Piropos

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    Me acaba de pasar algo terrible. Todas hemos pasado por el acoso callejero, pero este hueón me dejó mal. Estaba entrando a Dimeiggs, y como en esa tienda te ponen seguridad hasta por si acaso, preferí preguntar si vendían de los vasos que andaba buscando. Eran dos guardias: uno abuelito y muy amable, y un loco joven con pocas cejas. El segundo, comenzó tratándome de “mi reina”, “washita linda”, “washita rica”, etc. Luego me dijo que no sabía si había lo que necesitaba, así que le respondí que pusiera la seguridad a mi bolso. Andaba de cartera y cada cinta que le ponía, venía una cosa cerda que me decía al oído, como “en un ratito te voy a hacer de todo, washita”. Además, me rosaba el pecho con su mano. Quedé mal, helada, no supe qué decir, sentí impotencia. Me dije: “yo que tengo una facilidad para tirar chuchás y no salió ni una sola”. Avancé medio pasillo y colapsé.

    Salí de la tienda, entré por la otra puerta y le comenté al caballero que estaba con otro guardia en el mesón. Salí porque no quería verlo. Lloré. Dos tipos que entregaban panfletos me preguntaron qué me pasaba. Se acercó una señora y me separó de ellos, porque desconfió. Igual sentí que se aprovechaban de que estaba llorando y pensé que quizás me podían asaltar o no sé; ya no sabía qué pensar. La señora me agarró del brazo y me llevó al retén de Carabineros y me dije “por la chucha, lo único que faltaba”. Hablamos con los pacos, me calmaron y fueron a buscar al loco. Él se defendió diciendo: “yo nunca le falté el respeto ni la traté con garabatos ni nada. Yo tengo señora, tai súper mal, flaca”. A todo esto, la señora me dijo que este tipo igual la trató de “cosita rica”.

    Cuando lo vi y escuché, me sentí peor. Me dijo cosas como: “ni que te hubiera violado que le poní tanto color”. Le dije a los pacos que no lo quería ver, salí por otro lado del retén y quedaron de hablar con su jefe para que lo despidiera.

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      Tenía 16 años, era muy delgada y no atraía a mucha gente. Mis amigas ya tenían pololos y yo ni siquiera había dado un beso. Sufría acoso escolar por parte de mis compañeras ya que tenía una apariencia poco habitual, me sentía muy insegura. Un día, una amiga me dijo que para llamar la atención debía ajustar mi jumper. Al principio me pareció mal, pero sentía que quería encajar. Fuimos a la casa de su tía y esta me lo dejó corto y apretado. El primer día salí a la calle y recibí toda aquella atención que nunca había tenido. Llamé la atención de un tipo y quiso salir conmigo, insistía en tocarme la cintura o decirme cosas como que estaba rica. Me sentía muy mal, pero sentía que debía encajar.

      A medida que pasaban los días, comencé a sentir los ojos amenazantes de muchos hombres, algunos de la edad de mi papá. Eso me volviós insegura y aún más tímida. Me volví muy torpe y comencé a taparme nuevamente con kilos de ropa. Estuve años atrapada en mis pensamientos de lo que era correcto llevar o no. Si la ropa realmente te hacía ver atractiva, si estaba bien escuchar “halagos” de esa índole tan… inadecuados.

      Hoy soy una persona segura que incluso defiende a niñas que están siendo acosadas a vista y paciencia de otros adultos, quienes se sienten con la obligación de decirte algo desagradable. Entendí y viví, esta experiencia y creo que me hizo ser la persona que soy.

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        Hace un par de años fui a estudiar a la universidad, así que tuve que vivir sola, caminar sola, moverme por la ciudad sola. De chica, me incomodó mucho pasar cerca de muchos hombres ya que siempre me miraban y gritaban cosas. Con el tiempo fui superando eso y ya no sólo me incomodaba, sino que también me daba rabia; con cualquier ropa alguien podía decir algo.

        Entre varias malas experiencias, hubo una que me asustó más que las demás. Salí de mi casa un día de primavera con una falda y una blusa que me encantaba. Mi pololo me sugirió ponerme pantalón o algo así para que no me sintiera mal en la calle, ya que podían decirme algo. Yo no quise, hacia calor y me encantaba esa ropa. Cuando salí de la casa, di dos pasos y un tipo en un auto comenzó a gritarme de todo. Casi se salía por la ventana del auto, mirándome y gritándome las cosas sexuales que haría conmigo. Habían varios autos, y muchas personas pasaron por mi lado. Caminé media cuadra con él siguiéndome al paso, hasta que acercó el auto a mi y se estacionó. Ahora me gritaba y me miraba de frente. Todos vieron y nadie le dijo algo. Yo le gritaba también que dejará de acosarme, que era un pervertido, que era mi cuerpo, etc. Estaba aterrada y con tanta rabia, no se cómo me atreví a pegar una patada en su auto y salir corriendo. Corrí unas cuadras y no pude más, solo me senté en la vereda mientras lloraba desconsolada, con mucho miedo. Me habían pasado situaciones incómodas en el centro o en otros lugares, pero el que fuera al salir de mi casa y que nadie fuera capaz de decir algo, me hizo sentir insegura y culpable.

        Hoy, escribo a las 02.00 de la madrugada porque desperté con una pesadilla de esa situación que viví. Son tantas las situaciones de ese tipo que pasamos desde niñas, que cuando sé que tendré que andar sola, tengo pesadillas horribles mientras duermo. Son cosas que a veces parecen tan normales para los demás, pero que una no la dejan ni dormir.

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          principal testimonios nuevoTodo partió cuando me cambié de casa, dentro de la misma comuna, pero en otro sector. Estaba viviendo al lado de dos construcciones de condominios, por lo que había harto movimiento en las calles por las que circulaba. Cuando me dirigía al trabajo, a eso de las 08.00 horas, tenía que pasar por una construcción para tomar una micro que me dejaba a una cuadra de mi pega; y siempre me encontraba con maestros. Comencé a notar que me miraban de manera insistente cuando pasaba por ahí. Pero hace poco menos de un mes, comenzaron derechamente a saludarme, invadiendo mi espacio personal. Uno susurró en mi oído “hola hermosa”, tan cerca que sentí el calor de su aliento. Lo ignoré. Al otro día, miraban, silbaban, se reían. Comencé a memorizar sus caras y noté que siempre eran los mismos, tres o cuatro hombres que se sentaban a las afueras de la construcción.

          Hace dos semanas la situación ya superó los límites de mi paciencia. Los mismos hombres, me dijeron: “Flaquita rica, igual no más, estay papo”. Me detuve, los miré de frente y les dije: “¿Perdón? ¿Quién les preguntó?” (No se me ocurrió otra cosa que responder). Los tres se me quedaron mirando con cara de asombro. Seguí caminando y comenzaron a gritarme “fea”, “alharaca” mientras me alejaba. Al día siguiente, estaban los mismos sujetos. Cuando pasé uno ellos dijo: “No la molesten, porque a ella no le gusta”. Me llamó la atención la frase de partida, porque ellos tienen claro que lo hacen para molestar e incomodar, y cuando una les responde pasa a ser “fea”. Por lo tanto, no gritan estupideces en la calle para hacerte notar lo linda que eres, sino que para reafirmar su masculinidad con otros hombres, lo cual es bien patético.

          Mandé un correo a la constructora sobre la situación, pero no me respondieron. Al final, para evitar malos ratos, opté por cambiar mi ruta y salir más tarde.

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            He sido víctima de acoso callejero desde muy chica, yo diría de que los nueve años aproximadamente. Siempre detesté este tipo de situaciones, pero hay una que quedó grabada en mi memoria.

            Tenía 12 años y acompañaba a mi mamá a hacer unas compras. Yo estaba vestida de uniforme (faldita y polera), cuando al llegar a la esquina de mi casa (ubicada en un barrio “bien” y en una calle concurrida, en teoría “segura”) un grupo grande de obreros de la construcción comenzaron a silbarnos y a decir piropos molestos. Me sentí muy incómoda, pero seguimos avanzando con mi mamá e intentamos hacer oídos sordos. En eso, una brisa me jugó una mala pasada y me levantó la falda, dejando expuesta mi ropa interior. Fue ahí cuando la situación tomó otros tintes: los silbidos se hicieron más fuertes, se escucharon gritos obscenos y más de alguno hizo gestos y expresiones de índole sexual. La conducta de esos hombres me dejó en shock, sobre todo porque era pequeña y no entendía nada.

            Cada vez que recuerdo esa situación me vuelve el mismo asco y desagrado. No puedo creer que, a pesar de haber ido acompañada de mi madre y estar a tan solo una cuadra de mi casa, fuera acosada por señores que perfectamente podrían ser mis abuelos. Menos mal que tengo una mamá “chora” que los encaró de inmediato, aunque ellos negaran lo sucedido. Como era de esperar la actitud de “machito” les llegó hasta ahí no más: le echaron la culpa a otros y básicamente la tildaron de loca. Lo dejamos pasar y seguimos caminando, mientras temblaba y lloraba de asco y vergüenza. Sentí que era mi culpa.

            Siempre fui una niña insegura y tímida, y esto no hizo más que empeorar la situación. Sentía miedo de salir a la calle y de pasar cerca de un grupo de hombres. Lamentablemente, aún queda en mi algo de ese temor. Ni imagino lo difícil que debe ser pasar por experiencias aún más traumáticas.

            Hoy tengo más confianza a la hora de defenderme, pero aún no lo supero. Seguimos siendo vulnerables y en algún lugar del inconsciente sigue viva la culpa y la vergüenza, como si nosotras escogiéramos pasar por esto.  Solo nos queda luchar por lo que creemos justo para vivir tranquilamente y desarrollarnos en un ambiente respetuoso.

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              Estudio y trabajo en una universidad pública. Ese día, entraba a trabajar a las 09:00 horas, iba apurada a la pega casi corriendo para llegar al departamento. Cuando pasé por el lado del estacionamiento que está junto al Almacén General, dos funcionarios de la universidad, que estaban afuera del recinto, me silbaron e hicieron sonidos de connotación sexual mientras caminaba. Como iba apurada miré a estos sujetos, pero hice oídos sordos. Al llegar a la pega, de inmediato me enviaron a un salón, donde tendría que pasar por al lado de estos hombres otra vez.

              Caminé temerosa y haciéndome la loca, pero éstos al reconocerme me increparon diciendo: “Uh… No, si era sólo por detrás, por delante no tiene nada”. Y como si eso fuera poco agregaron: “Si estas niñitas son planas”, riéndose por mi físico.

              Me dieron unas ganas de responderles, pero luego pensé que ese era mi lugar de trabajo y que había mucha gente alrededor. Eso, sumado a mi notorio nerviosismo, terminó por hacerme callar. Luego hablé con mis jefes, quienes dijeron que tomarían medidas, pero para mí ese día ya había sido gris. Hace mucho no me ponía esos jeans, porque como se marcaban mucho mis caderas me habían gritado cosas y esta vez no fue la excepción.

              Me aguanté todo el día la angustia, pero camino a casa lloré de rabia e impotencia por haber tenido que soportar agresiones psicológicas y burlas sólo por ser mujer.

              Desde niña supe por mis padres, familiares y hermana que, sólo por pertenecer al género femenino, algunos hombres se sienten con el derecho de gritarte cosas en la calle o silbarte. Situación que muchas mujeres, de alguna manera u otra, se ven obligadas a aceptar por ser parte de la cotidianidad. Pero cuando estas acciones sobrepasan los límites y pasan de un silbido o cursilería a denigrarte con ordinarieces, da para preguntarse si estos hombres tienen hermanas, hijas o madres. No puedo creer que el instinto masculino le gane a las buenas costumbres o ¿será que la culpa radica en la crianza?

              No entiendo porqué tenemos que limitar nuestra forma de actuar y vestir por culpa de algunos hombres con mente primitiva.

               

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                Siempre fui más desarrollada físicamente que mis compañeras, así que sin poder evitarlo al llegar a los 13 recibí mí primer acoso en la calle.

                Era verano, recuerdo que llevaba una polera de tiras e iba caminando al supermercado a comprar algunas cosas. Un tipo muy alto, calvo con lentes de sol pasó por al lado mío. Miró mi busto, susurrando se acercó y dijo: “Las medias tetas”.  Sentí su aliento y respiración muy cerca, fue asqueroso, quedé paralizada. Pensé que me haría algo, pero él siguió caminando como si nada. Creo que fue una especie de iniciación al acoso varonil.

                Después de haber sido víctima de acoso, se volvió algo normal el que me susurren, griten o silben. Siempre recibo una opinión sobre mi cuerpo, independiente de la ropa que use, y pese a que ya es parte de mi día a día, me siento igual de violentada que la primera vez.

                Actualmente tengo 18 años y cuando alguien me violenta con algún “piropo”, no dudo en responder con insultos. Pero cuando pienso en mi prima pequeña, que está llegando a su adolescencia, no quiero que entre a este circulo vicioso y que piense que por ser mujer un hombre tiene el derecho de decir lo que quiera.

                En algún futuro tendré hijos o hijas, y haré todo lo posible para evitar que sean víctimas o victimarios de acoso. Para ello les enseñaré, desde pequeños, que este tipo de situaciones son incorrectas y les inculcaré un valor que muchos desconocen: el respeto. Respeto por los demás y por ellos mismos.

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                  Hubo un tiempo en que vivía relativamente cerca de mi Universidad y me iba caminando. Recuerdo que a diario los trabajadores de la construcción me gritaban cosas, porque estaban haciendo reparaciones en el hospital y en el liceo, debido al terremoto. Lo típico era que tiraran besos o gritaran piropos como cosita, rica, guagüita, mi amor, etc. Hacía caso omiso, caminaba más rápido y cuando estaba harta, les señalaba el dedo del medio. En una oportunidad, no fue un maestro sino un perfecto desconocido quien me detuvo en la calle para regalarme una flor y decirme lo bella que era; me obligó a recibirla y se fue sonriendo. ¡Quedé perpleja! Porque si bien para la mayoría no se lee como un gesto agresivo para mí si lo fue, al menos ahora lo entiendo así.

                  Me violentó ser abordada por un hombre completamente desconocido, que creía tener el derecho de verbalizar sus sentimientos por considerarlos “románticos”. Y es que ese “romance” es la justificación más burda que existe para naturalizar el acoso callejero. Es hora de entender que toda acción de este tipo es violencia sexual, aunque no necesariamente involucre groserías. En el momento en que un hombre cree que tiene el derecho y poder de acercarse a una mujer desconocida basándose no sólo en su atractivo físico, sino en su pertenencia al sexo femenino, es violencia sexual. Las mujeres históricamente hemos sido cosificadas como objeto de placer para el sexo masculino, cuestión que lamentablemente han validado los medios de comunicación y el mercado, a través de la publicidad, dando como resultado este tipo de situaciones.

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                    Fue hace unos siete años. Yo tenía 14 y ese día me iba a juntar con unas amigas de otro colegio en el parque Araucano. Estaba muy emocionada, así que partí vestida de uniforme.

                    Antes de llegar, pase por una construcción y vi cómo salían varios maestros. Pensé en cambiarme de vereda, porque ya había recibido comentarios que me molestaban. Pero, como estaba atrasada, decidí pasar rápidamente tratando de ignorarlos. Recibí silbidos y otros comentarios, los ignoré por completo, hasta que pasó el último hombre y me dijo una frase que hasta el día de hoy me da repulsión de sólo acordarme. Fue tan violenta sexualmente y tan denigrante, que ni siquiera puedo escribirla aquí.

                    Tan pronto la dijo, todos sus compañeros se rieron, y yo me quede aturdida, en mi mente infantil ni siquiera era capaz de entender el significado de esa oración. Me fui intrigada, tratando de entender qué me había dicho, hasta que una cuadra más adelante el significado y la imagen de lo que dijo apareció en mi cabeza. Tuve que reprimir una tremenda arcada de asco.

                    Me sentí humillada, asqueada, denigrada. Sobre todo, vulnerada y abusada. Me sequé las lágrimas y llegué hasta donde estaban mis amigas. Como notaron algo raro en mí, les conté lo que me había sucedido.  Entonces, pasó algo increíble: en un grupo de niñas de 13 y 14 años empezaron a relatar más historias de acoso callejero como la mía. Nos abrazamos  y prometimos ser más conscientes del peligro que sufríamos.

                    Hoy a mis 21 años me cuesta pararme frente a un acosador en la calle y enfrentarlo. ¿Cómo lo haría a los 14 años?

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                      Hace años que me olvidé de las faldas, nunca he usado escotes y nunca me he comprado una polera con tiritas. Uso el pelo largo, en parte, porque me cubre el cuerpo. Entre los trece y catorce años, ya medía un metro setenta, razón suficiente para que ya no me vieran como una niña. Soy potona y tengo ojos claros. Ése ha sido el punto de partida de todas las asquerosidades que los “galanes” me dedican. Me dijeron e hicieron tantas cosas en la calle, ustedes se las pueden imaginar.

                      Tuve un acosador desde los 17 a los 24 años, un desquiciado de 53 años que me seguía. Pedí ayuda a Carabineros, pero no podían hacer nada. Pedí ayuda a la Fiscalía y tampoco, a menos que él me hubiese amenazado, pero en las cartas que me mandaba no lo hacía. Me decía cuánto me deseaba, me contaba sin ninguna vergüenza que me seguía y que se imaginaba una vida de amor conmigo.

                      Un día fui a andar en bici por la ciudad y fue traumático. Es como si al verme encima de la bici se imaginaran que estoy encima de ellos. Casi todos los días quiero ser invisible en la calle, siempre llevo lentes oscuros.

                      Cuando termino mis cosas y sobre todo si he tenido un día pesado, me gusta salir a botar las tensiones, hacer deporte. ¿Y saben qué ropa se usa para correr? Ropa apretada, es lo más cómodo, es una lata trotar con buzo y la polera de mi papá. Así no puedo arreglar mi día, no logro relajarme, vuelvo totalmente desmoralizada. ¡Si hasta reverencias me han hecho! Mientras troto sólo pienso “ignóralos, ignóralos, ignóralos”. Mandaré a estampar una polera que diga “puedo ser tu hermana, tu hija, tu mamá, tu prima, tu amiga”, pero ¿daría resultado? Ya me imagino la respuesta: “fea culiá, quién te mira a voh”. O “cómo quiere que no le digan cosas, si mira con los leggings que anda”. “Uy, rebelde, rica, me encantan las minas así”.

                      Finalmente, me metí al gimnasio, no salgo más a trotar al aire libre. ¡Me lo quitaron! ¡Me quitaron mi derecho a estar en el parque! ¡Me lo quitaron y ya me habían quitado mi derecho a vestirme como quisiera!