#respetocallejero

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    Eran las 6 de la tarde de un jueves de marzo y tomé una micro desde metro  U de Chile hasta Baquedano, por la Alameda. Una micro que no iba tan llena, la verdad. Cuando me acerqué a la puerta y toqué el timbre, sentí que un tipo se instaló tras de mí y en chileno, “me punteó”; acto seguido me susurra: ” te lo metería hasta el fondo de esa boquita roja”. Se abrió la puerta y sólo atiné a bajarme, paralizada, helada, aterrada.
    Muchas otras veces me pasaron situaciones en las que se me acercaron tipos en estos términos y yo siempre reaccionaba: empujando, pegando codazos, mirando con desprecio mientras me corría. Pero esta vez no me sentí amenazada a priori, no había tumulto, el tipo era joven, vestido algo deportivo, no me dio desconfianza con antelación, plena luz del día. Ahora siento que no puedo bajar la guardia ni confiar en nadie desconocido.

    Por algunos días me sentí sucia y humillada por no haber hecho nada para defenderme, pero ahora sé que no soy la culpable, sino esta sociedad enferma que normaliza y le baja el perfil a este tipo de agresiones, una sociedad que dice que debo estar “agradecida* de recibir este tipo de ” comentarios”.  Nadie tiene derecho a invadir mi espacio ni mi intimidad de esa manera.

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      Tenía 12 años cuando ocurrió. Debía de tomar locomoción a mi hogar después del colegio, así que decidí tomar la micro y sentarme atrás. No me di cuenta que había un hombre sentado en la misma corrida de asientos, quien al momento de bajarme, me siguió hasta la puerta y me tocó violentamente la vagina. Yo iba vestida de uniforme, con la falda hasta las rodillas, sin provocarlo.

      Bajé desconcertada y llorando ¡Solo quiero que se haga justicia y se nos respete por siempre!

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        Hace un par de semanas me dirigía al gimnasio (para variar atrasado) en taxi, cuando a pocas cuadras de andar el taxista de la nada me dice: “mire, la mijita rica que va ahí, cuando yo veo a una así le grito inmediatamente ¡Guachiiiiita!, ¡Mijita rica!, ¡Cosita! u otra cosa”. Quedé plop, sobre todo al ver el rostro de la joven en la calle, que nos miró con una cara de absoluta vulneración, diciendo con su mirada “¿por qué a mí?”. Descolocado, le dije que me dejara ahí mismo, porque no estaba dispuesto a financiar el trabajo de un asqueroso ser que tratara así a las mujeres.

        Lamentablemente este tipo seguirá haciendo lo mismo y lo peor es que para él es un acto de total normalidad.

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          Mi polola tenía miedo de irse sola a su casa, pues decía que era peligroso caminar desde el metro Quilín (sea la hora que fuere) hasta su casa, a la altura de Ramón Cruz, por lo que cuando se quedaba en mi casa hasta tarde, yo debía ir a dejarla tras ella pedírmelo con tono de ruego (yo creyendo inocentemente que no era peligroso que ella se fuera sola hasta su casa).

          Durante meses lo hice. Una hora de camino a su casa, sin que sucediera nada. El día que le pedí que se fuera sola, un tipo la acosó sexualmente.

          Es urgente desnaturalizar la violencia y la existencia de medios que permitan a la mujer autotutelar su defensa en el momento exacto del acoso. No se puede confiar en las fuerzas de orden público ni en el funcionamiento de las instituciones en estas situaciones.

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            Me subí a un Transantiago después de salir del colegio. Me senté tranquila cuando de pronto un viejo de unos cincuenta y tantos años, que estaba muy curado, se puso al frente mío y me miró con cara de depravado todo el recorrido. Yo sólo lo ignoré mirando por la ventana, hasta que de repente sentí que me tocó el muslo por debajo de la falda. Asqueada, le grité “¡viejo degenerado!”, entre otras cosas.

            La gente se unió y le gritó cosas humillándolo, incluso un joven muy atento de la FACH lo agarró y lo mantuvo en una esquina para que no escapara y llamó a Carabineros. La gente gritaba que pararan la micro y se lo llevaran detenido, pero el chofer no quería parar. Finalmente lo hizo y se lo llevaron los pacos. Después de unas horas lo dejaron libre porque no tenía antecedentes, lo que me dejó con mucho miedo y tristeza.

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              Me pidieron que fuera a comprar a la farmacia y decidí ponerme unos shorts con una camisa para salir rápido. Después de caminar por fuera de una construcción con miradas no muy amigables, logré cruzar la calle. Pero, cuando llegué la farmacia, se me cruzó un caballero que hablaba por teléfono. Se lo quitó, se acercó y me dijo: ”Tss, que estai rica”. No era la primera vez que me decían algo y tal vez no ha sido lo más fuerte que me han dicho, pero me impactó que estando con unos shorts en verano, con 35 grados de calor me dieran ganas de irme corriendo a mi casa a ponerme pantalones. Me dio vergüenza y rabia. Pero, ¿vergüenza por qué? no había sido yo la que había hecho algo malo, pero sentí culpa.
              Cada vez se me van quitando las ganas de gritarle o decirles algo a esas personas, siento que pierdo el tiempo. Me da rabia no salir con vestido si no voy acompañada de mi padre, hermano o en auto. Esto tiene que parar. Siempre me había sentido tranquila en las calles de mi barrio, pero con ese hecho, ahora sólo ocupo pantalones para ir a la farmacia o cualquier lugar que este a más de una cuadra.

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                La iniciativa legislativa de OCAC Chile espera ser discutida en la Cámara de Diputados y cuenta con gran apoyo ciudadano. 

                Una rápida tramitación ha tenido el proyecto de ley “Respeto Callejero”, impulsado por el Observatorio Contra el Acoso Callejero (OCAC) Chile, desde que fue ingresado el 17 de marzo del año pasado al Congreso Nacional. La iniciativa, que cuenta con un gran apoyo ciudadano, ya fue aprobada en la Comisión Ciudadana de forma unánime y espera ser discutida en la Cámara de Diputados para luego, ingresar al Senado.

                El proyecto busca implementar una sanción  penal para  el acoso en espacios públicos y semi públicos, como comentarios con connotación sexual, toqueteos y punteos, delitos que no están tipificados en la legislación actual.

                Al respecto, la abogada y Directora Ejecutiva de OCAC Chile, Bárbara Sepúlveda, destacó la rapidez con que ha avanzado la iniciaiva en el Parlamento. “Sabemos que en el Congreso algunos proyectos de ley no corren la misma suerte que el nuestro, y creo que la rapidez con que se ha tramitado se debe al excelente trabajo que OCAC ha realizado para evidenciar el acoso callejero como un tipo de violencia de género, además del amplio respaldo que hemos recibido de actores sociales y políticos que se han comprometido con la lucha por una sociedad igualitaria entre hombres y mujeres”.

                Actualmente el Observatorio Contra el Acoso Callejero ha recolectado más de 10.000 firmas para que el proyecto de ley siga avanzando en el Congreso (para firmar puedes pinchar aquí). Apoyo que, en palabras de Sepúlveda, devela un mayor grado de consciencia social sobre la violencia que constituye el acoso callejero, pese a que aún no existe suficiente claridad sobre las sanciones.

                “Reconocemos que aún existen prejuicios, escepticismo y dudas en una parte importante de la población sobre este nuevo tipo penal y sus sanciones, por lo que nos gustaría que los medios de comunicación social abordaran con mayor responsabilidad y seriedad el problema, a fin de no generar incertidumbre y desinformación en las personas”, explica la Directiva Ejecutiva de OCAC Chile.

                CIFRAS DE ACOSO CALLEJERO

                OCAC Chile ha realizado dos encuestas sobre acoso callejero. La primera en el año 2014, en la que  3.234 personas entre 10 y 64 años de todas las regiones del país fueron consultadas.  Entre los datos más relevantes encontrados está que las formas más recurrentes de acoso, superando el 90% de los casos, son los silbidos y otros sonidos, como besos, jadeos, bocinazos, y las miradas lascivas. En tanto, el 71% ha tenido una experiencia de acoso callejero que considera traumática.

                La segunda, se llevó a cabo en el año 2015 se realizó con el apoyo de ONU Mujeres, denominada “¿Está Chile dispuesto a sancionar el acoso callejero? Estudio de caracterización y opinión sobre el acoso sexual callejero y sus posibles sanciones”, que reveló que el 84,2 % de las y los chilenos encuestadas/os cree que las prácticas de acoso callejero deben ser sancionadas por la ley.

                Si quieres apoyar el proyecto de ley “Respeto Callejero”, ingresa a http://chn.ge/21tL9e7 y firma por su pronta aprobación en el Parlamento.

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                  Ayer, cuando iba saliendo a ver a mi mamá a la oficina,  vi uno de esos autos de VTR  entrando al pasaje donde vivo. Paró al lado mío y pensé “quizá necesita saber una dirección” y retrocedí dos pasos. Cuando bajó la ventanilla me dijo “güashita rica” y algo más que no alcancé a escuchar. Lo miré con cara de ‘ok’ y le pregunté  “¿qué me dijiste?”. Luego caminé y llegué a un bazar a comprarme un dulce. Cuando salí, vi que el tipo del auto estaba en la vereda del frente, estacionado. Al parecer, me había seguido y los tipos volvieron  a hacer un gesto y me tiraron un beso. Miré si había alguien que me ayudara y le grité “cállate, tal por cuál”. Me enojé bastante con la situación, ya que un señor que vio lo que pasó se rio de mi cara de enojada, haciéndose el indiferente. En este caso, no fue tan fea la situación como en otros testimonios.

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                    Cuando tenía once años era más desarrollada que mis compañeras de mi edad, pero eso nunca me importó porque mi cuerpo todavía no era un tema para mí. Un día, mi mamá me pidió ir a comprar a cuatro cuadras de la casa. Cuando iba de vuelta, un hombre de unos 40-45 años cruzó la calle directo hacia mí y me susurró al oído “te lamería enterita”. Sentí toda su respiración en mi cara y me congelé. Volví corriendo a la casa, aguantándome el llanto porque pensaba que algo malo me iba a pasar.

                    Nunca le conté a nadie porque no quería que se preocuparan y tampoco pensé que fuese mi culpa, aunque esa frase me dio vueltas por mucho tiempo en la cabeza. Pasé meses tapada con chalecos enormes para que nadie viera mi cuerpo y lloraba cada vez que me pedían salir a comprar algo. Recién cuando pasaron los años me atreví a comentarlo con mis amigas y fue ahí cuando comencé a sentirme  culpable, porque la respuesta que siempre recibía era “¿pero cómo andabas vestida?”. Me dio rabia y me empecé a callar, porque me sentía juzgada y asustada del mundo con solo 13 años.

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                      principal testimonios nuevoHace un tiempo fui a hacer gimnasia con mi mamá y un viejo, que podría haber tenido la edad de mi abuelo, empezó a decirme cosas respecto a mi cuerpo y sobre cómo iba vestida, mientras me guiñaba el ojo. En ese momento lo miré con asco y solo atiné a levantar el dedo del medio. Me hubiese gustado reponder algo más, pero  no se me ocurrió nada.

                      No me parece justo que a mis 15 años reciba este tipo de comentarios. Además estaba vestida con unas patas largas y una polera de tiritas, ni siquiera se me ceñía la ropa al cuerpo, porque soy muy delgada. No quiero pensar en lo que se me viene para el futuro cuando esté más desarrollada.

                      Ojalá los hombres tomen conciencia y el acoso callejero sea penalizado como se debe.