observatorio contra el acoso callejero

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    Un día en la mañana, iba camino al Metro para ir a mi trabajo y se cruzó un hombre en bicicleta. Me dijo: “Mijita, ¿por qué no se saca el banano para poder correrme?”.  Suelo no fijarme mucho en las personas, pero vi a este hombre. Tenía su mano metida en sus pantalones, me sentí asquerosa por provocar eso a alguien en la vía pública, hasta que mi pareja me dijo que no hiciera caso, que ese hombre era un degenerado, un enfermo.

    Otro día lo volví a ver. Andaba arriba de la bici con su mano dentro del pantalón. Crucé la calle más que rápido y empezó a gritarme cosas. Ese día renuncié a mi trabajo, porque estaba arrendando allí. Volví a casa. Ahora no importa cómo andes vestida, siempre habrá gente que te mire como si estuvieras desnuda. A veces me siento mal por despertar instintos tan bajos. Mi novio dice que no es que yo los provoque, sino que hay gente tan jodida que expresa toda la suciedad que llevan dentro.

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      Eran cerca de las nueve de la mañana y un auto me siguió hasta mi casa. Jamás me percaté. El auto era del año y el motor era imperceptible. El conductor sacó su mano por la ventana y me agarró el trasero. Yo estaba colgando el teléfono y al sentir el “agarrón” sólo reaccioné a tirar un manotazo al hombre y tirarle un improperio. El auto avanzó, yo me congelé. Corrí hacia mi casa, les conté a mis papás y salimos a buscarlo en auto. Como no dimos con él, volvimos. Para nuestra sorpresa, el muy sin vergüenza había vuelto a pasar por el mismo pasaje donde me atacó.

      Lo seguimos en auto y el tipo se fugó. Transgredió infinitas normas de tránsito. Hasta pasó a llevar un auto. Luego lo perdimos en el camino. Pese a eso, pude gritarle y dejarle claro lo mal parido que era. Mi papá le dio un susto que seguramente jamás olvidará. Por suerte anotamos la patente.

      Tengo rabia aún, pero haber dado con él y haberlo denunciado es un alivio inmenso. No sé cómo habría sido cargar con la impotencia de no haber hecho nada. Yo pude, pero me preocupó saber que en la comisaría dijeran que hay pocas denuncias de estos abusos o acosos, cuando me he enterado por personas del sector y chicas de mi edad que estos ocurren. Chicas, DENUNCIEN, es la única manera de que se hagan cargo de este problema.

      Lo otro, no bajen la guardia. Yo soy una persona terriblemente paranoica. Si salgo, llevo mi gas pimienta, pero esta vez no lo traía, porque nunca imaginé que a esa hora me sucedería algo así. El tipo no era un viejo depravado, era joven de buen aspecto, de no más de treinta. A veces el estereotipo que tenemos de “hombre peligroso” no permite que estemos alerta.

      Ojalá esto les sirva de algo, yo esperaré  la denuncia y seguiré con los trámites.

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        Tenía 11 años y caminaba siempre sola al colegio, a la casa, a comprar. Hasta a la iglesia. Pero tuve que dejar de hacerlo por un tiempo.

        En esa época participaba en un coro. El ensayo era en la tarde y como era horario de invierno, ya estaba oscuro cuando salí de mi casa. Iba a mitad de camino y un hombre en bicicleta, que al ojo tenía unos 25 años, se me acercó preguntando por el horario de salida de mi colegio. Dijo que tenía que ir a buscar a su hermanita. Ingenua, le di la información. Empezó a hacer más preguntas, que yo, inocentemente, respondí, hasta que se fue y yo seguí mi camino.

        A la cuadra siguiente, se me acercó otra vez diciendo que no pudo encontrar a su hermanita y no sé qué más. A la media cuadra se me volvió a acercar. Yo ya llegaba a mi destino, cuando pasó esto, un recuerdo en mi retina muy vivo:

        – ¿Tú vienes a la iglesia mormona?
        – ¡Sí!
        – ¿En serio? ¡Porque yo también soy mormón!
        – ¿De verdad?
        – Sí, ¿y sabes lo que tengo aquí?- dijo, señalando el bolsillo del pecho en su chaqueta.
        – No, ¿qué es? – pensando en algún objeto distintivo de la iglesia.
        – Una cuchilla, y si hablai, ¡te mato! ¡Sigue derecho!

        A esa altura estábamos afuera de la iglesia y sentí un miedo infinito. Por instinto, no le hice caso, doblé y entré.

        Después de ese suceso, mi mamá me fue a dejar al colegio todos los días por dos años, hasta que coincidió mi horario con el de mi hermano. Anduve mucho tiempo con miedo por la calle, pensando que podía volver a encontrarme con ese tipo. Nunca más lo volví a ver.

        Ahora tengo 24 años y tengo claro que nadie puede amenazarme, acosarme o a decirme algo en la calle que yo no quiera escuchar. Con esto aprendí que no toda la gente tiene buenas intenciones.

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          Informe reveló que 95,2% de las consultadas ha sufrido por lo menos una manifestación de acoso callejero, como silbidos y otros sonidos obscenos.

          El Observatorio Contra el Acoso Callejero de Nicaragua (OCAC Nicaragua) presentó su primer informe titulado “Acoso callejero en la ciudad: aproximación descriptiva del acoso callejero en el área urbana de Managua”. El estudio reveló impactantes cifras de acoso en la capital del país centroamericano donde 9 de cada 10 mujeres entre los 14 y 55 años ha sido acosada de un universo de 910 encuestadas.

          El informe arrojó que el 95,2% de las consultadas ha sufrido por lo menos una manifestación de acoso callejero, como silbidos y otros sonidos obscenos. Las otras expresiones incluyen comentarios inapropiados u ofensivos sobre el cuerpo (80,6%), comentarios alusivos al acto sexual (68,4%), manoseos (49,1%), roces de forma sexual (66,6%), exhibicionismo de genitales (26,4%), masturbación pública (12,6%), entre otras.

          Otro punto que abordó el estudio es la reacción de las víctimas frente al acoso. El 81% reacciona de forma pasiva ignorándolo o con expresiones de desagrado (80%). Por otro lado, si deciden enfrentar a las personas que acosan, estos reaccionan quedándose en silencio (31,8%) o huyen (25,2%).

          Noelia Gutiérrez, coordinadora de OCAC Nicaragua, señaló que estas cifras “respaldan la importancia con que debe tratarse el acoso callejero, siendo esta una de las formas que adopta la violencia de género”.

          La coordinadora sostuvo que a partir de esta experiencia, “queremos empezar a tener más presencia en diversos espacios públicos, en centros escolares, en instituciones y en la agenda mediática, ya que hemos determinado, a través de estadísticas, cómo las mujeres de Managua viven el acoso callejero. El siguiente paso es ingresar a esos espacios”.

          Revisa aquí el informe completo.

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            Tengo 20 años y soy de La Florida. Hace dos meses, comencé a ir al gimnasio, que queda a unos 15 minutos de mi casa. Por horario, solo puedo ir de 8 a 10 de la noche. Jamás me vestí con ropa apretada al cuerpo ni nada por el estilo, ya que quería sentirme cómoda haciendo deporte.

            El día lunes, como de costumbre, salí de mi casa al gimnasio. Andaba con calzas y un polerón muy ancho. No se me marcaba nada. Iba tranquila caminando, me faltaba una cuadra y media para llegar, cuando vi el camión de la basura. Pensé que algunos de esos trabajadores eran muy confianzudos, pero tampoco quise generalizar. Finalmente, dejé de pensar tonteras y seguí hacia mi destino, cuando de repente se acercó uno de los basureros y me miró. Mejor dicho, casi me desnudó con la mirada. Me sentí terriblemente desnuda. Pensé que lo mejor era ignorarlo e irme rápido al gimnasio, cuando apareció otro basurero y me hizo el típico sonido “tssts” para llamar mi atención. Nuevamente, caminé mucho más rápido, hasta que un tercer basurero, de unos 50 años, se me acercó, mucho más confianzudo, se paró frentea  mí y me dijo, “hola, cosita ¿cómo estás?’’. Yo me paralicé. No es normal que alguien se acerque y me salude tan cariñosamente sin conocerme y en ese tono tan “califa”. Decidí ignorarlo. Sin embargo, no se apartaba de mí, luego hizo un gesto llamando a los otros dos que me habían mirado y hecho sonidos para molestarme. Mientras se acercaban, mi desesperación crecía. No sabía qué hacer, no reaccionaba. Veía que la gente pasaba, pero se hacía a un lado. Al final, me armé de fuerzas y grité con todo lo que tenía. Les dije de todo: que si él estaba consciente de que yo podía ser su hija o hasta su nieta y que si no le daba vergüenza. Y su respuesta fue reírse. Me sentí humillada. La gente solo pasaba rápidamente por nuestro lado. Me fui con el amargo sabor de haber sido intimidada. Fue la peor experiencia. Solo espero no volver a encontrarme con ellos, porque ni siquiera tengo el consuelo de que la gente me podría ayudar.

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              Eran más o menos las ocho de la noche, un día de verano. Había luz. Estaba trabajando y fui a comprar unas bebidas. Cuando iba llegando a la Copec, tres tipos que podían ser mis papás empezaron a gritarme “rica, te pasaste”. Aplaudían y decían estupideces. Entré a la tienda y compré con mucha rabia, pensando por qué hay gente que hace esas cosas, cuál es la estupidez en sus cabezas que los hace actuar así. Decidí que si dejaba la situación así, no estaría haciendo ningún cambio. Salí y, por suerte, había una patrulla cerca. Les expliqué la situación a los carabineros y fuimos a encararlos. Cuando llegamos, quedaba solo un tipo y su única excusa y defensa básica durante toda la conversación fue decir “yo no fui el único que le gritó”. Como si eso lo legitimara o lo hiciera más inocente. En fin, me tuvo que pedir disculpas públicas y dar sus datos y se notó que pasó una vergüenza horrible. Me consta que la próxima vez lo pensará dos veces.

              Le conté lo sucedido a muchos amigos hombres y me dijeron que era una exagerada. Pero ellos no saben lo que vivimos y la lucha que llevamos por exigir el respeto que merecemos. Por favor nunca callen y alcen siempre su voz por nuestra causa.

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                Hace unas dos semanas, salí a pasear en choche con mi bebé de cinco meses, por una plaza cercana, aprovechando los últimos días de sol. Caminaba tranquilamente, sin percatarme de que a unos metros, en una banca de la plaza, había dos hombres enfermos de borrachos. Cuando me acerqué, uno de ellos me gritó “mamaciiiiita!” mientras el otro vomitaba a su lado.

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                  Iba en Metro y sentado al frente había un tipo de unos 50 años. En primera instancia, no me llamó la atención, pero de pronto noté que se puso a mirar descarada y prolongadamente el trasero de una mujer que se bajó en la estación. Hasta se inclinó por la puerta y luego por la ventana para seguir mirándola. Me dio rabia, no avalo el acoso callejero en ninguna de sus formas y sentí que debía hacer algo. Él se dio cuenta de que lo miré con reprobación y noté que le incomodó. Por eso quise probar algo y lo seguí mirando, fijamente y con cara de pocos amigos.

                  Evito mirar fijo a la gente. Me incomoda y lo encuentro de mala educación. Hasta violento, pero quise darle a este tipo una dosis de su propia medicina. Así que lo miré, mucho, fijo, enojada e insistente. Lo maravilloso fue que el tipo se sintió incómodo, se movía en su asiento, desviaba la vista, miraba de reojo. Hasta que no aguantó más y se paró, dándome la espalda y volteándose de vez en cuando para comprobar que yo seguía ahí, invisible y fastidiosa. Por supuesto, no desistí en mi experimento y por dentro reía por lo que estaba pasando. A él le gustaba mirar, pero no ser mirado. El cazador se vio cazado. Cuando nos bajamos en la combinación, lo perdí de vista. Espero que mi intento de educación pasiva-agresiva haya servido para que el tipo se ponga en los zapatos de las mujeres que acosa. En cuanto a mí, salí sonriendo del Metro, sintiendo que ante el acoso callejero tod@s podemos hacer algo.

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                    Nunca he asumido esto como un trauma, quizá está en mi inconsciente, quizá no. Quizá marcó una parte de mi personalidad o de mi conducta sexual, no sé. Es fuerte leerlo ahora, pero al menos es para dejar mi testimonio.

                    Tenía siete años. Todo era juego con los amigos de la cuadra, todas las tardes nos reuníamos, un grupo de ocho, a jugar al luche, a la pinta, a la escondida. Entre ellos había un niño que ya no era tan niño, de unos  14 años. Yo era tan pequeña que no sé qué edad tenía, pero por su conducta quizás era un púber. No sé qué le dio al chico conmigo, no sé qué podía ver en mí si yo era una niña que ni siquiera se desarrollaba aún. El tema es que me seguía.

                    Jugando al luche, se ponía detrás mío para manosearme y tocarme el trasero. Un día fui a bañarme a la piscina de una amiguita que vivía al frente y él estaba ahí. Yo andaba con unas calzas cortas, gastadas, con hoyitos en la costura. Al bañarnos, estaba todo el tiempo pegado a mí. Metía su mano debajo, intentando meter su dedo meñique por uno de los hoyitos que daba justo a mi vagina. Yo le pedía que parara, porque me dolía lo que hacía. “Pero si es rico”, decía él. Me obligaba a darle besos con lengua y a sentarme arriba de él,  sobajeándome mis partes íntimas con sus piernas. Yo no entendía nada, nunca en mi vida había escuchado ese tipo de cosas, nunca había tenido interés con la sexualidad.

                    Un día, vino a buscarme a mi casa. Le dijo a mi abuelita que me invitaba a su casa, que tenía unos juegos nuevos. Yo, entusiasmada e inocente, dije sí y mi abuelita accedió sin saber lo que pasaría.  Me llevó a su casa, jugamos un rato y luego me invitó a subir a su pieza, yo vi los juegos y le pregunte por ellos, él me dijo “sí sí, pero después”. Entonces me preguntó si sabía lo que era hacer el amor. Obviamente, respondí que no. Dijo que se hacía poniéndome arriba de él y moviéndome, que si lo quería intentar, yo respondí que no. Luego, dijo “mira, yo te enseño” y con ropa, se subió arriba mío y se balanceó un par de veces. Quizá aburrido de que yo no entendiera, cambió de propuesta. Me preguntó, “¿sabes qué es el sexo oral?”. Contesté que no. Se bajó los pantalones, tomó mi mano y me chupó un dedo. “Así es, pero aquí”, dijo señalando su pene. Insistió en que lo hiciera. Aunque era inocente, no quería hacerlo. No recuerdo cómo salí de su casa.

                    Hoy me pregunto, ¿qué habrá sido de él? ¿Estará enfermo de la cabeza? ¿Habrá estado enfermo a esas alturas? ¿Qué sucedía en su mente al querer vulnerar a una niña tan pequeña que ni siquiera le podía entregar lo que él quería, siendo tan joven?

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                      Hace unos meses estaba llegando a mi casa del preuniversitario. Iba despreocupada, no me iba a pasar nada a dos cuadras de mi casa. Un ciclista pasó por mi lado, haciéndome señas y ruidos que no quiero recordar. Se bajó los pantalones y se masturbó ahí mismo para que yo lo mirara. Me congelé por un rato y después le grité. El tipo se fue riendo.

                      Me sentí violada, tocada hasta lo imposible, sucia, culpable. Cuando le conté a una amiga ella se río, los vecinos que me vieron dijeron que con una terapia estaría todo bien, que daba lo mismo. Aún me siento sucia y con miedo cuando veo hombres en bicicleta. Mi amiga todavía lo encuentra chistoso. ¿Hasta cuándo, por la chucha, vamos a tener que sentirnos mal por estar en la calle?