observatorio contra el acoso callejero chile

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    Yo tenía unos doce años. Mi cuñada me mandó a comprar a la verdulería que quedaba a dos pasajes de mi casa. Yo feliz agarré a mi sobrina de dos años y fuimos a comprar como si se tratara de un paseo. Iba con una falda de mezclilla y una polera rosada con corazones, muy niña.

    Venía con una acelga gigante en el brazo, con la mano llevaba papas y en la otra a mi sobrina. Me metí por el primer pasaje para devolverme a mi casa. De repente a la mitad, aparece un tipo alto, lentes poto de botella, pelo negro y crespo, me quedó mirando con una cara de una excitación tremenda y me susurró de cerca:  “uuuuhh, cosiiiiita rica”.

    Yo estaba MUY asustada porque NUNCA me había pasado algo así, a lo más me habían chiflado desde un auto, pero nunca me habían quedado mirando con esa cara y esos ojos. Se me apretó la guata de inmediato y seguí caminando lo más digna posible, apretándole la mano a mi sobrina.

    Pasó luego que sentí unos pasos corriendo y el tipo, sin que alcanzara a reaccionar, me metió toda su mano asquerosa en mi falda. Me tocó entera el desgraciado y salió corriendo. Yo era tan chica que lo único que reaccioné a hacer fue volver a tomar en brazos a mi sobrina y llorar disimuladamente. Sentía una vergüenza terrible.

    Cuando llegamos a mi casa tuve que contar lo que había pasado y mi cuñada me explicó cómo yo tenía que defenderme, pero yo pienso que sólo era una NIÑA de doce años, nunca me había pasado algo así, estaba sola con una guagua en brazos y sin nadie alrededor a quien pedir auxilio. Fue la peor experiencia.

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      La primera vez que me enfrenté al acoso sexual callejero, tenía como 11 o 12 años y lo recuerdo nítidamente. Iba de pie en la micro, era verano, usaba shorts y una polera fresquita, porque hacía mucho calor. En esa época ni siquiera había dado mi primer beso y todavía jugaba con muñecas. Sentí una mano que se metió por debajo del short y me comenzó a acariciar toda la nalga. Intenté moverme, pero la micro iba llena y no pude. Eso duró varios minutos, hasta que me pude bajar. No grité ni nada, quedé congelada.

      Cuando tenía cerca de 15 años, me iba y venía del colegio con mi hermana, un año menor que yo. A esa edad éramos un poco más “choras”, no nos dejábamos intimidar. Vivíamos una situación de violencia intrafamiliar en la casa, no nos espantábamos con facilidad. Lo primero que nos pasó juntas fue que al cruzar la calle un tipo le dio un agarrón monumental, que le levantó la falda del uniforme hasta la cabeza. Lo salimos persiguiendo con la intención de pegarle, pero no lo alcanzamos.

      Por esa misma época íbamos bien seguido a un supermercado cerca de la casa, siempre nos mandaban a comprar ahí. En el estacionamiento había un tipo que acomodaba los autos. Era mayor, de unos 60 años. Siempre nos gritaba cosas, puras cochinadas de índole sexual. Todos los días. Un día nos aburrimos y decidimos enfrentarlo. Justo nos habían mandado a comprar un montón de latas de conserva, así que cuando veníamos de vuelta y el viejo nos empezó a seguir y decir cosas, nos dimos vuelta y le pegamos con las bolsas en los brazos y piernas. Llegó un guardia y le contamos todo. El guardia le paró el carro al viejo y no volvió a aparecer por ahí.

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        Cuando iba en cuarto medio, entré a uno de los tantos preuniversitarios de Santiago Centro. Era sábado en la mañana, las clases que estaba recuperando ya se habían acabado y en vez de tomar el metro en Santa Lucía, como siempre lo hacía, decidí caminar hacia Moneda. Así me topé con mi agresor. Estaba parado pidiendo plata frente a la puerta de madera de la iglesia San Francisco, la que da a la Alameda. Conforme avanzaba hacia él, sentía cómo me miraba, cómo me iba cerrando el paso, al estar parado frente a mí con la vista fija, supe que no iba sólo a gritarme una sarta de palabras sobre lo grande que eran mis pechos o lo mucho que le gustaría chuparme “la conchita”, como ya me habían dicho otras veces.

        Empecé a asustarme, a mirar si iba alguien más atrás mío, si la gente que iba adelante escucharía si yo gritaba, si alguien me podía ayudar en caso de que pasara algo. Cuando llegué frente a él fue como si todo pasara en cámara lenta, vi cómo extendía su mano con fuerza y decisión hacia la parte delantera de mi pantalón (hacia mi vulva), cómo su cara depravada miraba mi busto, lo vi y sentí miedo porque en el fondo sabía que si llegaba a tocarme no me iba a dejar ir fácilmente. Por suerte en esa época practicaba karate y pude bloquear su ataque de manera casi automática y salir corriendo. Nadie me ayudó, nadie se volvió cuando del susto di un gritito, no había nadie atrás mío y quienes iban delante (quiero creer) no escucharon nada.

        Cuando llegué a mi casa y conté lo que me había sucedido, nadie dijo nada, nadie culpó al agresor, no lo vieron como algo terrible y peligroso. Si bien esto pasó hace ya cinco años, me marcó mucho. Todavía evito pasar frente a esa iglesia si voy sola. Desde ese momento desconfío el triple de lo normal de los indigentes y de quienes piden dinero o se ven ebrios y siento un rechazo hacia toda persona que se acerque demasiado o que me mire mucho.

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          Iba caminando al supermercado, usando ropa muy común -jeans, polera y chaleco-, y pasó un furgón lleno de niños chicos, 12 años máximo, que me silbaron y gritaron algo que no pude (o no quise) entender. Unos metros más allá, un hombre me tocó la bocina de su auto, que imitaba el sonido de un silbido (el típico jui-juiu). Eso me hizo pensar que, si bien es muy importante enseñarle a las niñitas a defenderse, también es vital enseñar a los niños desde pequeños que esto no se hace. No es el primer cabro chico que todavía no alcanza la adolescencia al que veo gritando cosas a las niñas. También me cuestioné por qué cresta están permitidas ese tipo de bocinas, cuyo fin es más que claro. ¿Acaso en la revisión técnica piensan que es posible llamarle la atención a otro auto silbándole?

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            Me llamo Tatian, tengo 17 años y hace unos años empezó mi adolescencia, una etapa donde experimentamos, maduramos y principalmente desarrollamos nuestros cuerpos, pasamos de ser niñas a mujeres. Recuerdo que cuando era chica, a pesar de mis pretensiones, de mi forma de vestir y ser, jamás recibí un “qué linda estás” por parte de algún amigo o algún chiquillo. Menciono esto porque al comenzar mi adolescencia crecieron y tomaron forma distintas partes de mi cuerpo y con ello empecé a recibir más “piropos” o “halagos” por parte de amigos, conocidos y hombres totalmente desconocidos en la calle, en ese momento me di cuenta de que había crecido. En temas de estándares y prototipos de belleza, nunca creí que al llegar a mi adolescencia sería reconocida por mi cuerpo y no por mis crecimientos personales.

            Muchas veces me llamaron gorda/fea, flaca/linda y santa/puta, sólo por mi aspecto físico o por cómo me vestía. Hubo días en que me sentí cómoda utilizando short y poleras cortitas, otras donde me sentí acosada por cómo me observaban y opinaban sobre mí, por como me vestía. Fueron miles de veces las que sentí el acoso a mis cortos 15, 16 y 17 años, tantas veces escondí mi cuerpo y tuve el temor de vestir con lo que me sentía cómoda, tantas veces me rechacé como mujer, todo esto por miedo.

            Hoy estoy en una nueva etapa, decidí respetarme y parar el acoso que me violenta. Empecé por mirarme al espejo y sentirme linda, a entender que yo y sólo yo me debo aceptar y valorar como persona, me vestí como quise, me expresé verbal e ideológicamente de todas las formas posibles y me sentí libre.

            Buscamos sentirnos plenas, libres y MUJERES. Eduquemos a no violar, a no acosar y a respetarnos. Dejemos de prohibir a nuestras hermanas que se muestren. No quiero seguir ocultándome, ni sentir que otras mujeres también se ocultan. No quiero salir a la calle con temor, ni sentir que otras también lo tienen. Quiero mostrar la mujer que soy y sentir que otras mujeres se muestran como tal. Quiero caminar libre, disfrutar del viento y el sol en mis piernas, brazos, pecho y en todo mi cuerpo como también quiero que otras mujeres disfruten así.

            Alcémonos, démosle un fin a esta esclavitud, represión y violencia, seamos valientes y luchemos contra la misoginia y una vez por todas ¡ser libres y expresarnos en todas nuestras curvas y colores!

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              Se ha hablado mucho de que somos culpables, por cómo “andamos vestidas”.

              Ese día iba con unos pitillos, mis zapatillas ultra “carretiadas” y una polera cualquiera (pabilo o con mangas, pero ese día hacía calor). Siempre que salgo voy escuchando música, para no escuchar las bocinas de los idiotas y los típicos “guachita rica”, que no quiero ni necesito escuchar. Ese día justo no iba con audífonos. Iba camino a la casa de mi pololo que vive como a cuatro cuadras de la mía. Cuando iba a mitad de camino, se acercó un tipo de unos cuarenta años que me dijo “mijita, te lo metería todo”. Sentí tanta impotencia y rabia que sin dudarlo me di vuelta y lo encaré diciéndole “VIEJO CULIAO ASQUEROSO, PUEDO SER TU HIJA O TU NIETA HUEÓN; NO TE DA VERGÜENZA? QUE ASCO HUEON”. Me miró sorprendido, casi asustado, se dio media vuelta y se fue. Me sentí tan bien por no haberme quedado callada con el asco y rabia dentro.  Sentí que nadie me iba a volver a acosar nunca más porque desde ese día comencé a defenderme. Desde los trece años que sufro de acoso, pero ya no me callo más.

               

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                Era un día de verano en la noche, venía de entrenar (soy luchadora de Max lucha libre) y tenía que tomar el colectivo al frente del lugar donde entrenaba. Estaba tranquila, escuchando música, esperando que pasara locomoción. Cabe destacar que iba en tenida deportiva, sin maquillaje. De atractiva nada. Entonces, pasó un tipo cerca mío y me dio un agarrón. Por un segundo me quedé helada, pero como venía con la adrenalina a mil por haber estado entrenando, me di vuelta y le pegué un cornete, al tiempo que le dije “ENFERMO DE MIERDA”. Mientras el tipo se agarraba la boca, justo pasó un colectivo. Lo hice parar y me fui a casa. Hasta ahora, nunca había hablado de lo sucedido, pero quiero compartir mi historia porque siento que puede ayudar a alguna mujer a la hora de reaccionar frente a estos tipos de violencia.