figura o qué sé yo. Me tiró su repugnante semen en mi trasero, piernas, manos y mochila. Quedé en shock.

            Al querer pasarle su asqueroso semen por su cara, me di cuenta que ya se había bajado, sin que nadie se diera cuenta o pudiera hacer algo.

            No entiendo cómo es posible que pasen esas cosas, me siento totalmente vulnerada como mujer, acosada, sucia y con mucha pero mucha rabia.

            ¿En que tipo de sociedad estamos viviendo?, ¿cómo es posible que ni camino a la universidad me pueda sentir tranquila sin ser acosada sexualmente? Gente depravada que lo único que hace es daño, ¿qué mierda se creen?, ¿que acaso no tienen mamá, abuela, hermana o tías? Un mínimo de conciencia.

            Espero que este tipo de situaciones no le ocurra a ninguna persona.

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              Hace un par de meses entré a estudiar en el Duoc de Alonso de Ovalle, muy feliz porque estaba en lo que quería. Mi instituto queda a unas cuadras del Metro estación Los Héroes, por lo que tengo que caminar un par de minutos. Un día iba comiendo un coyac, cuando de la nada se me acerca un viejo de unos 50 años para decirme al oído: “Uy una chupadita en el hoyo”. Lo miré con cara de asco y le grité un par de garabatos. Se acercaron un par de niños de otros establecimientos para preguntarme qué me había hecho, y entre rabia y pena les conté. Uno de ellos increpó a este hombre y luego le pegó.

              La situación me dejó en shock y no podía parar de llorar. Fue tanto que tuve que llamar a mi pololo para que me fuera a buscar. Me han dicho hartas cosas en la calle, pero nunca algo así. Me sentí denigrada y pasada a llevar en mis derechos.

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                Mi polola tenía miedo de irse sola a su casa, pues decía que era peligroso caminar desde el metro Quilín (sea la hora que fuere) hasta su casa, a la altura de Ramón Cruz, por lo que cuando se quedaba en mi casa hasta tarde, yo debía ir a dejarla tras ella pedírmelo con tono de ruego (yo creyendo inocentemente que no era peligroso que ella se fuera sola hasta su casa).

                Durante meses lo hice. Una hora de camino a su casa, sin que sucediera nada. El día que le pedí que se fuera sola, un tipo la acosó sexualmente.

                Es urgente desnaturalizar la violencia y la existencia de medios que permitan a la mujer autotutelar su defensa en el momento exacto del acoso. No se puede confiar en las fuerzas de orden público ni en el funcionamiento de las instituciones en estas situaciones.

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                  Me han pasado muchos acontecimientos en los cuales me he sentido acosada, y esto no viene desde hace poco sino que desde hace años. Cuando tenía alrededor de 12 años comenzó todo, en ese tiempo el acoso que sufría eran miradas asquerosas y piropos. En el 2015, venía en el metro con mi mamá (ella iba sentada y yo de pie), cuando se subió un hombre alto y con mucha cara de pervertido. Al subir, se puso al lado mío, mi mamá me miró como diciéndome: “Aléjate un poco; cuidado”. Así que lo hice. Yo sentía que el viejo venía mirándome y me sentía muy incómoda. No recuerdo la estación en la que estábamos, cuando el señor trató de bajarse e hizo todo lo necesario por pasar detrás mío y así poder tocar mi trasero con su pene. Sin embargo, yo me di cuenta de su objetivo y me corrí. Ahora este año 2016 hace unas semanas, fui en la mañana a buscar unos exámenes. Iba con un vestido floreado y hawaianas, y en el camino muchos hombres me miraron y me gritaron cosas, pero cuando venía de vuelta un viejo me dijo al oído: “Hermosa, ojalá le quedara más cortito”, a lo cual respondí: “Cállate estúpido”. Cuando le respondí sentí miedo, porque él me respondió y me dijo “Ay, no se enoje”. Me pase muchas películas, pensé que me seguiría o que me pegaría, pero no pasó nada más allá, menos mal. También el otro día leía un testimonio, donde una mujer decía que se cuestionaba ella misma, que quizás ella era el problema, y a mí también me pasa eso.

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                    Camila Vallejo (PC), diputada por La Florida y ex líder estudiantil, relata que ha sufrido acoso callejero desde que trabajaba como garzona. Revisa su experiencia y por qué decidió patrocinar la iniciativa del Observatorio Contra el Acoso Callejero.

                    — ¿Por qué quisiste patrocinar el proyecto de Ley de Respeto Callejero?
                    —Porque me parece fundamental que dentro de los cambios políticos y culturales que nuestra sociedad requiere, se fomente y exija respeto entre las personas como un elemento clave para la convivencia. En especial, porque en nuestra sociedad la violencia sexual, tanto física como psicológica, es una realidad más común de lo que muchos imaginan, aunque muchos traten de taparla o lo que es peor, normalizarla.

                    — ¿Ha sido difícil llevar este proyecto de ley en el Congreso?

                    —La verdad, menos de lo que esperaba. Me parece que el rol del Observatorio ha sido clave para abrir puertas y conciencias que, en un comienzo, considerábamos cerradas. Esto ha permitido que la propuesta, nacida del mundo social -en un país donde no existe la iniciativa popular de ley-, se instale en la opinión pública. El avance del proyecto en las comisiones correspondientes ha sido muy interesante, pero insisto en que eso se debe fundamentalmente al trabajo de concientización que ha realizado OCAC Chile.

                    — ¿Has sido testigo y/o víctima de una situación de acoso callejero?
                    —He sido víctima de acoso callejero, pero en lo restringido a frases de connotación sexual, no he sufrido tocaciones, acorralamiento ni persecuciones en la vía pública. También he sido testigo de acoso sexual callejero y he visto como realizan tocaciones en el Metro o de cómo le han gritado cosas a otras mujeres.

                    — ¿En qué momento te diste cuenta que el acoso callejero es violencia de género?
                    —Antes de conocer el proyecto de ley no lo había caracterizado como violencia de género, aunque sí consideraba que era agresivo.

                    — ¿Has sido testigo o víctima violencia de género en tu entorno laboral?
                    —Sí, cuando trabajé como garzona, sobre todo de parte de los clientes, y en el Congreso también.

                    — ¿Cómo combates el acoso callejero y el sexismo en general en tu día a día?
                    —Además de impulsar el debate y la legislación, siempre que sufro agresiones verbales las respondo con un reclamo o un garabato, a modo de respuesta a las agresiones verbales.

                    —Eres una de las pocas mujeres que integra el parlamento. ¿Qué opinas sobre la participación de las mujeres en política?
                    —En las distintas áreas de la vida social resulta difícil ser mujer, sobre todo en las sociedades capitalistas en las que se ve a la mujer como un objeto. Además se pone permanentemente en duda su inteligencia y capacidad de hacer las cosas iguales o mejor que los hombres. A eso se suman las múltiples trabas materiales que una mujer tiene para ejercer la vida pública.
                    En esa línea, vemos que la mujer tiene un alto nivel de participación en las organizaciones sociales, pero esto no se refleja en la política nacional, principalmente por lo complicado que es para una mujer llegar a puestos de decisión en la mayoría de los partidos. Y digo la mayoría porque puedo afirmar con orgullo, que el Partido Comunista de Chile ha sido excepción desde su creación y sin necesidad de leyes. Prueba de ellos son Teresa Flores, Julieta Campusano, Mireya Baltra y Gladys Marín, primera presidenta de un Partido chileno. Lamentablemente somos excepción a la regla.

                    Foto: ElDinamo.cl

                     

                     

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                      Para ir a mi lugar de estudio viajo diariamente en Metro, aproximadamente durante una hora y un poco más. Se dan situaciones en las que dependiendo de lo que me ponga, debo andar con más cuidado, lo que es incómodo y asqueroso. Un día, mientras subíamos en el caos que se da en Vicente Valdés, un señor comenzó a comentarme sobre cómo subíamos. Suelo viajar escuchando música para evitar tener que responder a viejos, y para poder justificarme con un “no escuché”, pero esta vez eso no bastó. El señor comenzó a irse cada vez más encima de mí, y como sabrán el espacio disponible para “hacerse a un lado” en hora punta no existe, por lo que sin querer incomodé a otras personas intentando correrme. No me importaba si alguien me decía algo, ya que solo quería evitar estar en el mismo espacio que aquel señor. Con su cuerpo seguía insistiendo, y sentía cómo casi se restregaba encima de mí. Soy una persona tímida, no normalmente, pero estas situaciones me bloquean y no sé qué hacer. Solo sabía que debía salir de ahí, pero no tenía dónde. Podía bajarme, pero me daba miedo que él hiciera otra cosa y pasara solo por “roce”. Para mi desgracia, el señor se bajaba en la misma estación que yo, por lo que intenté ir detrás de él para que no se diera cuenta de que yo también me había bajado ahí. No sé si lo logré.

                      Al otro día en la mañana, para mi mala suerte, aquel señor subió en la misma estación que yo. No lo reconocí por su cara, ya que el día anterior me había dado vergüenza mirarlo, pero si por su ropa. Usaba el mismo asqueroso polerón de polar azul, lo reconocí por el puño al afirmarse y se ubicó justo atrás mío; la situación fue la misma. No sabía qué hacer, quería llorar y pedir ayuda, pero la verdad es que no me atreví. Cuando bajé en Vicente Valdés, aquel señor también lo hizo, por lo que quise mezclarme entre la gente y no lo logré. Al subir al nuevo carro el señor quedó a un cierta distancia de mí, ahí fue cuando lo miré y él también me miró, quise saber quién era, porque me propuse no dejar que hiciera lo mismo. Con el transcurso del viaje, y mientras algunos subían y otros bajaban, los que nos quedábamos arriba “nos acomodábamos” como podíamos. Quise creer que aquel señor no iría donde yo estaba, pero me equivoqué, se puso atrás mío a puntearme derechamente. Pensé en gritarle; quería hacerlo; pero una vez más me congelé y solo atiné a “intentar correrme” de ahí aunque eso incomodara a otros.

                      Las personas me vieron incómoda, pero nadie dijo nada. No era su obligación, pero si lo hubieran hecho me habrían ayudado mucho. Tengo la gracia de no volver a verlo, pero el temor siempre está ahí. Intento recordar su cara y su ropa para no confundirme si lo veo. La verdad es que tengo miedo de verlo, de saber que es él, de que me reconozca, de ser estúpida y de no volver a hacer nada. Porque a pesar de que anhelo no viajar más en metro en hora punta, no puedo dejar de hacerlo, no puedo dejar mis estudios por esto.

                      Cuento esto porque la verdad no se lo he contado a nadie y necesitaba hacerlo. Viajar con temor es horrible, puede por ser el mismo hombre, puede ser otro, pero no puede ser que esto siga pasando.