Rabia

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    Era una tarde cualquiera, yo iba caminando por una de las calles más transitadas de Antofagasta, hacia el dentista. Sentía las miradas babosas de algunos hombres, pero las ignoraba porque no sabía qué hacer, así que seguí caminando. Luego de un rato, pasó al lado mío un hombre de treinta y tantos años y se atrevió a tocar uno de mis senos y decirme: “me lo comería todito, mi amor”. Quedé en shock, me di la vuelta y por un rato me quedé ahí mirando cómo se alejaba como si nada hubiese hecho, como si no acabase de tocarme, de agredirme y de humillarme. Comencé a maldecir hasta a mi genética por tener muchas curvas y entre esos pensamientos, se me cruzó el “no es tu culpa”. Me decidí y comencé a correr detrás del tipo, estaba esperando el semáforo como dos cuadras más allá y yo no me iba a quedar de brazos cruzados. Corrí y cuando lo tuve al lado mío, me miró y me dijo: “ah, te quedé gustando”. Me enojé y le pegué con el codo en todo lo que se llama cara. “¡Maraca de mierda, puta, zorra” y otros garabatos me siguió gritando mientras le sangraba la nariz y yo me alejaba de su lado.

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      Me acaba de pasar algo terrible. Todas hemos pasado por el acoso callejero, pero este hueón me dejó mal. Estaba entrando a Dimeiggs, y como en esa tienda te ponen seguridad hasta por si acaso, preferí preguntar si vendían de los vasos que andaba buscando. Eran dos guardias: uno abuelito y muy amable, y un loco joven con pocas cejas. El segundo, comenzó tratándome de “mi reina”, “washita linda”, “washita rica”, etc. Luego me dijo que no sabía si había lo que necesitaba, así que le respondí que pusiera la seguridad a mi bolso. Andaba de cartera y cada cinta que le ponía, venía una cosa cerda que me decía al oído, como “en un ratito te voy a hacer de todo, washita”. Además, me rosaba el pecho con su mano. Quedé mal, helada, no supe qué decir, sentí impotencia. Me dije: “yo que tengo una facilidad para tirar chuchás y no salió ni una sola”. Avancé medio pasillo y colapsé.

      Salí de la tienda, entré por la otra puerta y le comenté al caballero que estaba con otro guardia en el mesón. Salí porque no quería verlo. Lloré. Dos tipos que entregaban panfletos me preguntaron qué me pasaba. Se acercó una señora y me separó de ellos, porque desconfió. Igual sentí que se aprovechaban de que estaba llorando y pensé que quizás me podían asaltar o no sé; ya no sabía qué pensar. La señora me agarró del brazo y me llevó al retén de Carabineros y me dije “por la chucha, lo único que faltaba”. Hablamos con los pacos, me calmaron y fueron a buscar al loco. Él se defendió diciendo: “yo nunca le falté el respeto ni la traté con garabatos ni nada. Yo tengo señora, tai súper mal, flaca”. A todo esto, la señora me dijo que este tipo igual la trató de “cosita rica”.

      Cuando lo vi y escuché, me sentí peor. Me dijo cosas como: “ni que te hubiera violado que le poní tanto color”. Le dije a los pacos que no lo quería ver, salí por otro lado del retén y quedaron de hablar con su jefe para que lo despidiera.

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        Hace un par de años fui a estudiar a la universidad, así que tuve que vivir sola, caminar sola, moverme por la ciudad sola. De chica, me incomodó mucho pasar cerca de muchos hombres ya que siempre me miraban y gritaban cosas. Con el tiempo fui superando eso y ya no sólo me incomodaba, sino que también me daba rabia; con cualquier ropa alguien podía decir algo.

        Entre varias malas experiencias, hubo una que me asustó más que las demás. Salí de mi casa un día de primavera con una falda y una blusa que me encantaba. Mi pololo me sugirió ponerme pantalón o algo así para que no me sintiera mal en la calle, ya que podían decirme algo. Yo no quise, hacia calor y me encantaba esa ropa. Cuando salí de la casa, di dos pasos y un tipo en un auto comenzó a gritarme de todo. Casi se salía por la ventana del auto, mirándome y gritándome las cosas sexuales que haría conmigo. Habían varios autos, y muchas personas pasaron por mi lado. Caminé media cuadra con él siguiéndome al paso, hasta que acercó el auto a mi y se estacionó. Ahora me gritaba y me miraba de frente. Todos vieron y nadie le dijo algo. Yo le gritaba también que dejará de acosarme, que era un pervertido, que era mi cuerpo, etc. Estaba aterrada y con tanta rabia, no se cómo me atreví a pegar una patada en su auto y salir corriendo. Corrí unas cuadras y no pude más, solo me senté en la vereda mientras lloraba desconsolada, con mucho miedo. Me habían pasado situaciones incómodas en el centro o en otros lugares, pero el que fuera al salir de mi casa y que nadie fuera capaz de decir algo, me hizo sentir insegura y culpable.

        Hoy, escribo a las 02.00 de la madrugada porque desperté con una pesadilla de esa situación que viví. Son tantas las situaciones de ese tipo que pasamos desde niñas, que cuando sé que tendré que andar sola, tengo pesadillas horribles mientras duermo. Son cosas que a veces parecen tan normales para los demás, pero que una no la dejan ni dormir.

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          Yo vivo en Copiapó desde hace 5 años, anteriormente vivía en Santiago. Llegué a esta ciudad por temas académicos y si bien me gusta este lugar, desde que llegué aquí he sentido una gran cantidad de acoso callejero. Esto va desde que me digan improperios hasta que me muestren una película pornográfica a través de un celular. Lo que me pasó ayer, 25 de agosto del 2016, es lo que me saturó, y de verdad creo que hay que hacer algo con respecto a este tema.

          Iba caminando desde la feria hacia mi casa, eran alrededor de las 12 del día y miraba hacia abajo, ya que me molestaba el sol. Cerca mío escucho a alguien toser, por lo que reaccioné a mirar. Cuando levanté un poco la cabeza, me di cuenta que era un hombre que me estaba mostrando su pene. Dejé de mirar, solo continué mi camino mirando hacia abajo y le respondí gritando unos improperios. Él no reaccionó, no dijo nada solo se quedo ahí, oculto.

          Este tipo de situaciones me dan mucha rabia y me hacen sentir desprotegida, porque tengo claro que si hubiera llamado a Carabineros, esto hubiera quedado en nada.

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            El 30 de Agosto del 2016, cuando me dirigía al Metro después de una junta con una amiga, el nivel de acoso callejero al que (lamentablemente) me veo expuesta a diario, subió de nivel. Esta vez no me acosaron verbalmente, esta vez ME TOCARON y respondí. En esta ocasión mi acosador cruzó los límites de mi reacción y me paralicé. No supe qué hacer, no lo esperaba. Sentí un fuerte golpe en mi trasero y, como si fuera poco, agregó una frase de connotación sexual. Inmediatamente identifiqué a mi agresor huyendo en bicicleta delante de mí, mientras yo analizaba lo ocurrido y le pedía a mi cerebro que me explicara qué había pasado. ¿Por qué siento dolor? ¿Me tocó? ¡ME AGREDIÓ! ¡UN EXTRAÑO ME AGREDIÓ! Y no sólo me acosó, me humilló. Porque yo, teniendo un punto de vista radical y más que firme con respecto a este tipo de situaciones, sentí vergüenza, a pesar de saber que no fue mi culpa, a pesar de que mi grito de furia y llamado de atención aletargado dijera lo contrario. Luego, vino la incontrolable rabia de saber que mi cuerpo dejó de ser mío en esos segundos, dejé de ser persona y fui un objeto a sus ojos, a esos asquerosos ojos.

            Cuando llegué a mi casa, aún me dolía el violento golpe, pero a pesar de eso mantuve silencio. Me guardé la rabia, porque sabía que si le contaba a mi mamá, su atención se iría al hecho de que regresé muy tarde. Frustrada y con ganas de no quedarme paralizada (como lo estuve en ese momento) quise escribir y compartir lo que está a continuación:

            Hoy un hombre más se creyó el cuento de la superioridad, se creyó la mentira del machismo, se creyó con derechos sobre mi cuerpo y reprimió mi libertad. Hoy un hombre me acosó manifestando su opinión sobre mi apariencia (que nadie pidió) y se sintió con el derecho a tocarme violentamente al pasar. Pero lo más terrible fue reconocer, luego de la violación a mi espacio personal y privado, su juventud entre la cobardía que dejó el viento de su bicicleta. Es irrefutable que el patriarcado sigue pariendo más acosadores cada día, como hijitos pródigos y violentos de un sistema podrido.

            ¿Qué esperan de las mujeres los acosadores? NADA, porque no esperó a que le hablara, no esperó mi aprobación para acercarse, ni tampoco mi percepción de lo que hizo. Lo único que buscan es reafirmar el poder que la sociedad les ha otorgado sobre el cuerpo femenino. Es por esto que decido publicarlo, porque no podemos normalizarlo más, no puedo llegar y acostarme como si nada. Justificándolo con que era de noche, que mis jeans son apretados, que andaba sola. Hay que entender que no hay justificación y que, como él, hay muchos que andan por la calle y por la vida creyendo y transmitiendo las mentiras que les han hecho creer generaciones de machotes acosadores, abusadores y cobardes. La degeneración no se justifica, se combate.

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              Iba camino a mi trabajo, como todas las mañanas en el Metro. No estaba tan lleno, de hecho había espacio suficiente para moverse en el vagón. Luego de combinar en Los Héroes, y antes de llegar a Moneda, siento algo extraño. Justo detrás mío había un tipo, vestido con polera oscura, bombachos de estos bien hippies y con un banano hacia su costado derecho. El tipo tenía su pene erecto bajo el bombacho, y lo estaba fregando contra mi trasero. Mi experiencia de vida me ha enseñado a no quedarme callada, por lo que lo enfrenté, a gritos eso sí, para que alguien más me ayudara, por si acaso.

              Le grité: “¿Qué te creís tú? ¿Que puedes estar frotando tu weá erecta en mi trasero?”. Y me respondió: “Yo no estoy haciendo eso, es el banano, mina loca.” Ahí yo le dije: “Hay bastante espacio en el vagón como para que tu “banano” no me esté rozando. Además, con qué cara dices que es tu banano, si se nota que tu mierda está parada bajo tus pantalones.”

              El tipo me decía que no había espacio, que no podía culparlo. Yo estaba con mucha rabia, las demás personas no eran capaces de decir nada. Solo cuando le empecé a gritar garabatos reaccionaron. Le gritaron más cosas al tipo y lo bajaron en Metro La Moneda. Ahí yo ya estaba llorando mucho de rabia y susto. Si hubiese pasado algo más, la gente no hubiese hecho nada. Y mientras me veían llorar, me decían: “Tranquila, si ya lo bajamos. No llores, si ya pasó y se bajó”, “Tenías razón, sí lo tenía erecto, pero ya se bajó, no te preocupes”. Una chica trató de preguntarme por qué lloraba como dos estaciones más allá y una señora le respondió que fue porque me estaban acosando. Pero claro, en el momento esa señora que lo vio todo, no fue capaz de decir nada. Destaco que en ese entonces yo jamás había tenido relaciones sexuales. Este es un pésimo recuerdo y fue una pequeña tranca al momento de iniciar una relación.

              Han pasado ya dos años. Espero que cada vez se vaya creando más conciencia de que uno no puede ser testigo pasivo de estas cosas.

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                Hace un par de años, cuando regresaba de la universidad, me encontraba en un paradero de micros donde había mucha gente. En un momento, un hombre de unos 50 años se paró frente a mí en una camioneta. Me parecía muy raro que estuviese tanto tiempo ahí, cuando sentí que me observaba lo miré y se estaba masturbando dentro de su camioneta. Sin saber qué hacer, solo me corrí y advertí a la joven que estaba cerca mío. Al darse cuenta, el hombre arrancó en su camioneta, pero alcancé a anotar su patente.

                Estaba muy aflijida. Llorando, llamé a mi familia y luego a Carabineros para preguntar qué podía hacer. Simplemente me dijeron que ellos no podían hacer algo, porque esta persona estaba en un vehículo de su trabajo y no de su pertenencia. Yo ya había visto esa camioneta al menos tres veces esa semana, pero la vez que lo sorprendí masturbándose fue la última vez que pisé ese paradero y esa calle. Trato de evitar pasar por ahí para no recordar el episodio, ya que me llena de rabia que los Carabineros no me ayudaran. Espero que con la ley que se está tramitando, esto no pase más. Y que cuando alguien llame a Carabineros, sí puedan investigar, o al menos indagar quién es la persona y dar un poco de tranquilidad a la víctima.

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                  Al inicio de mi pubertad, hombres de todas las edades (viejos, universitarios y adolescentes mayores que yo) se tomaron el derecho de decirme cosas a mí, una niña de doce años que recién comenzaba a entender los cambios en su cuerpo y lo que sería ser mujer en las calles.

                  Lo que más recuerdo son dos eventos, ambos a mis 14 años. El primero, fue cuando me acercaba al paradero de mi población a tomar micro. Vi a un señor de unos 70 u 80 años que, mientras caminaba hacia mi dirección, me miraba con gracia. Pensé que por observarme de esa manera, y estar en el paradero de mi población, quizás conocía a mi mamá (ella conoce a todos). Entonces pasó por mi cabeza que debería saludarlo, pero él se agachó para ver de frente mi trasero y decirme algo horrible que ni repetiré. Me aterré y encontré el colmo que ni si quiera un adulto mayor respete a una niña que anda sola por la calle.

                  El segundo fue aún peor. Andaba con mi mejor amiga en bicicleta en una villa cercana a la casa de mis padres, cuando un furgón de una famosa panadería comenzó a seguirnos. Nos hicimos a un lado pensando que así nos dejaría, pero no. Nos tiró el furgón para llamar nuestra atención y luego se detuvo, exclusivamente, para hacernos gestos con sus manos y lengua.

                  Ninguna de estos traumáticos episodios se lo conté a mis padres, solo a unas amigas y resultó que todas habían sufrido acoso callejero.

                  Yo ya no quiero que esto sea normal y que tengamos que pasar por lo mismo, menos que sea una situación transversal a todas las generaciones; ni que nuestras niñas tengan que sufrir esos sucios momentos en las calles y que deban “aprender” a afrontarlos.

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                    Sí, yo viví con un acosador callejero. Durante cuatro años creí estar en la relación perfecta. Perfecta desde el punto de vista de lo clásico: vivir juntos y planificar parte de lo que vendrá. Estándares, por supuesto. La verdad es que nunca sospeché las perturbadoras intenciones que escondía mi pololo de aquella época. Quizás existieron señales que indicaban que estaba en una tóxica relación. Lamentable no fui capaz de reaccionar a tiempo.

                    Crecí, como tantas otras mujeres, con violentos estereotipos que se presentan en nuestra sociedad como entidades inmodificables que a la larga terminan limitándonos como mujeres, con ideales de belleza imposibles de alcanzar,  además de otras tantas absurdas construcciones sobre el amor romántico, naturalizando situaciones que nos destruyen como mujeres pero sobre todo como sociedad.

                    Con el paso de tiempo, las cosas ya no andaban bien. La inseguridad era algo que vivía a diario. Conductas machistas, celos, y por ahí otras cosas que ya no vale la pena mencionar, confirmaban que aquella relación no tenía ningún futuro. Pero finalmente lo que terminó por quebrarla fue descubrir que mi pareja era un ACOSADOR CALLEJERO.

                    Aquello que repudiada con el alma y que rechazaba a diario estaba mucho más cerca de lo que yo pensaba. “Sin querer” comencé a hurgar en su computador. Realmente no imaginaba con qué me iba a encontrar. Para ser sincera, no era algo que acostumbraba a hacer. Entiendo que vivir en pareja no es sinónimo de coartar espacios. Pero para mí desgracia, y la de muchas mujeres, encontré algo  horrible: carpetas llenas de fotografías y vídeos de alto contenido erótico y sexual tomadas silenciosamente – a través de un celular- por quien era en ese minuto mi pololo.

                    El puto miedo me paralizó. No supe cómo reaccionar. ¿Tenía yo la culpa de aquello que estaba pasando? ¿Cómo no pude ver esta situación antes? ¿Con quién estaba viviendo realmente?

                    Descubrir que este “hombre” fotografiaba de forma silenciosa las partes íntimas de cualquier mujer que pudiese estar a su alrededor, fue algo que me mantuvo en shock durante horas, días y meses. Hasta el día de hoy lamento que mujeres de mi familia, amigas, conocidas, compañeras de su trabajo y gimnasio hayan sido violentadas de esa forma, sin que muchas de ellas- hasta el día de hoy – tengan conocimiento de lo ocurrido.

                    Sentí pena y vergüenza con lo ocurrido. Me sentí completamente vulnerable. Transgredió completamente mi cuerpo, mi confianza y mi libertad. Me violentó y no sólo la mí sino también a muchas mujeres que caminan libres por las calles sin saber qué cosas como estas se viven a diario. Me aterra pensar que se trata de una práctica naturalizada por muchos hombres. Realmente me perturba pensar que muchas de las fotografías son de mujeres desconocidas que caminan a diario por Valparaíso. Hoy recuerdo cada detalle, cada lugar con rabia. Siento haberlas expuesto sin quererlo. Hoy comprendo que no fue mi culpa.

                    A los 15 años tuve que soportar que un hombre me encañonara con una pseudo pistola y me llevará por un callejón bajo amenaza. Hace unos días, y consecuencia de un asalto, tuve que aguantar que un puto de mierda me manoseara como si nada. ¿Hasta cuándo tenemos que aguantar que cosas como estas continúen ocurriendo? Nos vulneran, nos violentan, nos violan, nos maltratan. Pero hoy no estoy dispuesta a seguir callando.

                    El acoso callejero es – en todas sus formas- una práctica totalmente abusiva y patriarcal. Sé que es complejo tomar conciencia sobre lo que ocurre en torno a esto, sobre todo si pensamos que vivimos en una sociedad androcéntrica, donde se presenta a la mujer en completa subordinación del hombre.

                    Hace mucho tiempo debí levantar la voz. Hoy renuncio a la culpa. Hoy renuncio al miedo. Hoy vuelvo más segura que nunca. Hoy escribo, porque tal como leí hace algún tiempo escribir te permite dar las cosas por zanjadas: los fantasmas, las obsesiones, los remordimientos y los recuerdos que nos despellejan vivos. Hoy no tiemblo, hoy lucho.

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                      Este testimonio no es tan fuerte como los que ya hemos leído, pero quería expresar el grado de malestar que siento desde que tenía 17 años. A esa edad, comencé a escuchar cómo la gente “adulta” (30-50 años) me gritaba “guapa” desde un auto; o cómo camioneros me tocaban la bocina, constructores me miraban detenidamente y decían “cosita más rica, mi amor”. El no poder usar short en verano, porque esta misma “gente adulta” se quedaba mirándome fijamente de la cintura para abajo, es intolerable, da rabia y asco. Afortunadamente, en los últimos días esto no ha vuelto a pasar.