observatorio contra el acoso callejero

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    La primera vez que pasó, yo tenía 11 años, había ido con mi mamá al Líder, tenía puestos unos jeans y una polera de mi hermano. Un hombre estaba atrás mío en la zona donde se piden los quesos y se refregaba contra mi poto. Lloré todo el día y me asustaba salir a la calle. Ni siquiera había comenzado a desarrollarme. ¿Por qué tuve que perder mi inocencia así? ¿Por qué un desgraciado se le acerca a una niña y nadie hace nada?

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      Hace una semana iba en bici por Avenida Bascuñán Guerrero. Iba por la vereda y un tipo que venía con una caja en la mano en dirección contraria a la mía, me mostró la lengua y dijo “te chuparía el pico”. De puro sorprendido seguí sin reaccionar, un poco asqueado. Dejé de pasar por esa intersección, pero sigo recordando el episodio y ahora albergo un sentimiento fascistoide-homofóbico que antes no tenía.

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        principal testimonios Tengo 20 años y desde los 11 sufro acoso callejero. Siempre me dicen cosas obscenas y de carácter sexual. Siempre evito a los hombres en la calle para no escuchar sus mal llamados “piropos”, pero hay cosas que no se pueden prevenir siempre. Una tarde, iba caminando con mi hijo de un año y medio a tomar micro. Pasó un tipo en bicicleta y me dio un agarrón. Yo llevaba mi mochila en la espalda, la de mi hijo en un brazo y al otro lado mi pequeño, con quien jugueteaba, así que quedé inmóvil. Me había agarrado tan fuerte, que llegó a empujarme hacia adelante y mi nalga quedo adolorida. No supe cómo reaccionar ni qué hacer. El tipo huyo lo más rápido que pudo, ni siquiera logré mirarle su cara. Quedé en medio de la vereda, a plena luz del día, sin nadie como testigo y con mi hijo en brazos, sin saber qué hacer. Tenía miedo, me sentía sucia, asqueada de la naturaleza de ese hombre que me faltó el respeto. Me tomó un tiempo recuperarme y con lágrimas en los ojos llegué a mi casa. Mi novio me tranquilizó, mi madre me dijo que cosas así me sucederían siempre, que así era la educación de la mayoría de los hombres chilenos. Eso me dio más rabia e impotencia. Me convertí en una persona que andaba a la defensiva en la calle. Ante cualquier ruido de una bicicleta acercándose a mí, temblaba y me hacía a un lado hasta que pasara. Tenía temor de salir sola, cambié mi recorrido mil veces porque cuando les veía la cara a los hombres me aterraba; cambié mi forma de vestir, hasta el color y el corte de mi pelo. Llegué a odiar mi propio cuerpo y cada vez que oía un “piropo” me sentía aún más sucia. Gracias a otros testimonios comprendí que no es culpa de mi cuerpo, que no debo odiarme, así que volví a arreglarme y a vestirme como yo quería. Siempre salgo con audífonos para evitar oír idioteces, aún tengo miedo de salir sola a la calle, pero no puedo vivir escondida. Sinceramente espero que a futuro esto cambie y las mujeres logremos salir a la calle sin miedo, que se nos respete y que ya no seamos tratadas como un objeto sexual.

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          Fue hace unos siete años. Yo tenía 14 y ese día me iba a juntar con unas amigas de otro colegio en el parque Araucano. Estaba muy emocionada, así que partí vestida de uniforme.

          Antes de llegar, pase por una construcción y vi cómo salían varios maestros. Pensé en cambiarme de vereda, porque ya había recibido comentarios que me molestaban. Pero, como estaba atrasada, decidí pasar rápidamente tratando de ignorarlos. Recibí silbidos y otros comentarios, los ignoré por completo, hasta que pasó el último hombre y me dijo una frase que hasta el día de hoy me da repulsión de sólo acordarme. Fue tan violenta sexualmente y tan denigrante, que ni siquiera puedo escribirla aquí.

          Tan pronto la dijo, todos sus compañeros se rieron, y yo me quede aturdida, en mi mente infantil ni siquiera era capaz de entender el significado de esa oración. Me fui intrigada, tratando de entender qué me había dicho, hasta que una cuadra más adelante el significado y la imagen de lo que dijo apareció en mi cabeza. Tuve que reprimir una tremenda arcada de asco.

          Me sentí humillada, asqueada, denigrada. Sobre todo, vulnerada y abusada. Me sequé las lágrimas y llegué hasta donde estaban mis amigas. Como notaron algo raro en mí, les conté lo que me había sucedido.  Entonces, pasó algo increíble: en un grupo de niñas de 13 y 14 años empezaron a relatar más historias de acoso callejero como la mía. Nos abrazamos  y prometimos ser más conscientes del peligro que sufríamos.

          Hoy a mis 21 años me cuesta pararme frente a un acosador en la calle y enfrentarlo. ¿Cómo lo haría a los 14 años?

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            Ya me había pasado antes que me gritaran cosas en la calle o que algún pelotudo me dijera algo cuando pasaba al lado de él. Suelo salir a la calle con audífonos, y las veces que no lo hice, siempre respondí, por lo que me llegaban comentarios como “hueona loca” o “ordinaria”. Pero la situación que voy a contar me dejó congelada.

            Iba un sábado al dentista, tipo once de la mañana, en Metro. Iba con un vestido suelto negro y zapatillas. El metro no iba tan lleno, pero lo suficiente para que la gente fuera un poco apretada. Recuerdo que sentí una puntada en mi trasero, pero no le di importancia, pensé que alguien me había pasado a llevar con el bolso. Cuando sentí que era más insistente, miré y era un tipo metiendo la mano bajo mi vestido, manoseándome el trasero. Me quedé como tabla, no supe cómo reaccionar. Siempre me habían dicho en casa que si llegaba a pasarme algo así tenía que gritar, hacer escándalo, pero dentro mío me hice pequeñita, me quedé muda. El tipo luego bajó en la siguiente estación y me quedé igual de paralizada, con asco, con ganas de llorar y con rabia hacia mí misma por no haber hecho nada. Hasta el día de hoy, cuando recuerdo, me siento enrabiada con el tipo y conmigo por no haber reaccionado y haberme paralizado así; porque aunque a una le enseñen qué hacer en esas situaciones, no te esperas que suceda.

            Hace rato que no uso vestidos en la calle ni me gusta salir muy arreglada, sobre todo porque siempre ando en transporte público. Es penca tener que dejar de ser como una es o quisiera ser, por miedo a que te griten o te toquen.

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              Hace años que me olvidé de las faldas, nunca he usado escotes y nunca me he comprado una polera con tiritas. Uso el pelo largo, en parte, porque me cubre el cuerpo. Entre los trece y catorce años, ya medía un metro setenta, razón suficiente para que ya no me vieran como una niña. Soy potona y tengo ojos claros. Ése ha sido el punto de partida de todas las asquerosidades que los “galanes” me dedican. Me dijeron e hicieron tantas cosas en la calle, ustedes se las pueden imaginar.

              Tuve un acosador desde los 17 a los 24 años, un desquiciado de 53 años que me seguía. Pedí ayuda a Carabineros, pero no podían hacer nada. Pedí ayuda a la Fiscalía y tampoco, a menos que él me hubiese amenazado, pero en las cartas que me mandaba no lo hacía. Me decía cuánto me deseaba, me contaba sin ninguna vergüenza que me seguía y que se imaginaba una vida de amor conmigo.

              Un día fui a andar en bici por la ciudad y fue traumático. Es como si al verme encima de la bici se imaginaran que estoy encima de ellos. Casi todos los días quiero ser invisible en la calle, siempre llevo lentes oscuros.

              Cuando termino mis cosas y sobre todo si he tenido un día pesado, me gusta salir a botar las tensiones, hacer deporte. ¿Y saben qué ropa se usa para correr? Ropa apretada, es lo más cómodo, es una lata trotar con buzo y la polera de mi papá. Así no puedo arreglar mi día, no logro relajarme, vuelvo totalmente desmoralizada. ¡Si hasta reverencias me han hecho! Mientras troto sólo pienso “ignóralos, ignóralos, ignóralos”. Mandaré a estampar una polera que diga “puedo ser tu hermana, tu hija, tu mamá, tu prima, tu amiga”, pero ¿daría resultado? Ya me imagino la respuesta: “fea culiá, quién te mira a voh”. O “cómo quiere que no le digan cosas, si mira con los leggings que anda”. “Uy, rebelde, rica, me encantan las minas así”.

              Finalmente, me metí al gimnasio, no salgo más a trotar al aire libre. ¡Me lo quitaron! ¡Me quitaron mi derecho a estar en el parque! ¡Me lo quitaron y ya me habían quitado mi derecho a vestirme como quisiera!

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                Al crecer, nos enseñan la manera de “evitar” ciertos acosos en la calle, pero nadie le enseña a los acosadores a no acosar.

                Desde los 12 años mi experiencia con los acosadores en las calles se ha hecho presente.

                Caminaba al preuniversitario, un día sábado a las 8:00 am. Viña del Mar estaba casi desierto. Cruzaba la calle, y un auto se detuvo a mi lado, con dos hombres de unos cuarenta años, mirándome fijo. Caminé rápido, con el corazón a mil por hora. El copiloto bajó el vidrio y me dijo con voz amenazante: “Oye guachita súbete”. Temblorosa, comencé a correr mientras el auto avanzaba a mi lado. Llegué al semáforo y para mi mala suerte, estaba en rojo peatonal. El hombre abrió la puerta del auto y dijo que si no me subía, la iba a pasar mal. Miré para otro lado y mis lágrimas empezaron a caer. Se rieron. Me sentí el ser más inferior del mundo. Se aprovechaban de mi vulnerabilidad y yo no podía hacer nada. El semáforo cambió y seguí corriendo. Me siguieron tocando la bocina hasta llegar al Preu.

                Gracias a Dios que no pasó a mayores. La verdad es que sentí tanto miedo que no sé lo que hubiera hecho si hubiera tratado de meterme al auto. Han pasado dos años desde que pasó y aún me tiemblan las manos al escribirlo.

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                  Mi polola me contó que la acosaron hace algún tiempo. No me quiso dar muchos detalles (y no yo quise seguir preguntando), pero al parecer la tocaron en el Metro o la micro.

                  Ella es muy tímida y con poca experiencia, así que fue muy penca para ella. Bueno, en realidad siempre debe ser horrible. Cuando me contó, lloré y anduve mal todo el día. Lo único que quería era sacarle la chucha al tipo que le hizo eso, y abrazar a mi polola y no soltarla. Aunque ella me decía que no estuviera mal, que ya lo tenía superado, no lo podía sacar de mi cabeza. Ahora prefiero no seguir hablando de ese tema con ella, porque no es necesario, y porque asumo que no es bueno revivir ese tipo de cosas. Solo me dedico a apoyarla y estar con ella cuando me necesita.

                  Cuento esto para descargarme, y además para decirles que no están solas. Soy hombre y obviamente no podría sentir lo mismo que sintió mi polola en ese momento, pero el punto es que se puede concientizar a las personas sobre esto. Es una lástima que haya pasado esto para que yo tomara conciencia real del tema. Sigan luchando, aquí hay otra persona más apoyándolas.

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                    Con mi pareja conversamos a menudo sobre el acoso callejero y otros temas de género, con los que él empatiza plenamente. Me alegra saber que hay hombres y mujeres que son conscientes de la violencia y que queremos construir una sociedad más justa y respetuosa.

                    Esta anécdota me pareció divertida: hace poco, íbamos caminando por la calle. Delante de nosotros iban dos mujeres jóvenes. Pasó un camión con obreros de la constru, lentamente. Los tipos parecían energúmenos saludando a las chiquillas, gritando todo tipo de obscenidades. Mi pololo los saludó con la mano todo cocoroco y los tipos no supieron qué hacer. Entonces él les gritó: “Si no les gusta que los saluden, ¿por qué creen que a una persona sí le gusta recibir sus insultos?”.

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                      Tengo dos historias. La primera pasó más o menos hace dos años. Iba caminando con un amigo a su casa y para acortar camino, se nos ocurrió pasar por una calle donde hay pocas casas y un terreno abandonado. Eran como las cuatro de la tarde, íbamos conversando, cuando salió un viejo de una de las casas y me gritó cosas muy pervertidas. Por suerte, iba con mi amigo, un par de años mayor, para defenderme.

                      La segunda  pasó hace como cuatro años. Con mi familia, fuimos al campo a pasar el año nuevo. Como era la primera vez que iba, decidí recorrer el lugar. Nadie me quiso acompañar, todos estaban cansados por la fiesta del día anterior. Caminé mucho por un camino concurrido para ser un campo. Allí apareció un hombre, de unos  50 o 60 años. Me saludó y diciéndome “feliz año nuevo” me abrazó muy fuerte, me agarró la cara e intentó darme un beso y manosearme. Quedé paralizada, no me acuerdo como fue que me escapé de su abrazo asqueroso, pero recuerdo que me fui corriendo a la casa y llegué muy asustada, casi llorando. No me atreví a contarle a nadie. Hasta hoy día me de mucha vergüenza lo sucedido.