sola

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    Al crecer, nos enseñan la manera de “evitar” ciertos acosos en la calle, pero nadie le enseña a los acosadores a no acosar.

    Desde los 12 años mi experiencia con los acosadores en las calles se ha hecho presente.

    Caminaba al preuniversitario, un día sábado a las 8:00 am. Viña del Mar estaba casi desierto. Cruzaba la calle, y un auto se detuvo a mi lado, con dos hombres de unos cuarenta años, mirándome fijo. Caminé rápido, con el corazón a mil por hora. El copiloto bajó el vidrio y me dijo con voz amenazante: “Oye guachita súbete”. Temblorosa, comencé a correr mientras el auto avanzaba a mi lado. Llegué al semáforo y para mi mala suerte, estaba en rojo peatonal. El hombre abrió la puerta del auto y dijo que si no me subía, la iba a pasar mal. Miré para otro lado y mis lágrimas empezaron a caer. Se rieron. Me sentí el ser más inferior del mundo. Se aprovechaban de mi vulnerabilidad y yo no podía hacer nada. El semáforo cambió y seguí corriendo. Me siguieron tocando la bocina hasta llegar al Preu.

    Gracias a Dios que no pasó a mayores. La verdad es que sentí tanto miedo que no sé lo que hubiera hecho si hubiera tratado de meterme al auto. Han pasado dos años desde que pasó y aún me tiemblan las manos al escribirlo.

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      Era un día de verano perfecto para usar vestidos y zapatos con tacos. Me dirigía al departamento de mi amiga a una comida. Por supuesto, tomé una micro. Mientras caminaba, mis oídos se hacían sordos ante silbidos o cualquier tipo de piropo. Al bajarme en la calle “La Palmilla” de Dorsal para ir al condominio de mi amiga, escuché una moto pasar en dirección contraria. Doblé en la cuadra  siguiente y sentí un calor en mi pierna y un roce por detrás. Era la rueda de una moto. Me di vuelta aterrada y vi a dos jóvenes adolescentes “flaites”, ambos con casco en una moto scooter roja y polera rayada. Acto seguido, me levantaron el vestido a la fuerza  y me tocaron el trasero. En shock, les dije “qué les pasa, hueones”. Retrocedieron rápidamente y me gritaron los improperios más sucios que había escuchado en mi vida.

      Estaba tan asustada que no podía gritar. Sentía escalofríos en todo mi cuerpo, me sentía sola. Nadie me ayudó en el momento, ni siquiera un hombre que pasaba por la vereda del frente y que se quedó mirando con cara de deseo. Me sentía sucia. Emprendí camino y otra vez sentí el ruido de la moto. Eran ellos: de nuevo me gritaron y arrancaron. No había caso. Tomé otra calle para perderlos. Traté de llamar a Carabineros pero nunca contestaron. Pensé en ir a la PDI que estaba cruzando la Avenida Dorsal, pero no podía caminar por la angustia, rabia, pena y miedo a encontrarme con ellos u otros acosadores.

      Fui a la casa de una conocida a buscar ayuda. Me dejó entrar y me dio un vaso de agua. Le conté, y me dijo que los acosadores vivían a un par de cuadras de distancia, pero que no sacaba nada denunciándolos porque ni Carabineros ni la PDI podían hacer algo. Desilusionada, esperé un rato y me fui a mi casa. Llamé a mi amiga para decirle que no iría a su casa porque me habían acosado. Estaba aterrada, me sentía vulnerada y violada. No respetaron mi metro cuadrado. Jamás le conté  a mi madre lo sucedido y hasta el día de hoy no sabe. Desde aquél día, nunca más salí con vestido a la calle.

      Lamentablemente, he vuelto a vivir el acoso callejero: hace poco me rosaron con la mano en Avenida Recoleta. Ha pasado tantas veces, que trato de no salir a la calle, porque no hay ninguna ley que ampare nuestros derechos como mujer, ninguna que los encarcele. ¿Quién cuida a las mujeres que somos prácticamente violadas psicológicamente?

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        Esto pasó hace poco. Iba volviendo de la casa de una amiga a pie. Yo vivo en Ñuñoa, calle Los Cerezos con Eduardo Castillo Velasco. Era de noche, las 22 horas. Como siempre iba mirando hacia atrás cada diez segundos para ver si no me sigue nadie. Cuando faltaban dos cuadras para mi casa, vi a alguien caminando a mi ritmo y mirándome en la vereda de enfrente. Estaba con capucha rosada o naranja (no se veía bien de noche), chaqueta negra y jeans, un metro setenta y algo, era flaco.

        Me daba vuelta mientras caminaba cada vez más rápido y el tipo me seguía desde la otra vereda. Me apuré más hasta llegar al frente de mi casa, saqué las llaves rápido, pero él ya estaba detrás mío. Pasó todo muy rápido, el tipo me agarró un seno con fuerza y salió corriendo. Yo me quedé ahí helada, qué sacaba con gritar. Abrí el portón de mi pasaje y entré.

        Ya sabíamos con mi familia de un caso similar, quizás en manos del mismo enfermo que andaba por el sector atacando a mujeres que andaban solas. Yo no salí dañada físicamente, pero el miedo es algo que siempre quedará. Esto no me pasó por usar ropa provocativa ni andar en exceso arreglada, simplemente me pasó por ser mujer.

        Pensaba en cambiarme de barrio, pero esto es algo que pasa en todos lados. Me hubiera gustado haber podido inmovilizarlo, haberle mirado el rostro. Haber gritado, haber hecho algo al respecto. El no poder hacer nada aún me desespera, me da rabia, impotencia. Por eso les dejo mi testimonio, además de hacer la denuncia a Carabineros.

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          Sucedió cuando tenía dieciocho años. Salí de mi casa para juntarme con una amiga, íbamos a una fiesta. Caminaba por mi población cuando de pronto se cortó la luz, así que me puse transitar por el medio de la calle, porque había perros por las veredas y el sector no era muy concurrido. Cuando estaba a punto de llegar a mi destino sentí que venían dos bicicletas detrás de mi, pero no llamaron mi atención hasta que comenzaron a rodearme mientras caminaba. Daban vueltas en círculo mientras yo tomaba con firmeza mi cartera, porque no quería que me robaran las cosas que llevaba, luego empecé a sentir miedo al pensar en lo que me podía pasar. Pese a ello seguí caminando, hasta que uno de los tipos pasó a mi lado y me agarró el trasero, luego de eso, partieron.

          Eran unos cabros, lo sé por su pinta, y lo más probable es que ni siquiera fueran ladrones, porque sino hubieran aprovechado la oportunidad de soledad y la falta de luz para robarme. Pero en vez de asaltarme me agarraron el poto porque podían, porque ahí estaba yo, una chica sola y un cuerpo a su disposición.

          Para ellos pudo ser un chiste más, pero yo siento tanta rabia cuando lo recuerdo, que no soporto que digan que los hombres hacen este tipo de cosas porque es su naturaleza. ¿De verdad es natural ver a una niña sola y aprovecharse de ella sólo porque es mujer? Yo creo que no.

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            Cuando iba en cuarto medio, entré a uno de los tantos preuniversitarios de Santiago Centro. Era sábado en la mañana, las clases que estaba recuperando ya se habían acabado y en vez de tomar el metro en Santa Lucía, como siempre lo hacía, decidí caminar hacia Moneda. Así me topé con mi agresor. Estaba parado pidiendo plata frente a la puerta de madera de la iglesia San Francisco, la que da a la Alameda. Conforme avanzaba hacia él, sentía cómo me miraba, cómo me iba cerrando el paso, al estar parado frente a mí con la vista fija, supe que no iba sólo a gritarme una sarta de palabras sobre lo grande que eran mis pechos o lo mucho que le gustaría chuparme “la conchita”, como ya me habían dicho otras veces.

            Empecé a asustarme, a mirar si iba alguien más atrás mío, si la gente que iba adelante escucharía si yo gritaba, si alguien me podía ayudar en caso de que pasara algo. Cuando llegué frente a él fue como si todo pasara en cámara lenta, vi cómo extendía su mano con fuerza y decisión hacia la parte delantera de mi pantalón (hacia mi vulva), cómo su cara depravada miraba mi busto, lo vi y sentí miedo porque en el fondo sabía que si llegaba a tocarme no me iba a dejar ir fácilmente. Por suerte en esa época practicaba karate y pude bloquear su ataque de manera casi automática y salir corriendo. Nadie me ayudó, nadie se volvió cuando del susto di un gritito, no había nadie atrás mío y quienes iban delante (quiero creer) no escucharon nada.

            Cuando llegué a mi casa y conté lo que me había sucedido, nadie dijo nada, nadie culpó al agresor, no lo vieron como algo terrible y peligroso. Si bien esto pasó hace ya cinco años, me marcó mucho. Todavía evito pasar frente a esa iglesia si voy sola. Desde ese momento desconfío el triple de lo normal de los indigentes y de quienes piden dinero o se ven ebrios y siento un rechazo hacia toda persona que se acerque demasiado o que me mire mucho.

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              Mi mañana comenzó muy normal. Era 11 de septiembre por lo que casi todas las universidades estaban cerradas, claro a excepción de la mía. La mañana estaba muy helada y la calle prácticamente desierta, no había ningún universitario cerca, solo una que otra persona que se me cruzaba en el camino. A tres cuadras de mi universidad vi un sujeto haciendo pipi en un árbol, miré hacia otro lado y reduje mi paso para que terminara antes de que yo pasara, pero él seguía parado ahí.

              Cuando pasé a su lado, el sujeto se dio vuelta y me mostró toda su cosa sacudiéndola. Junto con ello me dijo algo, pero de nervios no recuerdo nada. Comencé a a caminar más rápido y a rogar porque no me siguiera pero el loco comenzó a caminar atrás de mi y a decirme que lo disculpara y que “esas cosas pasaban”, desde adentro con todo el temor del mundo saqué algo de voz para gritarle con tono irónico: “claro poh, estas cosas pasan”. Luego de eso corrí a mi universidad, llegué con los ojos empapados y más nerviosa que nunca. Definitivamente lo más aterrador fue sentir que no tenía a nadie que me pudiese socorrer.

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                Esto pasó cuando tenía 20 años. Una noche, como a las nueve, iba caminando hacia mi casa y, como nunca, no presté atención al camino. Iba concentrada en la música que iba escuchando. En dirección contraria a mí, venía un tipo de aproximadamente 30 años, no más que eso. Cuando pasa por el lado mío, me agarra el trasero e inmediatamente se pone a reír. Nunca me había sucedido algo así, no supe cómo actuar.

                En ese momento pensé o sigo caminando o me devuelvo y le pego. El hecho de que el tipo se pusiera a reír me dio tanta rabia que me devolví. Lo agarré de la mochila que llevaba puesta y comencé a pegarle manotazos y combos. Gracias a Dios el tipo no fue agresivo y con la adrenalina del momento tampoco me puse a pensar en las consecuencias que podía tener mi actuar. El tipo solo decía discúlpame, discúlpame y no atinaba a nada más. Después de tanto pegarle y gritar se acercó un hombre que venía por la misma calle . Al contarle lo que había
                pasado, me ayudó a pegarle.

                Me dan asco estos hombres, que creen que por ser mujeres no podemos defendernos.

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                  Un día me vine caminando a mi casa, después de una clase de conducir. Era una distancia muy corta. Me meto a la villa en la que vivo y pasa un tipo en auto y me grita: “MIJITA TE LO METERÍA TODO”. Quedé plop, como que no sabía qué hacer. Seguí caminando y el descarado me empezó a seguir en el auto. Me gritó otra ordinariez más. Me asusté y no sabía qué hacer. Iba casi corriendo a mi casa. No había gente en la calle. Me puse a llorar mientras caminaba.

                  Llamé a mi pololo, llorando, contándole que un tipo me seguía en su auto y me dijo que llamara a mi mamá para que me fuera a buscar. La llamo y mi mamá llegó con una crisis de nervios llego. Ya casi iba llegando a mi casa y el hueón aún me seguía. Mi mamá reacciono como cualquier mamá y qué no le  dijo.

                  Quede con una crisis de nervios. Me tuve que tomar un tranquilizante para relajarme y estuve más de cuatro meses asustada. Si iba a algún lado me tenían que ir a buscar o a dejar, por si me pasaba de nuevo.

                   

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