testimonio

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    El 30 de Agosto del 2016, cuando me dirigía al Metro después de una junta con una amiga, el nivel de acoso callejero al que (lamentablemente) me veo expuesta a diario, subió de nivel. Esta vez no me acosaron verbalmente, esta vez ME TOCARON y respondí. En esta ocasión mi acosador cruzó los límites de mi reacción y me paralicé. No supe qué hacer, no lo esperaba. Sentí un fuerte golpe en mi trasero y, como si fuera poco, agregó una frase de connotación sexual. Inmediatamente identifiqué a mi agresor huyendo en bicicleta delante de mí, mientras yo analizaba lo ocurrido y le pedía a mi cerebro que me explicara qué había pasado. ¿Por qué siento dolor? ¿Me tocó? ¡ME AGREDIÓ! ¡UN EXTRAÑO ME AGREDIÓ! Y no sólo me acosó, me humilló. Porque yo, teniendo un punto de vista radical y más que firme con respecto a este tipo de situaciones, sentí vergüenza, a pesar de saber que no fue mi culpa, a pesar de que mi grito de furia y llamado de atención aletargado dijera lo contrario. Luego, vino la incontrolable rabia de saber que mi cuerpo dejó de ser mío en esos segundos, dejé de ser persona y fui un objeto a sus ojos, a esos asquerosos ojos.

    Cuando llegué a mi casa, aún me dolía el violento golpe, pero a pesar de eso mantuve silencio. Me guardé la rabia, porque sabía que si le contaba a mi mamá, su atención se iría al hecho de que regresé muy tarde. Frustrada y con ganas de no quedarme paralizada (como lo estuve en ese momento) quise escribir y compartir lo que está a continuación:

    Hoy un hombre más se creyó el cuento de la superioridad, se creyó la mentira del machismo, se creyó con derechos sobre mi cuerpo y reprimió mi libertad. Hoy un hombre me acosó manifestando su opinión sobre mi apariencia (que nadie pidió) y se sintió con el derecho a tocarme violentamente al pasar. Pero lo más terrible fue reconocer, luego de la violación a mi espacio personal y privado, su juventud entre la cobardía que dejó el viento de su bicicleta. Es irrefutable que el patriarcado sigue pariendo más acosadores cada día, como hijitos pródigos y violentos de un sistema podrido.

    ¿Qué esperan de las mujeres los acosadores? NADA, porque no esperó a que le hablara, no esperó mi aprobación para acercarse, ni tampoco mi percepción de lo que hizo. Lo único que buscan es reafirmar el poder que la sociedad les ha otorgado sobre el cuerpo femenino. Es por esto que decido publicarlo, porque no podemos normalizarlo más, no puedo llegar y acostarme como si nada. Justificándolo con que era de noche, que mis jeans son apretados, que andaba sola. Hay que entender que no hay justificación y que, como él, hay muchos que andan por la calle y por la vida creyendo y transmitiendo las mentiras que les han hecho creer generaciones de machotes acosadores, abusadores y cobardes. La degeneración no se justifica, se combate.

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      En el momento que viví esta situación tenía aproximadamente 14 años y recién estaba empezando a andar sola por la ciudad. Iba camino a la casa de un ex, alrededor de las 11 de la mañana por calle Moneda con Cumming. Estaba muy nerviosa, porque era temprano y sabía que el barrio no era el mejor. De repente, apareció un grupo de personas entre los que venía un tipo mirándome desde lejos y caminando hacia mi. Caminó, siempre con la vista fija en mi, hasta que llegó y tocó mi entrepierna a la pasada. Me tocó sin mayor remordimiento y me susurró algo al oído que no entendí bien. Luego, siguió caminando como si nada. Quedé en blanco sin saber qué hacer, solo seguí caminando, a punto de llorar. Esto sucedió con muchas personas de testigo, hombres y mujeres, y nadie hizo ni dijo algo. Cuando logré llegar donde mi ex, al ver lo consternada que estaba, él se río en mi cara de lo sucedido. Lo tomó como una broma, cambió el tema y ahí quedó.

      Cinco años después continúo recordando esto. No le he contado a nadie en profundidad, ni siquiera a mi mamá. Cinco años después, comienzo a aprender que esto es considerado como un evento de acoso callejero de tipo traumático; y vaya que tiene sentido. Han pasado muchos años y sigo recordándolo como si fuera ayer: cada vez que salgo sola, cada vez que camino por ese lugar (que evito a toda costa), cada vez que me gritan algo en la calle o, simplemente, cada vez que veo a alguien sospechoso en la calle.

      Por eso les pregunto a los acosadores, ¿en serio creen que hacer estas cosas es subirles el autoestima a las mujeres? No, no nos sube el autoestima. Nos trauma de por vida. Hago el llamado a pensar un poco, a ver más allá y a empatizar con quien está a tu lado.

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        Desbloqueé este recuerdo cuando descubrí que había normalizado las situaciones en las que mi intimidad fue violentada, cuando me empecé a conocer y valorar como mujer. Ese día dejé de culparme por aquello y me di cuenta que el machismo es el único responsable.

        Era domingo, verano y hacía el típico calor infernal de Santiago. Salí con short corto y una polera ajustada, evidentemente buscando capear el calor. Doblé por el pasaje hacia el negocio y venía un tipo moreno, de baja estatura y con cara de no ser del sector. Se paró frente a mi, cortando el camino y me tocó. Tocó mi vagina y siguió caminando, como si nunca me hubiese visto. Con solo 12 años no entendí muy bien lo que pasó, pero sabía que nadie debía tocarme ahí sin mi autorización. Volví a la casa, sin decir nada de lo que pasó, me encerré en la pieza y jugué mucho rato tratando de no pensar. Luego me vestí, o más bien me tapé, como se visten las señoritas “decentes” y desde ese día evité usar short y faldas cuando estuviese sola. Solo acepté nuevamente la ropa linda y ajustada cuando salía con mis papás o con alguien que me brindara seguridad.

        Desde ese día el acoso no se detuvo. Me demoré mucho tiempo en aceptar que me gustara, me tocara. A veces, cuando alguien en el Metro o en la calle se acerca mucho, tengo esa sensación de parálisis que todas sentimos cuando somos vulneradas, pero sé que hoy tengo que defenderme. Hace 12 años no tenía idea, porque normalicé estas situaciones e incluso asentí ante aquellos comentarios de: “Deberías sentirte halagada, eres bonita y a los hombres les gustas”.

        Ya me saqué esa venda de los ojos, pero quedan mis sobrinas, mis futuras hijas, mis amigas y las hijas de mis amigas. Todas en una sociedad que nos sigue culpando por nacer femeninas y coartando la libertad de transitar libre, sin miedo por los espacios que por derecho también nos pertenecen.

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          Iba camino a mi trabajo, como todas las mañanas en el Metro. No estaba tan lleno, de hecho había espacio suficiente para moverse en el vagón. Luego de combinar en Los Héroes, y antes de llegar a Moneda, siento algo extraño. Justo detrás mío había un tipo, vestido con polera oscura, bombachos de estos bien hippies y con un banano hacia su costado derecho. El tipo tenía su pene erecto bajo el bombacho, y lo estaba fregando contra mi trasero. Mi experiencia de vida me ha enseñado a no quedarme callada, por lo que lo enfrenté, a gritos eso sí, para que alguien más me ayudara, por si acaso.

          Le grité: “¿Qué te creís tú? ¿Que puedes estar frotando tu weá erecta en mi trasero?”. Y me respondió: “Yo no estoy haciendo eso, es el banano, mina loca.” Ahí yo le dije: “Hay bastante espacio en el vagón como para que tu “banano” no me esté rozando. Además, con qué cara dices que es tu banano, si se nota que tu mierda está parada bajo tus pantalones.”

          El tipo me decía que no había espacio, que no podía culparlo. Yo estaba con mucha rabia, las demás personas no eran capaces de decir nada. Solo cuando le empecé a gritar garabatos reaccionaron. Le gritaron más cosas al tipo y lo bajaron en Metro La Moneda. Ahí yo ya estaba llorando mucho de rabia y susto. Si hubiese pasado algo más, la gente no hubiese hecho nada. Y mientras me veían llorar, me decían: “Tranquila, si ya lo bajamos. No llores, si ya pasó y se bajó”, “Tenías razón, sí lo tenía erecto, pero ya se bajó, no te preocupes”. Una chica trató de preguntarme por qué lloraba como dos estaciones más allá y una señora le respondió que fue porque me estaban acosando. Pero claro, en el momento esa señora que lo vio todo, no fue capaz de decir nada. Destaco que en ese entonces yo jamás había tenido relaciones sexuales. Este es un pésimo recuerdo y fue una pequeña tranca al momento de iniciar una relación.

          Han pasado ya dos años. Espero que cada vez se vaya creando más conciencia de que uno no puede ser testigo pasivo de estas cosas.

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            Iba en el último asiento de la micro y un viejo muy extraño  se sentó a mi lado. Me sentí demasiado incómoda con su presencia, por lo que me enfoqué en mirar por la ventana aunque pendiente de que no me fuera a hacer algo, ya que las circunstancias eran muy raras. Lamentablemente, es bastante común que en lugares reducidos o con mucha gente corran mano.

            Luego de un rato, volteé mi mirada hacia él y me di cuenta que se estaba masturbando y que no paraba de mirarme. Me puse tan nerviosa que le grité que me dejara pasar para cambiarme de asiento. Él haciendo como que nada pasaba, y sin dejar de masturbarse, tocó el timbre y se bajó de la micro. La gente miró, pero todo fue tan rápido que nadie atinó a hacer algo. Sentí miedo, impotencia y rabia.

            Luego pensé que podría haber hecho mucho más contra él, pero el estado de indefensión en el que me encontraba no me lo permitió (una no anda preparada para estas cosas). Cabe mencionar que era invierno, andaba muy abrigada, vestida con un gran abrigo y sin  nada “provocativo”.  Sentí rabia en el momento, pero no le di más vueltas al asunto. Hoy me doy cuenta de lo que tenemos que aguantar en el día a día: manoseos y piropos obscenos que nos infunden odio y temor.

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              Estaba paseando a mi perrita al frente de mi edificio, cuando vinieron dos ciclistas y me dijeron “que rica esa empanadita te la comería toda” y “te lamería todo ese culito”. Yo con impotencia les respondí “cochinos de mierda vengan a decírmelo a la cara”. Ambos se alejaron, gritándome más groserías de la misma índole. Me sentí tan vulnerable e impotente que me puse a llorar al llegar a mi casa.

              Les relato mi historia, porque sólo quiero que esto se legisle. No quiero que a nadie más le pase este tipo de cosas y que nadie se sienta tan mal como yo me siento ahora.

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                Me encontraba en el departamento de informática de la Universidad de Santiago, ubicado en Estación Central. Estaba sentada junto a otros compañeros de la carrera, conocidos y desconocidos, mientras hablaba por télefono. De pronto, se acerca un compañero que no veía hace tiempo, me saludó y luego pasó por detrás mío. Justo en ese momento, sentí un tirón de mi ropa interior, claramente intencional. Es más, el elastico llegó a golpear mi piel. Me di vuelta y vi como él se alejaba, sonriéndome de forma burlesca.

                Al principio, me cuestioné si mi pantalón no me protegió lo suficiente para haber evitado que se notara la ropa interior. Pero con el pasar de los días (e incluso años), me di cuenta que eso nunca debió haber ocurrido, independiente si mi ropa interior se encontraba visible o no, no era posible tal acto.

                También recordé que ese mismo compañero intentó tocar mis senos camino a la casa de otro compañero. Varios compañeros caminábamos para ir a carretear, yo iba al lado de él hablando, cuando de pronto hace el gesto de tocación. Le tomé la mano y le dije que no. Él respondió diciendo “shh shh”, haciéndolo pasar por algo normal. Incluso sabiendo él que yo estaba pololeando y él conocía a mi pololo de ese entonces.

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                  Hace un par de años, cuando regresaba de la universidad, me encontraba en un paradero de micros donde había mucha gente. En un momento, un hombre de unos 50 años se paró frente a mí en una camioneta. Me parecía muy raro que estuviese tanto tiempo ahí, cuando sentí que me observaba lo miré y se estaba masturbando dentro de su camioneta. Sin saber qué hacer, solo me corrí y advertí a la joven que estaba cerca mío. Al darse cuenta, el hombre arrancó en su camioneta, pero alcancé a anotar su patente.

                  Estaba muy aflijida. Llorando, llamé a mi familia y luego a Carabineros para preguntar qué podía hacer. Simplemente me dijeron que ellos no podían hacer algo, porque esta persona estaba en un vehículo de su trabajo y no de su pertenencia. Yo ya había visto esa camioneta al menos tres veces esa semana, pero la vez que lo sorprendí masturbándose fue la última vez que pisé ese paradero y esa calle. Trato de evitar pasar por ahí para no recordar el episodio, ya que me llena de rabia que los Carabineros no me ayudaran. Espero que con la ley que se está tramitando, esto no pase más. Y que cuando alguien llame a Carabineros, sí puedan investigar, o al menos indagar quién es la persona y dar un poco de tranquilidad a la víctima.

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                    principal testimonios nuevoIba caminando a casa, luego de trotar, cuando un grupo en auto me siguió varias cuadras. Cuando finalmente intenté increparlos, uno de ellos me gritó “quién fuera toalla higiénica pa’ chuparte el choro”. Habían más personas ahí, todos hombres; ninguno hizo algo.

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                      Tengo 22 y creo que he sufrido muchos más acosos que los años que tengo. Me han asaltado tres veces y en mi etapa escolar sufrí a diario miles de punteos

                      En mi etapa escolar sufrí miles de acosos, el más chocante fue en los años que me movilizaba en la hora punta hacia mi liceo. Un viejo verde empezó a tocarme la vagina. Probablemente tenía hijas y nietas. Quedé paralizada y solo atiné a pegarle un codazo y tratar de moverme. En ese momento, el cobarde se movió rápido.

                      Después en la universidad sufrí otro episodio de violencia. Recuerdo que a eso del mediodía iba camino a la micro, pero para llegar al paradero tengo que pasar por una calle solitaria, donde por una cuadra es solo pared y rejas de unas parcelas. Me faltaba la mitad de esa calle y vi que un auto dio la vuelta en U, estacionándose justo frente mío, en una vereda que es muy chica. Escuché que algo me dijeron desde la ventana y al mirar, vi que el huevón se estaba pajeando y gritándome cosas sexuales. Comencé a caminar rápido hacia donde hubiera más gente. Me di vuelta para ver la patente y el tipo empezó a retroceder el auto para seguirme. Ahí tuve que correr hasta llegar a un sitio concurrido, pero el loco volvió a avanzar. Mi miedo y desesperación fue terrible. No sabía qué hacer ni a quién acudir. Llamé a los pacos, pero no hicieron nada. Después de un largo rato, tomé la micro y el huevón seguía ahí.

                      Creo que nunca había relatado todas las cosas que me han pasado, y eso es solo una parte, pero ¿qué se puede hacer? Solo sé que tipos como esos, no lograrán que ande con miedo. Mujeres, somos fuertes, somos más y por eso hay que aprender a defenderse, porque son unos cobardes que se creen superiores a nosotras, pero cuando los enfrentamos se descolocan. Luchemos, no nos rindamos, hermosas mujeres. ¡Luchemos por nuestro respeto!