testimonio

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    La situación que más me marcó fue a los 15 años cuando salí de mi casa a tomar la micro para ir al colegio. Al llegar a la esquina, veo a un hombre que a plena luz del día se estaba masturbando mientras me miraba pasar. Quedé paralizada, nunca había visto tal escena, no supe qué hacer. Lo único que atiné fue a no mirarlo y seguir caminando lo más rápido posible.

    Para mi mala suerte, esta misma escena, con ese mismo sujeto, la tuve que presenciar casi todos los días por un tiempo. Nunca supe si sabía a la hora que yo salía de mi casa en las mañanas, pero supongo que sí, porque por varios meses tuve que enfrentarme a esa horrible situación. Nunca lo conté y no tenía con quién irme a esa hora, por lo que siempre pase por ahí sola. Ahora pienso que me hubiese gustado mucho tener la valentía y determinación que tengo ahora para enfrentar este tipo de situaciones, pero más me hubiese gustado que nunca pasara, ni a mi ni a ninguna otra adolescente.

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      Mi mamá varias veces me relató esta historia, siendo yo muy pequeño y hasta bien grande.
      Iba ella con mi papá (cuando aún eran pololos) por una de las calles de Chillán cuando tres tipos, conductores de locomoción colectiva, se les cruzaron. Apenas pasaron en sentido contrario, uno de ellos le da un agarrón. Ella le cuenta a mi padre, él que se da vuelta y los encara y ellos responden con golpes y amenazas. Entre ambos (mi papá y mi mamá, armada de su cartera con un gran frasco de colonia en su interior, que acababa de comprar) los hacen huir.

      Ella siempre terminaba la historia diciendo “menos mal que iba con tu papá” y en mi interior, con rabia y pena pienso que desearía vivir en un país donde no fuera necesario que las mujeres anduvieran acompañadas de un hombre para sentirse seguras.

      Hoy tengo una hija y sigo pensando lo mismo, quiero que pueda ir donde quiera, a la hora que quiera y vestida como quiera. Quiero que viva su vida feliz y sin miedo.

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        En 2016, en la micro que tomo en el metro San Pablo hacia mi casa, observé a un hombre bastante mayor que hacía movimientos extraño con los brazos y tapaba sus manos con unos diarios que tenía sobre las piernas. No le di importancia, me bajé y él siguió en la micro. Días después lo volví a ver y pasó lo mismo. Normalmente, cuando llego a mi destino, ya se ha bajado la mayoría de la gente de la micro. Ahí es cuando el tipo siempre comenzaba a mirarme asquerosamente. Me di cuenta que se masturbaba debajo de esos diarios y un bolso que usaba. Me angustié demasiado así que no le conté a nadie. No podía dormir.

        Le hablé a un primo que es Carabinero. Me dijo que podía llamar anónimamente y que podían hacer parar la micro, que tratara de sacar foto o algo o decirle a alguien que me ayudara, pero le dije que no me atrevía, que a lo mejor no me creían. Pasó el tiempo y me puse a estudiar en la noche así que no lo volví a ver hasta este año. Hemos coincidido en la micro. No sé qué hacer. Una vez simulé que le estaba sacando fotos y se cohibió. Este mes dos veces lo miré fijamente y al darse cuenta que lo miraba, se bajó de la micro mucho antes de mi parada. No tengo pruebas, pero estoy muy angustiada y estoy sufriendo de ansiedades. No le puedo contar a nadie y estoy pensando en pararle los carros al viejo asqueroso y mentirle que lo tengo grabado. No se por qué nadie más se da cuenta o el viejo solo lo hace conmigo cuando se queda solo y yo estoy a punto de bajarme.

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          Todo sucedió cuando yo tenía 16 años mientras caminaba del colegio a mi casa. Admito que en ese tiempo todavía creía que las mujeres tenían un cierto grado de culpa en una situación de acoso, ya que “ellas provocan”.
          Mi pensamiento cambió ese día. Nunca pensé que me iban a gritar algo porque yo no era femenina: usaba ropa muy ancha y no tengo curvas.
          Cerca del colegio estaban construyendo casas y, obvio, andaban maestros por el sector. Me percaté que les gritaban cosas a chicas que iban delante mío ya que usaban falda o el buzo muy ajustado. Y me tocó a mí: una niña con un buzo mega ancho. No puedo recordar lo que me dijeron, sólo recuerdo el sentimiento de rabia e impotencia. Llegué a mi casa, con enojo. Me hicieron sentir mal.
          Las mujeres y niñas NO provocamos. Finalmente da igual lo que te pongas porque te van a gritar “washitah rica”, “tan solita que anda” u “hola mi amor” con una mirada lasciva.

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            Venía de regreso de una marcha un sábado. Decidí tomar la micro en vez de metro, justo fuera de estación República. Cuando tomé la micro que estaba llena, me fui hacia la parte de atrás para ir un poco mas cómoda. Mientras caminaba hacia el final de la micro, sentí un roce en mi trasero. Pensé en no darle importancia, pero volví a sentir el mismo roce. Ahí me di cuenta que no había sido algo tan simple: me di vuelta y vi a un viejo sentado que me estaba mirando mientras se reía. Lo encaré y le pregunté que qué le pasaba, por qué me estaba tocando. “Loca culia” fue lo que más me dijo. Seguí avanzando hacia el final de la micro. Nadie se metió en la discusión, sólo se quedaron mirando, como siempre. Sentía una impotencia tan grande, tenía tanta rabia que no aguantaba las lagrimas, mientras él seguía gritando cosas. Yo solo quería llegar rápido a mi casa. El viejo se acercó a la puerta del medio de la micro para bajarse a la altura de Universidad de Santiago y me gritó: “¡no le des tanto color que sino te vai’ a quedar sola!”. Me tiró un beso y se bajó. Después se me acercó a una mujer a preguntarme si estaba bien. Le respondí que no servía de nada preguntar una vez que el agresor ya se había  ido. Me bajé en el próximo paradero para tomar la siguiente micro a mi casa.

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              Tenía 16 años, era muy delgada y no atraía a mucha gente. Mis amigas ya tenían pololos y yo ni siquiera había dado un beso. Sufría acoso escolar por parte de mis compañeras ya que tenía una apariencia poco habitual, me sentía muy insegura. Un día, una amiga me dijo que para llamar la atención debía ajustar mi jumper. Al principio me pareció mal, pero sentía que quería encajar. Fuimos a la casa de su tía y esta me lo dejó corto y apretado. El primer día salí a la calle y recibí toda aquella atención que nunca había tenido. Llamé la atención de un tipo y quiso salir conmigo, insistía en tocarme la cintura o decirme cosas como que estaba rica. Me sentía muy mal, pero sentía que debía encajar.

              A medida que pasaban los días, comencé a sentir los ojos amenazantes de muchos hombres, algunos de la edad de mi papá. Eso me volviós insegura y aún más tímida. Me volví muy torpe y comencé a taparme nuevamente con kilos de ropa. Estuve años atrapada en mis pensamientos de lo que era correcto llevar o no. Si la ropa realmente te hacía ver atractiva, si estaba bien escuchar “halagos” de esa índole tan… inadecuados.

              Hoy soy una persona segura que incluso defiende a niñas que están siendo acosadas a vista y paciencia de otros adultos, quienes se sienten con la obligación de decirte algo desagradable. Entendí y viví, esta experiencia y creo que me hizo ser la persona que soy.

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                A los 12 años, paseaba en bicicleta con una amiga por el parque y se nos ocurrió subir un poco el cerro. En eso, sale un viejo entre los árboles masturbándose, mirándonos y riéndose. Nosotras, asustadas, nos subimos a la bicicleta y nos tiramos para abajo lo más rápido posible. Nos dio miedo, nos pusimos nerviosas, nos caímos. A mi amiga se le rompió el manubrio. Nos sentimos vulneradas.

                No lo contamos en nuestras casas, por miedo a que no nos dejaran seguir saliendo. No subimos en meses al cerro.

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                  Hace un par de años fui a estudiar a la universidad, así que tuve que vivir sola, caminar sola, moverme por la ciudad sola. De chica, me incomodó mucho pasar cerca de muchos hombres ya que siempre me miraban y gritaban cosas. Con el tiempo fui superando eso y ya no sólo me incomodaba, sino que también me daba rabia; con cualquier ropa alguien podía decir algo.

                  Entre varias malas experiencias, hubo una que me asustó más que las demás. Salí de mi casa un día de primavera con una falda y una blusa que me encantaba. Mi pololo me sugirió ponerme pantalón o algo así para que no me sintiera mal en la calle, ya que podían decirme algo. Yo no quise, hacia calor y me encantaba esa ropa. Cuando salí de la casa, di dos pasos y un tipo en un auto comenzó a gritarme de todo. Casi se salía por la ventana del auto, mirándome y gritándome las cosas sexuales que haría conmigo. Habían varios autos, y muchas personas pasaron por mi lado. Caminé media cuadra con él siguiéndome al paso, hasta que acercó el auto a mi y se estacionó. Ahora me gritaba y me miraba de frente. Todos vieron y nadie le dijo algo. Yo le gritaba también que dejará de acosarme, que era un pervertido, que era mi cuerpo, etc. Estaba aterrada y con tanta rabia, no se cómo me atreví a pegar una patada en su auto y salir corriendo. Corrí unas cuadras y no pude más, solo me senté en la vereda mientras lloraba desconsolada, con mucho miedo. Me habían pasado situaciones incómodas en el centro o en otros lugares, pero el que fuera al salir de mi casa y que nadie fuera capaz de decir algo, me hizo sentir insegura y culpable.

                  Hoy, escribo a las 02.00 de la madrugada porque desperté con una pesadilla de esa situación que viví. Son tantas las situaciones de ese tipo que pasamos desde niñas, que cuando sé que tendré que andar sola, tengo pesadillas horribles mientras duermo. Son cosas que a veces parecen tan normales para los demás, pero que una no la dejan ni dormir.

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                    Esto sucedió el año pasado, estaba a punto de salir de la universidad y estaba llena de sueños y esperanzas. Tenía un grupo de amigas con las cuales elaboré un proyecto que definiría mi futuro y habíamos escogido a un profesor de la universidad para que nos guiara. Yo tenía problemas con un ramo y este profesor se ofreció a ayudarme a pasarlo sin problemas. Yo lo consideraba como alguien ejemplar, al ser preocupado de sus alumnos, e incluso lo consideré como una amistad más, alguien en quien podía confiar.

                    Pasó el tiempo y aprobé el ramo que tanto me costaba. Estaba muy contenta y se lo conté a mi profesor y él se alegró mucho por mis logros. Pero la felicidad duraría hasta ahí. Un día hablé con mi profesor porque estaba preocupada por el proyecto, no habían fondos y mis amigas parecían no tener interés en continuarlo. Esperé comprensión y apoyo de su parte, pero en lugar de eso me dijo: “Envíame fotos tuyas si quieres lograr tu proyecto”. Me sentí helada y con mucho miedo, no entendía nada de la situación. ¿Qué tenía que ver mi cuerpo con el proyecto? No supe que hacer, así que le envié las fotos porque pensé que me dejaría tranquila si lo hacía.

                    Esa noche dormí mal, me sentí horrible y con mucho miedo, lo peor es que tendría que seguir viendo a este profesor y me sentí tan mal que no fui capaz de decirle a nadie. Pasó el tiempo y todo parecía estar normal, hasta que mi profesor me volvió a acosar. Sin embargo, saqué la voz y le dije que no iba a tolerar más sus acosos, él rió y dijo: “Bueno, ándate a la chucha con tu proyecto, pendeja culiá”. Lo denuncié a Carabineros y fue encontrado culpable, ya que tenía fotos mías y de otras chicas en su computador. Yo saqué mi proyecto y ahora soy muy feliz.

                    Me quedé callada porque tenía miedo y fui juzgada duramente por eso. Incluso mucha gente me responsabilizó de la situación, pero a veces es muy difícil hablar de esto. Si ustedes conocen a alguien que esté pasando por esta situación, no la juzguen, ofrezcan cariño y ayuda.

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                      Yo vivo en Copiapó desde hace 5 años, anteriormente vivía en Santiago. Llegué a esta ciudad por temas académicos y si bien me gusta este lugar, desde que llegué aquí he sentido una gran cantidad de acoso callejero. Esto va desde que me digan improperios hasta que me muestren una película pornográfica a través de un celular. Lo que me pasó ayer, 25 de agosto del 2016, es lo que me saturó, y de verdad creo que hay que hacer algo con respecto a este tema.

                      Iba caminando desde la feria hacia mi casa, eran alrededor de las 12 del día y miraba hacia abajo, ya que me molestaba el sol. Cerca mío escucho a alguien toser, por lo que reaccioné a mirar. Cuando levanté un poco la cabeza, me di cuenta que era un hombre que me estaba mostrando su pene. Dejé de mirar, solo continué mi camino mirando hacia abajo y le respondí gritando unos improperios. Él no reaccionó, no dijo nada solo se quedo ahí, oculto.

                      Este tipo de situaciones me dan mucha rabia y me hacen sentir desprotegida, porque tengo claro que si hubiera llamado a Carabineros, esto hubiera quedado en nada.