pene

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    Cuando iba en segundo medio, a mitad de año, me cambiaron a un colegio lejos de mi comuna, por lo que tuve que empezar a andar en micro sola, largas distancias, todos los días. Como a las dos semanas del cambio, venía sentada en el asiento que daba hacia el pasillo en una micro llenísima, mirando hacia afuera, cuando, al mirar al otro lado, vi un pene casi en mi cara. No se imaginan lo que sentí, fue tan asqueroso y traumático. Miré al tipo y él miraba hacia afuera, como si nada. No atiné, me dio miedo gritar o pedir ayuda a la persona que venía al lado. Lo único que sentía era que las pocas cuadras que faltaban para mi casa eran una eternidad.

    Cuando llegó el momento de bajarme, le tuve que pedir permiso a ese mismo asqueroso para poder salir, lo miré a la cara y ni siquiera se avergonzó. Caminando a mi casa, me auto convencí de que era un pene de goma, no sé, una mala broma y que nunca debía contarle a mis papás, porque seguramente me iban a sacar del colegio nuevo y tendría que volver al anterior para que no volviera a andar en micro. Luego del episodio sentí tanta vergüenza, que guardé silencio y solo hablé de eso varios años después con una amiga, la que también sufrió un acoso similar en un ascensor. Creo que no han sido más de cinco veces las que he contado esta historia.

    Ahora, después de 12 años del suceso, pienso que debí haber gritado, que no era un pene falso, sino que era un enfermo mental. Desde ahí que muchas veces he tenido miedo de los hombres. Ojalá todo esto pare algún día y dejen de tratarnos de exageradas, porque realmente no saben lo que se siente.

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      Soy una mujer adulta y en la actualidad, afortunadamente, no me volvería a pasar lo que me pasó varias veces cuando era escolar. Soy una persona que se define con mucha personalidad, pero cuando iba camino a mi colegio (tenía aproximadamente 15 años) y un hombre mayor, vale decir asqueroso, se acercó a mí, me bloqueé. En ese entonces aún no existía el Transantiago, pero igual el vagón iba repleto y sostenía mi mochila a la altura de mis caderas. Cuando el hombre se acercó, pensé que no estaba cómodo o que me iba a robar, por lo que subí la mochila y lo quedé mirando ‘’feo’’. Sin embargo su intención no era robarme, sino tocarme la vagina. Por supuesto yo quedé bloqueada, no podía creer lo que pasaba. Iba con mi madre, pero no me atreví a decírselo. Me sentí humillada, aún con tantos años que han pasado -más de diez- lo recuerdo y no me explico cómo lo aguanté, por aproximadamente un minuto. Aún recuerdo su cara asquerosa y pervertida. Me sentí desvalida. Ese día, algo de inocencia en mí desapareció y me sentí súper humillada, como un objeto. Me preguntaba, ¿cómo mierda un viejo de 60 o más años puede hacer esto? Y me miraba  asumiendo que a mí me gustaba, ojalá él hubiera sabido el terror que sentí. En ese tiempo ni quise pensar por qué estaba mojada mi falda, pero ahora imagino que fue fluido eyaculatorio. Viejo asqueroso.

      Imagínense, ¡esto me pasó a tan corta edad! Antes había recibido agarrones, pero le ‘‘paraba los carros’’ a la persona. Sin embargo, nadie se imagina lo paralizante y humillante que fue y el mal recuerdo que tengo. Afortunadamente, ahora soy mayor y si me volviera a pasar eso prefiero hacer cualquier cosa como gritar, insultar, pegarle con una mochila, patearlo o no sé, cualquier cosa antes de dejarme otra vez.

      Es el colmo que por ser mujer no se nos respete ni con uniforme escolar, ni cuando andamos en la calle de noche, ya que creen que somos blancos fáciles. Basta ya de degenerados que no piensan que degradan su humanidad.