tocación

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    Estaba esperando la locomoción en Av. La Florida con Walker Martínez, había mucha gente en el paradero y la micro no pasaba hace rato. Estaba usando un pantalón tipo ‘opart’, de esos con rayas blancas y negras, par de tacos altos y una polera negra. El tipo que estaba delante de mí, me dejó pasar primero para subir a la micro y le respondí amablemente con un “gracias”. Nada raro hasta ahí.

    La micro iba llenísima de gente, por lo que quedé en toda la pasada, cuando de repente sentí una palma de mano que pasó por todo mi trasero, llegó a mi entrepierna y me levantó. Fue asqueroso, quedé en shock. Iba con los audífonos puestos y no sabía si eso realmente me había pasado. Me di vuelta y el huevón que me había dejado subir primero a la micro (como de unos 40 años) estaba pasando por detrás mío. ¡Había sido él! Pero estaba tan paralizada que no atiné a hacer algo.

    Me bajé de la micro tiritando y le hablé por Facebook a una persona que en ese entonces era mi amigo. Le dije: “Huevón, me agarraron todo el poto en la micro, me siento muy mal, estoy temblando”. Lo peor fue su increíble y machista respuesta: “Es tu culpa po, para qué te pones esos pantalones, es obvio que eso te iba a pasar”. ¿Cómo puede haber gente así? Me costó mucho sentirme confiada en una micro, sobre todo porque cuando me pasó eso, era menor de edad.

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      Desde que soy muy chica recuerdo acosos, miradas y respiraciones asquerosas de tipos pervertidos. Todos me decían que era una niña tan bonita y que debía ser modelo, pero para mí siempre ha sido una carga mi apariencia física, así que intentaba pasar lo más piola posible usando la ropa menos provocativa que encontraba, y esto hizo que yo fuera muy tímida. A los 8 años, cuando recién empezaba a irme sola del colegio a la casa -ya que era una ciudad chica y me demoraba unos 10 minutos- un hombre de unos 30 años se puso frente a mí y dijo: “Te chuparía todo el sapito”. Yo salí corriendo y con una sensación de asco horrible. A los 12 años, estaba llegando a mi casa sóla y no era muy tarde, pero como era invierno había oscurecido hace poco. Iba un hombre adelante mío y miró hacia atrás; al verme empezó a caminar más lento, así que yo también disminuí la velocidad para no acercarme. Cuando llegué a la puerta de mi casa alcancé a golpear una vez y este tipo me agarró por la espalda y me levantó para llevarme a una zona oscura. Me quedé helada y no supe qué hacer, pero menos mal que mi mamá abrió la puerta de la casa y él salió corriendo. Nunca conté nada por vergüenza. Durante toda la época escolar escuché obscenidades y los mal llamados “piropos” y moría del miedo. Cuando tenía 15 años conocí a mi pololo, con el cual seguimos juntos, y empecé a tener más confianza para afrontar estas situaciones (además que estando con él nunca me dicen nada). A los 20 años quedé embarazada, pero ni por eso los acosos cesaron. El peor “piropo” fue cuando tenía 8 meses y un hombre con voz repugnante me gritó en la calle: “Guachita le haría un aborto con el pico”. Como se fue en su auto, yo alcancé a levantarle el dedo no más. También al estar sola con mi hija me han dicho cosas como: “Mamita le hago el hermanito”.

      En el verano iba en la micro sentada en el lado de la ventana vestida con short y un viejo empezó a frotar su pierna contra la mía, por lo que lo tuve que empujar  para que se alejara de mí; nadie hizo nada. Ahora que mi hija el próximo año empezará el colegio, me da un pánico horrible que ella pase por lo mismo. Ninguna persona debería pasar por estas cosas.

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        Un día en la micro, en lugar de decir permiso, un hombre me tomó de la cintura y me corrió a un lado para pasar. Me di vuelta y le dije: ‘¡’No me toques!” y él respondió: ”Ah si no soy na’ tan bonita y no estay na’ allá arriba, estay en Av. Matta no ma’ ”, por lo que le respondí: ”Por lo menos creo que soy más bonita que tú y nadie te ha dado el derecho a tocarme, independiente del lugar donde esté”. Recibí muchos insultos el resto del viaje en aquella micro. ¡Fue muy desagradable!

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          Fue en una fiesta de un ex compañero de colegio que estaba de cumpleaños y todos los asistentes éramos ex compañeros/as (o por lo menos la gran mayoría), así que era un ambiente de confianza y cariño,  ya que desde hace un año que compartíamos la misma sala y la misma educación y se había creado un gran lazo con todos/as. Comenzó la fiesta donde la mayoría bebimos alcohol en diferentes cantidades, algunos más y otros menos; al cabo de un largo rato me fui a acostar con una amiga, nos quedamos dormidas y en el sueño empecé a tener una pesadilla en la que alguien me estaba tocando y abusando de mí, mientras yo corría.  Desperté porque alguien me tocó el brazo y lo puso en sus genitales; anonadada y en pánico me quede inmóvil mientras me tocaba el culo. Al cabo de unos segundos me di vuelta y enfrenté al agresor, y me di cuenta que era un amigo, por lo que lo insulté y lo eché de la cama. Su excusa fue que estaba ebrio.

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            Esto ocurrió 13 años atrás cuando yo tenía 14 años; fue a la salida del colegio. Con mis compañeros siempre tomábamos la misma micro y ese día como siempre pasamos al fondo de la micro.  Yo me senté junto a la ventana y uno de mis amigos en el otro asiento, cuando un tipo se subió en la siguiente parada y mi amigo le cedió el asiento,  ya que la micro se había llenado de gente. De pronto sentí algo en mi pierna: el tipo me estaba acariciando (yo usaba falda larga). Me congelé, le palmeé la mano y se hizo el tonto,  pero al rato siguió. Entonces decidí pararme y bajarme, pero el tipo hacía como que no me escuchaba  y me dijo que era una pendeja exagerada.  Mi amigo se dio cuenta y sin tener que decirle, le paró el carro y el viejo me dejó salir, claro con un agarrón de poto.  Me bajé rápido y me puse a llorar con mi amigo. Acordamos no decirle a nadie, ya que en esa época te tachaban de ‘‘suelta’’ al tiro. Mi amigo me dijo que era mejor que usara el uniforme deportivo del colegio y así lo hice. Colegio al que iba, usaba pantalón ancho, ya que siempre me sentí incómoda e insegura de vestir como a mí me gustaba. Me da rabia recordarlo porque me marcó mucho, ojalá todo tipo de acoso sea castigado, porque no es sólo un trauma de momento, sino que puede ser por siempre.

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              Ya me había pasado antes que me gritaran cosas en la calle o que algún pelotudo me dijera algo cuando pasaba al lado de él. Suelo salir a la calle con audífonos, y las veces que no lo hice, siempre respondí, por lo que me llegaban comentarios como “hueona loca” o “ordinaria”. Pero la situación que voy a contar me dejó congelada.

              Iba un sábado al dentista, tipo once de la mañana, en Metro. Iba con un vestido suelto negro y zapatillas. El metro no iba tan lleno, pero lo suficiente para que la gente fuera un poco apretada. Recuerdo que sentí una puntada en mi trasero, pero no le di importancia, pensé que alguien me había pasado a llevar con el bolso. Cuando sentí que era más insistente, miré y era un tipo metiendo la mano bajo mi vestido, manoseándome el trasero. Me quedé como tabla, no supe cómo reaccionar. Siempre me habían dicho en casa que si llegaba a pasarme algo así tenía que gritar, hacer escándalo, pero dentro mío me hice pequeñita, me quedé muda. El tipo luego bajó en la siguiente estación y me quedé igual de paralizada, con asco, con ganas de llorar y con rabia hacia mí misma por no haber hecho nada. Hasta el día de hoy, cuando recuerdo, me siento enrabiada con el tipo y conmigo por no haber reaccionado y haberme paralizado así; porque aunque a una le enseñen qué hacer en esas situaciones, no te esperas que suceda.

              Hace rato que no uso vestidos en la calle ni me gusta salir muy arreglada, sobre todo porque siempre ando en transporte público. Es penca tener que dejar de ser como una es o quisiera ser, por miedo a que te griten o te toquen.

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                Eran cerca de las nueve de la mañana y un auto me siguió hasta mi casa. Jamás me percaté. El auto era del año y el motor era imperceptible. El conductor sacó su mano por la ventana y me agarró el trasero. Yo estaba colgando el teléfono y al sentir el “agarrón” sólo reaccioné a tirar un manotazo al hombre y tirarle un improperio. El auto avanzó, yo me congelé. Corrí hacia mi casa, les conté a mis papás y salimos a buscarlo en auto. Como no dimos con él, volvimos. Para nuestra sorpresa, el muy sin vergüenza había vuelto a pasar por el mismo pasaje donde me atacó.

                Lo seguimos en auto y el tipo se fugó. Transgredió infinitas normas de tránsito. Hasta pasó a llevar un auto. Luego lo perdimos en el camino. Pese a eso, pude gritarle y dejarle claro lo mal parido que era. Mi papá le dio un susto que seguramente jamás olvidará. Por suerte anotamos la patente.

                Tengo rabia aún, pero haber dado con él y haberlo denunciado es un alivio inmenso. No sé cómo habría sido cargar con la impotencia de no haber hecho nada. Yo pude, pero me preocupó saber que en la comisaría dijeran que hay pocas denuncias de estos abusos o acosos, cuando me he enterado por personas del sector y chicas de mi edad que estos ocurren. Chicas, DENUNCIEN, es la única manera de que se hagan cargo de este problema.

                Lo otro, no bajen la guardia. Yo soy una persona terriblemente paranoica. Si salgo, llevo mi gas pimienta, pero esta vez no lo traía, porque nunca imaginé que a esa hora me sucedería algo así. El tipo no era un viejo depravado, era joven de buen aspecto, de no más de treinta. A veces el estereotipo que tenemos de “hombre peligroso” no permite que estemos alerta.

                Ojalá esto les sirva de algo, yo esperaré  la denuncia y seguiré con los trámites.

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                  Como todo día normal, iba en el Metro a la universidad. Para variar, iba llenísimo, pero nada fuera de lo normal, hasta que se subió un hombre de unos cincuenta y tantos años. Como ya se aproximaba mi estación, traté de acercarme a la puerta. Error: no vi a quién había dejado atrás.

                  Sentí un par de manos rosando mis piernas, pero traté de no preocuparme, porque podía ser “normal”, debido al movimiento y la cantidad de personas que iban en el Metro, por lo que lo dejé pasar. Luego, el tipo presionó mi mano, que estaba sobre al fierro del medio. Mientras apretaba mi mano, comenzó a respirar en mi oído. Sentí la peor sensación de la vida: ganas de llorar, de tirarme al suelo y acurrucarme a alguien, pero luego pensé: no, a estos imbéciles les encanta que una se sienta indefensa y procedí a pegarle un codazo. No fue impedimento para él y siguió buscando mis manos y mi oído, hasta que llegó el momento de bajarme. El tipo se acomodó y tiró mis caderas con sus manos para que mi trasero llegara directo a su pene. Mucha gente se dio cuenta y al abrir las puertas me ayudaron y gritaron para llamar al guardia. Lo tomé de la mano y la gente me ayudó a sacarlo del vagón. Por “suerte” en la estación se encontraban dos carabineros que se lo llevaron a una oficina del Metro. Un carabinero se quedó con él conversando y el otro se me acercó para preguntarme si realmente quería hacer una denuncia, porque -según él- era perder el tiempo, ya que se consideraba “daño a la moral y las buenas costumbres”. Me dejó indignada. Viendo la poca disposición de Carabineros y, por cierto, de la “pena” que recibiría, decidí irme. Pero le hice pasar la vergüenza. ¿Hasta cuándo la poca legislación con este tipo de agresiones?

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                    Un día de semana del verano del año pasado, alrededor de las 23 horas, iba caminando por el pasaje en que vivo y revisando el celular, cuando sentí que un auto a mis espaldas entró al pasaje. Me hice a un lado sin mirar atrás para permitirle el paso, ya que el pasaje es bastante pequeño y no tiene vereda. Pasaron unos segundos y el auto no pasaba a mi lado y esto me pareció extraño, por lo que pensé en mirar dónde estaba en ese preciso momento y me di cuenta de que el auto iba justo atrás mío. Aceleró y se cruzó bloqueando mi camino y desde la ventana del conductor, un tipo sacó la mitad del cuerpo para poder introducir su mano por debajo de mi vestido y darme un ‘‘agarrón’’.

                    En un principio, no supe cómo reaccionar. No me lo esperaba y quedé congelada. Supongo que esto duró una fracción de segundo, porque sin pensarlo, arrojé con todas las fuerzas que el momento me permitió un puñetazo a su cara asquerosa de placer que se encontraba a centímetros de mí. Supongo que esto lo hizo reaccionar, su rostro se transformó. Se acomodó y aceleró todo lo que el pasaje le permitió para irse a toda velocidad de mi vista.  Fue tanto el shock, que lo único que se me ocurrió fue gritar improperios a todo pulmón, mientras las lágrimas empezaban a salir.

                    Traté de recordar su patente mientras se alejaba, pero mi mente estaba tan nublada que no la pude retener. Estaba a pasos de mi casa. Caminé lo más rápido que pude y llegué llorando donde mi mamá, a contarle la historia. Ella, que estaba en pijamas, se enfureció y se levantó rápidamente para pedirme que me fuera al auto y fuéramos a perseguir al desgraciado, ya que si bien no recordaba la patente, sabía que podía reconocer el auto si lo veía nuevamente. Era algo que jamás podría olvidar. Lamentablemente, a pesar de nuestro esfuerzo, el pervertido se había esfumado y no logramos dar con él. Pasaron días para dejar de sentir su mano en mi cuerpo, era algo tan desagradable y me sentía tan pasada a llevar, tan ultrajada. Es algo que no le deseo a ninguna mujer. Aún me pesa no haber recordado la patente para dejar algún tipo de denuncia, solo me consuela que todo cae por su propio peso y espero que la propia vida se encargue de darle lo que este tipo se merece.

                    No es el primer caso de acoso que he vivido, pero sin duda ha sido uno de los que más me ha marcado. A pesar de que ya pasó un año, hasta el día de hoy, cuando un auto baja la velocidad a mis espaldas, no puedo evitar sentir miedo, angustia y mirar rápidamente.

                    Espero que algún día, tipos como éste paguen por estos acosos, que de una vez por todas no queden en el aire estos abusos y que se tome conciencia sobre el hecho de que hay que respetar a las mujeres.