piropo agresivo

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    Tres veces he llegado llorando a mi casa. La vez más emblemática fue en Providencia, cuando un hombre mayor venía frente mío y no me dejó pasar. Puso su cara en frente para decirme obscenidades. Me corrí y le dije “asqueroso”. Él se devolvió y me dijo “¿a ver?”. Yo le contesté, “¿qué te pasa, hueón? Y lo traté de empujar para que se despegara de mí. Entonces, él me agarró la mano y la forcejeó. Traté de pegarle en la otra mano y me di cuenta que era manco. Le dije, “por eso erís manco, hueón”. Corrí, miré hacia atrás y él me seguía. Tomé la primera micro que había en el paradero, el micrero no lo vio y alcanzó a cerrar las puertas antes de que el hombre subiera.

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      Hace un rato, un tipo que perfectamente podría ser mi abuelo, me gritó a lo lejos alguna estupidez que incluía algo así como partirme entera. Como acostumbro, le devolví un “hoyúo” y mucha rabia y, como también suele suceder, él se comenzó a burlar de mí: “miren la maraca culia, ¿qué se cree?”. En realidad, no sé qué me creo hoy día, parando la mano a hueones que me triplican en edad para que me dejen andar tranquila en la calle. Se me había olvidado que el día de la mujer ya había pasado.

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        Se ha hablado mucho de que somos culpables, por cómo “andamos vestidas”.

        Ese día iba con unos pitillos, mis zapatillas ultra “carretiadas” y una polera cualquiera (pabilo o con mangas, pero ese día hacía calor). Siempre que salgo voy escuchando música, para no escuchar las bocinas de los idiotas y los típicos “guachita rica”, que no quiero ni necesito escuchar. Ese día justo no iba con audífonos. Iba camino a la casa de mi pololo que vive como a cuatro cuadras de la mía. Cuando iba a mitad de camino, se acercó un tipo de unos cuarenta años que me dijo “mijita, te lo metería todo”. Sentí tanta impotencia y rabia que sin dudarlo me di vuelta y lo encaré diciéndole “VIEJO CULIAO ASQUEROSO, PUEDO SER TU HIJA O TU NIETA HUEÓN; NO TE DA VERGÜENZA? QUE ASCO HUEON”. Me miró sorprendido, casi asustado, se dio media vuelta y se fue. Me sentí tan bien por no haberme quedado callada con el asco y rabia dentro.  Sentí que nadie me iba a volver a acosar nunca más porque desde ese día comencé a defenderme. Desde los trece años que sufro de acoso, pero ya no me callo más.

         

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          Por Daniela

          Yo no quiero ser mujer en Santiago.

          Un regreso siempre puede ser caótico, no lo veo como algo negativo. Se aprende, nuevamente, a posicionar los pies en la tierra. Me fui de Chile por un año y dos semanas, nada más. Conocí mucha gente, culturas, lugares y acumulé un sinnúmero de experiencias buenas y malas. Quizás en la distancia idealicé el retorno, me acordé del baile, familia y amigos. Sin darme cuenta, en un año mi comportamiento y sentir cambió. Ayer cumplí una semana en Santiago y me vi llorando de impotencia en una micro.

          Un día desperté en Santiago, caminé con mi mochila al metro y me encuentro con los precios de los pasajes: ¡horror! Pero con mi optimismo me propuse adquirir una bici en el corto plazo y perderle el miedo a bicicletear por las calles de Santiago.  Compré una tarjeta Bip! y decidí tomar una micro para ver y admirar Santiago. Cuando terminé mi trayecto y me disponía a bajar de la micro, me vino el más vil de los recuerdos. “Huachita rica”.

          Fue como si mi mochila instantáneamente pesará, con cada segundo, más y más kilos. Tragué saliva y me acordé que andaba con shorts, que mostraba piernas y brazos y que eso en Santiago “se paga”.

          Dos hechos me pasaron en esta semana. El primero, iba en una micro y había un  idiota  molestando a una joven -tendría 16 años la niña-, se puso al lado a mirarle las tetas descaradamente. Se acercó, casi rozando el cuerpo de la adolescente, ella se corrió y él le lanzó un beso. Me salió innato el “déjala tranquila, hueón”. El tipo me hizo un gesto levantando la pera y una señora mayor le comentaba a su nieta o sobrina “si anda mostrando qué espera pueh”. Enfurecí, me ardía la garganta y me latía el estómago de ganas de gritar. Miré casi cómplice, con dolor a la adolescente violentada,  que tuvo que aguantar a aquel pelmazo, quizás no es el primero y, obviamente, no el último.

          El segundo episodio fue el viernes. Salí a una entrevista de trabajo, por lo que iba mas formal. Acercándome al paradero me crucé con un grupo de idiotas que me empezaron a agredir gritándome cosas que yo no quería escuchar. El último de ellos me gritó ya cerca del oído, me di vuelta y le dije “cállate, culiao”. En coro, como ladridos de perros, me empezaron a gritar desde “te creís la muerte guatona culiá”, hasta “te creís la raja porque erís rucia”, “cuica culiá que hacís aquí po”. Me subí a la primera micro que pasó, no miré el número, no me importaba, solo quería sentarme a llorar. Y lo hice. Lloré, me dolió la garganta de tanto llorar.

          Creo profundamente (o creía) que a la violencia no se le trata con más violencia, pero  la indiferencia no es remedio tampoco. Dar gracias cuando llego a casa porque hoy nadie me tocó el poto en la calle o sentirme culpable por cómo visto  no puede ser parte de la cotidianeidad en la vida de una mujer.

          Es muy duro volver, cuando ya había olvidado las miles de formas de violencia que día a día se pueden sufrir en Santiago.  Éste no es sólo un comportamiento de Chile, mi primer shock, cuando me di cuenta de que estaba en Latinoamérica, lo tuve en Buenos Aires, donde fue parecido.

          ¿El miedo es normal? Pero ¿y si no quiero vivir con miedo al salir a la calle? Sí, tenemos miedo, muchas, quizás todas, pero eso no implica que sea normal. Yo no quiero vivir en esta normalidad.

          No es justo y  no sé qué hacer. Personas me dicen “tranquila, te vay a acostumbrar, es solo porque estai recién llegá”. ¡¡Yo no me quiero acostumbrar!! Exijo que nadie se acostumbre y que nadie lo mire como algo normal. Y sigo sin saber qué hacer.