tocaciones

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    Vivía en mi casa en Maipú, me había empezado a desarrollar. Mi mamá ya me había conversado de salir a comprar un sostén para niñas, tenía 11 años y era verano. Un día salí a comprar al almacén que estaba a dos cuadras de mi casa y cuando iba de regreso, pasó un ciclista y me dio un agarrón en el pecho. El tipo me toqueteó unos segundos mientras hacía comentarios de connotación sexual, que no repetiré. Me senté en el piso y me puse a llorar. Me quedé ahí hasta que me calmé y volví a mi casa. Nunca le conté a nadie, sentía vergüenza y pena por lo que había pasado. Después de eso, me daba pánico pasar por esa esquina.

    Tiempo después, ya con 27 años; en la misma esquina, un ciclista me empujó contra la muralla y, aplastándome con la bicicleta, me tocó el pecho y el trasero mientras me decía al oído lo que quería hacer conmigo. Todavía salto de susto si escucho una bicicleta atrás mío cuando voy caminando.

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      Hubo un tiempo en el que realmente detesté el hecho de que me obligaran a usar jumper en el colegio. Sólo quería usar pantalones y chaleco para no oír más los silbidos y los gritos de los hombres (bastantes mayores, por lo demás) desde sus autos o camiones. Incluso, en ocasiones, llegaron a los toqueteos… El mayor acoso lo sufrí en mi etapa escolar usando jumper.

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        principal testimoniosFue hace dos semanas. Iba por Providencia de pie en la micro y con la espalda apoyada en la ventana. En eso, se subió una mujer de unos 40 años (yo tengo 29 años). Aunque no había tanta gente, se puso justo delante mío. Al rato comenzó a correrse para atrás y a rozarme el pubis con su trasero. Le toqué el hombro y le dije: “Disculpa, no puedo correrme más atrás”. Se hizo la loca. Pero unas cuadras más adelante volvió a rozarme y con más ganas, como “perreando”. La gente alrededor miraba con asombro, pero nadie hizo o dijo algo. Reconozco que usé la fuerza, la empujé, me puse en otro lugar y después me bajé. Quedé desconcertada, es tan raro ser acosada por una mujer. Pero finalmente me siento igual de vulnerada

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          Aún recuerdo cuando tenía tan solo 11 años de edad. Era verano y como era frecuente para la fecha, por el calor y el sol, viajamos a una playa cercana de vacaciones.  Hasta ahí todo marchaba bien. Yo era una chica muy tímida y aún no tenía malos pensamientos, vivía en un mundo bastante infantil e inocente, hasta que pasó lo que tenía que pasar: un día fuimos a la playa con mis abuelos y mi hermano bebé. Ellos me dieron permiso para bañarlo, así que lo tomé en brazo y estuvimos chapoteando en la orilla. Había mucha gente, algo normal en ese balneario, la estábamos pasando tan bien hasta que de repente, sentí dos manos grandes que me agarraron mi trasero de una manera tan asquerosa y brutal… ¡Sin pudor me agarró y apretó hasta más no poder! Con el impacto salté y casi solté a mi hermano. Rápidamente,  me  di vuelta y no encontré a nadie: el cobarde se había sumergido bajo del agua. Tras la horrible y chocante experiencia, fui hasta donde estaban mis abuelos con un dolor terrible y con la cara llena de lágrimas. Dejé sentado a mi hermano y no hice más que llorar,  mi abuelo quiso llamar a alguien, pero como no vi su rostro, nadie nos iba a prestar atención.

          Mi abuela me consoló y me dijo algo que ahora creo que está mal: “Hija estas cosas  pasan y te pasarán siempre”. Nos fuimos del lugar y cuando llegamos a casa aún sentía dolor en mi cuerpo. Las manos de ese hombre grotesco y bruto que quedaron marcadas como por tres días. Sentía asco y repulsión. ¿Por qué me tenía que pasar esto a mí? Mi madre y abuela sólo me  decían que era por ser mujer. No era la mejor respuesta. Somos niñas, somos mujeres y nadie tiene el derecho de hacernos ni decirnos nada, menos quitarnos nuestra inocencia.

          Han pasado 10 años y aún siento miedo de bañarme en la orilla de la playa. Crecí con ese miedo constante hacia los hombres. Ahora, con mayor madurez, no dejo que nadie me piropee o me diga cosas. Los enfrento y hago pasar vergüenza públicamente.

          Con mi familia nunca volvimos a hablar de lo sucedido, pero me di el valor de contar mi testimonio para que este tipo de situaciones no vuelvan a suceder. Espero que pronto se penalice en Chile el “Acoso Callejero”, porque no lo merecemos.

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            Pensé mucho tiempo cómo escribiría esto. Leía los testimonios y sentía que en realidad mi historia no era tan terrible, pero el deseo de contarla seguía creciendo hasta que una noche de reflexión pensé en el montón de cosas  que había vivido en mi vida y todas las veces que no me hice respetar, que alguien pasó por sobre mi inocencia, confianza e intimidad sin sentir un mínimo de vergüenza. Mis historias son un reproche a todos los momentos en que debí levantar la voz, porque me da vergüenza no tener la fuerza de enseñarle a estos abusadores que a la mujer se le respeta, y que cada vez que callo estoy provocando que otra mujer pueda sentir lo mismo que yo.

            Esta no es una historia de acoso callejero. Es la historia que nunca he sabido cómo contar. Cuando estaba en básica, estudiaba por las tardes, así que en las mañanas me iba a la cama de mi mamá para ver tele con ella y regalonear un rato. Un día mi madre tuvo que dejarme sola porque necesitaba comprar cosas para el almuerzo. Al rato alguien llamó por teléfono, era un hombre. Él me dijo que era amigo de la familia y preguntó si mi padre estaba en la casa, instintivamente respondí que no. Me preguntó si mi madre se encontraba y le dije que había salido, pero que volvía al tiro… Era tan inocente. El tipo me dijo que era doctor y que quería “revisarme”, así que me preguntó cuántos años tenía y qué ropa llevaba (no sé qué respondí). De pronto, me preguntó cómo era mi “cosita”, que si sabía cómo eran las “partecitas” del hombre, que si tenía “pelitos” y que me empezara a tocar. ¡Dios, corté el teléfono tan pronto como pude! Por suerte, mi madre desde pequeñita me enseñó que nadie podía meterse con mis “partes de niña”. Cuando mi madre llegó a la casa estaba asustada, sentía miedo de que ella me retara por algo que nunca fue mi culpa, así que nunca le conté a nadie esto, lo borré de mi memoria por años, pero ahora de grande caí en la cuenta de que debió ser algún vecino o alguien muy cercano. ¿Cómo mierda supo este asqueroso que mi madre no estaba en la casa? ¿Cómo sabía que había una niña en esa casa que el podía acosar? Nunca lo sabré.

            El resto de mi infancia fue relativamente relajada, nunca he sido bonita. Todo eso hasta que me creció un busto grande cuando nadie tenía nada. Las niñas me rechazaban y los hombres sólo querían hablar de mis pechos. Me alejé de todo y me volví solitaria, rasgo que mantengo hasta hoy. Pasaron varios años, me cambié de ciudad y comencé a juntarme con puros hombres; nunca he sido buena con las mujeres, quizás porque me crié muy cercana a mi hermano.

            Un día fui con una compañera a la casa de un amigo a hacer una tarea para el colegio. Nos sentamos junto al computador con él y cuando ella se levantó al baño el me agarró muy fuerte, tanto que no pude zafarme y de la nada me plantó un beso. No supe cómo reaccionar, ni qué hacer. Lo saqué como pude y quedé para adentro. Cuando llegó mi compañera, yo estaba pálida y nerviosa. Intenté como pude terminar mi trabajo para poder irme pronto y olvidarme de todo lo sucedido. Ese fue mi primer beso.

            El resto es una mancha borrosa de agarrones de pechos en reuniones de amigos aprovechándose de la oportunidad de un pasillo delgado; que me tiraran a un sillón, me tocaran entera y no saber cómo arrancar; que me manosearan bajo la mesa en clases, cuando creían que nadie miraba, y me pasaran la mano por toda la pierna hasta donde nadie debería llegar sin permiso. Y una la tonta quedándose callada, tiesa, sin saber qué hacer ni cómo reaccionar por vergüenza. Juro que nunca busqué que me pasara todo eso.

            Un día, camino al colegio, me subí a una micro llena. Al rato sentí que alguien se puso detrás mío e insistentemente trataba de quedar en esa posición, por mucho que yo me moviera. Puse mi bolso detrás (por suerte usaba uno) y la cosa se calmó por un rato. Estaba tan lleno que no pude verle la cara y pasé mucho rato tratando de convencerme que no era lo que yo pensaba. De repente, sentí que una mano me subía la falda del colegio, me tocaba el trasero y me manoseaba. Traté de correrme y mirar, pero no podía. ¡No pude más! Empujé a toda la gente que tenía alrededor, gritando permiso con todas mis fuerzas y tratando de no llorar. ¡No podía dejar que un asqueroso me hiciera llorar! Cuando por fin me pude dar vuelta, vi la cara del viejo llena de risa. Le causaba gracia mi vergüenza, mi miedo. Puse la música fuerte, cerré los ojos y trate de olvidarlo, pero ¡no, esas cosas nunca se olvidan!

            Todas hemos vivido esas miradas y frases al oído de viejos asquerosos que no deberían  acercarse; de esos tipos que te ven sola en un paradero y te preguntan dónde vives o tu nombre; que te dicen que eres bonita pero no te miran a la cara; que te ven esperando a alguien y creen que es correcto acercarse para decirte lo que se les antoje.

            Nunca me consideré una mujer bonita, aún así he vivido todas las cosas que nombré y quizás cuantas otras que mi mente decidió olvidar.

            Hoy me niego a seguir callada. No quiero seguir escondida, ni que a las demás les pase lo mismo. Confronto a cada asqueroso que mira a otra mujer de pies de cabeza. Los miro con odio hasta que la vergüenza se los coma.

            Por eso les digo a las mujeres que debemos ser empáticas, fuertes y enseñar a nuestros hijos e hijas que se hagan respetar y respeten a otros. Tenemos que defendernos entre nosotras y hacerlos sentir como la verdadera peste que son. Ellos no tienen idea el daño que una palabra o agarrón le hace a una persona y cómo eso puede llegar a destruir la inocencia e alguien.

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              En 2013 iba a mi casa después de salir de clases, con mi jumper que ni siquiera es provocador y un polerón ancho que me llegaba hasta el trasero; en esos momentos tenía 14 años. Estaba a una cuadra de mi casa cuando furgón blanco se estacionó frente a mí. De ahí se bajó un hombre de unos 40 años que iba de copiloto, me agarró y empezó a tocarme, ¡se estaba masturbando! No supe qué hacer y quedé en shock. Él intentó subirme al furgón y lo único que atiné a hacer fue a tratar de safarme. Menos mal que justo iba pasando gente por la vereda de al frente, así que me dejó. Salí corriendo desconcertada, ya que no entendía bien que había pasado, corrí hasta el portón de la villa donde vivo e intenté buscar las llaves pero no pude de lo nerviosa que estaba, ya que pensaba que me seguía de nuevo. Entonces corrí hasta el otro lado de la villa donde la puerta del portón estaba abierta, cuando por fin llegué a la puerta de mi casa la golpeé con tanta fuerza que mi mamá abrió asustada y me dijo: “¿Qué te pasa?”. Y yo sólo me puse a llorar. Después de contarle lo que había sucedido, fuimos a la comisaría que queda cerca de mi casa, pero una vez allí los carabineros me dijieron que estaban de manos atadas, porque no habían pruebas. ¡Sentí mucha rabia! Ni siquiera salieron a rondar por el sector para ver si veían el furgón blanco. Me costó tanto superar lo que pasó que, desde ese día y durante todo ese año, mi mamá me tuvo que ir a dejar y a buscar al colegio.

              Ahora, con 16 años, estaba esperando a mi mejor amigo afuera de un supermercado, que era donde nos íbamos a juntar, pero llegué antes, y mientras lo esperaba, un taxista de como 60 años se paró frente a mí, me tocó la bocina y dijo: ”Yo la llevo mi guachita, venga mamita’’. Lo bajé y lo subí a garabatos hasta que se fue; me dio mucha rabia e impotencia, porque me vinieron los recuerdos de lo que me había pasado anteriormente y me puse a llorar hasta que llegó mi mejor amigo.

              Me he topado con tanta gente pervertida, que ya casi ni me siento segura en este país en donde si te acosan, nadie hace nada. Además siento rabia que digan que es por cómo nos vestimos, porque me visto normal y no ando de provocativa por la vida. Es más, ¡ni siquiera parezco de mi edad! Me veo menor y siempre me echan unos 14 años e incluso menos. Espero que con los testimonios de todos/as logremos hacer algún cambio en este país.

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                La primera vez que pasó, yo tenía 11 años, había ido con mi mamá al Líder, tenía puestos unos jeans y una polera de mi hermano. Un hombre estaba atrás mío en la zona donde se piden los quesos y se refregaba contra mi poto. Lloré todo el día y me asustaba salir a la calle. Ni siquiera había comenzado a desarrollarme. ¿Por qué tuve que perder mi inocencia así? ¿Por qué un desgraciado se le acerca a una niña y nadie hace nada?

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                  Nunca he asumido esto como un trauma, quizá está en mi inconsciente, quizá no. Quizá marcó una parte de mi personalidad o de mi conducta sexual, no sé. Es fuerte leerlo ahora, pero al menos es para dejar mi testimonio.

                  Tenía siete años. Todo era juego con los amigos de la cuadra, todas las tardes nos reuníamos, un grupo de ocho, a jugar al luche, a la pinta, a la escondida. Entre ellos había un niño que ya no era tan niño, de unos  14 años. Yo era tan pequeña que no sé qué edad tenía, pero por su conducta quizás era un púber. No sé qué le dio al chico conmigo, no sé qué podía ver en mí si yo era una niña que ni siquiera se desarrollaba aún. El tema es que me seguía.

                  Jugando al luche, se ponía detrás mío para manosearme y tocarme el trasero. Un día fui a bañarme a la piscina de una amiguita que vivía al frente y él estaba ahí. Yo andaba con unas calzas cortas, gastadas, con hoyitos en la costura. Al bañarnos, estaba todo el tiempo pegado a mí. Metía su mano debajo, intentando meter su dedo meñique por uno de los hoyitos que daba justo a mi vagina. Yo le pedía que parara, porque me dolía lo que hacía. “Pero si es rico”, decía él. Me obligaba a darle besos con lengua y a sentarme arriba de él,  sobajeándome mis partes íntimas con sus piernas. Yo no entendía nada, nunca en mi vida había escuchado ese tipo de cosas, nunca había tenido interés con la sexualidad.

                  Un día, vino a buscarme a mi casa. Le dijo a mi abuelita que me invitaba a su casa, que tenía unos juegos nuevos. Yo, entusiasmada e inocente, dije sí y mi abuelita accedió sin saber lo que pasaría.  Me llevó a su casa, jugamos un rato y luego me invitó a subir a su pieza, yo vi los juegos y le pregunte por ellos, él me dijo “sí sí, pero después”. Entonces me preguntó si sabía lo que era hacer el amor. Obviamente, respondí que no. Dijo que se hacía poniéndome arriba de él y moviéndome, que si lo quería intentar, yo respondí que no. Luego, dijo “mira, yo te enseño” y con ropa, se subió arriba mío y se balanceó un par de veces. Quizá aburrido de que yo no entendiera, cambió de propuesta. Me preguntó, “¿sabes qué es el sexo oral?”. Contesté que no. Se bajó los pantalones, tomó mi mano y me chupó un dedo. “Así es, pero aquí”, dijo señalando su pene. Insistió en que lo hiciera. Aunque era inocente, no quería hacerlo. No recuerdo cómo salí de su casa.

                  Hoy me pregunto, ¿qué habrá sido de él? ¿Estará enfermo de la cabeza? ¿Habrá estado enfermo a esas alturas? ¿Qué sucedía en su mente al querer vulnerar a una niña tan pequeña que ni siquiera le podía entregar lo que él quería, siendo tan joven?

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                    Al leer lo que muchas escriben, es inevitable recordar las veces que me ha sucedido. Tengo veintinueve años y lo que me pasó una vez, hace que tome precauciones incluso quince años después.

                    Venía del colegio, sola. Esperaba la micro a la vuelta del portón de salida y un viejo (yo tenía trece y el jetón unos 50) me preguntó la hora. Le dije que no usaba reloj. Empezó a preguntarme por el colegio y luego, cuando vino la micro, se subió detrás de mí, me empujó a un asiento al lado de la ventana y se sentó, “bloqueando la salida con un bolso”. No atiné a nada, ni a gritar. Me siguió hablando y tocando durante el tramo a mi casa, que era de unos veinte minutos, ¡muy, muy largos en ese momento!

                    Cuando vi que me acercaba a mi casa, sólo dije “me bajo”, casi sin voz. No me dejaba salir y me decía “sigue un rato conmigo, vamos, si vivo cerca”. Casi llorando y respirando muy rápido moví la cabeza diciendo “no”. El mierda sacó la mochila y me dejó salir, me dio un agarrón en la pierna y me tiró un beso. Me bajé aterrada, llorando.

                    Me obligué a tranquilizarme antes de llegar a mi casa. Nunca lo conté, hasta el día de hoy. Después de eso, empezó el pánico a andar sola o usar ropa vieja y ancha. Me costó mucho no sentir miedo en la calle.

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                      Era fin de verano y hacía calor. Yo andaba con jeans y una polera, comunes y corrientes. Ese día acompañé a un amigo marino a unas clases de cueca en la Escuela Naval de Valparaíso. Yo me había estacionado en la misma calle, aproximadamente a unos 50 metros de la entrada, que contaba con guardias y todo.

                      Al terminar la clase, mi amigo tenía permiso para salir de la Escuela Naval. Como debía formarse y cambiarse de uniforme, me pidió que lo esperara en mi auto. Me subí y abrí la ventana, por el calor que hacía y para fumar mientras esperaba. Prendí la radio y chateaba en mi celular tranquilamente, cuando desde atrás de mi auto apareció un tipo de unos 30 años e intentó subirse metiendo las manos para sacar el pestillo.

                      En el momento pensé que intentaba asaltarme, pero me metió la mano bajo mi polera, dándome un fuerte agarrón en el pecho izquierdo, mientras seguía intentando subirse a mi auto y decía: “ya po’, cuiquita, si te quiero manosear un poquito no más, yo sé que te va a gustar y te lo hago rico”.

                      Cuando se dio cuenta de que los guardias de la Escuela Naval iban hacia el auto, desistió y salió corriendo, desapareciendo en la esquina de la calle siguiente. Los guardias llegaron hasta mi auto. Yo estaba traumada, llorando y con los brazos cruzados tapándome el pecho, aún sintiendo el dolor del apretón. Me preguntaron si estaba bien y me dijeron que tenían que volver a sus puestos. Nunca había sentido tanto miedo en mi vida, y de sólo pensar lo que podría haber pasado si el tipo hubiese aparecido estando abajo del auto, o si hubiese logrado entrar, me da una sensación de angustia horrible.

                      Los días siguientes tenía constantes recuerdos de lo sucedido. Sus palabras asquerosas seguían retumbándome en la cabeza y el moretón que me dejó me duró una semana. Nunca imaginé que en mi auto, a plena luz del día y frente a una institución de las Fuerzas Armadas podría pasarme algo así. Desde entonces, en cualquier momento y lugar que estoy sola, tengo en mi mano un spray de pimienta que no dudaré en usar contra cualquiera que trate de acosarme.