Miedo

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    Una adolescente india se prendió fuego después de realizar una campaña constante contra el acoso callejero. La chica denunció que había sido acosada sexualmente mientras caminaba a la escuela.

    El medio británico ‘‘Metro News’’ nos relató la historia de una chica de 16 años de la villa de Kalbanjara en Sanjur, que murió en el hospital después de haber resultado con el 75% de su cuerpo quemado. Los padres de la chica inicialmente dijeron que ella había sufrido las quemaduras después de un accidente mientras cocinaba. Sin embargo, mientras la joven se encontraba en el hospital, le reveló a su hermano que se cubrió de kerosene debido a que un grupo de cuatro hombres la acosó sexualmente mientras ella caminaba a la escuela. Durante semanas los acosadores siguieron a adolescente hasta su lugar de estudio -más de 9,7 kilómetros- para insultarla con diversos comentarios.

    La niña, que soñaba con convertirse en doctora, agregó: ‘‘No le dije a mis padres porque temía que mi familia pudiera prohibirme seguir yendo a la escuela’’. Por otro lado, su hermano denunció que las autoridades habían sido ineficientes en el caso, ya que habían postergado el caso después de que la joven lo denunciara.

    Hace pocos días, cuatro hombres fueron arrestados y acusados de hacer gestos obscenos a la mujer y de atentar a su pudor, instigando un intento de suicidio de la menor e infringiendo la Ley de Protección de la Infancia contra los Delitos Sexuales (Prevention of Children from Sexual Offences Act).

    Además, en abril otra joven intentó suicidarse cubriéndose con petróleo después de haber sido supuestamente violada por una pandilla compuesta por su tío y cuatro de sus amigos.

    En India, los expertos señalan que el trato hacia las mujeres radica en una sociedad patriarcal, cuyo entorno contribuye a las amenazas de acoso sexual (conocido como ‘‘eve-teasing o ‘‘tonteo inocente’’). La policía incluso ha culpado a las mujeres por algunos de los crímenes cometidos en contra de sí mismas, diciendo que ellas son las que ‘‘se arriesgan’’.

    En el caso del transporte público, se ha evaluado adoptar medidas como botones de pánico y servicio de GPS en los taxis, sin embargo algunas activistas indican que el gobierno aún no cumple sus promesas básicas relativas a la seguridad pública, como la iluminación en los espacios públicos y soluciones para reforzar la seguridad en el transporte público.

     Imagen: Metro News

    Por: Alejandra Pizarro

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      Estaba esperando la locomoción en Av. La Florida con Walker Martínez, había mucha gente en el paradero y la micro no pasaba hace rato. Estaba usando un pantalón tipo ‘opart’, de esos con rayas blancas y negras, par de tacos altos y una polera negra. El tipo que estaba delante de mí, me dejó pasar primero para subir a la micro y le respondí amablemente con un “gracias”. Nada raro hasta ahí.

      La micro iba llenísima de gente, por lo que quedé en toda la pasada, cuando de repente sentí una palma de mano que pasó por todo mi trasero, llegó a mi entrepierna y me levantó. Fue asqueroso, quedé en shock. Iba con los audífonos puestos y no sabía si eso realmente me había pasado. Me di vuelta y el huevón que me había dejado subir primero a la micro (como de unos 40 años) estaba pasando por detrás mío. ¡Había sido él! Pero estaba tan paralizada que no atiné a hacer algo.

      Me bajé de la micro tiritando y le hablé por Facebook a una persona que en ese entonces era mi amigo. Le dije: “Huevón, me agarraron todo el poto en la micro, me siento muy mal, estoy temblando”. Lo peor fue su increíble y machista respuesta: “Es tu culpa po, para qué te pones esos pantalones, es obvio que eso te iba a pasar”. ¿Cómo puede haber gente así? Me costó mucho sentirme confiada en una micro, sobre todo porque cuando me pasó eso, era menor de edad.

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        Se ha iniciado una campaña para recaudar fondos con el fin de costear el tratamiento. 

        La semana pasada el medio británico ‘‘The Independent’’ publicó una noticia sobre una adolescente de Luisiana que deberá someterse a cirugía reconstructiva, luego de ser acosada y maltratada por un grupo de hombres por el sólo hecho de usar un bikini.

        En el diario se relata que Jessica Byrnes-Laird de 18 años estaba en traje de baño y sentada en el asiento copiloto de su auto, esperando a que su novio saliera de una tienda en Shreveport (Luisiana), después de que ambos habían ido a nadar, cuando cuatro hombres la empezaron a acosar y a insultar. Al percatarse de esta situación, su novio enfrentó a los acosadores, dando inicio a una feroz pelea.

        De acuerdo a lo informado por la joven al canal KTSB de Estados Unidos, la contienda terminó cuando uno de los hombres lanzó una tubería de metal por la ventana abierta del copiloto, golpeándola directamente la boca. “Miré hacia abajo y vi mis dientes en mi mano e inmediatamente empecé a sangrar mucho’’, dijo la adolescente, que también afirmó estar muy afectada por lo sucedido. Ella también agregó: ‘‘honestamente tengo un poco de miedo, porque al pasar por esto, te das cuenta lo delicada que es la vida y nunca sabes qué puede pasar. Las cosas pasan muy rápido y sin previo aviso’’.

        Debido a la gravedad del ataque, la mujer tendrá que someterse a cirugía y a múltiples implantes dentales. El costo del tratamiento podría ser mayor a $8.000.000 (US $12.000) de acuerdo con la página de recaudación de fondos ‘‘Go Fund Me’’, que hasta ahora ha recaudado alrededor de $12.000.000 (US $18.000). La policía señaló que aún están buscando a los hombres que atacaron a la adolescente, por lo que decidieron publicar el video de vigilancia de la escena del crimen.

        En Estados Unidos, cada vez que ocurre un crimen racial, la raza debe ser considerada como un factor en el crimen, situación que no se replica cuando se trata de violencia de género. María José Guerrero, Coordinadora del Área de Estudios de OCAC Chile señala: ‘‘La violencia de género es invisibilizada no sólo en aspectos legales (como factor en el crimen), sino también por la forma en que la construimos discursivamente. Por ejemplo, al decir que ‘fue agredida por usar un bikini’ dejamos bajo la alfombra la variable de género. Afortunadamente en el caso de los crímenes raciales, esta violencia se ha comenzado a construir discursivamente como lo que es aunque no en su totalidad, pero al menos cuando se dice que alguien fue atacado por ser negro, chino, sudamericano, etc., la variable racial ya se encuentra visibilizada. Sin embargo cuando se dice que una mujer fue agredida por ‘usar un bikini’, se ignora el hecho de que fue agredida por ser mujer y que fue agredida porque hay constructos sociales que lo permiten. De esta manera, el género se invisibiliza como factor en el crimen de este y otros casos de violencia de género’’.

         Imagen: The Independent

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          Desde que soy adolescente tengo los senos grandes, mucho más voluptuosos que el promedio y eso ha marcado mi vida, no porque no acepte mi cuerpo, sino porque los ‘‘hombres’’ me hacen sentir culpable de mi apariencia y forma de vestir. A mis casi 30 años, sigo preocupada de no usar escotes, usar color negro para disimular el volumen y tener una actitud lo más apática y desagradable posible para que nadie piense en decirme algo, aunque claramente todas estas “técnicas” no son nunca suficiente para calmar la incontinencia verbal y física de algunos hombres, que se empeñan en hacerme sentir insegura en espacios públicos, y en hacerme actuar a la defensiva del resto. Pese a que me considero una mujer con carácter, aún no logro defenderme en este tipo de episodios. Actualmente estoy esperando mi primer hijo, tengo 6 meses de embarazo y ni eso es sinónimo de respeto, solo me queda el consuelo de criar un varón que sepa aplicar esa palabra desde pequeño.

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            principal testimonios Tengo 20 años y desde los 11 sufro acoso callejero. Siempre me dicen cosas obscenas y de carácter sexual. Siempre evito a los hombres en la calle para no escuchar sus mal llamados “piropos”, pero hay cosas que no se pueden prevenir siempre. Una tarde, iba caminando con mi hijo de un año y medio a tomar micro. Pasó un tipo en bicicleta y me dio un agarrón. Yo llevaba mi mochila en la espalda, la de mi hijo en un brazo y al otro lado mi pequeño, con quien jugueteaba, así que quedé inmóvil. Me había agarrado tan fuerte, que llegó a empujarme hacia adelante y mi nalga quedo adolorida. No supe cómo reaccionar ni qué hacer. El tipo huyo lo más rápido que pudo, ni siquiera logré mirarle su cara. Quedé en medio de la vereda, a plena luz del día, sin nadie como testigo y con mi hijo en brazos, sin saber qué hacer. Tenía miedo, me sentía sucia, asqueada de la naturaleza de ese hombre que me faltó el respeto. Me tomó un tiempo recuperarme y con lágrimas en los ojos llegué a mi casa. Mi novio me tranquilizó, mi madre me dijo que cosas así me sucederían siempre, que así era la educación de la mayoría de los hombres chilenos. Eso me dio más rabia e impotencia. Me convertí en una persona que andaba a la defensiva en la calle. Ante cualquier ruido de una bicicleta acercándose a mí, temblaba y me hacía a un lado hasta que pasara. Tenía temor de salir sola, cambié mi recorrido mil veces porque cuando les veía la cara a los hombres me aterraba; cambié mi forma de vestir, hasta el color y el corte de mi pelo. Llegué a odiar mi propio cuerpo y cada vez que oía un “piropo” me sentía aún más sucia. Gracias a otros testimonios comprendí que no es culpa de mi cuerpo, que no debo odiarme, así que volví a arreglarme y a vestirme como yo quería. Siempre salgo con audífonos para evitar oír idioteces, aún tengo miedo de salir sola a la calle, pero no puedo vivir escondida. Sinceramente espero que a futuro esto cambie y las mujeres logremos salir a la calle sin miedo, que se nos respete y que ya no seamos tratadas como un objeto sexual.

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              Hace años que me olvidé de las faldas, nunca he usado escotes y nunca me he comprado una polera con tiritas. Uso el pelo largo, en parte, porque me cubre el cuerpo. Entre los trece y catorce años, ya medía un metro setenta, razón suficiente para que ya no me vieran como una niña. Soy potona y tengo ojos claros. Ése ha sido el punto de partida de todas las asquerosidades que los “galanes” me dedican. Me dijeron e hicieron tantas cosas en la calle, ustedes se las pueden imaginar.

              Tuve un acosador desde los 17 a los 24 años, un desquiciado de 53 años que me seguía. Pedí ayuda a Carabineros, pero no podían hacer nada. Pedí ayuda a la Fiscalía y tampoco, a menos que él me hubiese amenazado, pero en las cartas que me mandaba no lo hacía. Me decía cuánto me deseaba, me contaba sin ninguna vergüenza que me seguía y que se imaginaba una vida de amor conmigo.

              Un día fui a andar en bici por la ciudad y fue traumático. Es como si al verme encima de la bici se imaginaran que estoy encima de ellos. Casi todos los días quiero ser invisible en la calle, siempre llevo lentes oscuros.

              Cuando termino mis cosas y sobre todo si he tenido un día pesado, me gusta salir a botar las tensiones, hacer deporte. ¿Y saben qué ropa se usa para correr? Ropa apretada, es lo más cómodo, es una lata trotar con buzo y la polera de mi papá. Así no puedo arreglar mi día, no logro relajarme, vuelvo totalmente desmoralizada. ¡Si hasta reverencias me han hecho! Mientras troto sólo pienso “ignóralos, ignóralos, ignóralos”. Mandaré a estampar una polera que diga “puedo ser tu hermana, tu hija, tu mamá, tu prima, tu amiga”, pero ¿daría resultado? Ya me imagino la respuesta: “fea culiá, quién te mira a voh”. O “cómo quiere que no le digan cosas, si mira con los leggings que anda”. “Uy, rebelde, rica, me encantan las minas así”.

              Finalmente, me metí al gimnasio, no salgo más a trotar al aire libre. ¡Me lo quitaron! ¡Me quitaron mi derecho a estar en el parque! ¡Me lo quitaron y ya me habían quitado mi derecho a vestirme como quisiera!

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                Al crecer, nos enseñan la manera de “evitar” ciertos acosos en la calle, pero nadie le enseña a los acosadores a no acosar.

                Desde los 12 años mi experiencia con los acosadores en las calles se ha hecho presente.

                Caminaba al preuniversitario, un día sábado a las 8:00 am. Viña del Mar estaba casi desierto. Cruzaba la calle, y un auto se detuvo a mi lado, con dos hombres de unos cuarenta años, mirándome fijo. Caminé rápido, con el corazón a mil por hora. El copiloto bajó el vidrio y me dijo con voz amenazante: “Oye guachita súbete”. Temblorosa, comencé a correr mientras el auto avanzaba a mi lado. Llegué al semáforo y para mi mala suerte, estaba en rojo peatonal. El hombre abrió la puerta del auto y dijo que si no me subía, la iba a pasar mal. Miré para otro lado y mis lágrimas empezaron a caer. Se rieron. Me sentí el ser más inferior del mundo. Se aprovechaban de mi vulnerabilidad y yo no podía hacer nada. El semáforo cambió y seguí corriendo. Me siguieron tocando la bocina hasta llegar al Preu.

                Gracias a Dios que no pasó a mayores. La verdad es que sentí tanto miedo que no sé lo que hubiera hecho si hubiera tratado de meterme al auto. Han pasado dos años desde que pasó y aún me tiemblan las manos al escribirlo.

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                  Hace más o menos un mes, salí de clases para juntarme con mi pololo. Tomé el Metro en Santa Ana y al subir, me di cuenta que tenía una calceta abajo, así que me agaché para arreglarla. Cuando levanté la vista, vi a un hombre de unos cuarenta años, la misma edad que mi papá,  me hacía  señas para que me sentara en sus piernas. Al mismo tiempo, apuntaba a un tipo que hablaba por celular. Quedé helada. Solo atiné a mover la cabeza y preguntarle qué le pasaba. Él me respondió el gesto con la cabeza y se rió. Puse cara de asco y no volví a mirarlo. Busqué ayuda en el vagón y vi una compañera del liceo que me miraba preocupada. Estaba en eso cuando divisé a un Carabinero. Pensé en pedirle ayuda cuando llegamos a la estación Los Héroes. La gente comenzó a bajarse y vi al sujeto haciéndole señas a un anciano que estaba sentado detrás mío para que se ubicara a su lado con otros dos tipos. Tomó sus cosas y se sentó con el acosador. Me sentí nerviosa e insegura, sentí que no podía pedir auxilio a nadie. ¿Qué pasaba si era conocido suyo? Miré a mi compañera, luego al Carabinero que estaba de espalda. Bajé la vista avergonzada y me cambié de carro.

                  Me sentí muy mal el resto del viaje. Quería llorar y no podía dejar de pensar en la niña de mi liceo. Tal vez el tipo le hizo algo. Me sentí cobarde por no enfrentarlo o acusarlo con el Carabinero, pero simplemente no pude. Llegué a mi estación y apenas vi a mi pololo lo abracé. Me puse a llorar y le conté lo sucedido. Me acarició y dijo que para la próxima pidiera ayuda, que nunca me quedara callada. Al menos saber que él piensa de esa forma me reconfortó.

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                    Iba caminando a la universidad que queda cerca de mi casa, como todos los días, haciendo mi recorrido habitual. Cuando iba llegando a la universidad vi acercarse una moto a la vereda por la que iba y desde el anonimato de los dos sujetos que iban con casco sobre la moto, me gritaron “PERRA”. La verdad quedé muy confundida. Primero, me quedé paralizada por el susto que me dio lo mucho que se acercaron con la moto en movimiento y luego me sentí con rabia, porque las personas que iban cerca mío se dieron vuelta a mirarme, lo que me hizo sentir muy avergonzada.

                    No era la primera vez que me gritaban en la calle, pero dio vueltas todo el día la palabra en mi mente. No quería salir de clases y tener que volver caminando sola a mi casa; me sentía muy mal conmigo misma por cómo iba vestida, siendo que no tenía la culpa de la situación.

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                      Desde aproximadamente los 13 años que sufro de acoso callejero, como ‘‘agarrones de paso’’, ‘‘punteos’’ en la micro y en el Metro, miradas lascivas, susurros de cosas al oído de hombres mayores y todo tipo de gritos, pero hasta hace poco nunca había sido físicamente violentada en la calle.

                      Ayer, alrededor de las 19:30 hrs, como todos los días, caminaba desde la estación Príncipe de Gales hacia mi casa. Es un trayecto que no demora más de diez minutos caminando y siempre hago lo posible por ir por lados transitados. Desde el Metro, sentía a alguien caminar detrás de mí, pero no le presté mayor atención. Incluso en algún momento pensé en darme vuelta y mirar, pero pensé “no, qué perseguida, quién me va a hacer algo acá si está claro y lleno de gente y casas”, así que seguí caminando y me metí por un pasaje pequeño llamado Las Crisálidas, justo en la esquina con Mariano Sánchez Fontecilla (calle paralela a Av. Tobalaba en la comuna de La Reina). Un poco más allá de la esquina, sentí a alguien corriendo, y de la nada alguien me agarró desde atrás, con una mano me tomó la cara y con la otra me agarró mi vagina y la apretó fuerte, para luego seguir pasando su mano por el resto de mi cuerpo, lamer mi cuello y salir corriendo.

                      No sé cuánto tiempo habrá sido, no creo más de diez segundos, en los que grité, traté de sacármelo y seguí gritando hasta que la garganta no me dio más. Cuando me soltó y se fue corriendo, le grité todos los insultos que se me vinieron a la cabeza en el momento y seguí gritando hasta que empecé a llorar. Me quedé parada llorando pensando en qué hacer, si llamaba a alguien o salía detrás de él, pero al final salieron unos pocos vecinos a ver qué pasaba y ya lo había perdido de vista. Uno de los vecinos me fue a dejar hasta mi casa porque la verdad estaba bastante nerviosa y asustada todavía. Lo único que pude reconocer de su cara, fue la barba. No tengo certeza de si realmente le vi algo más, solo recuerdo eso.

                      Todo esto pasó a menos de dos cuadras de mi casa, en un barrio que consideraba seguro. Ahora voy a tener que cambiar mi ruta porque definitivamente no me atrevo a hacer el mismo camino de siempre. Lo que más me da miedo es pensar que este tipo puede que frecuente ese lugar y que tal vez no soy la primera ni la última. Por lo mismo denunciaré hoy a Carabineros y a Seguridad Ciudadana. Tal vez no consiga nada porque nunca encontrarán al tipo, pero al menos podré dejar constancia de que pasan estas cosas en el sector.