street harasment

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    Tengo 20 años y soy de La Florida. Hace dos meses, comencé a ir al gimnasio, que queda a unos 15 minutos de mi casa. Por horario, solo puedo ir de 8 a 10 de la noche. Jamás me vestí con ropa apretada al cuerpo ni nada por el estilo, ya que quería sentirme cómoda haciendo deporte.

    El día lunes, como de costumbre, salí de mi casa al gimnasio. Andaba con calzas y un polerón muy ancho. No se me marcaba nada. Iba tranquila caminando, me faltaba una cuadra y media para llegar, cuando vi el camión de la basura. Pensé que algunos de esos trabajadores eran muy confianzudos, pero tampoco quise generalizar. Finalmente, dejé de pensar tonteras y seguí hacia mi destino, cuando de repente se acercó uno de los basureros y me miró. Mejor dicho, casi me desnudó con la mirada. Me sentí terriblemente desnuda. Pensé que lo mejor era ignorarlo e irme rápido al gimnasio, cuando apareció otro basurero y me hizo el típico sonido “tssts” para llamar mi atención. Nuevamente, caminé mucho más rápido, hasta que un tercer basurero, de unos 50 años, se me acercó, mucho más confianzudo, se paró frentea  mí y me dijo, “hola, cosita ¿cómo estás?’’. Yo me paralicé. No es normal que alguien se acerque y me salude tan cariñosamente sin conocerme y en ese tono tan “califa”. Decidí ignorarlo. Sin embargo, no se apartaba de mí, luego hizo un gesto llamando a los otros dos que me habían mirado y hecho sonidos para molestarme. Mientras se acercaban, mi desesperación crecía. No sabía qué hacer, no reaccionaba. Veía que la gente pasaba, pero se hacía a un lado. Al final, me armé de fuerzas y grité con todo lo que tenía. Les dije de todo: que si él estaba consciente de que yo podía ser su hija o hasta su nieta y que si no le daba vergüenza. Y su respuesta fue reírse. Me sentí humillada. La gente solo pasaba rápidamente por nuestro lado. Me fui con el amargo sabor de haber sido intimidada. Fue la peor experiencia. Solo espero no volver a encontrarme con ellos, porque ni siquiera tengo el consuelo de que la gente me podría ayudar.

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      Eran más o menos las ocho de la noche, un día de verano. Había luz. Estaba trabajando y fui a comprar unas bebidas. Cuando iba llegando a la Copec, tres tipos que podían ser mis papás empezaron a gritarme “rica, te pasaste”. Aplaudían y decían estupideces. Entré a la tienda y compré con mucha rabia, pensando por qué hay gente que hace esas cosas, cuál es la estupidez en sus cabezas que los hace actuar así. Decidí que si dejaba la situación así, no estaría haciendo ningún cambio. Salí y, por suerte, había una patrulla cerca. Les expliqué la situación a los carabineros y fuimos a encararlos. Cuando llegamos, quedaba solo un tipo y su única excusa y defensa básica durante toda la conversación fue decir “yo no fui el único que le gritó”. Como si eso lo legitimara o lo hiciera más inocente. En fin, me tuvo que pedir disculpas públicas y dar sus datos y se notó que pasó una vergüenza horrible. Me consta que la próxima vez lo pensará dos veces.

      Le conté lo sucedido a muchos amigos hombres y me dijeron que era una exagerada. Pero ellos no saben lo que vivimos y la lucha que llevamos por exigir el respeto que merecemos. Por favor nunca callen y alcen siempre su voz por nuestra causa.

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        Hace unas dos semanas, salí a pasear en choche con mi bebé de cinco meses, por una plaza cercana, aprovechando los últimos días de sol. Caminaba tranquilamente, sin percatarme de que a unos metros, en una banca de la plaza, había dos hombres enfermos de borrachos. Cuando me acerqué, uno de ellos me gritó “mamaciiiiita!” mientras el otro vomitaba a su lado.

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          Iba en Metro y sentado al frente había un tipo de unos 50 años. En primera instancia, no me llamó la atención, pero de pronto noté que se puso a mirar descarada y prolongadamente el trasero de una mujer que se bajó en la estación. Hasta se inclinó por la puerta y luego por la ventana para seguir mirándola. Me dio rabia, no avalo el acoso callejero en ninguna de sus formas y sentí que debía hacer algo. Él se dio cuenta de que lo miré con reprobación y noté que le incomodó. Por eso quise probar algo y lo seguí mirando, fijamente y con cara de pocos amigos.

          Evito mirar fijo a la gente. Me incomoda y lo encuentro de mala educación. Hasta violento, pero quise darle a este tipo una dosis de su propia medicina. Así que lo miré, mucho, fijo, enojada e insistente. Lo maravilloso fue que el tipo se sintió incómodo, se movía en su asiento, desviaba la vista, miraba de reojo. Hasta que no aguantó más y se paró, dándome la espalda y volteándose de vez en cuando para comprobar que yo seguía ahí, invisible y fastidiosa. Por supuesto, no desistí en mi experimento y por dentro reía por lo que estaba pasando. A él le gustaba mirar, pero no ser mirado. El cazador se vio cazado. Cuando nos bajamos en la combinación, lo perdí de vista. Espero que mi intento de educación pasiva-agresiva haya servido para que el tipo se ponga en los zapatos de las mujeres que acosa. En cuanto a mí, salí sonriendo del Metro, sintiendo que ante el acoso callejero tod@s podemos hacer algo.

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            Nunca he asumido esto como un trauma, quizá está en mi inconsciente, quizá no. Quizá marcó una parte de mi personalidad o de mi conducta sexual, no sé. Es fuerte leerlo ahora, pero al menos es para dejar mi testimonio.

            Tenía siete años. Todo era juego con los amigos de la cuadra, todas las tardes nos reuníamos, un grupo de ocho, a jugar al luche, a la pinta, a la escondida. Entre ellos había un niño que ya no era tan niño, de unos  14 años. Yo era tan pequeña que no sé qué edad tenía, pero por su conducta quizás era un púber. No sé qué le dio al chico conmigo, no sé qué podía ver en mí si yo era una niña que ni siquiera se desarrollaba aún. El tema es que me seguía.

            Jugando al luche, se ponía detrás mío para manosearme y tocarme el trasero. Un día fui a bañarme a la piscina de una amiguita que vivía al frente y él estaba ahí. Yo andaba con unas calzas cortas, gastadas, con hoyitos en la costura. Al bañarnos, estaba todo el tiempo pegado a mí. Metía su mano debajo, intentando meter su dedo meñique por uno de los hoyitos que daba justo a mi vagina. Yo le pedía que parara, porque me dolía lo que hacía. “Pero si es rico”, decía él. Me obligaba a darle besos con lengua y a sentarme arriba de él,  sobajeándome mis partes íntimas con sus piernas. Yo no entendía nada, nunca en mi vida había escuchado ese tipo de cosas, nunca había tenido interés con la sexualidad.

            Un día, vino a buscarme a mi casa. Le dijo a mi abuelita que me invitaba a su casa, que tenía unos juegos nuevos. Yo, entusiasmada e inocente, dije sí y mi abuelita accedió sin saber lo que pasaría.  Me llevó a su casa, jugamos un rato y luego me invitó a subir a su pieza, yo vi los juegos y le pregunte por ellos, él me dijo “sí sí, pero después”. Entonces me preguntó si sabía lo que era hacer el amor. Obviamente, respondí que no. Dijo que se hacía poniéndome arriba de él y moviéndome, que si lo quería intentar, yo respondí que no. Luego, dijo “mira, yo te enseño” y con ropa, se subió arriba mío y se balanceó un par de veces. Quizá aburrido de que yo no entendiera, cambió de propuesta. Me preguntó, “¿sabes qué es el sexo oral?”. Contesté que no. Se bajó los pantalones, tomó mi mano y me chupó un dedo. “Así es, pero aquí”, dijo señalando su pene. Insistió en que lo hiciera. Aunque era inocente, no quería hacerlo. No recuerdo cómo salí de su casa.

            Hoy me pregunto, ¿qué habrá sido de él? ¿Estará enfermo de la cabeza? ¿Habrá estado enfermo a esas alturas? ¿Qué sucedía en su mente al querer vulnerar a una niña tan pequeña que ni siquiera le podía entregar lo que él quería, siendo tan joven?

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              Hace unos meses estaba llegando a mi casa del preuniversitario. Iba despreocupada, no me iba a pasar nada a dos cuadras de mi casa. Un ciclista pasó por mi lado, haciéndome señas y ruidos que no quiero recordar. Se bajó los pantalones y se masturbó ahí mismo para que yo lo mirara. Me congelé por un rato y después le grité. El tipo se fue riendo.

              Me sentí violada, tocada hasta lo imposible, sucia, culpable. Cuando le conté a una amiga ella se río, los vecinos que me vieron dijeron que con una terapia estaría todo bien, que daba lo mismo. Aún me siento sucia y con miedo cuando veo hombres en bicicleta. Mi amiga todavía lo encuentra chistoso. ¿Hasta cuándo, por la chucha, vamos a tener que sentirnos mal por estar en la calle?

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                Al leer lo que muchas escriben, es inevitable recordar las veces que me ha sucedido. Tengo veintinueve años y lo que me pasó una vez, hace que tome precauciones incluso quince años después.

                Venía del colegio, sola. Esperaba la micro a la vuelta del portón de salida y un viejo (yo tenía trece y el jetón unos 50) me preguntó la hora. Le dije que no usaba reloj. Empezó a preguntarme por el colegio y luego, cuando vino la micro, se subió detrás de mí, me empujó a un asiento al lado de la ventana y se sentó, “bloqueando la salida con un bolso”. No atiné a nada, ni a gritar. Me siguió hablando y tocando durante el tramo a mi casa, que era de unos veinte minutos, ¡muy, muy largos en ese momento!

                Cuando vi que me acercaba a mi casa, sólo dije “me bajo”, casi sin voz. No me dejaba salir y me decía “sigue un rato conmigo, vamos, si vivo cerca”. Casi llorando y respirando muy rápido moví la cabeza diciendo “no”. El mierda sacó la mochila y me dejó salir, me dio un agarrón en la pierna y me tiró un beso. Me bajé aterrada, llorando.

                Me obligué a tranquilizarme antes de llegar a mi casa. Nunca lo conté, hasta el día de hoy. Después de eso, empezó el pánico a andar sola o usar ropa vieja y ancha. Me costó mucho no sentir miedo en la calle.

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                  Hoy, viernes 5 de junio, estaba en una cafetería de Patronato con una amiga, sentada con vista hacia la entrada del local. Un hombre de gran contextura entró y, sin comprar nada, cargando una mochila que parecía de viaje, pasó de largo hacia el fondo, aprovechando en el camino de guiñarme un ojo, lanzarme un beso y pasar la lengua por sus labios, mientras me miraba con una cara que yo creo que varias (sino todas) conocemos.

                  El hombre iba a pasar de largo y le pedí, con voz firme, pero amable, que me pidiera disculpas. Él, muy sonriente, se hizo el desentendido. Cuando dije en voz alta el gesto que hizo, se acercó más a mi asiento -aún sonriendo- y dijo que no había hecho nada. Le insistí, que si me podía pedir disculpas por lo que hizo, y dijo “muy bien, señorita, discúlpeme”. Yo le dije gracias y que siguiera su camino. No parecía tener intenciones de retirarse de una distancia poco apropiada de mi puesto.

                  Regañó y le pedí que siguiera caminando. El hombre siguió su camino hacia el final del local, mientras me amenazaba con que no le hablara así (o no le hiciera ‘ese show’, no recuerdo bien), porque a la gente que lo trataba así, él les metía un balazo. “Si quiero te mato”, repitió un par de veces.

                  Nerviosa, con su presencia a mis espaldas, me puse de pie y fui al mesón a informar a los dueños de la situación, esperando que llamaran a Carabineros. No tuve tiempo de hacer la petición, a penas alcancé a decir que tenía un problema con un cliente, el hombre se encaminó al mesón subiendo la voz -aún sonriente-, y simulando estar calmado, diciendo que a él nadie lo trataba así, que yo lo estaba humillando, que lo había echado del local y que era una falta de respeto, cada vez subiendo más el tono.

                  Le dije “yo no lo eché, no le estoy gritando, no me grite”, pero era evidente que no escuchaba. La mujer que atendía la caja le pedía que se calmara, pero él sólo me miraba fijo a los ojos, volviendo a amenazarme con balazos e incluso con que tenía un bate y me mataría a batazos.

                  El hombre terminó por salir del local, me seguía amenazando y desde fuera miraba mientras caminaba. Con mi amiga quedamos tan asustadas, petrificadas, que no pudimos salir del café en un buen rato (más de dos horas), temiendo que me estuviera esperando afuera. Finalmente, mi papá nos fue a buscar en auto.

                  Después de lo ocurrido, se nos acercó un hombre mayor y una mujer adulta, su hija, a preguntar sobre el altercado y decir que estaban a punto de intervenir, pero más allá de eso, nadie lo hizo, a pesar de haber bastantes personas en el local. Ni siquiera el dueño dijo una palabra, mientras un hombre de estatura y contextura mucho mayor a la mía me amenazaba con matarme frente a ellos.

                  Agradezco que no me pasara nada a mí ni a ninguno de los presentes, pero me impresiona que por pedir respeto, por pedir amablemente disculpas, haya sido amenazada de muerte. Y sé que no todas las mujeres reaccionan (ni tienen por qué reaccionar) con tanta ‘tranquilidad’. Me da terror pensar en todos los casos de acoso que terminan en muerte porque una no les acepta sus gestos obscenos con la cabeza gacha como si nos hicieran un favor, como si una simplemente existiera para y por ellos.

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                    Estoy harta.  Estoy harta de que todos los días al salir de mi casa, un tipo me grite cosas o haga gestos obscenos. Siempre me mantengo firme, con la cabeza en alto, porque cuando el tipo me grita algo asqueroso, lo miro fijamente a los ojos y es increíble cómo se desmorona y baja la mirada, con mucho miedo. O cuando respondo sarcásticamente, es divertido porque no se lo esperan.

                    Antes sentía miedo, me sentía vulnerable, me ponía nerviosa cuando caminaba por donde había muchos hombres. Pero ya no. Estoy harta. Llegué al punto en que no siento absolutamente nada cuando me gritan cosas.

                    ¿Hasta cuando va a seguir esto?, ¿cómo es posible que me tenga que acostumbrar a estas situaciones? ¡Ya es el colmo! Perdón la cólera, pero me da rabia y pena inmensa cuando leo los testimonios. ¿Cómo es posible que una persona ajena a ti, que nunca en tu puta vida has visto, te deje tan marcada?

                    Estoy harta.

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                      Hoy en la tarde viví en carne propia lo terrible que es el acoso callejero. Me subí a la C22 en Escuela Militar para irme a mi casa. Me senté al lado de una ventana. Un señor de unos 50 años se sentó a mi lado y mirándome con cara de “pervertido loco”, sacó su pene y comenzó a masturbarse. Al principio, no supe cómo reaccionar. Tuve miedo, me sentí impotente. Comencé a llorar. Intenté bajarme, pero el sujeto me tapaba la pasada. Varias personas veían, pero nadie hacía nada ¿Indiferencia? ¿Miedo? No sé. Me sentí sola.
                      Empecé a gritar para bajarme de la micro. Estaba asqueada. Con mis gritos, que antes habían ignorado, comenzaron a acercarse. Mi acosador simplemente miró para otro lado como diciendo “no sé qué le pasa, es una cabra loca”.
                      Frente a todo esto tengo varias cosas que decir:

                      1.- Repudio completamente cualquier tipo de acoso callejero, sea de un hombre, mujer o niño.
                      2. Es vergonzoso que varias personas miraran y no hicieran nada.
                      3. Es vergonzoso de mi parte no haber tenido el coraje suficiente para denunciarlo.
                      4. Aparte de leyes contra el acoso callejero, deberían haber programas que enseñen que está mal hacerlo, desde que son niños. “No enseñen a la mujer a vestirse, enseñen al hombre a no violar”.
                      “No quiero tu piropo, quiero tu respeto”
                      ¡No más acoso callejero!