testimonio

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    A mí me pasó vivir la ineptitud de carabineros, a los 12 años. Estaba con mi hermana de 14 años. Era una mañana de verano, ambas estábamos en la casa solas, hacía calor y vestíamos pijama ligero. Nos despertó el timbre que sonaba y sonaba. Yo no salí a abrir la puerta. Pasados unos 10 minutos,  entraron a la casa unos cuatro sujetos a robar. Con mi hermana nos escondimos en la pieza del fondo
    y llamamos a carabineros. Veinte minutos después, llegaron y los “flaites” alcanzaron a arrancar antes de encontrarnos en la pieza con mi hermana.

    Sin duda fue una experiencia extrema y cuando llegó carabineros, quisimos sentirnos protegidas, pero mientras ellos tomaban nuestro testimonio, no dejaron de mirarnos de forma libidinosa. De hecho, habían terminado de tomar nuestros datos, ya no decían nada pero se quedaron ahí, mirándonos, “desnudándonos” con sus miradas. En ese momento nos sentimos de nuevo vulnerables y temimos por nuestra integridad. Este tipo de experiencia de sentir temor en vez de protección y seguridad de parte de carabineros, se ha reiterado en muchas otras experiencias similares en mi vida.

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      Soy una joven de 18 años. Cuando iba destino a mi trabajo, la micro iba demasiado llena. Al lado mío se encontraba un hombre metalero que, al verlo, me dio mala espina. Yo iba con vestido, cosa que nunca me pongo. Era la primera vez que lo usaba. El tipo iba muy pegado a mí, lo empujaba con mi codo para que no estuviera cerca mío. Cuando me iba a bajar, el hueón degenerado me tocó mi parte íntima. Lo único que atiné fue a putiarlo. ¡Había tanta gente y ninguna persona pudo ayudarme! Desde ese día que ya no me atrevo a ponerme un vestido.

      Llegué llorando a mi trabajo, ¡me sentía sucia! Qué chucha tienen los minos en la cabeza. Hasta dónde llegará la morbosidad y depravación.

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        Hace unos años, volvía a mi casa en bicicleta, era pleno día de verano. Iba feliz pedaleando. Entré por unas calles menos transitadas y me di cuenta de que un motociclista venía detras mío. No le di importancia, supuse que me iba a adelantar. Pero no. Se acercó a mí y -sorprendentemente hábil- pasó su mano por mi pecho, dándome un agarrón. Luego siguió de largo como si fuese algo muy natural para él. Sólo atiné a gritarle todo lo que se me vino a la mente.

        Aunque nunca dejé de pedalear, me sentía congelada. Totalmente asustada. Traté de llegar lo más rápido a mi casa y recién ahí pude llorar un poco. No salí de mi casa en dos días. Estaba muy asustada,
        pero por sobre todo con una rabia inmensa, una impotencia. ¡¡Cómo era posible que un desconocido se tomara ese tipo de licencias con mi cuerpo!! Hasta hoy recuerdo el evento como si fuera ayer y me sigue dando mucha rabia.

         

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          Un día me vine caminando a mi casa, después de una clase de conducir. Era una distancia muy corta. Me meto a la villa en la que vivo y pasa un tipo en auto y me grita: “MIJITA TE LO METERÍA TODO”. Quedé plop, como que no sabía qué hacer. Seguí caminando y el descarado me empezó a seguir en el auto. Me gritó otra ordinariez más. Me asusté y no sabía qué hacer. Iba casi corriendo a mi casa. No había gente en la calle. Me puse a llorar mientras caminaba.

          Llamé a mi pololo, llorando, contándole que un tipo me seguía en su auto y me dijo que llamara a mi mamá para que me fuera a buscar. La llamo y mi mamá llegó con una crisis de nervios llego. Ya casi iba llegando a mi casa y el hueón aún me seguía. Mi mamá reacciono como cualquier mamá y qué no le  dijo.

          Quede con una crisis de nervios. Me tuve que tomar un tranquilizante para relajarme y estuve más de cuatro meses asustada. Si iba a algún lado me tenían que ir a buscar o a dejar, por si me pasaba de nuevo.

           

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            Fue un lunes por la mañana, como a eso de las diez. Tomé la micro para irme a la U y me senté en el tercer asiento, justo en la mitad de la micro, del lado de la ventana. Pasado un rato, se sentó a mi lado un señor, se veía muy normal, debió tener unos 40 años, no más que eso. Yo iba escuchando música y mirando hacia afuera. De pronto empecé a sentir unos codazos en el brazo, pensé que el tipo estaba sacándose algo del bolsillo y no le di importancia, pero se repetían mucho, me volteé a mirar y se estaba masturbando al lado mío. Me quedé congelada, sentí mucho miedo. ¡¡La micro iba llena!!

            Todos los asientos al rededor estaban ocupados, yo solo quería que todo eso terminara. Pasaron como cinco minutos eternos y entonces la micro se detuvo. Él se acomodó el paquete, se limpió los dedos en el respaldo del asiento de enfrente y se bajó muerto de la risa, corriendo. Yo me bajé en el siguiente paradero. Estaba aterrada, miré a todos en la micro y NADIE SE INMUTÓ. Me bajé llorando y tiritando, me senté en la plaza de Viña y ahí me percaté que tenía toda la pierna derecha moqueada. No andaba ni con confort, así que tuve que limpiarme la cochinada con el morral.

            Sentí rabia, asco, frustración, impotencia y mucho miedo. Una a veces escucha estas historias y piensa “me pasa eso, le saco la chucha al tipo, grito, le doy un combo en los cocos”, pero en ciertas ocasiones estas cosas te pillan de sorpresa y te hacen sentir vulnerable como una niña y recuerdas todas los traumas, los punteos, los acosos callejeros desde que te empezaron a crecer las tetas -y desde antes- y cómo hombres como estos se encargaron de cagarte la mente. Y te congelas, así de simple.

            Era la primera vez que algo así me pasaba, no supe qué hacer ni cómo pedir ayuda. Y sé que no es mi culpa y que no soy una tonta por no haber reaccionado a tiempo. Las que han pasado por algo así entenderán cómo trabaja en nosotras el miedo frente a ese tipo de violencia.

            Ese día llegué a la U y entré a clases como si nada hubiese pasado, me limpié en el baño con toda la dignidad del mundo y me prometí que jamás me permitiría volver a pasar por algo así de nuevo, no solo por mí, sino por mi hija, porque sé que por mucho esfuerzo que haga, siempre estará latente el
            peligro de encontrarse con UN HIJO SANO DEL PATRIARCADO, porque ese hueón no
            estaba enfermo y como él hay muchos.

             

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              Cuando tenía doce años, viajaba en micro desde colegio a mi casa. El recorrido no demoraba más de quince minutos, casi siempre lo hacía con una compañera que vivía cerca. Un día subimos a una micro que iba muy llena. Yo había quedado en la parte de la escalera y apenas podía sujetarme. Recuerdo que iba mucha gente en la misma situación, todos apretados y apretadas. En algún momento del viaje, sentí un líquido entre mis piernas, el que también alcanzó a mi amiga. Era extraña la situación, y una señora que iba sentada nos pasó pañuelos desechables para limpiarnos. En mi inocencia de niña, pensé que a alguien se le habría dado vuelta agua o roto un envase de jugo. Sin embargo, cuando llegué a la casa, le comenté a mi mamá sobre lo que me había pasado y, sintiendo el olor del líquido, confirmamos que era semen.

              Recuerdo que estaba mi papá también; estábamos sorprendidos, pero sobre todo, enojados por lo que me había pasado. Yo me asusté mucho, sentí rabia e impotencia por ese sujeto que se aprovechó de nosotras. No lograba -ni aún logro- comprender cómo alguien se siente con el derecho de abusar, de violentar a una persona de esa forma. De unas niñas, de apenas doce años. Tampoco entiendo cómo las personas que estaban ahí hicieron nada. Qué habrá pasado por las mentes de las personas que se dieron cuenta de lo que pasó, por la mente de la señora que me pasó los pañuelos. Silencio cómplice que naturaliza la violencia.

              Con mi compañera nunca hablamos de lo que nos pasó, pero unos meses después a ella la
              cambiaron de colegio, por lo que no nos volvimos a ver.