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    Un día normal, yo caminaba por la calle, eran las once de la mañana. Un tipo en un camión pasó por la calle y me dijo un improperio. Yo me molesté mucho e inmediatamente le saqué el dedo del medio. El tipo se detuvo y me empezó a gritar “qué, ¿a caso quieres que te lo meta?”.

    Entonces caminé lo más lento que pude, para que él avanzara y no me dijera más cosas, pero el tipo retrocedió en plena calle y siguió insistiendo con gritos, invitaciones e insultos. Me sentí pésimo, me quedé ahí en plena calle sin moverme, pudiendo haber arrancado. No sabía qué hacer o qué decir frente a sus palabras.

    Cuando pasó, yo tenía veintidós años, ahora tengo veintinueve. Sin embargo, no se me olvida ese episodio. Mis amigos me dicen que por lo sucedido estoy traumada, pero la verdad es que simplemente odio que las personas crean que tienen ese derecho sobre nuestros cuerpos.

    No acepto comentarios sobre mi cuerpo o mi vestimenta, odio los estúpidos “piropos”. Pero creo que está bien, seguiré así. Cuando ellos le gritan algo a una niña que pasa, yo les discuto, les trato de enseñar que no está bien, que es acoso, que nos molesta, que nos ofende, que invade y violenta nuestro espacio.

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      “Cuando yo sea mayor estaré entrenando a otras chicas, para que los slums (barrios pobres de Kenia) se llenen de super heroínas y no tengamos que tener miedo nunca más” dice Teresa.

      Sarah Achieng, campeona de boxeo de África del Este y Central en la categoría de peso pluma, es miembro del equipo keniano Box Girls. / SEBASTIÁN RUIZ para lanación.cl

      Nairobi es la capital de Kenia, una ciudad pluriétnica y multireligiosa donde convergen la explotación, la pobreza y la violencia, sobre todo hacia la mujer. Insertas en esta realidad machista, un grupo de mujeres ha encontrado en el boxeo una forma de empoderarse y generar lazos en la comunidad.

      De acuerdo expresó al medio escrito La Nación Sara Achieg, campeona de boxeo femenino africana, “las mujeres aquí viven una inseguridad altísima. Hay muchas violaciones y embarazos precoces. Bastantes chicas contraen el VIH a causa de estos abusos”. De acuerdo a datos entregados por el Nairobi Women’s Hospital, cada media hora, una mujer es violada en Kenia.

      Ruth Mumbi, activista y una de las una de las fundadoras de Bunge la Wamama Mashinani (BLWM), expresa para elpaís.com, que “el patriarcado keniano en el gobierno ha dejado un vacío legal que permite la humillación de las mujeres. La tendencia emergente en Kenia de desnudar a las mujeres en público es muy preocupante. A mi modo de ver, el poder masculino castiga a la mujer, degradándola y robándole la dignidad”.

      Jean Atieno, o Sonko como la conocen, una mujer de 26 años que boxea desde los 19, es la profesora de un grupo de niñas kenianas de 13 años. Su lema es ‘Chicas fuertes, comunidades seguras’. Explica que “No nos referimos a luchadoras. Somos boxeadoras, no belicosas, y si luchamos es para defendernos, no para pelear porque sí”.

      Gracias a este proyecto de boxeo, las chicas son capaces de defenderse frente a agresiones físicas y adquirir confianza ante una serie de situaciones diversas. Además de las clases de defensa también reciben charlas sobre sus derechos y adquieren valores hacia la comunidad.

      Teresa, de 13 años, es campeona en esta disciplina, y expresa que más allá de lo que pase con su carrera de boxeadora, le interesa mejorar su entorno.  “Cuando yo sea mayor estaré entrenando a otras chicas, para que los slums (barrios pobres de Kenia) se llenen de super heroínas y no tengamos que tener miedo nunca más” dice Teresa.

      Encuentra la crónica completa  aquí.

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        Me encontraba en Manquehue esperando a mi polola, que venía de Providencia, eran las cinco de la mañana. Estaba sentada en un paradero y en eso paró un taxista, me dijo: ¿qué hace acá tan tarde y sola, señorita? Tenga cuidado, que la pueden asaltar. Yo le dije que sabía y que estaba esperando a una amiga para irme a casa con ella. Me preguntó que a dónde iba y yo le dije que a Los Dominicos.

        Él se ofreció a llevarnos, pero yo le expliqué que mi “amiga” llegaba en un buen rato, él dijo que no era problema, así que esperamos. Mi polola llegó y nos subimos al taxi, que en vez de subir por Apoquindo, siguió por Las Condes. Yo pensé que se metería por Padre Hurtado, pero seguimos por varias cuadras más arriba, hasta que nos habíamos pasado de cualquier salida o conexión lógica hacia nuestro destino.

        Yo le dije que se fuera por tal calle, pero no me hizo caso, estábamos casi en Cantagallo. Él nos preguntó si nos molestaba que se bajara a hacer pipí, yo ahí ya noté algo extraño. Le dije, sin embargo, que no había problema. Se metió en un callejón pero había mucha luz y dijo que a esa hora andaban muchos pacos y le podían poner problemas. Nos metimos a otro callejón y el tipo dejó el auto estacionado. 

        Cuando volvió, abrió la puerta de atrás y nos explicó que se le bloqueaba la puerta de adelante. Yo cerré la puerta que había abierto y abrí yo misma la delantera. Él nos dijo, “tranquilas si nos les voy a hacer nada”. Yo y mi polola estábamos peleadas, entonces no habíamos hablado nada en todo el camino, ni entre nosotras ni al taxista.

        El taxista se subió por adelante y vi que se había sacado lo pantalones, entonces nos dijo: ay, ay, ay, ¡ahora sí, señoritas!”, y yo le dije “ay, ay, ay, qué conchetumadre”. Inmediatamente con mi polola le empezamos a pegar al tipo. Yo le empecé a pegar combos en la cara, mientras ella le pagaba combos a la ventana y patadas al asiento. Traté de abrir las puertas pero no podía. El tipo solo nos gritaba que paráramos.

        Entonces le dije que abriera la puerta o le íbamos a reventar el taxi. Él se empezó a desesperar, tenía toda la cara rota, abrió el seguro. Mi polola se bajó corriendo y yo también, entonces el tipo aceleró y casi me atropelló. Se fue arrancando. No alcanzamos a anotar la patente ni nada. 

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          Hace varios meses, cuando aún no conocía el trabajo del OCAC, empecé a tomar consciencia del acoso callejero.  Me puse a pensar sobre todas las veces que me había visto en una situación incómoda debido al comentario de un extraño, mi poca confianza al salir a la calle durante el verano y mi tendencia casi automática de evitar pasar cerca de los hombres en la calle.

          Este tema me daba muchas vueltas en la cabeza y cada vez que me decían otra cosa en la calle, me sentía más indignada, más frustrada por sentir que no podía hacer nada. Nunca le había contestado a nadie un “piropo”, sólo caminaba más rápido y trataba de alejarme lo antes posible del hombre que lo hubiese hecho.  Me daba miedo enfrentarlo, me daba vergüenza, sentía que quizás yo no tenía razón. Pero de todas formas la indignación y frustración seguían ahí, molestándome, dándome a entender que no estaba bien sentirme así, que había que hacer algo.

          Todo esto terminó un día en que yo iba saliendo de mi casa para ir a una tocata punk. El punto es importante, porque gracias al evento al que asistía, iba con la disposición mental de enfrentarme violentamente (pero de forma amistosa, como se hace en estas situaciones) en un “mosh”, con muchas personas a empujones y patadas. Además me sentía la chica más ruda del barrio porque para la ocasión -y para proteger mis pies y hombros- me había puesto una chaqueta de cuero y unos bototos militares. Según yo, con esa pinta nadie se iba a atrever a acercarse siquiera, sentía que hasta parecía hombre.

          Sin embargo, la situación desagradable no se hizo esperar. Iba caminando a pisotones, acumulando energía para el mosh, cuando un taxista me grita, en luz roja “¡Mijita rica, venga para acá que me la quiero llevar para la casa!”. Seguí caminando enojada, con mi reacción de siempre de alejarme rápidamente, pero el tipo seguía gritándome cosas, que cada vez me enojaban más y más.

          ¿Por qué hasta vestida casi como hombre me seguían gritando cosas? ¿Por qué aún si mi apariencia y lenguaje corporal indicaban a todas luces que no quería nada con nadie, se seguían metiendo conmigo? La impotencia que sentía y la frustración terminaron por detonar la energía que venía acumulando para ir a pegar patadas, por lo que me acerqué con mi peor cara de “te voy a sacar la chucha” y a pasos gigantes al taxista, metí la mano por la ventanilla y lo agarré por el cuello de la camisa, mientras le grité toda clase de cosas, entre ellas, que por qué me andaba  faltando el respeto. Que si no tenía hijas, madre o hermanas, que por qué andaba molestando a las mujeres.

          El tipo sólo levantaba las manos hacia atrás y me miraba con una cara de sorpresa, como si creyera que las mujeres somos incapaces de demostrar emociones humanas. Y mientras más le gritaba, más frustrada me sentía porque algo dentro de mí me decía que eso no iba a servir de nada, que el tipo no iba a dejar de ser como era y un sinfín de inseguridades. Finalmente, lo solté, no sin antes gritarle otro par más de cosas y pegarle un par de buenas patadas a la puerta del taxi. “Ahora sí que no me va a molestar más”, pensaba en mi interior. Pero una vez que estuve de nuevo en la vereda, el tipo siguió gritándome cosas, ahora mezclando las palabras “loca” y “fea”, mientras se alejaba en su taxi.

          Quedé tiritando de la rabia y la adrenalina. Si mi cuerpo hubiese sido capaz, habría salido corriendo detrás del tipo a seguir pegándole. No podía creer que aún después de todo lo que le había dicho, después de haber sido físicamente agresiva con él, había seguido gritándome tonteras. Sentía una impotencia demasiado abrumadora. Ni siquiera amenazando y golpeando a estos tipos se iban a dejarse de molestar. Creo que nunca me había sentido tan enojada y frustrada como en ese momento.

          De este hecho en adelante, a cada acoso respondía con violencia, con gritos, garabatos, golpes y empujones, agarrándolos de la ropa para -creía yo- intimidarlos. La frustración e impotencia que me provocaba saber que probablemente no iban a reaccionar de todos modos me hacía ser más agresiva. Sentía pura rabia. Luego, por suerte, me encontré con la página del OCAC en facebook. Pude darme cuenta de que no era, ni de lejos, la única persona que se sentía así. Leí los testimonios, aprendí varias cosas y entendí que mi reacción violenta era hasta peligrosa. No recomiendo a nadie que reaccione así. En retrospectiva, me di cuenta de que me había expuesto a muchas situaciones peligrosas. Después de todo, los hombres por lo general son más grandes y fuertes y si se enojan lo suficiente como para llegar a lo físico te pueden hacer mucho daño.

          En conclusión, me di cuenta de que estaba en todo mi derecho de enojarme por cómo me trataban los hombres en la calle. Me di cuenta también de que la violencia nunca es la respuesta. Hoy le pregunto al acosador “¿por qué me dijiste eso?” o “¿por qué hiciste eso?”, que son preguntas que los descolocan mucho más que la reacción física, porque uno está cuestionando sus principios, y así no quedo tampoco como la histérica loca.

          No hay que ceder. El cambio se puede, la gente se tiene que dar cuenta. No quiero que nadie más tenga que sentir frente a estas situaciones la misma impotencia. Apoyemos a los demás, hagámosles ver que sentirse mal con el cuerpo no está bien. Hagamos ver que no somos adornos, que no aguantaremos que nos falten el respeto, que lo que hacen es profundamente ofensivo.

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            Se ha hablado mucho de que somos culpables, por cómo “andamos vestidas”.

            Ese día iba con unos pitillos, mis zapatillas ultra “carretiadas” y una polera cualquiera (pabilo o con mangas, pero ese día hacía calor). Siempre que salgo voy escuchando música, para no escuchar las bocinas de los idiotas y los típicos “guachita rica”, que no quiero ni necesito escuchar. Ese día justo no iba con audífonos. Iba camino a la casa de mi pololo que vive como a cuatro cuadras de la mía. Cuando iba a mitad de camino, se acercó un tipo de unos cuarenta años que me dijo “mijita, te lo metería todo”. Sentí tanta impotencia y rabia que sin dudarlo me di vuelta y lo encaré diciéndole “VIEJO CULIAO ASQUEROSO, PUEDO SER TU HIJA O TU NIETA HUEÓN; NO TE DA VERGÜENZA? QUE ASCO HUEON”. Me miró sorprendido, casi asustado, se dio media vuelta y se fue. Me sentí tan bien por no haberme quedado callada con el asco y rabia dentro.  Sentí que nadie me iba a volver a acosar nunca más porque desde ese día comencé a defenderme. Desde los trece años que sufro de acoso, pero ya no me callo más.

             

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              Era un día de verano en la noche, venía de entrenar (soy luchadora de Max lucha libre) y tenía que tomar el colectivo al frente del lugar donde entrenaba. Estaba tranquila, escuchando música, esperando que pasara locomoción. Cabe destacar que iba en tenida deportiva, sin maquillaje. De atractiva nada. Entonces, pasó un tipo cerca mío y me dio un agarrón. Por un segundo me quedé helada, pero como venía con la adrenalina a mil por haber estado entrenando, me di vuelta y le pegué un cornete, al tiempo que le dije “ENFERMO DE MIERDA”. Mientras el tipo se agarraba la boca, justo pasó un colectivo. Lo hice parar y me fui a casa. Hasta ahora, nunca había hablado de lo sucedido, pero quiero compartir mi historia porque siento que puede ayudar a alguna mujer a la hora de reaccionar frente a estos tipos de violencia.

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                Iba camino a mi trabajo, con una camisa a rayas suelta y que me tapa el trasero, unos pantalones de tela y mis botines con taco. En la escalera mecánica, adelanté a un hombre  (de unos cuarenta y tantos) y pasé por el lado suyo. Yo iba con mis audífonos, pero con la música apagada. Al pasar junto a él, me dijo: “shhh, mmmh, cosita rica, uy amor”, de una forma tan asquerosa. Alcancé a subir dos peldaños, cuando no pude contener la rabia y es asco, así que decidí encararlo. Le dije “ordinario, qué te creís”. A lo que él me dijo “y qué tanto si estai entera buena”. En eso llegué arriba de la escalera y me detuve para encararlo nuevamente, increpándolo, le dije que era un ordinario. Entonces él se puso choro. Me asusté, pero no bajé los hombros y me puse firme, con la rabia que tenía le di un palmazo en la cabeza. Él me empezó a insultar, entonces me puse a gritar y  llamar al personal del Metro, él se fue corriendo como un bandido.

                Luego me lo topé en la micro y cuando se bajó y desde abajo me gritó fuerte “MARACA”. Luego de haber vivido esa experiencia tan desagradable, yo me pregunto, más encima ¿maraca? ¿por defenderme y no dejar que me insultara? Basta ya se abusos, yo no tengo un gran físico no soy una modelo ni nada, soy rellenita con todo lo que dios me dio, jamás ando provocando tampoco, pero me encantaría poder caminar como quisiera en público sin tener que soportar que me invadan o me digan groserías.

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                  El día de hoy marcó un antes y un después en mi vida, en el sentido de vivir en carne propia el acoso y el abuso sexual callejero.

                  Iba en micro camino a mi universidad y al bajarme para hacer conexión al intermodal, un asqueroso descaradamente metió su mano en mis partes íntimas, en mi trasero. Sin siquiera pensar qué es lo que debía hacer en ese momento, reaccioné con rabia, con impotencia, pero sin miedo. Lo agarré de su ropa y lo empujé contra la micro, le grité el rosario entero -cuando digo entero, es que ¡entero!- en la cara, pegándole manotazos y lo que saliera en el momento, volviéndolo a empujar cada vez que se quería arrancar. Desde lejos, escuchaba que una niña menor que yo decía que él también venía “molestándola”. ¿Molestándola?, ¡acosándola! Eso es lo que hizo ese cerdo.

                  Pasaron unos 30 segundos, yo lo increpaba e intentaba detener, porque se quería arrancar. Pero estaba completamente sola. Estaba rodeada de tanta gente pero nadie me ayudó, nadie me apoyó, todos miraban como si fuera una función de circo. Eso terminó cuando, con la misma rabia que me permitió tener la fuerza para retener al acosador, le grité a las personas que me ayudaran, que qué hacían ahí parados mirando, que no podía retenerlo sola. Fue en ese momento cuando recién se acercaron tres hombres para detener al tipejo. Por fin pude soltar a ese asqueroso que había abusado de mí, de mi intimidad, de mi integridad, de mí como mujer, como persona. Los guardias del lugar me preguntaron si iba a poner constancia en Carabineros, mientras el sujeto me pedía perdón, que tenía que ir al trabajo y bla, bla, bla.

                  Tenía dos opciones: irme a la universidad a dar mi prueba (que en realidad con los nervios ya no podría rendir) o perder toda la mañana en denunciar algo que sabía que de poco serviría, pues lo soltarían al tiro. Entonces escogí denunciarlo, para que al menos no pudiera llegar a su trabajo, quedara en sus antecedentes y pasara un mal momento en la detención. Para que, al querer hacerle de nuevo eso a una niña o mujer, se acordara de mí. Para terminar, le revisaron los antecedentes y resultó que tenía una orden de detención pendiente y quedó detenido. Por mi parte, Carabineros me informó que ahora las tocaciones en vía pública sí son abuso sexual, por lo que lo más probable es que me llamaran a declarar ante un juicio oral.

                  Espero que este día no se le olvidé nunca más y que no sólo se haya llevado los golpes que le dí, o quizá el despido de su trabajo, sino que una lección de vida. Yo creo que nunca se esperó una reacción así de mi parte. Los acosadores nunca esperan que uno reaccione, ¡y es por eso que siguen tocando, acosando, abusando de nosotras!

                  Si pudiera poner un nombre a este día sería ¡YA NO MÁS! Desde hoy, ya no más silencio, no más miedo a enfrentar a los acosadores. Pero para ello necesitamos la ayuda de todas y todos. Visibilicemos lo grave que es esta situación ¡YA NO MAS ACOSO NI ABUSO SEXUAL CALLEJERO!

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                    Así fue, un día transitando por el metro. Estaba haciendo la combinación en Tobalaba, cuando siento una respiración en la nuca y de pronto una voz lasciva que me dice:

                    – Mmmmmh… qué no te haría, mi amor.

                    Me di vuelta en seguida, indignada, para encontrarme con un hombre que podría haber sido mi padre, pero desaseado, asqueroso… repulsivo. Me dio tanta rabia… y con este nuevo sentimiento de empoderamiento, decidí responderle. Así, de forma cordial, pero transmitiendo mi enojo, le dije:

                    – Señor, ¿por qué no me deja caminar tranquila mejor?

                    El hombre me miró confundido, luego indignado y después con una mirada burlesca me dijo:

                    – Te estaba diciendo que te cuidaras. Que te cuidaras de mí, por ejemplo.

                    Su respuesta me dejó atónita. No pude decir más que “sí, claro”, y dejarlo pasar. Ni siquiera decirle algo de forma respetuosa lo hizo pensar que lo que hacía no tenía justificación. Todo ese sentimiento de valor desapareció al mero instante en que su mirada burlesca apareció.

                    Unas mujeres de mi edad -alrededor de los 20 años- se me acercaron para preguntarme qué había pasado. Me dijeron que el viejo asqueroso estaba pegado detrás mí hace rato, escaneándome con la mirada. El hecho de que ellas se acercaran a hablar un rato, me hizo sentir fuerte de nuevo. No tengo por qué dejar de defender mi derecho de transitar tranquila. Quizás ellas me escucharon y quizás algún hombre también me escuchó. Espero algún día me pidan disculpas en vez de ofenderse y contestarme estupideces.

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                      Iba caminando hacia mi hogar por la calle Matucana, un domingo en la tarde. Voy caminando tranquilamente, feliz, cuando veo que en la siguiente cuadra un viejo se da vuelta y se queda mirando babosamente a una curvilínea colombiana que pasa por su lado.

                      Seguí caminando. Alcanzo a este viejo y, cuando paso por su lado, me queda mirando. Recuerdo esa cara y me da asco. Una cara que no era para dejarla pasar y hacerse la hueona. “¡Qué mirai tanto, pobre hueón!”, le dije. “Qué te pasa, ¡enferma!”, me dijo el viejo, medio balbuceando, cuando yo ya estaba un poco más lejos. Lo único que atiné fue a gritarle de vuelta un “pobre hueón”.

                      En fin, yo me pregunto qué tan mal está esta sociedad patriarcal, que lo “enfermo” es que una mina de 20 se defienda de los dichos de un viejo de 40, y que sea aceptable andar expresando sus deseos sexuales a desconocidas que pasan por la calle. ¿Esos viejos culiaos tendrán su ego tal alto que pensarán que ese deseo es recíproco y por eso te dicen hueás? No sé, pobres y tristes hueones es lo que les digo, cuando puedo.

                      Lo rescatable es que después de gritarle a ese viejo, sentí toda la choreza camino a mi casa, ja, ja já. Así que ya saben, lo único que hacen acosando en las calles es DAR PENA Y VERGÜENZA AJENA. Yo los dejaré en vergüenza cada vez que pueda, a ver si paran de alguna manera.