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    Desde que salió el sistema del pase escolar, lo he perdido como ocho o nueve veces, por lo que me sé de memoria los pasos para poder sacarlo de nuevo. Una vez, yo tenía como 15 años y haciendo el trámite de la constancia en una comisaría, el carabinero me quedó mirando y dijo: “¿por qué miras para atrás? ¿Te portaste mal? ¿querís que te lleve al calabozo?“. Yo, como era chica, no supe qué hacer. Agarré mi papel y, asustada, me despedí. ¿No se supone que los Carabineros deben cuidar? Nunca me sentí tan vulnerada.

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      Me iba a juntar con mi pololo alrededor de las cuatro, en su sala de ensayo. Él es músico. Iba a una tocata en San Felipe y quería desearle suerte. Casi llegando, unas tres o cuatro casas antes, un hombre salió de algo así como un local de repuestos. Caminé lo más rápido que pude, pero igual cuando pasé, el idiota se volteó para decirme “preciosa, rica”. Yo venía ya bastante chata, porque ya me venían gritando hace rato en el viaje, así que me di vuelta y le dije que la chupara. Se burló de mí, dijo algo como “obvio que se la chupo…”, le mostré el dedo de al medio y el imbécil seguía riéndose y repitiendo que me la chuparía toda.

      Llegué a la sala de ensayo, evidentemente, mi pololo notó mi molestia y yo le conté para sentirme mejor. Acá pasó lo peor, mi pololo vio salir al tipo y fue a increparlo, le decía que por qué le estaba gritando a su polola. Lo más indignante es que el tipo no cedió en su postura y, delante de mí, le decía a mi pololo que me gritó rica porque yo era rica “y qué tiene hueón”, restándole importancia y en una actitud provocante. Mi pololo se enojaba cada vez más, le decía que era un enfermo, que si acaso no tenía hijas y esposa, que si le gustaría que las trataran así. El idiota respondió, carepalo, que sí, que le daba lo mismo. Yo también lo increpaba, le preguntaba si le daría lo mismo que a sus hijas se las llegaran a violar y supongo que no me entendió la pregunta porque me respondió que sí (?). Ahí me aburrí y me quise ir, sin embargo, mi pololo estaba tan enfurecido que agredió al tipo con un combo en la nariz, entonces el tipo lo agarró del pelo y yo no pude hacer más, porque no tengo la fuerza física de un hombre. Finalmente, el tipo se arrancó, gritándole a mi pololo amenazas de muerte, “¡Te voy a pegar un balazo!”, “Ya vai a ver, te voy a matar”, etc. Mi pololo estaba tan enchuchado, que me dio miedo que hiciera algo más y que el tipo de verdad lo baleara o algo.

      Salieron todos los compañeros de trabajo del imbécil y un miembro de la banda de mi pololo salió a tratar de calmar los ánimos. Luego nos contó que el tipo le preguntó si sabía dónde vivía mi pololo, dónde trabajaba, que estaban planificando una venganza. Fue tanto, que tuvieron que cargar los instrumentos en la camioneta a unas cuadras de distancia, para evitar problemas.

      Al día siguiente y por recomendación del OCAC, fui a la PDI. Mi intención era contar la verdad y entablar una denuncia por acoso o lo que fuera. Primero, me atendió un caballero que resultó ser bastante amable, le conté la situación y me explicó que en vista de que el acoso callejero no está tipificado como delito, no me podía tomar la denuncia y que por lo mismo mi pololo salía para atrás porque él agredió al sujeto primero. La única opción que me dio fue que mi pareja hiciera la denuncia por amenaza (y alterando la historia, porque si no salía perjudicado él) y que yo dejara una constancia en Carabineros avisando que en ese lugar trabaja un tipo que acosa mujeres. No podía hacer la constancia en la PDI, porque esta policía sólo toma denuncias.

      Salí super enojada. Además, el policía que me atendió primero me preguntó si quería conversar con una mujer, yo le dije que sí, pensando que se pondría en mi lugar, pero resultó todo lo contrario. Fue más o menos así:

      ¿Por qué te voy a tomar la denuncia? ¿Porque ibas pasando y un tipo te dijo un piropo? Seamos sinceras, ¿a qué mujer no le dicen piropos en la calle? A mí también me han dicho rica y esas cosas, yo creo que hay que reirse.

      Yo le expliqué que sabía que no podía denunciar, pero que no me parecía su respuesta, porque le estaba restando importancia al problema y tomándolo como algo natural. Ahí trató de bajarle el perfil, diciendo que yo no le había entendido, que en el fondo no me podía tomar la denuncia.

      Me dio mucha rabia, hasta el caballero que me atendió al principio resultó ser más empático que la mujer. Se nota la ligereza con que se toman el tema. En la conversación salieron comentarios como “pero si hay chiquillas que les gustan los piropos” o “tú eres de las pocas mujeres que les molesta que les griten”. Eran muy sutiles, pero se notaba que pensaban que estaba exagerando. Creo que bastaba con que me dijeran que mi pololo hiciera la denuncia por amenaza y que yo pusiera la constancia, el resto de comentarios estaba de más. Queda la sensación de que pueden decirte lo que quieran, mientras no te toquen, da lo mismo la forma o a cuántas mujeres acosen. No entendían que si un tipo me acosa a mí una vez, lo más probable es que acose a otras mujeres. Al final, no es mucho lo que se puede hacer.

      Pasó el tiempo y OCAC Chile insistió en que dejara constancia como me dijeron en la PDI. No estaba muy convencida al principio por el mal rato en la PDI, pero al final accedí y mi pololo quiso acompañarme. Le explicamos al carabinero que me atendió todo lo sucedido y debo decir que fue tremendamente amable y empático. Sin embargo, me explicó que no se puede dejar constancia del hecho porque está enmarcado en la libre expresión (no era que él lo pensara, era lo que decía la ley) y que el procedimiento adecuado era haber llamado a una patrulla de Carabineros para que llegara a la casona y le hiciera un control de identidad al tipo para dejar el hecho directamente en sus antecedentes. Dijo que dejar una constancia ahora no lo iba a perjudicar en nada. Además, nos recomendó hacer la denuncia por amenaza de muerte, pero tampoco se podía porque no teníamos el domicilio del tipo ni su lugar de trabajo. Al final, como verán, quedó en nada.

      Me da lata porque se notaba que el carabinero quería ayudarnos, pero al intentar algo, se notaban las trabas del sistema. De hecho, en un momento, el carabinero, que era joven, hizo el comentario “pa callao” de que él le habría pegado más al tipo, porque al final la demanda por lesiones es la misma y hay cero amparo para las víctimas en el caso del acoso.

      Lamentable, esperaba que esto quedara marcado en la hoja de vida del sujeto. Lo único que espero ahora es que el imbécil tenga las mismas trabas que nosotros y que la demanda sea puro tollo, porque dudo que tenga el nombre de mi pololo. En un principio, sentí que yo tuve la culpa de lo que pasó. Sentí que debí haberme quedado callada, porque temía represalias posteriores. Por otro lado, no avalo en absoluto el actuar de mi pololo, pero lo entiendo -cómo no, si vivo acoso a diario-. A pesar de que no estuvo bien, creo que el imbécil se lo merecía, porque por lo visto encontraba totalmente normal que a sus hijas las acosen. Lo que más lamento es no haber podido ser yo la que le sacara la chucha y haberle podido ahorrar el problema a mi pololo. Después de esto, le dejé claro a mi pareja que no le contaré nunca más un episodio de acoso, no porque esté enojada con él, todo lo contrario: porque lo amo y temo por su integridad física. Además, pareciera que la “justicia” está diseñada para que estos enfermos hagan lo que quieran y para que gente de la autoridad con ganas de ayudar queden de manos atadas.

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        Era domingo, iba a tomar locomoción a cuatro cuadras de mi casa. En el camino, un desconocido que andaba en bicicleta subió a la vereda y, una vez allí, se bajó para caminar, lo que no me pareció muy extraño en ese momento. Sin embargo, una vez que él estuvo a mi lado, tiró su bicicleta contra mis piernas para inmovilizarme. Choqué contra una reja y me puse a insultarlo, pensé que me quería asaltar, pero no: él quiso tocarme. El tipo era un degenerado. Jamás agarró mi bolso, sólo deseaba tocar… tiré la carpeta que llevaba en la mano y sólo atiné a engancharle el brazo y lanzar combos al aire como loca. Cuando pude sacar una pierna empujé la bicicleta y le pegué una patada en las costillas, pero no fue lo suficientemente fuerte, porque no pude derribarlo.

        Ante esto, el tipo agarró su bici y se fue rápido. Irónicamente, tres minutos después de este episodio pasó una patrulla de Carabineros, la que a pesar de mis gritos y señas, no paró. Asustada, regresé a mi casa. Horas más tarde, salí acompañada por un amigo y nos encontramos a un carabinero. Me acerqué y le pedí que me aconsejara sobre qué hacer en estos casos. Él dijo: si usted no quiere pasar por la humillación de contar y revivir este episodio, por su bienestar psicológico, es preferible que no denuncie. No hay a quién culpar, seguir o detener. Hizo bien en pegarle, pero sólo olvídelo, esto pasa.

        Sólo quiero decir que aquí en Arica hay un tipo joven, veinteañero, moreno y encapuchado, anda en bicicleta y acosa mujeres. Esto no me pasó solamente a mí, cuando le conté a una amiga, ella reconoció haber sufrido un ataque similar en otro sector cercano al lugar donde yo fui atacada.

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          A mí me pasó vivir la ineptitud de carabineros, a los 12 años. Estaba con mi hermana de 14 años. Era una mañana de verano, ambas estábamos en la casa solas, hacía calor y vestíamos pijama ligero. Nos despertó el timbre que sonaba y sonaba. Yo no salí a abrir la puerta. Pasados unos 10 minutos,  entraron a la casa unos cuatro sujetos a robar. Con mi hermana nos escondimos en la pieza del fondo
          y llamamos a carabineros. Veinte minutos después, llegaron y los “flaites” alcanzaron a arrancar antes de encontrarnos en la pieza con mi hermana.

          Sin duda fue una experiencia extrema y cuando llegó carabineros, quisimos sentirnos protegidas, pero mientras ellos tomaban nuestro testimonio, no dejaron de mirarnos de forma libidinosa. De hecho, habían terminado de tomar nuestros datos, ya no decían nada pero se quedaron ahí, mirándonos, “desnudándonos” con sus miradas. En ese momento nos sentimos de nuevo vulnerables y temimos por nuestra integridad. Este tipo de experiencia de sentir temor en vez de protección y seguridad de parte de carabineros, se ha reiterado en muchas otras experiencias similares en mi vida.