observatorio contra el acoso callejero chile

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    Salí a comprar a eso de las cuatro de la tarde y no tenía llaves. Mientras llamaba a mi mamá desde la calle para que me abriera la puerta, se acercó un tipo en bicicleta, me dio un agarrón en el poto y siguió pedaleando tranquilamente.

    Más adelante viví situaciones parecidas, pero con más dolor físico y psicológico. Hoy solo quiero perder el miedo a caminar sola en la calle.

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      Un día en el metro Los Héroes, me subí al carro y afuera quedaron tres tipos, uno de ellos me miró y me dijo: “así me gustan las mujeres, con caderas anchas para que le entre todo, hasta el fondo”. Y yo ahí, rogando que se cerraran rápido las puertas.

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        Hoy, a las 08:30 hrs., venía doblando por la esquina de Castellón con Carrera, en Concepción. Y un hombre, si es que se le puede llamar así, me acoso sexualmente en la vía pública. Me dio un agarrón en la vagina. Yo quedé estupefacta y como se dio a la fuga, no pude reaccionar de ninguna manera.

        Este sujeto tenía alrededor de 45 o 50 años, medía alrededor de 1,70 cm., era moreno, de ojos café, pelo negro (corto y con partidura al lado). Andaba vestido con jeans y una chaqueta azul eléctrico con una guincha blanca en el pecho.

        Nadie me prestó ayuda, puesto que solo iban dos personas y no vieron muy bien la situación. Luego de que pasó esto, arranqué porque me dio miedo que el tipo me siguiera. Cuando iba a la altura de Freire con Castellón, el tipo volvió a la esquina donde me atacó y sin ningún temor (me imagino que esperando a otra víctima).

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          Estudio Diseño Industrial, por ende, a lo largo de mi carrera he necesitado adquirir materiales de construcción. Como no todos son asequibles en grandes ferreterías, terminamos yendo a avenida Matta o 10 de Julio, lo cual ha resultado siempre incómodo para las mujeres, ya que no importa cómo una esté vestida, siempre te miran de forma depravada y te gritan cosas, da igual si están caminando en la acera del frente, en la misma o van en su auto: te gritarán de todo. Como queda cerca de la universidad, decidimos ir con nuestro overol de trabajo, pero empeoró la situación. Como si la fantasía sexual de estos acosadores fuera una joven de la constru que perfectamente podría ser su nieta.

          En fin, dentro de todo, me considero una mujer con bastante suerte respecto de lo vivido en acoso sexual callejero. Afortunadamente, no he sufrido tocaciones de ningún tipo, solo miradas y gritos de viejos asquerosos. Sin embargo, la experiencia que vengo a contar la considero la peor de todas (al menos para mí).

          Necesitaba encontrar un tornero para que me realizara un trabajo, por lo que fui a avenida Matta. Mientras realizaba mi búsqueda, me detuve en un carrito de sopaipillas en avenida Matta con San Diego, las estaban recién preparando, por lo que estuve un momento parada esperando junto a una pareja. Al poco rato, apareció un hombre que también quería comprar sopaipillas. Era de contextura delgada, de unos 53 años, con polera azul y gorra de la Universidad de Chile; medía alrededor de 1,70 cm., o quizás un poco más. No lo miré a la cara, pero sentí que él lo hacía y que además se había parado lo suficientemente cerca como para hacerme sentir incómoda. Erróneamente, quise pensar no me estaba mirando y que quizás me pasaba películas. Fueron como dos minutos pero se me hicieron eternos, solo quería salir de ahí. Apenas las sopaipillas estuvieron listas, la pareja sacó las suyas y yo también saqué la mía. En eso, el tipo tomó el frasco de mayonesa y me dijo: “¿mayonesa?”.

          Fue ahí cuando lo miré a la cara por primera vez, al verlo me invadió una sensación de querer salir corriendo. Pero de forma educada respondí “no, gracias” y me fui caminando rápido. No quería hacer un escándalo sin tener pruebas, solo quería alejarme lo antes posible. No alcancé a llegar a mitad de la cuadra cuando me di cuenta que este tipo iba atrás de mí. Intenté seguir caminando como si no pasara nada hasta que llegué a una tienda de electrónica y entré. Los vendedores salieron a atenderme, entonces les dije “creo que me están siguiendo” asegurando en todo momento que “no estaba segura”. Afortunadamente se asomaron rápido a la entrada para vigilar al tipo que acababa de pasar y me dijeron que me quedara adentro. Ahí confirmaron que estaba en lo cierto, pues el tipo varias veces volteó a ver si salía del local.

          Me quedé un rato, intentando calmarme hasta que el tipo desapareció. Le conté a mi pololo y se preocupó. Ahora, siempre que tengo que volver a ese lugar, intenta acompañarme para que no me vuelva a pasar algo así. La verdad es que agradezco el gesto, pero encuentro el colmo que para poder caminar un poco más tranquila por la calle, deba andar acompañada (si tengo que hacerlo lo hago igual, pero siempre con cuidado).

          Actualmente, cada vez que paso por esa esquina recuerdo al tipo ese y me pongo en estado de alerta esperando a ver si vuelvo a encontrarme a ese asqueroso. Por lo mismo, tampoco he vuelto a parar en ese carro de sopaipillas.

          Lo único positivo que pude sacar de esa experiencia, fue la reacción de mi papá cuando le conté. Él se reía del acoso callejero, del Observatorio, decía que las mujeres hacíamos escándalo por los “piropos”. Sin embargo, cuando le conté y se dio cuenta del verdadero peligro que podía correr, se tomó en serio el tema y empezó a escucharme. Ahora valora la acción del Observatorio Contra el Acoso Callejero.

          Pero a lo que a mí respecta, creo que es un episodio que no olvidaré nunca y espero que cuando llegue el día que tenga una hija, no tenga que vivir con este miedo a salir a la calle, ni a la gente.

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            El día 29 de enero iba de vuelta a mi casa a eso de las 3:00. Me había juntado a conversar con una amiga en Providencia y tomé una micro en Bilbao. Generalmente tomo taxi para evitar acosos, pero esta vez andaba sin plata. Me bajé en Bilbao con Salvador y de la misma micro se bajó un tipo. Me empezó a seguir y se me acercó para preguntarme hacia dónde quedaba una calle y yo le respondí. Después, empezó a acercarse cada vez más y me agarro el trasero con mucha fuerza, a lo que reaccioné y lo insulté preguntándole: “¿¡qué hueá te pasa!?”. El me respondió textualmente: “quiero tocarte el choro po’, ¿¡qué tanta hueá!?”, con una actitud muy agresiva. Cada vez sentía más miedo, lo insultaba, pero él me respondía con cosas cada vez más violentas, con amenazas y apuntaba a cómo estaba vestida, como si yo estuviera mostrando piel o queriendo que me acosaran. A medida que pasaba el tiempo, me paralizaba y asustaba más y más. Mientras él me gritaba cosas de índole sexual y se acercaba con la intención de arrinconarme. Logré correr al paradero más cercano mientras él se alejaba como intentando esconderse.
            Dos hombres que estaban en el paradero me calmaron. Les conté lo que pasó y me dijeron que me quedara tranquila y que ellos se preocuparían de que llegara bien a mi casa. Afortunadamente llegué bien, pero casi no dormí esa noche. Sigo traumada, con miedo y con mucha rabia con la esperanza de que esto sea considerado un delito.

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              Vivía en mi casa en Maipú, me había empezado a desarrollar. Mi mamá ya me había conversado de salir a comprar un sostén para niñas, tenía 11 años y era verano. Un día salí a comprar al almacén que estaba a dos cuadras de mi casa y cuando iba de regreso, pasó un ciclista y me dio un agarrón en el pecho. El tipo me toqueteó unos segundos mientras hacía comentarios de connotación sexual, que no repetiré. Me senté en el piso y me puse a llorar. Me quedé ahí hasta que me calmé y volví a mi casa. Nunca le conté a nadie, sentía vergüenza y pena por lo que había pasado. Después de eso, me daba pánico pasar por esa esquina.

              Tiempo después, ya con 27 años; en la misma esquina, un ciclista me empujó contra la muralla y, aplastándome con la bicicleta, me tocó el pecho y el trasero mientras me decía al oído lo que quería hacer conmigo. Todavía salto de susto si escucho una bicicleta atrás mío cuando voy caminando.

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                Acabo de terminar de almorzar. Estuve llorando, porque cuando llegué a la casa conté un caso de acoso que sufrí el año pasado, y mi padre se burló. Me defendí y le pregunté que qué clase de ejemplo le estaba dando a sus hijo sobre el acoso callejero. Les dije que era horrible sentir que te puntearan en la micro o que un viejo de 60 años te joteara en un café -aún cuando uno lo hubiese rechazado- haciendo comentarios sobre lo bonito que era mi cuerpo (esa fue la experiencia que viví en 2015). Lo peor es que mientras yo contaba esto, mis hermanos se reían y cantaban cosas como: “A ti te puntean hoy, a ti te puntean mañana…”. Y, por otro lado, mi mamá decía que a ella también le había pasado y que no lo tomara como algo personal. Pero, ¿cómo no me lo iba a tomar personal? Si ni siquiera puedo estar tranquila en mi propio país. Me dio tanta rabia que me puse a llorar y los increpé de manera muy violenta: les dije que gracias a ellos la cosa no iba a cambiar, que eran unos egoístas y que si vieran a una persona sufriendo de acoso no harían algo. Me dijeron que no harían nada porque eso pasaba siempre y no iba a cambiar

                Me preocupa la clase de adolescentes que tenemos en el país, porque no están tomando conciencia y cuando críen a sus hijos les enseñaran que el acoso callejero es parte de la cotidianidad. 

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                  Hace algún tiempo, caminaba en dirección a mi casa y en una de las calles divisé un auto que estaba detenido con una puerta abierta con un hombre en su interior. En ese instante pensé que quizás le había pasado algo, por eso lo miré; pasados unos segundos me di cuenta de que el hombre estaba sin pantalones y masturbándose. En cuanto se dio cuenta de que había mirado al interior del auto, comenzó a decirme: “Mírame, ven. Me corro una paja contigo“. Sentí mucho miedo, apuré el paso y bajé la mirada.

                  Situaciones como esta me han ocurrido en varias oportunidades, y creo que todas hemos pasado por episodios similares. Por eso me molesta cuando llaman feminazi a quienes nos preocupan las temáticas de género; ¿cómo negar una situación que está presente todos los días y a cada rato? ¿Cómo burlarse de las mujeres a quienes nos molesta que se nos vulneren nuestros derechos y dignidad? Quienes consideren que el acoso callejero es “un grupo de minas dramáticas”, los invito a abrir los ojos, porque situaciones como las que viví son el pelo de la cola del sin número de violaciones a los derechos humanos, sexuales y reproductivos de la mujer.

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                    El Consejo de autorregulación y ética publicitaria (CONAR) acogió la denuncia del Frente de Género, de Revolución Democrática, contra el comercial con que WOM busca atraer nuevos clientes.

                    La “Revolución Wom” fue denunciada a través de redes sociales, con hashtags como #ChaoWom, por el Observatorio Contra el Acoso Callejero (OCAC) Chile, el Frente de Género de Revolución Democrática, el Movimiento de la Diversidad Sexual y la agrupación lésbica Rompiendo el Silencio, entre otras agrupaciones. ¿La razón? La fórmula sexista con la que la compañía telefónica promociona sus planes para celulares, con un video que retrata a las mujeres como objeto.

                    Esto queda claramente explicado en la columna de Betania Bunster, “WOM y su conservadora ‘revolución’ publicitaria”. Allí, expone que el problema no es la poca ropa que usan las protagonistas, sino que WOM juega “a la revolución con esas imágenes, mostrándolas como escandalosas y prohibidas, cubriéndolas con un halo negativo. Simulan abordarlas como algo natural, al mostrarlo “sin tapujos”, pero en realidad el cuerpo femenino está ahí como mero recurso para seducir a su audiencia, por su valor erótico”.

                    Por eso, el Frente de Género Revolución Democrática interpuso una denuncia ante el Consejo de Autorregulación y ética Publicitaria (CONAR), el que fue acogido. El Frente explicó, a través de un comunicado publicado en su página de Facebook, que el motivo de su descontento y el de otras organizaciones, se debe a que el mensaje de WOM se sustenta en la cosificación de la mujer como “una cosa deseable y atractiva”.

                    María Francisca Valenzuela, Presidenta de OCAC Chile, fue consultada por TVN al respecto. La socióloga sostuvo al noticiero central que “Wom, como muchas otras marcas, han usado el cuerpo de la mujer para vender sus productos con una hipersexualización, erotización al extremo y poniéndolo como un objeto de acceso fácil”.

                    Por su parte, la agrupación lésbica Rompiendo el Silencio, manifestó su postura, declarando que “no somos fantasía heterosexual, no soy tu chiste”, ya que WOM utiliza la imagen de dos mujeres besándose como herramienta de erotismo masculino y no para representar la diversidad.

                    Chris Bannister, CEO de WOM Chile, también fue consultado por TVN. Conocido como el “capitán”, en el comercial de la compañía, se disculpó explicando que no era su intención denigrar a nadie y que “la idea era celebrar la diversidad”.

                    Tanto OCAC Chile como las demás agrupaciones por la igualdad de género están atentas a la respuesta de CONAR.