persecusión

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    Hace un par de años fui a estudiar a la universidad, así que tuve que vivir sola, caminar sola, moverme por la ciudad sola. De chica, me incomodó mucho pasar cerca de muchos hombres ya que siempre me miraban y gritaban cosas. Con el tiempo fui superando eso y ya no sólo me incomodaba, sino que también me daba rabia; con cualquier ropa alguien podía decir algo.

    Entre varias malas experiencias, hubo una que me asustó más que las demás. Salí de mi casa un día de primavera con una falda y una blusa que me encantaba. Mi pololo me sugirió ponerme pantalón o algo así para que no me sintiera mal en la calle, ya que podían decirme algo. Yo no quise, hacia calor y me encantaba esa ropa. Cuando salí de la casa, di dos pasos y un tipo en un auto comenzó a gritarme de todo. Casi se salía por la ventana del auto, mirándome y gritándome las cosas sexuales que haría conmigo. Habían varios autos, y muchas personas pasaron por mi lado. Caminé media cuadra con él siguiéndome al paso, hasta que acercó el auto a mi y se estacionó. Ahora me gritaba y me miraba de frente. Todos vieron y nadie le dijo algo. Yo le gritaba también que dejará de acosarme, que era un pervertido, que era mi cuerpo, etc. Estaba aterrada y con tanta rabia, no se cómo me atreví a pegar una patada en su auto y salir corriendo. Corrí unas cuadras y no pude más, solo me senté en la vereda mientras lloraba desconsolada, con mucho miedo. Me habían pasado situaciones incómodas en el centro o en otros lugares, pero el que fuera al salir de mi casa y que nadie fuera capaz de decir algo, me hizo sentir insegura y culpable.

    Hoy, escribo a las 02.00 de la madrugada porque desperté con una pesadilla de esa situación que viví. Son tantas las situaciones de ese tipo que pasamos desde niñas, que cuando sé que tendré que andar sola, tengo pesadillas horribles mientras duermo. Son cosas que a veces parecen tan normales para los demás, pero que una no la dejan ni dormir.

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      Una no es tonta, se da cuenta de las intenciones de la gente con solo mirarla a los ojos. Andaba con la plata justa para el pasaje y se me cayeron cien pesos. Los recogí, le pagué al chofer y me bajé de la micro. Solo eso bastó para que un hombre X se bajara conmigo y me siguiera por ocho cuadras. Casi me dejó en mi casa. Mi mamá dijo que era culpa mía, porque andaba con jumper y que esas cosas pasan.

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        principal testimonios nuevoIba caminando a casa, luego de trotar, cuando un grupo en auto me siguió varias cuadras. Cuando finalmente intenté increparlos, uno de ellos me gritó “quién fuera toalla higiénica pa’ chuparte el choro”. Habían más personas ahí, todos hombres; ninguno hizo algo.

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          A lo largo de mi vida he sido acosada a diario, pero lo que más me marcó sucedió hace dos años. Eran cerca de las 22.00 horas, estaba oscuro y salí de mi departamento para ir a dejar a mi novia al colectivo. Cuando iba de vuelta, un tipo pasó en un auto a baja velocidad, me miró y sonrío mientras se masturbaba. Rápidamente atravesé la calle asqueada y sin poder creerlo.

          Aceleré el paso y el tipo comenzó a seguirme por la calle. De repente se subió a la vereda y me bloqueó el paso. Atravesé la calle, asustadísima, creyendo que el tipo se iba a bajar del auto o qué sé yo. Volvió a cruzarse en mi camino y detuvo el auto, esta vez frente a mi departamento, por lo que sin pensar corrí sin pensar antes que el tipo hiciera cualquier cosa. Mi madre no sabía cómo tranquilizarme, lloré por horas. Aún temo salir de noche y cada vez que un auto aparece en la oscuridad se me aprieta el corazón.

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            Tengo 22 y creo que he sufrido muchos más acosos que los años que tengo. Me han asaltado tres veces y en mi etapa escolar sufrí a diario miles de punteos

            En mi etapa escolar sufrí miles de acosos, el más chocante fue en los años que me movilizaba en la hora punta hacia mi liceo. Un viejo verde empezó a tocarme la vagina. Probablemente tenía hijas y nietas. Quedé paralizada y solo atiné a pegarle un codazo y tratar de moverme. En ese momento, el cobarde se movió rápido.

            Después en la universidad sufrí otro episodio de violencia. Recuerdo que a eso del mediodía iba camino a la micro, pero para llegar al paradero tengo que pasar por una calle solitaria, donde por una cuadra es solo pared y rejas de unas parcelas. Me faltaba la mitad de esa calle y vi que un auto dio la vuelta en U, estacionándose justo frente mío, en una vereda que es muy chica. Escuché que algo me dijeron desde la ventana y al mirar, vi que el huevón se estaba pajeando y gritándome cosas sexuales. Comencé a caminar rápido hacia donde hubiera más gente. Me di vuelta para ver la patente y el tipo empezó a retroceder el auto para seguirme. Ahí tuve que correr hasta llegar a un sitio concurrido, pero el loco volvió a avanzar. Mi miedo y desesperación fue terrible. No sabía qué hacer ni a quién acudir. Llamé a los pacos, pero no hicieron nada. Después de un largo rato, tomé la micro y el huevón seguía ahí.

            Creo que nunca había relatado todas las cosas que me han pasado, y eso es solo una parte, pero ¿qué se puede hacer? Solo sé que tipos como esos, no lograrán que ande con miedo. Mujeres, somos fuertes, somos más y por eso hay que aprender a defenderse, porque son unos cobardes que se creen superiores a nosotras, pero cuando los enfrentamos se descolocan. Luchemos, no nos rindamos, hermosas mujeres. ¡Luchemos por nuestro respeto!

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              Una tarde salí con mis compañeros de trabajo a un bar muy cerca de mi casa. Como era verano, temprano y estaba agradable, decidí volver sola. Siempre había hecho ese recorrido caminando, hasta ese día…

              Llegando a una avenida, un auto dobló hacia mí; frenó a varios metros, y vi que alguien, supuestamente, se bajó a revisar la rueda del auto. Seguí caminando, alejándome de donde él estaba, en dirección a la avenida principal, pero sentí que corría detrás mío. Luego, me tomó de las nalgas y me levantó en el aire. Quedé tirada en el suelo y él volvió corriendo a su auto riéndose, gritando y tocando bocina, como festejando un gol.

              Tuve que tomar aire mientras caminaba muy de prisa (temía que si corría él lo tomara como otro juego) y llamar a un amigo por teléfono para pedirle que se mantuviera en línea mientras caminaba las dos cuadras que me faltaban para llegar.

              Lamentablemente lo que al tipo este le pareció divertido, acabó con mi confianza de caminar sola en la calle, me dejó invalidada como mujer independiente, y me llenó de una sensación de miedo y odio a encontrarme a un hombre en la calle. Hasta hoy transito con temor, mirando a cada rato por si viene alguien siguiéndome, sin importar la hora ni el lugar.

               

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                Al crecer, nos enseñan la manera de “evitar” ciertos acosos en la calle, pero nadie le enseña a los acosadores a no acosar.

                Desde los 12 años mi experiencia con los acosadores en las calles se ha hecho presente.

                Caminaba al preuniversitario, un día sábado a las 8:00 am. Viña del Mar estaba casi desierto. Cruzaba la calle, y un auto se detuvo a mi lado, con dos hombres de unos cuarenta años, mirándome fijo. Caminé rápido, con el corazón a mil por hora. El copiloto bajó el vidrio y me dijo con voz amenazante: “Oye guachita súbete”. Temblorosa, comencé a correr mientras el auto avanzaba a mi lado. Llegué al semáforo y para mi mala suerte, estaba en rojo peatonal. El hombre abrió la puerta del auto y dijo que si no me subía, la iba a pasar mal. Miré para otro lado y mis lágrimas empezaron a caer. Se rieron. Me sentí el ser más inferior del mundo. Se aprovechaban de mi vulnerabilidad y yo no podía hacer nada. El semáforo cambió y seguí corriendo. Me siguieron tocando la bocina hasta llegar al Preu.

                Gracias a Dios que no pasó a mayores. La verdad es que sentí tanto miedo que no sé lo que hubiera hecho si hubiera tratado de meterme al auto. Han pasado dos años desde que pasó y aún me tiemblan las manos al escribirlo.

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                  Eran cerca de las nueve de la mañana y un auto me siguió hasta mi casa. Jamás me percaté. El auto era del año y el motor era imperceptible. El conductor sacó su mano por la ventana y me agarró el trasero. Yo estaba colgando el teléfono y al sentir el “agarrón” sólo reaccioné a tirar un manotazo al hombre y tirarle un improperio. El auto avanzó, yo me congelé. Corrí hacia mi casa, les conté a mis papás y salimos a buscarlo en auto. Como no dimos con él, volvimos. Para nuestra sorpresa, el muy sin vergüenza había vuelto a pasar por el mismo pasaje donde me atacó.

                  Lo seguimos en auto y el tipo se fugó. Transgredió infinitas normas de tránsito. Hasta pasó a llevar un auto. Luego lo perdimos en el camino. Pese a eso, pude gritarle y dejarle claro lo mal parido que era. Mi papá le dio un susto que seguramente jamás olvidará. Por suerte anotamos la patente.

                  Tengo rabia aún, pero haber dado con él y haberlo denunciado es un alivio inmenso. No sé cómo habría sido cargar con la impotencia de no haber hecho nada. Yo pude, pero me preocupó saber que en la comisaría dijeran que hay pocas denuncias de estos abusos o acosos, cuando me he enterado por personas del sector y chicas de mi edad que estos ocurren. Chicas, DENUNCIEN, es la única manera de que se hagan cargo de este problema.

                  Lo otro, no bajen la guardia. Yo soy una persona terriblemente paranoica. Si salgo, llevo mi gas pimienta, pero esta vez no lo traía, porque nunca imaginé que a esa hora me sucedería algo así. El tipo no era un viejo depravado, era joven de buen aspecto, de no más de treinta. A veces el estereotipo que tenemos de “hombre peligroso” no permite que estemos alerta.

                  Ojalá esto les sirva de algo, yo esperaré  la denuncia y seguiré con los trámites.

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                    Hace un par de semanas salí vestida de lo más casual y sin mayor arreglo, porque iba a visitar a mi brother, mi mejor amigo, con quién siempre hemos sido un desastre.  Llevaba pantalones rasgados, una camisa a cuadros debajo de un polerón negro con cierre y botines negros. Era un conjunto muy alejado de lo que se podría considerar “provocador”.

                    Luego de toda una tarde de risas y comida, la hora voló. Antes de darme cuenta ya eran más de las once de la noche y debía volver a mi casa para trabajar al día siguiente. Él me acompañó a la micro y espero a que me fuera, algo muy habitual y seguro, considerando que la micro me deja a media cuadra de mi casa, todo OK.

                    Al bajar de la micro, iba pensando en lo bien que lo había pasado, cuando me interceptó un auto rojo.  El conductor era un chico entre los 25 y 28 años de edad, aparentemente universitario. Con una actitud algo despreocupada, cordial y agradable me pidió indicaciones. Dijo estar “perdido”, una situación muy cotidiana. Considerando que era la única en la calle, asumí que el movimiento brusco que hizo con su vehículo para frenar fue porque si no era yo, ¿quién más le daría las indicaciones? Comencé a explicarle. No estaba muy lejos de la calle que buscaba. Me miró con una sonrisa y agradeció. Crucé la calle y de manera algo brusca volvió a impedirme el paso con el auto. Ahora, más agitado, me preguntó: “¿Puedes indicarme de nuevo? Se me olvidó”. Raro, no habían pasado ni treinta segundos. Asumí que tal vez estaba algo desorientado. Me dije a mi misma “debe estar volao o algo” y no le di mayor importancia. Volví a indicarle el camino. Comencé a sentirme incómoda porque él me miraba, pero no estaba prestando atención a mis palabras, sino a mí.

                    Terminé las indicaciones y me moví rápidamente pensando que era el típico “jote”. Quise seguir mi camino, di unos cuantos pasos para alejarme pero él llevó su auto hasta mí de nuevo. Aquella tercera interrupción me puso alerta y jamás podré olvidar lo que sucedió después.

                    Me hizo un gesto para que me acercara. Yo no estaba muy convencida. Me dijo que tenía un mapa y me preguntó si  podía indicarle bien, porque como no era del lugar se sentía muy desorientado. Sin acercarme mucho al auto, miré lo que parecía un mapa mientras él fingía buscar la calle. En eso, me dijo: “Ya, una última cosa… ¿Por qué no te subes? ¿Te gusta esto?” y se descubrió. Se estaba masturbando. Obviamente, negué con la cabeza y salí corriendo. Entré por un pasaje cercano mientras corría con miedo. Noté que se estacionó y al ver llegar a alguien, se fue como si nada, dejándome ahí, con el corazón en la mano.

                    Abrí la puerta de mi casa y me desplomé a llorar en el sillón, cayendo en cuenta de lo peligroso que fue todo el asunto. ¿Qué hubiese pasado si él no hubiese estado solo? Lo he hablado sólo con amistades porque en mi casa el ambiente y la confianza no dan para eso, sólo generarían más tensiones.

                    Sentí  miedo y rabia, me vi en la obligación de correr y no pude tomar su patente. Fui a Carabineros al día siguiente y me dijeron que sin patente no se podía hacer nada. Ni siquiera tomaron una declaración para dejar constancia  de que estas cosas ocurren en mi comuna. De hecho, un carabinero joven me dijo “tal vez se pasó ‘rollos’ porque eres distinta”.  Gran argumento y solución. Llevo el cabello tinturado de colores llamativos, pero ¿y qué?, ¿porque me veo distinta puede venir este imbécil a hacerme sentir vulnerable? Ya van dos semanas en las que algo tan sencillo como caminar por la calle me es difícil, porque siento un auto pasar a mi lado y me siento amenazada. Temo por otras mujeres. No puedo hacer una denuncia formal y ese imbécil anda suelto. Lo peor es que algunos me han dicho que tengo que cuidarme, que no debo andar sola tan tarde, pero no es ni jamás será mi culpa, no es mi responsabilidad. ¿Por qué me debo hacer cargo de la enfermedad ajena? ¿Y saben qué es lo peor?  Que no se puede estar segura ni en el trabajo, la calle o la universidad. Él podría ser tu compañero.

                    Lo peor es que fui vulnerada por tener un acto de consideración sencillo y humano: dar indicaciones esperando contribuir a que una persona llegara bien a su destino.

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                      Hace un tiempo, con mucho asco, recordaba que mi primer acoso fue a los nueve años. Para mi tristeza, me equivoqué: fue a los siete. Iba con polera normal, suelta, calcetines con vuelitos, shorts a la rodilla y zapatillas. Ni una gota de maquillaje, ni escotes, nada.

                      Iba caminando de la casa de mis papás a la casa de mi abuela (menos de una cuadra), en un barrio donde todo el mundo se conoce y es muy tranquilo. Cuando me faltaban unas tres casas para llegar, un auto empezó a andar al mismo ritmo que yo. Me giré y era un viejo preguntándome para dónde iba, que si me podía llevar. Desde chica jamás hablé con gente extraña, así que aceleré el paso. El tipo aceleró el auto también y me siguió preguntando cosas. Fue entonces cuando tomé mi celular (un ladrillo de esos tiempos) y fingí llamar por teléfono. “¿Aló? Mamá, sí… ¿puedes salir a buscarme? Hay un tipo que está siguiéndome con el auto. Estoy a una casa, ¿puedes salir?… ¿qué? ¿la patente? espera…” y el tipo salió rajado.

                      Con el paso de los años, me he tenido que mamar un montón de comentarios asquerosos, usando nada “provocativo”. Y me carga excusarme así, ni aunque anduviera en bikini deberían gritarme. Me da pena que ha llegado un punto en donde no me puedo poner ropa que me gusta porque sé que me van a mirar. No puedo salir sin audífonos porque sé que voy a tener que escuchar un montón de gritos de viejos asquerosos y tipos que se creen con el derecho de molestarme. Odio tener que vivir así. A pesar de que estoy incómoda en la calle, jamás me he quedado callada. Jamás. He recibido respuestas desde “¡ah! Qué le dai’ color si no estai’ ni tan rica”, “hueona loca” o tipos a los que simplemente se les cae la cara de vergüenza y arrancan.

                      ¿Cómo es posible que ya no sea capaz de vesritme con ropa que me gusta o arreglarme para evitar ser acosada en la calle? Si en algún minuto llego a tener hijas, no quiero que deban esconderse bajo capas y capas de ropa para no “tentar” las mentes asquerosas y cerdas de hombres que no pueden controlarse.

                      Y que me digan “es que el hombre es así”: las pelotas. Me van a perdonar, pero la mayor parte del tiempo quiero matarlos a todos, pero no lo hago porque -lamentablemente- es ilegal y porque hay respeto de por medio. Porque si me dejaran cinco minutos con los tipos que me han gritado, manoseado, intentado agredir en la calle, sería culpable de un montón de asesinatos.

                      Ya está bueno de que dejemos de enseñar a la niñas a cuidarse y enseñar a los hombres a no violentar. Basta de justificarlo. Yo con siete años no merecía ese susto, nadie con diez, veinte, treinta o sesenta años merece pasar esos sustos. ¡Basta!