observatorio contra el acoso callejero chile

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    Siempre fui de esas personas que pensaban que podrían actuar en defensa propia si alguna vez se sentía amenazada, pero aprendí de la peor forma que no importa cuánto lo planees, nunca estás preparada.

    A la hora de salida de clases (16.15 horas) acordé con mis amigas que las dejaría en el paradero de la micro ubicado frente al establecimiento, para luego seguir mi camino a casa. Una vez hecho eso, me dirigí a mi casa que está a menos de ocho minutos caminando. Iba tan feliz cantando que no presté atención, gran error. Pasé al lado de dos hombres jóvenes que conversaban, me detuve a ver mi reflejo en la ventana de un auto y vi a uno de ellos caminar por la vereda del frente, seguí caminando. ¿Por qué debería preocuparme de alguien que va caminando? Cuando llegué a mi calle, me detuve nuevamente a ver mi reflejo, pero esta vez sí lo noté. Sentí algo extraño, como si me estuvieran observando y entonces lo vi escondido detrás de un árbol. Entré en pánico, quería correr, quería gritar, me estaba siguiendo, no había personas cerca ¿qué podía hacer? Traté de hacer como si no lo hubiera visto y caminé lo más rápido que pude, al llegar a mi pasaje, corrí. Lo hice tan rápido que llegué a mi casa. Al correr tanto, se me cayeron las llaves y escuché sus pasos. También corrió, di la vuelta, me empujó hacia la reja de mi casa. Aunque su mano tocaba mi pecho, sus labios no lograron su objetivo ya que como pude moví mi rostro para evitarlo. Luego de que pasaran alrededor de dos segundos, que para mí fueron horas de tortura, huyó. ¿Qué había pasado?, ¿quién se creía que era?, ¿quién le dijo que podía venir y tomar mi inocencia?, ¿quién le dijo que podía venir a mi casa y tomar mi seguridad?, ¿quién permitió que me tratara como algo que era suyo?, ¿Quién se cree que es? Mis padres no confiaban en que caminara sola, no confiaban en mi ruta, siguen sin confiar en que estaré bien.

    A mis 19 años, camino a casa tuve miedo, miedo de un chico que sólo quería lograr su cometido. ¿Por qué? Porque un tipo que creyó tener el derecho de seguirme como presa y tocarme como suya provocó en mí un rechazo a todo hombre que camine detrás de mí. No normalicemos algo que no es normal, si lo fuera, ¿por qué nos sentimos amenazadas cada vez que salimos a las calles? No quiero que las demás se sientan como yo me sentí.

    Deberíamos estar libres de ser violentadas de esta forma. No más acoso callejero.

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      Venía de vuelta del banco ubicado en el Mall Plaza Tobalaba. Mi casa queda cerca de este lugar y como de costumbre decidí caminar. Pasé por la calle Los jardines y sentí la presencia de un auto. Iba un poco pensativa y a la vez molesta porque mi trámite bancario había fracasado, estaba en las nubes, cuando un paró al lado de mío y escuché la voz de un hombre que me preguntó por una dirección. “¡Disculpa!, me dijo, ¿dónde está el pasaje ‘x’?”. Y yo, como iba en otra onda le contesté: “No sé, acá no hay ningún pasaje con ese nombre. Esta calle tiene pasajes con nombres de flores y más arriba tienen motivos de la isla de Pascua”.

      Como iba pensando en otra cosa no le presté más atención y seguí caminando, pero el tipo no se dio por vencido y justo cuando iba a cruzar el paso de cebra, cruzó en su auto y me dijo: “¡Oye, pero dónde queda…!”.  Ahí fue cuando me di cuenta que el asqueroso se estaba masturbando. A pesar de que soy muy chora no dije nada, me quedé para dentro. Muchos dicen “ay, yo le hubiera dicho un par de ‘chuchadas‘”. Créanme que lo pensé, pero en el momento uno se bloquea. Después que reaccioné, anoté el número de la patente del vehículo y fui a la comisaría más cercana. El carabinero que me atendió me dijo que eso no se podía denunciar, que era como daño moral y a las buenas costumbres y que debía presenciarlo un funcionario público, me paré indignada. Con mi afán justiciero fui a otra comisaría donde un carabinero sí me ayudó y puso la denuncia. Estoy a la espera de que me llamen de la Fiscalía.

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        Hace tres años aproximadamente, iba caminando a mi casa de vuelta de la universidad después de haberme quedado estudiando hasta tarde cuando, de un segundo a otro, un tipo me tomó por la espalda como si me estuviera abrazando y me pidió el celular. Me dije a mí misma: “¡cresta!, me van a asaltar”, y entré en pánico. Me tenía afirmada de tal forma que no podía moverme, por lo que no tenía como entregarle mi celular que estaba en mi mochila. El tipo me insistió reiteradas veces hasta que le dije: “si me sueltas, te lo paso”. Fue en ese instante que terminé en el piso, en unos arbustos que había al costado de la vereda. Ahí fue cuando comenzó una agresión de tipo sexual, empezó a tocarme y a golpearme; no sé de dónde saqué fuerzas para patalear y gritar muy fuerte, tanto así que el tipo me tapó la boca para que me detuviera. Lo único que sentí en ese minuto fue miedo y creí que la mejor forma de defenderme era morderle la mano. Para mi suerte, cerca había un colegio y un condominio, y los guardias de estos dos lugares escucharon y comenzaron a caminar hacia donde yo estaba. Fue en ese instante en el que el tipo salió corriendo, sin robarme nada. Sin embargo, me quedé con una sensación de entre rabia, vergüenza y miedo. Hasta el día de hoy, cuando es de noche sufro cuando paso por ese lugar sola, muchas veces pido que me vayan a buscar al paradero o le pido a mi pololo, quien vive bastante lejos de mí, solo para no caminar sola. Sé que no tengo que vivir con miedo y que tengo que hacer algo para que este tipo de situaciones no le ocurran a otras mujeres. Por eso, me he preocupado de informarme con respecto al tema del acoso callejero. Además, cuando me he enfrentado a situaciones en las que recibo gritos o acoso del tipo verbal, trato de responder aunque sé que quizás no voy a lograr mucho; incluso, cuando he visto que otras mujeres se enfrentan a situaciones similares, intento ayudarlas porque tuve la suerte de haber recibido ayuda. Pero insisto, esto no es algo que le debiese seguir ocurriendo a ninguna mujer.

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          Tenía menos de 10 años la primera vez que un exhibicionista decidió invadir mi espacio y lamentablemente no fue la única. Cuando iba en 5º básico, un degenerado me llamó por teléfono para pedirme que me tocara, haciéndose pasar por doctor. Los “piropos” me hacen sentir insegura, vulnerable y sola. Creo que, ya después de muchos roces incómodos en las micros, es momento de decir basta; merecemos más respeto y debe existir menos tolerancia o vista gorda. Lo que me pasó le pasa todos los días a nuestras hermanas, amigas, hijas y nietas. Creo que no es un asunto de género, sino avanzar hacia una sociedad más sana.

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            Desde niñas nos enseñan a cuidarnos de los lobos, esos seres de apetito voraz que se esconden entre las tinieblas y nos sorprenden en medio del camino. Clarissa Pinkola lo explica detalladamente en su libro “Mujeres que corren con los lobos”, en donde nos enseña a identificar a estos personajes por medio de cuentos y análisis psiquiátrico; pero además nos llama a reconocer esa mujer instintiva que llevamos en nuestro interior, aquella mujer sabia que no se equivoca en tomar decisiones.
            Esta historia parte hace un par de años atrás cuando creía tener alguna afección en mi corazón, por lo tanto decidí tomar una hora con un médico competente del área que encajara con mi apretado horario de oficina. Seguramente muchos pensamos que los médicos, estos seres que suelen estar en la categoría de dioses del Olimpo para muchos, no tienen ningún tipo de apetito extraño frente a lo que recubre nuestros huesos, además de ser increíblemente sabios para decidir nuestro destino entre la vida/muerte.
            Un viernes por la tarde luego de mi jornada laboral fui  a visitar a un médico de una clínica privada, citación por la cual me tuvo esperando más de una hora… Luego de tan larga espera suena el alta voz de la clínica, el cual emite un chirrido ensordecedor seguido de “Señorita Guevara, oficina 33”. Me apresuro en guardar las cosas en mi cartera y voy a pequeño seguro paso veloz a la oficina del médico. Al entrar el individuo me pide cortésmente que me siente, toma nota de algunos antecedentes para mi historial médico y luego, con una sonrisa macabra, me invita a la camilla recubierta de papel absorbente. Al sentarme me pide que me saque la blusa y el sostén, y accedí sin preguntar, pero con una inquietud interior sobre mis pobres conocimientos de anatomía para comprender el porqué de mi desnudez. Mi instinto me decía que algo anda mal; y la mirada del lobo mientras mueve la cola me advierte que lo que sucedía era incorrecto. Sentí tanto asco y repulsión mientras las garras del lobo rasguñaban mi pecho con su estetoscopio, que en ese minuto deseaba no ser parte de esa obra, de ese tiempo y de ese espacio. Finalmente me vestí, el médico me dio unas órdenes de exámenes y dejé su cueva para jamás volver a visitarlo.
            Tiempo después, en una conversación de viernes por la tarde, recordé aquel episodio y lo comenté con una amiga que estudia medicina, ella me explicó que el procedimiento que llevó a cabo ese médico era incorrecto y yo había caído como ingenua. Más adelante visité a otro médico cardiólogo, el cual me atendió muy bien, y le comenté sobre su colega (el lobo)… el me dijo que ese lobo es conocido en el medio por llevar víctimas a su cueva y aprovecharse de ellas. Después de lo acontecido me fui pensando en el camino sobre ese instinto del que tanto nos habla Clarissa, de no hacer oídos sordos a nuestra voz interior que da gritos sordos sobre qué camino debemos seguir, cuándo debemos huir y cuándo debemos permanecer quietos.

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              Ya han pasado más de seis años, había salido a caminar con una amiga a menos de un kilómetro de mi casa que se encuentra en un lugar relativamente seguro, ya que es un barrio residencial. Teníamos apenas trece años, íbamos en séptimo básico. Recuerdo que de un momento a otro sentimos que venía un auto, pero no le prestamos mucha atención hasta que comenzó a bajar la velocidad y quedó al lado de nosotras. Inocentemente pensamos que era alguien que quería pedir alguna dirección o algún tipo de información, pero al voltearnos nos encontramos con un señor de no más de treinta años masturbándose y mirándonos directamente a los ojos. En ese momento corrimos lo más rápido que pudimos a mi casa muy asustadas, porque pensamos que nos podría violar. Por fortuna no sucedió nada más.

              Me dio tanta vergüenza y miedo que solo le conté a algunos compañeros de curso que inclusive lo encontraron chistoso… Personalmente a esa edad jamás había visto nada así y fue terrible saber que ese hombre estaba dando vueltas alrededor de mi casa, de mi barrio y que ya no podía salir a caminar tranquila. Nunca le conté a mis papás y hasta hoy recuerdo absolutamente todo lo que sucedió, fue terrible. Una niña jamás debería verse expuesta a este tipo de situaciones y me da mucha pena que sigan sucediendo cosas así.

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                Este testimonio no es tan fuerte como los que ya hemos leído, pero quería expresar el grado de malestar que siento desde que tenía 17 años. A esa edad, comencé a escuchar cómo la gente “adulta” (30-50 años) me gritaba “guapa” desde un auto; o cómo camioneros me tocaban la bocina, constructores me miraban detenidamente y decían “cosita más rica, mi amor”. El no poder usar short en verano, porque esta misma “gente adulta” se quedaba mirándome fijamente de la cintura para abajo, es intolerable, da rabia y asco. Afortunadamente, en los últimos días esto no ha vuelto a pasar.

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                  Hoy a las 08:30 hrs. iba caminando y doblé en la intersección de las calles Castellón y Carrera, en Concepción. En la esquina de estas calles, un hombre, si es que se le puede llamar así, me acosó sexualmente en la vía pública (me dio un agarrón en la vagina). Quedé estupefacta y como se dio a la fuga no pude reaccionar de ninguna manera.

                  Este sujeto tenía entre 45 o 50 años, medía 1,70 cm., aproximadamente, era moreno, de ojos café, pelo corto negro y con partidura al lado), andaba vestido con jeans y chaqueta azul eléctrico con una huincha blanca en el pecho.

                  Nadie me prestó ayuda, ya que solo iban dos personas y no vieron muy bien la situación. Después de que ocurrió todo, arranqué porque me dio miedo que el tipo me siguiera. Cuando iba a la altura de Freire con Castellón vi que el tipo había vuelto a la esquina donde me atacó, sin ningún temor. Me imagino que volvió con la intención de atacar nuevamente a otra víctima.

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                    Estaba esperando la micro de vuelta del colegio en un paradero, con uniforme (jumper), cuando se acerca una camioneta y se para frente a mí. El conductor se estaba masturbando mientras me miraba fijamente. No supe qué hacer, solo miré a otro lado.

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                      Siempre usé pantalones de colegio por mi comodidad, pero cuando tenía que dar una disertación, obligatoriamente tenía que ir con jumper. Era casi fin de año, hacía mucho calor y estaba agotada.

                      Tomaba una micro en la granja que me dejaba muy cerca de mi casa y para mi “suerte” iba vacía, por lo que me pude sentar en el mismo paradero que subí. Conmigo se subió un vendedor ambulante y se sentó a mi lado. No tardó en hablarme y cordialmente le contesté. No debió haber pasado mucho hasta que puso su mano en mi pierna y luego la sacó. Pensé que lo había hecho sin querer hasta que lo volvió a hacer, pero esta vez más cerca de mi vagina y diciéndome que me veía preciosa con jumper, y que me venía viendo desde hace días. Quedé en shock, pero luego de unos segundos le pegué como pude y le grité ante toda la micro que era un viejo verde, que yo podía ser su hija o nieta, que gente como él debería estar muerta y que se podía ir a la mierda, que no me iba a quedar callada. Él solo se bajó de la micro y las señoras que iban a esa hora no hicieron nada. Sin embargo, una sí. Me basurió como pudo, diciéndome que era mi culpa por andar con jumper, que yo provocaba, que era una pendeja ordinaria y que si ella fuera mi mamá no me dejaría andar sola y que obviamente me educaría más, porque a la gente mayor no se le falta el respeto.

                      Me quedé callada y me senté. No quería pelear con nadie más, pero me sentí realmente mal. Eran mujeres que en vez de entenderme, me culparon por todo.