Testimonios

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    Llegué hace algunos años a mi trabajo actual. Entré reemplazando a una niña en la recepción. Noté que todos los días en la mañana y en la tarde, dos caballeros (bastante mayores, podrían ser mis papás) venían siempre a saludarme de beso. Al principio, cuando llegué, no sentí que fuera malo, pero noté que al estar en la recepción me saludaban todos de pasadita no más, menos ellos dos. Con el tiempo empezaron a tratar de darme besos cuneteados, incluso uno de ellos trataba de tomarme las manos y meterme conversa.

    La situación me tenía chata, hasta que un día les dije que que los saludaría de lejitos no más porque estaba resfriada (mentira, obvio), así que con el tiempo empecé a alejarme de ellos y dejé de saludarlos incluso de lejos. Uno de los hombres se picó y empezó a decir que yo era “tan desagradable”, etc. En ese momento, ni siquiera dimensioné que yo había sido víctima de acoso. A la recepcionista que estuvo antes que yo le pasó lo mismo. Ahora ya no hay una trabajadora sola, siempre hay dos. Ahora, los dos hombres acosadores ya no van a molestar. Yo fui la última recepcionista acosada. Estos hechos ocurrieron el 2015.

    Pero estos dos hombres tienen fama de verdes en la empresa, más allá de lo que me pasó a mí. Se dedican a mirar traseros de las compañeras de trabajo, de mujeres jóvenes. Cuando pasamos, ellos se dan vuelta a mirar. La situación nos tiene súper incómodas. Es molesto, no somos tontas, nos damos cuenta de lo que pasa. Tenemos que siempre andar cuidándonos cuando pasamos cerca. Si usas faldas, es lo mismo, y prácticamente no podemos usar algo con un mínimo de escote.

     

     

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      Me inscribí en el taller de acondicionamiento físico de mi establecimiento educacional. El profesor era un hombre de unos 34 años y nos recibió a todos amablemente, pero a mí me trató, desde el primer momento, como si fuéramos amigos o nos conociéramos de antes. Aclaro que soy la única mujer de 27 años, todas mis compañeras tienen entre 18 y 22 años.

      Al principio no me pareció mal, lo encontré amable, pero a las dos clases que fui no dejaba de mirar mis senos cuando saltaba la cuerda o para “ayudarme” a elongar en posiciones súper incómodas. Además, me ocupaba como “modelo” de todos sus ejercicios, en donde aprovechaba de tocarme la cintura o las piernas.

      Pasaron dos días y me lo encontré en el patio. Me miró de pies a cabeza y me dijo: “¡woow, qué guapa!, la cagaste” y se sentó en mi mesa sin pedir permiso. Me invitó a andar en bicicleta, le dije que no, pero como me negué me ofreció ir a cenar. Nuevamente le dije que no. Me preguntó: “¿entonces vamos por un sándwich?”, respondí que no, gracias. “¿Entonces armamos un asado en mi casa”. Fue tan insistente que se me salió un “yapo, no seas patudo”. Ahí me miró con muy mala cara y me dijo: “mejor porque las mujeres comen y toman mucho”.

      Por culpa de este tipo ya no iré más al taller, porque me da lata verle la cara y aguantar sus miradas. Me pregunto qué pasará con mis otras compañeras que quizá no se atreven a parar a tipos como este.

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        Fue a fines del año pasado. Recuerdo que era un poco tarde para ir a la casa de él, pero quería arreglar nuestros problemas. Era mi amigo, yo tenía 14 años y él 16. Confiaba tanto en él. Al llegar, lo primero que llamó mi atención fue que no escuchaba ni a su mamá, ni a su papá, tampoco a su hermana, siendo que él me dijo que estaría con ellos. Recuerdo bien que después empezó a tomar cerveza, a pedirme perdón reiteradas veces sin una razón concreta. Yo estaba enojada, ya que me mintió al decirme que no estaba solo y al comenzar a tomar y no a dialogar sobre nuestras diferencias. Le dije que me iría, pero cuando abrí la puerta, él la cerró, y me sujetó tan fuerte que dolía. Le pedí que me dejara ir, pero la manera en la que respondió fue peor: me sentó arriba de él y me pidió que me moviera para él. Yo estaba en blanco. Luego, al notar que yo no hacía nada, me quiso soltar el botón de los jeans. Él hizo lo mismo con su buzo, y cuando estuvo a punto de hacerlo, lo empujé y salí corriendo de ahí. Nunca me sentí tan vulnerable, tan asqueada, tan mal. Después de esto no quise callarme, mi familia se enfrentó a él, también por términos legales, pero todo quedó en nada. Y ahora, me cuesta creer y confiar en las personas, no podía esperar algo así de una persona tan cercana e importante para mí.