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    Todos los días me movilizo en mi bicicleta para ir a la universidad, a la casa de alguna amiga, para hacer deporte o cualquier otra cosa, y siempre me dicen algo. Para descolocarlos,  y que sepan que también podemos responder, suelo hacerles un gesto obsceno (cuidando siempre que sea un lugar transitado y que haya más gente), porque me da rabia no poder hacer algo como pegarles o tirarles un escupo en la cara.

    Pero ayer la cosa fue distinta. Eran cerca de las 20:00 horas, y ya estaba oscuro. Yo iba con mi tenida deportiva y unos hombres del camión de la basura me dijeron: “¡Qué deportista mi amor!”. Y un sonido de besos asquerosos. Seguí mi camino, pero tuve que parar. Ellos estaban una cuadra más atrás, el camión partió y gritaron: “¡Cosita rica!”.  Me di vuelta y con ambas manos hice un gesto obsceno con mucha rabia. Por supuesto no se quedaron callados y gritaron: “¡Métetelo en la zorra conchatumadre!”. Quedé pensando un rato y no me dejé llevar por la asquerosidad del insulto. Hice que me resbalara, pero la rabia no se me quitó.

    A pesar de todo seguiré respondiendo frente a cosas que me griten o digan. Hay que hacerles saber que no son dueños de la calle ni que tampoco tienen la atribución de decirnos algo, sea lo que sea. No quiero que tengamos miedo de responder. Quiero que sepan que ya no nos quedamos calladas.

     

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      Hubo un tiempo en que vivía relativamente cerca de mi Universidad y me iba caminando. Recuerdo que a diario los trabajadores de la construcción me gritaban cosas, porque estaban haciendo reparaciones en el hospital y en el liceo, debido al terremoto. Lo típico era que tiraran besos o gritaran piropos como cosita, rica, guagüita, mi amor, etc. Hacía caso omiso, caminaba más rápido y cuando estaba harta, les señalaba el dedo del medio. En una oportunidad, no fue un maestro sino un perfecto desconocido quien me detuvo en la calle para regalarme una flor y decirme lo bella que era; me obligó a recibirla y se fue sonriendo. ¡Quedé perpleja! Porque si bien para la mayoría no se lee como un gesto agresivo para mí si lo fue, al menos ahora lo entiendo así.

      Me violentó ser abordada por un hombre completamente desconocido, que creía tener el derecho de verbalizar sus sentimientos por considerarlos “románticos”. Y es que ese “romance” es la justificación más burda que existe para naturalizar el acoso callejero. Es hora de entender que toda acción de este tipo es violencia sexual, aunque no necesariamente involucre groserías. En el momento en que un hombre cree que tiene el derecho y poder de acercarse a una mujer desconocida basándose no sólo en su atractivo físico, sino en su pertenencia al sexo femenino, es violencia sexual. Las mujeres históricamente hemos sido cosificadas como objeto de placer para el sexo masculino, cuestión que lamentablemente han validado los medios de comunicación y el mercado, a través de la publicidad, dando como resultado este tipo de situaciones.

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        Cuando era chica tenía baja autoestima, me sentía fea, quizás realmente lo era. Me hacían bullying en el colegio porque mi pelo con chochos  siempre estaba alborotado y mis cejas eran demasiado grandes. Por eso, cuando en la calle me decían cosas como linda, rica, (afortunadamente nada peor) yo pensaba que lo decían de forma sarcástica, como confirmando que en realidad era fea y mi autoestima se hundía más.

        Después salí del liceo, tuve la oportunidad de vestirme como quería, peinarme como quería  y por primera vez me sentí bonita. Nunca he sido una modelo (si fuera así, no quiero imaginar cómo sería el acoso entonces), pero me sentía bien conmigo misma. Ahí fue cuando empezó el acoso “de verdad”: los silbidos, las palabras que me da demasiado asco repetir y recordar, los besos al aire, los gestos que me dan ganas de vomitar.

        Empezó a pasar tan seguido que desarrollé ansiedad, me sentía (me siento) pésimo al salir a la calle, al punto que no puedo hacerlo sola, tengo que pedirle a mis padres o a mi pololo que me acompañe. Empecé a evitar  a los hombres en la calle, a  dar rodeos si me encontraba con alguna construcción, incluso me sé los horarios en los que pasa el camión de basura y los camiones repartidores de bebidas (porque todas sabemos que si te encuentras con alguno el acoso ocurrirá sí o sí) para ajustar mis horarios y no topármelos. También empecé a afearme. Para salir, me hago el peinado que menos me favorece, deje de maquillarme, utilizo la ropa más holgada que encuentro y siempre, no importa el calor que haga, ando con alguna chaqueta larga que tape por lo menos hasta mi trasero.

        Volví a sentirme fea. Me siento impotente, cobarde, y lo peor de todo es que ni siquiera es miedo lo que me impulsa a hacer todo eso, sino la rabia. Cuando alguien me humilla en la calle siento tanta rabia, tanto odio que no lo puedo soportar, siento nauseas reales, me dan ganas de llorar de pura impotencia y es una situación horrible, así que intento evitarla todo lo posible. He pasado por varias psicólogas pero no ha servido de nada, las dos primeras me dijeron que lo ignorara, la otras dos se rieron  a carcajadas frente a mí, y la última me dijo “bueno, deberías sentirte bien, te están diciendo que eres bonita”. Me dirán exagerada y espero que sea así, ojalá sea yo la única exagerando y ninguna otra mujer de este país se sienta como yo cuando es acosada, porque no se lo deseo a nadie.

        Ahora ya no me callo como cuando era chica, ahora grito, insulto y peleo. Llevo un gas pimienta y voy preparada para repartir golpes. Lo único que quiero es salir de este país, pero dudo tener los recursos económicos para hacerlo algún día. No sé qué hacer, ya no lo soporto, esta no es forma de vivir.

         

         

         

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          Hace años que me olvidé de las faldas, nunca he usado escotes y nunca me he comprado una polera con tiritas. Uso el pelo largo, en parte, porque me cubre el cuerpo. Entre los trece y catorce años, ya medía un metro setenta, razón suficiente para que ya no me vieran como una niña. Soy potona y tengo ojos claros. Ése ha sido el punto de partida de todas las asquerosidades que los “galanes” me dedican. Me dijeron e hicieron tantas cosas en la calle, ustedes se las pueden imaginar.

          Tuve un acosador desde los 17 a los 24 años, un desquiciado de 53 años que me seguía. Pedí ayuda a Carabineros, pero no podían hacer nada. Pedí ayuda a la Fiscalía y tampoco, a menos que él me hubiese amenazado, pero en las cartas que me mandaba no lo hacía. Me decía cuánto me deseaba, me contaba sin ninguna vergüenza que me seguía y que se imaginaba una vida de amor conmigo.

          Un día fui a andar en bici por la ciudad y fue traumático. Es como si al verme encima de la bici se imaginaran que estoy encima de ellos. Casi todos los días quiero ser invisible en la calle, siempre llevo lentes oscuros.

          Cuando termino mis cosas y sobre todo si he tenido un día pesado, me gusta salir a botar las tensiones, hacer deporte. ¿Y saben qué ropa se usa para correr? Ropa apretada, es lo más cómodo, es una lata trotar con buzo y la polera de mi papá. Así no puedo arreglar mi día, no logro relajarme, vuelvo totalmente desmoralizada. ¡Si hasta reverencias me han hecho! Mientras troto sólo pienso “ignóralos, ignóralos, ignóralos”. Mandaré a estampar una polera que diga “puedo ser tu hermana, tu hija, tu mamá, tu prima, tu amiga”, pero ¿daría resultado? Ya me imagino la respuesta: “fea culiá, quién te mira a voh”. O “cómo quiere que no le digan cosas, si mira con los leggings que anda”. “Uy, rebelde, rica, me encantan las minas así”.

          Finalmente, me metí al gimnasio, no salgo más a trotar al aire libre. ¡Me lo quitaron! ¡Me quitaron mi derecho a estar en el parque! ¡Me lo quitaron y ya me habían quitado mi derecho a vestirme como quisiera!

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            Eran cerca de las nueve de la mañana y un auto me siguió hasta mi casa. Jamás me percaté. El auto era del año y el motor era imperceptible. El conductor sacó su mano por la ventana y me agarró el trasero. Yo estaba colgando el teléfono y al sentir el “agarrón” sólo reaccioné a tirar un manotazo al hombre y tirarle un improperio. El auto avanzó, yo me congelé. Corrí hacia mi casa, les conté a mis papás y salimos a buscarlo en auto. Como no dimos con él, volvimos. Para nuestra sorpresa, el muy sin vergüenza había vuelto a pasar por el mismo pasaje donde me atacó.

            Lo seguimos en auto y el tipo se fugó. Transgredió infinitas normas de tránsito. Hasta pasó a llevar un auto. Luego lo perdimos en el camino. Pese a eso, pude gritarle y dejarle claro lo mal parido que era. Mi papá le dio un susto que seguramente jamás olvidará. Por suerte anotamos la patente.

            Tengo rabia aún, pero haber dado con él y haberlo denunciado es un alivio inmenso. No sé cómo habría sido cargar con la impotencia de no haber hecho nada. Yo pude, pero me preocupó saber que en la comisaría dijeran que hay pocas denuncias de estos abusos o acosos, cuando me he enterado por personas del sector y chicas de mi edad que estos ocurren. Chicas, DENUNCIEN, es la única manera de que se hagan cargo de este problema.

            Lo otro, no bajen la guardia. Yo soy una persona terriblemente paranoica. Si salgo, llevo mi gas pimienta, pero esta vez no lo traía, porque nunca imaginé que a esa hora me sucedería algo así. El tipo no era un viejo depravado, era joven de buen aspecto, de no más de treinta. A veces el estereotipo que tenemos de “hombre peligroso” no permite que estemos alerta.

            Ojalá esto les sirva de algo, yo esperaré  la denuncia y seguiré con los trámites.

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              Hoy en la tarde viví en carne propia lo terrible que es el acoso callejero. Me subí a la C22 en Escuela Militar para irme a mi casa. Me senté al lado de una ventana. Un señor de unos 50 años se sentó a mi lado y mirándome con cara de “pervertido loco”, sacó su pene y comenzó a masturbarse. Al principio, no supe cómo reaccionar. Tuve miedo, me sentí impotente. Comencé a llorar. Intenté bajarme, pero el sujeto me tapaba la pasada. Varias personas veían, pero nadie hacía nada ¿Indiferencia? ¿Miedo? No sé. Me sentí sola.
              Empecé a gritar para bajarme de la micro. Estaba asqueada. Con mis gritos, que antes habían ignorado, comenzaron a acercarse. Mi acosador simplemente miró para otro lado como diciendo “no sé qué le pasa, es una cabra loca”.
              Frente a todo esto tengo varias cosas que decir:

              1.- Repudio completamente cualquier tipo de acoso callejero, sea de un hombre, mujer o niño.
              2. Es vergonzoso que varias personas miraran y no hicieran nada.
              3. Es vergonzoso de mi parte no haber tenido el coraje suficiente para denunciarlo.
              4. Aparte de leyes contra el acoso callejero, deberían haber programas que enseñen que está mal hacerlo, desde que son niños. “No enseñen a la mujer a vestirse, enseñen al hombre a no violar”.
              “No quiero tu piropo, quiero tu respeto”
              ¡No más acoso callejero!

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                Desde chica soy muy tímida. Mis hermanas siempre conversaban con mis tíos y tías. A mí en cambio, me costaba interactuar con los demás. Cuando llegué a la adolescencia, era la única de mis amigas que no había tenido pololo ni menos había perdido mi virginidad. Muchas veces me cuestionaba por qué no le parecía atractiva a los hombres. Cuando estaba en cuarto medio, me hice de nuevas amigas, ellas pololeaban y fumaban y yo creía que esa era mi manera de encajar, así que una amiga me llevó con su mamá para ajustar el jumper. Me lo pegaron al cuerpo y lo dejaron muy corto.

                El día lunes fuimos a dar una vuelta con mis nuevas amigas y mi jumper apretado. Me sentía tan fuera de lugar, con tanta pena por mí misma. Logré convencer a mis amigas que se me había roto el jumper y lo cambie por unos pantalones. Esta manera de ser me siguió por siempre. Trataba de esconder mi timidez e iba a fiestas a las que me invitaban. Una noche, alguien me prestó atención y quiso bailar conmigo. Era amigo de mi amiga, me sentía segura de hablar con él. Entonces viví una noche en que él solo quería tocarme la cintura, me decía “cosita” “flaquita” y “rica”. Cuando le conté a mi amiga me dijo que no fuera “exagerada”, que era lo que pasaba entre personas que se gustaban. Y yo pensaba “¿que no dijera mi nombre?”.

                Toda mi vida pensé que había sido algo normal, que todas las mujeres pasábamos por eso. Yo he escuchado muchas veces que a las mujeres las acosan por su manera de vestir, por que andan “provocando”. Hoy sigo siendo muy tímida. Pero cuando estoy en público, en el Metro o en la micro y presencio una situación de acoso, increpo al acosador.

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                  Hace unos días, iba en el Metro a las 7.30 de la mañana. Había poca gente, de hecho nadie empujaba. Pero, había un tipo que me apretaba insistentemente. Él estaba lejos de los pasamanos y mantuvo los brazos abajo todo el camino. Cuando llegamos a la estación Universidad Católica y el tren se detuvo, sentí un fuerte golpe en el hombro derecho y justamente, tengo problemas en esa  parte del cuerpo. No fue un golpe accidental. Uno se da cuenta de eso, porque dejó caer todo su peso sobre mí y enterraba su codo en la parte blanda de mi hombro. Lo encaré, y me respondió “¿y qué tanta huea que te pegue? Soy hombre, tengo derecho a pegarte”. Me asusté, pero estaba tan enojada que volví a enfrentarlo. En ese momento, me empujó y yo, le respondí con otro empujón. Se abalanzó a pegarme y un joven lo detuvo.

                  En la tarde, volví a subirme al metro. En estación Tobalaba, en la hora peak vi a una niña quejándose y con los ojos llorosos. Luego, me di cuenta que un viejo sentado la acosaba y sus dos amigos se reían. Cuando llegamos a Escuela Militar, vi cómo los dos tipos tomaban de las manos a la niña y la sentaban en las piernas. Ahí reaccioné y la ayudé. El hombre dijo frases como “pero si a ella le falta pico y yo tengo de sobra”. Llegamos a Manquehue y ambas nos bajábamos. La tomé del brazo, estaba muy asustada. Una señora los increpó y se quedó con nosotras hasta que llegaron los guardias.

                  En ambos casos, los acosadores creían que tenían derecho a tratarnos así. ¿Hasta cuándo vamos a aguantar que piensen que tienen derecho sobre nosotras?

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                    Iba caminando por afuera de una construcción, cuando un hombre me gritó algo que no distinguí bien. Me devolví y le pregunté  qué me había dicho. Él  abrió los ojos con cara de sorpresa y luego empezó a decir que yo era muy linda y ese tipo de cosas. Le dije que él no tenía el derecho a opinar sobre mí o sobre mi cuerpo y que yo tampoco le había dado la confianza, ni nada.

                    Le dije, ¿le gustaría que un desconocido hiciera eso con su hija, su mamá o hermana? En ese momento se cortó un poco y luego siguió diciendo “pero son palabras bonitas”. Le respondí que no me importaba, que era algo desagradable, que no correspondía y que simplemente no lo hiciera. Él pidió disculpas y agachó la cabeza. Yo seguí mi viaje, contenta de no haberme quedado con la rabia callada.

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                      Fui de carrera a comprar al negocio de la esquina. En ese tiempo tenía 17 años. Estaba con short y no quise cambiarme porque no pensé que mi vestimenta sería motivo de acoso.  Entré al local y había un grupo de vecinos viejos, medio entonados. Uno me empezó a molestar, “qué buenas piernas”, “¿cómo no quieren que les digan cosas y se visten así?”. Eso entre muchas otras cosas,  sonidos con la boca, besos, etc. Me arrepentí de no haberme puesto buzo, me dio mucha rabia, ni siquiera lo miré y salí sin comprar nada.

                      Al par de días encontré a este viejo desatinado en el mismo lugar, pero solo. Lo enfrenté. Le dije, “ya, molésteme ahora, que no están sus amigos borrachos, ya pué, sea hombre y dígame todo a la cara, sin trago de por medio, ¿sabe que yo podría ser su hija? Usted fue compañero de mi tío y conoce a mi familia, ¿qué pasaría si yo cuento todas las estupideces que me dijo?”.

                      Se deshizo en disculpas, alegando que esa vez estaba medio curado y todo eso, lo paré en seco y le dije que jamás me volviera a dirigir la palabra en su vida, que no se atreviera ni a mirarme, que me daba asco y no iba a ver una próxima vez. Así fue, nunca más me habló o miró, y si pasábamos cerca, me rehuía la mirada o cambiaba de dirección.