tocaciones

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    Esto ocurrió cuando iba al colegio hace una década, en la enseñanza media. Yo tenía 16 años e iba sentada en la micro para ir a clases.

    Iba mirando por la ventana y sentada cerca de la puerta trasera de la micro, que iba media vacía, cuando un tipo que me venía mirando desde hace rato, se paró de súbito y vino hacia mí. Me agarró la camisa del uniforme y rompió con fuerza algunos botones y me tocó con violencia las pechugas.

    Luego se bajó corriendo de la micro y yo no pude hacer nada más que ponerme a llorar y las personas que estaban en la micro no hicieron ni dijeron nada.

    Me bajé de la micro en el paradero cerca de mi colegio y me fui caminando asustada y llorando a clases. No le conté nunca a nadie lo que pasó.

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      Eran aproximadamente las siete de la mañana de un día domingo, había trabajado toda la noche y llevaba mi bolso con mi ropa de trabajo. Me encontré con un muchacho que trabajaba en el mismo lugar que yo (él era garzón y yo barwoman). Yo estaba vestida con unas jeans negros y un polerón.

      Estábamos esperando la micro en el barrio Bellavista, la 210. El paradero estaba lleno y los Carabineros a diez metros porque ese día había una maratón. Después de esperar cerca de media hora, me di cuenta de que había un tipo que estaba todo curado, solo y me miraba fijamente. Le comenté al muchacho que me acompañaba que el tipo no dejaba de mirarme y que me sentía incomoda, él sólo lo miró para ver quién era y punto.

      Cuando pasó una micro verde, el tipo se me acercó con las manos estiradas como queriendo tocarme. Era la primera vez que alguien se me acercaba así. En general, suelo gritar de vuelta “podría ser tu hija”, “asqueroso @-#@&”, y ese tipo de cosas.

      Me dejó en shock el descaro del tipo y le empujándole las manos lo increpé para que me dejara tranquila. Creo que no estaba vestida provocativamente, soy alta y varias veces defendí a niñas en las micros de acosadores. Amenacé al tipo con pegarle, pero con nada desistía. La gente miraba y no hacía nada. Él me decía “ya, pero déjame tocarte, déjame tocarte, quiero tocarte las manos, son solo las manos”. Intentaba agarrarme de la parte de atrás del cuello y me tiraba para acercarme a él y yo seguía empujándolo.

      Lo más horrible de toda la situación fue que el muchacho que estaba conmigo no hizo nada. Me decía “déjalo, ya se va a ir”, y yo lo miraba con cara de incrédula. No sé cuánto tiempo duró eso, pero para mí fueron horas. Al llegar la 210, me di cuenta de que el tipo también se subió y pensé en esperar la siguiente. En el tumulto de gente me encontré a un amigo con el cual sí me sentía segura,  me dijo “subamos, yo te cuido”. Nos fuimos adelante sentados en el suelo.

      Esto pasó en noviembre del año pasado, tenía 21 años. Hoy sigo defendiendo a escolares y gritando de vuelta, pero jamás olvidaré la cara de ese hombre.

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        Tenía 14 años y decidí ir donde un amigo alrededor de las diez de la mañana.

        Iba caminando apurada, porque me daba miedo andar por las calles del centro de Santiago, pensando que podrían asaltarme, sin saber que lo menos que podía pasarme era eso. Seguí caminando y pasando por calles solitarias, apurada y preocupada.

        De repente empecé a caminar por una calle mucho más concurrida y bajé la velocidad porque me sentí segura al estar rodeada de gente. Lo que no sabía era que donde más segura me sentí, menos lo estaba.

        Un tipo empezó a caminar hacia mí, levantó su mano y la pasó por mi entrepierna intentando apretarla, ante la mirada de todas las personas que caminaban y que no hicieron absolutamente nada por defenderme.

        Me quedé quieta en la mitad de la calle y la gente me empezó a empujar para pasar. Seguí caminando hacia a casa de mi amigo y una vez ahí, solo quería llorar y abrazar a alguien, pero cuando le conté, él se rió y me dijo que me calmara, que siempre pasaba, que era tonto y que me acostumbrara.

        Nunca se borró de mi mente la cara de aquel personaje que hizo algo que “siempre pasa”, algo “normal”. Hoy tengo 18 años y aún no olvido aquella experiencia, pero bueno… Siempre pasa, debería acostumbrarme, ¿no?

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          “Un día me subí a la micro y un hombre me tocó la vagina”, cuenta Barbara Letelier, de 26 años, una de las tantas chilenas que ha sido víctima de acoso sexual callejero.

          ¿Qué tan grave es el acoso sexual callejero en Chile? ¿Son los llamados “piropos” su única expresión? A través del testimonio de tres mujeres chilenas, el Observatorio Contra el Acoso Callejero, OCAC Chile, realizó un video que retrata cómo se vive en Chile esta forma de violencia de género en el país, con el fin de mostrar la magnitud del problema y el nivel de desprotección de sus víctimas.

          El video cuenta los testimonios de tres jóvenes chilenas que sufrieron acoso sexual callejero de gravedad, como Bárbara Letelier, de 26 años, quien cuenta que “un día me subí a la micro y un hombre me tocó la vagina”. O Nicole Miranda, de 19 años, a quien asaltaron y manosearon, y pese a denunciar el hecho ante las autoridades, éstas le informaron que tomarían el caso como asalto y no abuso sexual, puesto que “decían que el objetivo principal del tipo era robarme y no tocarme”.

          Para OCAC Chile, la violencia sexual en el espacio público se define como un “conjunto de prácticas de connotación sexual ejercidas por una persona desconocida en espacios públicos, como la calle”. En nuestro país, estas acciones violentas  son sufridas de manera sistémica, especialmente por mujeres y niñas, y ocurren “varias veces al día desde aproximadamente los 12 años”, según datos de la Primera Encuesta sobre Acoso Callejero.

          Frente a este panorama, diversas autoridades nacionales se han pronunciado expresando su apoyo y disposición a trabajar para erradicar estas prácticas. Durante el lanzamiento de la campaña #AcosoEsViolencia de OCAC Chile, en noviembre pasado, la ministra Claudia Pascual dijo que el gobierno de Michelle Bachelet ha asumido el compromiso “de ampliar la mirada de la violencia contra las mujeres”.

          Para leer más testimonios de acoso callejero, haz click aquí.

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            La aprobación casi unánime del proyecto revela la importancia del tema y la existencia de un “acuerdo sobre la necesidad de prevenir y sancionar este tipo de prácticas”, según Camila Bustamante, Vicepresidenta de OCAC Chile.

            A pocos días de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, el Congreso de Perú aprobó la “Ley de Prevención, Atención y Sanción del Acoso Sexual Callejero”, con 76 votos a favor, cero en contra y dos abstenciones. Quienes cometan este tipo de delitos arriesgan entre 1 y 12 años de cárcel.

            La normativa, que quedó lista para la promulgación del Ejecutivo, plantea prevenir y sancionar los actos de violencia sexual en el espacio público (calles, parques, entre otros) y en los medios de trasporte, que afecten la integridad física y moral de niños, adolescentes y mujeres.

            Ante la iniciativa peruana, Camila Bustamante, Vicepresidenta de OCAC Chile, señaló que “la aprobación de esta ley en Perú sienta un precedente muy importante a nivel latinoamericano, pues evidencia que es un problema real, que afecta a muchísimas personas y del que hay que hacerse cargo en todos los niveles.”

            La nueva ley peruana establece que quienes cometan actos de acoso sexual callejero tendrán sanciones de pena privativa de libertad, de acuerdo al nivel de agresión que ejerzan. Así, arriesgan entre uno y tres años si violentan a una persona a través de tocaciones, aumentará a cinco años si dicha acción se realiza con violencia explícita y amenazas y llegará a doce si el acto degrada o daña física y mentalmente a la víctima.

            En Chile, el problema de la violencia sexual en el espacio público progresivamente ha generado debates y cuestionamientos. Bustamante expresó que la aprobación casi unánime de este proyecto de ley en Perú demuestra que hay una discusión sobre el tema y que existe un “acuerdo sobre la necesidad de prevenir y sancionar este tipo de prácticas”.

            Lee el proyecto de ley aquí.

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              Tenía alrededor de 15 años y me dispuse a regresar a casa en Metro, después de una jornada de colegio. Hacía calor, yo vestía con mi jumper poco “provocador”, porque no me gustaba -ni me gusta- recibir las miradas lascivas de algunos especímenes.

              En el andén había bastante gente, me subí de las primeras al vagón y poco a poco empezó a llenarse, hubo un momento en que la muchedumbre comenzó a presionar. Subió un tipo de entre 30 y 40 años que llevaba una especie de maletín en la mano, que me miró fijamente por unos segundos. Noté su presencia, pero ignoré el trasfondo que esa mirada podía ocultar. Acto seguido, él aprovechó la presión que ejercía el resto de la gente para tocarme, trató de disimularlo tapándose con el bolso y tocó mi vagina. Más bien fue un agarrón, porque presionó con fuerza. Mi reacción innata fue ponerme colorada, hasta que pasó el shock de los primeros segundos. No sabía qué hacer. Después, atiné a pegarle un palmetazo con todas mis fuerzas para que sacara su sucia y asquerosa mano de mis genitales. Como mi movimiento fue brusco, él me miró sorprendido y la gente de alrededor también miró en busca de lo sucedido. Porque sí, ellos notaron que algo pasaba.

              No puedo asegurar si alguien comprendió lo que sucedió en ese instante, pero aun así, nadie hizo nada, ni preguntó qué pasaba y lo peor, nadie se acercó a mí a ofrecer ayuda. Estaba sola, en medio de un mar de gente y con el acosador frente a mí, sin saber cómo reaccionaría. En un gran esfuerzo, terminé moviéndome del lugar lo más lejos posible. En cuanto al tipo, siguió su viaje con gran naturalidad, como si él no hubiese hecho nada.

              No fui capaz de gritarle a todo el mundo que ese hombre me había tocado, que había abusado de mí con violencia y sin pudor, que había corrompido mi espacio, mi paz y tranquilidad. Hasta el día de hoy, después de años, nunca se lo conté a nadie, porque lo que menos necesitaba era la típica reacción machista justificando el acoso por cómo andaba vestida, por lo que posiblemente hice para provocarlo o los consejos de que debo andar con más cuidado. Discursos que sabía de memoria, pero que no servían ni sirven de nada en estas situaciones. Porque nadie más que una sabe lo que se siente en esos momentos, lo vulnerada e insegura, la rabia, el asco y la pena de vivir en una sociedad tan retrógrada, en donde aún para muchos, la mujer sigue siendo un objeto del cual quieren y creen tener soberanía.

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                Era domingo, iba a tomar locomoción a cuatro cuadras de mi casa. En el camino, un desconocido que andaba en bicicleta subió a la vereda y, una vez allí, se bajó para caminar, lo que no me pareció muy extraño en ese momento. Sin embargo, una vez que él estuvo a mi lado, tiró su bicicleta contra mis piernas para inmovilizarme. Choqué contra una reja y me puse a insultarlo, pensé que me quería asaltar, pero no: él quiso tocarme. El tipo era un degenerado. Jamás agarró mi bolso, sólo deseaba tocar… tiré la carpeta que llevaba en la mano y sólo atiné a engancharle el brazo y lanzar combos al aire como loca. Cuando pude sacar una pierna empujé la bicicleta y le pegué una patada en las costillas, pero no fue lo suficientemente fuerte, porque no pude derribarlo.

                Ante esto, el tipo agarró su bici y se fue rápido. Irónicamente, tres minutos después de este episodio pasó una patrulla de Carabineros, la que a pesar de mis gritos y señas, no paró. Asustada, regresé a mi casa. Horas más tarde, salí acompañada por un amigo y nos encontramos a un carabinero. Me acerqué y le pedí que me aconsejara sobre qué hacer en estos casos. Él dijo: si usted no quiere pasar por la humillación de contar y revivir este episodio, por su bienestar psicológico, es preferible que no denuncie. No hay a quién culpar, seguir o detener. Hizo bien en pegarle, pero sólo olvídelo, esto pasa.

                Sólo quiero decir que aquí en Arica hay un tipo joven, veinteañero, moreno y encapuchado, anda en bicicleta y acosa mujeres. Esto no me pasó solamente a mí, cuando le conté a una amiga, ella reconoció haber sufrido un ataque similar en otro sector cercano al lugar donde yo fui atacada.

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                  Cuando iba en cuarto medio, entré a uno de los tantos preuniversitarios de Santiago Centro. Era sábado en la mañana, las clases que estaba recuperando ya se habían acabado y en vez de tomar el metro en Santa Lucía, como siempre lo hacía, decidí caminar hacia Moneda. Así me topé con mi agresor. Estaba parado pidiendo plata frente a la puerta de madera de la iglesia San Francisco, la que da a la Alameda. Conforme avanzaba hacia él, sentía cómo me miraba, cómo me iba cerrando el paso, al estar parado frente a mí con la vista fija, supe que no iba sólo a gritarme una sarta de palabras sobre lo grande que eran mis pechos o lo mucho que le gustaría chuparme “la conchita”, como ya me habían dicho otras veces.

                  Empecé a asustarme, a mirar si iba alguien más atrás mío, si la gente que iba adelante escucharía si yo gritaba, si alguien me podía ayudar en caso de que pasara algo. Cuando llegué frente a él fue como si todo pasara en cámara lenta, vi cómo extendía su mano con fuerza y decisión hacia la parte delantera de mi pantalón (hacia mi vulva), cómo su cara depravada miraba mi busto, lo vi y sentí miedo porque en el fondo sabía que si llegaba a tocarme no me iba a dejar ir fácilmente. Por suerte en esa época practicaba karate y pude bloquear su ataque de manera casi automática y salir corriendo. Nadie me ayudó, nadie se volvió cuando del susto di un gritito, no había nadie atrás mío y quienes iban delante (quiero creer) no escucharon nada.

                  Cuando llegué a mi casa y conté lo que me había sucedido, nadie dijo nada, nadie culpó al agresor, no lo vieron como algo terrible y peligroso. Si bien esto pasó hace ya cinco años, me marcó mucho. Todavía evito pasar frente a esa iglesia si voy sola. Desde ese momento desconfío el triple de lo normal de los indigentes y de quienes piden dinero o se ven ebrios y siento un rechazo hacia toda persona que se acerque demasiado o que me mire mucho.

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                    Un día salí a caminar y un tipo que vendía cómics en la calle, me preguntó si me gustaban. No ando por la vida pensando que la gente es malintencionada y creí que serían un par de minutos de conversación interesante, así que le dije que sí. Él me dijo que me quería hacer un regalo, un dibujo de un superhéroe. Pasó un segundo y el tipo me tomó la polera y me metió el dibujo a los sostenes.

                    Yo me eché para atrás y le dije “¡NO!”, y me empecé a ir media congelada, caminando como robot, descolocada. Entonces él me empezó a gritar “es porque eres gordita, verdad”, “¡es porque erís guatona!”. Yo me alejé más rápido y como una cuadra lo escuché gritarme “guatona culiá”, más de una vez. Él estaba con un amigo y los dos se rieron en mi cara. Yo estaba con depresión y es verdad que estaba pasada de peso, pero ¿a él qué le importa? Además él me abordó a mi. Él no sabe por qué yo estaba así. Me hizo sentir asquerosa, sucia y con el autoestima más por el suelo de lo que ya estaba.

                    Ha pasado como un año y medio de esa situación y aún me cuesta mucho relacionarme con los hombres. Odio caminar por la calle y sentirme congelada y como robot cuando siento esas miradas asquerosas, los comentarios, los silbidos y -peor aún- los toqueteos. Yo sé que esto me afectó de sobremanera debido al estado emocional en el que me encontraba en ese momento y en el que aun estoy un poco. Pero ninguna, NINGUNA mujer merece ser tratada de esa forma.

                    Quiero dejar de sentirme así. Cada vez que me pasa algo en la calle me acuerdo de esa situación. Con cada “preciosa”, que algunos estúpidos piensan que es de los más “educado” o “poético”,  me acuerdo de esa situación.

                    Ahora estoy mejor anímicamente y automáticamente “mejoró” mi apariencia. Lo pongo entre comillas, porque eso al final sólo tiene que ver con los cánones dictaminados por la publicidad sexista y demases. Al final sólo es peor, porque ahora recibo el doble de molestias en la calle.

                    El machismo tiene que morir y ojalá pronto. Yo no quiero nuevas generaciones de mujeres volviendo a pasar por estas situaciones una y otra vez.

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                      Me acordé de esto hace muy poco, de alguna forma había logrado bloquearlo y autoconvencerme que no era tan grave. Una prima de mi pololo se casó en Talca y viajamos para asistir. Me puse un vestido precioso, corto, con bolsillos y un tapadito a juego, porque detesto mis brazos gordos. En medio de la fiesta y el bailoteo, me acerqué a la mesa donde estaban mis “tíos políticos” para conversar un rato con ellos. Me paré al lado del padre de la novia, un señor francamente detestable, que se curaba raja en todas las fiestas. Se ponía a hablar estupideces y a ofender a su señora hablando intimidades atroces. Hasta ese día lo encontraba casi cómico y simplemente le hacía el quite. Para todos los demás, era casi una tradición que el tío te diera la lata con sus intimidades sexuales ordinarias, una especie de rito de iniciación en la familia.

                      Estando yo de pie junto a su silla, sentí una mano que subió desde mi rodilla hacia arriba por mi muslo. Me quedé helada. Simplemente no podía creer lo que estaba pasando. Me congelé, él era el padre de la novia, yo estaba celebrando el compromiso de su hija, estábamos todos tan elegantes, estábamos rodeados de gente. Entonces no comprendí nada, me preguntaba si él realmente me estaba haciendo eso o si lo estaba imaginando.

                      Mientras yo pensaba todo esto, la mano seguía subiendo y ya hasta me había levantado el vestido, mi vestido precioso, tan delicado y femenino. Ahí desperté de mi colapso mental y pensé “conchetumadre, este viejo asqueroso me acaba de correr mano a vista y paciencia de todo el mundo”. Si no hubiera sido por mi suegra quien le dio un carterazo (o un servilletazo, no recuerdo), le gritó “¡suéltala!” y me dijo que me fuera para otro lado quizás yo en mi confusión hubiera seguido ahí congelada. Nunca volvimos a hablar de eso. Le conté a mi pololo pero él tampoco lo consideró muy importante, de seguro yo en el momento no lo hice tampoco entre la vergüenza y el pudor, pues estaba pasmada y ambos habíamos tomado algunos tragos.

                      La fiesta siguió, a mí me costó mucho volver a ponerme a bailar, tampoco quería que pensaran que era una amurrada o que iba a arruinarle la fiesta a los novios, que no tenían culpa de nada. Qué curioso cómo nos enseñaron a pensar que cualquier cosa o norma social  es más importante que nosotras.