Transporte público

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    Hace un tiempo, sucedió un hecho que como hombre me hizo reflexionar sobre el acoso callejero y el efecto que éste tiene en la desigualdad de género. Iba en una micro muy llena a la casa de mi polola, a eso de las ocho de la noche. Como tenía poco espacio, estaba preocupado de mantener el equilibrio para no chocar a los demás pasajeros, cada vez que el conductor frenaba fuerte. Pese a ello noté que la mujer que estaba delante mío parecía muy incómoda con que yo estuviera a su lado, ya que mi entrepierna quedaba a la altura de su hombro. No pude evitar avergonzarme ante la situación, aunque a algunos les parezca algo normal y cotidiano, y como pude me abrí paso entre las demás personas y me volteé.

    Sin embargo, quedé en frente de una niña de unos doce años. Ella iba de pie junto al asiento de una señora que, asumo, era su mamá. La niña miró hacia atrás muy incómoda, ya que inevitablemente iba muy pegado a ella, y pude ver como la señora la miró con una cara extraña, como diciéndole que tuviera cuidado. Me sentí un acosador y pese a que no estaba haciendo nada, bajé la cabeza, tomé mi mochila y me la puse en frente, asegurándoles que no pretendía tocarla de ninguna manera. El resto del camino me fui pensando en cómo tan solo por pertenecer a un grupo uno se ve encasillado en estereotipos dañinos, a pesar de no tratar de dañar a alguien, me sentía un acosador.

    Al día siguiente hablando con mi polola sobre el acoso, me contó algo que me ayudó a ordenar las ideas en mi cabeza, me dijo que cuando alguien es agredido todo el tiempo, cualquier acción se interpreta como agresión. Estas mujeres están tan habituadas al acoso callejero por parte de los hombres, que deben ir por los espacios públicos con la guardia en alto todo el tiempo. Yo fui etiquetado de victimario solo por ser hombre y ellas se sintieron víctimas solo por ser mujeres, así me di cuenta que, sea cual sea nuestra posición, este asunto nos daña a todos, y si queremos que cambie, debemos trabajar juntos como sociedad, sin importar nuestro género.

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      Un día lunes cualquiera tenía que ir a un curso de manejo en Independencia. Vivo súper lejos, así que tomé una micro que me dejara en el terminal Vespucio Norte y luego tomar la b26. En la primera micro se subió un gallo a vender parches curitas. Le compré uno y al rato, luego de pasar por todos los puestos recaudando monedas se sentó al lado mío. Abrió las piernas cuanto pudo, dejándome un espacio mínimo para leer mi libro de la escuela de conductores. Empezó a  hablar solo, contando todas las chelas que se iba a ir a tomar a su casa por el calor que hacía. Minutos antes de llegar a Vespucio Norte, este sujeto me abordó y me dijo: “¿Querí aprender a manejar?” Le respondí  “qué te importa”, bastante asustada.  Desaté su ira. Empezó a decir que las pendejas eran todas hueonas, todas eran así y que si hubiese sido su hija, me habría sacado la cresta. Me dijo que en el terminal había un amigo suyo, un “pato” que asaltaba a la gente y que le diría que me asaltara a mí cuando me viera. Se bajó del bus, me bajé y fui llorando todo el camino hacia la escuela. Primero, porque sé que hubo gente que escuchó todo. Segundo, porque no era la primera vez que me pasaba en la semana  y tercero, porque nunca más he vuelto a salir sola de mi casa, para qué decir al terminal.
      No entiendo cómo hay gente que ve estas cosas como normales. Nadie tiene derecho a hablarte en la calle, ni por un piropo lindo o malo. Los piropos son como las mentiras, no hay piadosas ni blancas, son todas una mierda. Lo que más me dolió fue que cuando se lo conté a mi hermana, lo único que atinó a decirme fue: “no debiste haberle contestado nada”. Tal vez habría sido peor.

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        Ya es claro para todos y todas que el 2015 se fue, pero no con él los problemas relacionados con el acoso callejero. Antes de que terminara el año, el sitio Refinery29 publicó una noticia de una encuesta realizada a las mujeres, quienes en un 100% aseguraron haber sufrido algún tipo de acoso en el transporte público de Francia. Como equipo OCAC quisimos traerles esta noticia.

        Piropos, silbidos, seguimiento, tocaciones indebidas y, en ocasiones, violencia sexual y violación. Todos estos son tipos de acoso callejero que las mujeres en París declararon sufrir en el transporte público.

        La estudiante de enseñanza media Zoe Coutard señaló que a los 14 años comenzó a sufrir acoso.

        “Con frecuencia, los hombres piensan que acercarse a una mujer y decirle, ‘hermosa’, es siempre un cumplido, pero no. Desde pequeñas se nos dice que de alguna u otra forma estamos en peligro. Por lo tanto, si alguien se me acerca en la calle y dice: ‘Eres sexy’, no es un halago, aterra. Como si esto fuera poco, en mi caso, nunca sé cómo va a reaccionar la otra persona si digo que no,” Coutard explicó al sitio.

        En 2015, el Consejo Superior por la Igualdad entre Hombres y Mujeres del gobierno francés publicó un informe que dejó en evidencia un desconcertante resultado: el 100% de las mujeres que fueron encuestadas en Paris, dijeron haber sufrido de algún tipo de acoso en el transporte público. Pese a que esto evidencia que el acoso sexual es un grave problema en Francia, muchos activistas piensan que el gobierno -al igual como sucede en otros países- no lo trata con la urgencia ni con la gravedad adecuada.

        No obstante, las cosas en la capital francesa están yendo en una dirección favorecedora. En octubre, el proveedor de transporte en París (RATP) dio a conocer una campaña de sensibilización de doce puntos para combatir el acoso callejero. RATP se unió a la asociación STOP Harcèlement de Rue (Detengamos el Acoso Callejero) y otras organizaciones de defensoría para crear una campaña que ofrece a los pasajeros un número de emergencia para denunciar el acoso sexual y le recuerda a los posibles acosadores sobre las severas penas a las que se exponen, y que llegan hasta los 75 mil euros y cinco años de cárcel.

        Desde marzo de 2014, STOP Harcèlement de Rue ha presentado varias acciones para combatir el acoso callejero, incluso campañas de sensibilización, marchas, intervenciones escolares, entre otras. El objetivo del grupo es educar a las mujeres sobre los tipos de acoso que existen y fomentar las intervenciones de los transeúntes en favor de las víctimas.

        Pero, ¿qué pasa en Chile?

        “Actualmente, el acoso sexual en los espacios públicos así como en los medios de transporte no está penado por ley, por lo que OCAC, a través de un grupo de parlamentarios, ingresó un proyecto de ley al Congreso en marzo de 2015, a fin de remediar esta situación y entregar las herramientas legales a las víctimas. Hay que destacar que este proyecto se está discutiendo en la Comisión de Seguridad Ciudadana de la Cámara de Diputados.  De forma paralela, se realizó una campaña de concientización en Metro para educar sobre el acoso sexual callejero”, señaló Constanza Parada, Directora del Área Jurídica de OCAC.

        Traductor: Sunday Joel Reyes Mallea

        Imagen: Rebecca Rossman, Refinery 29.

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          Cuando iba en cuarto medio, estaba usando la falda de uniforme y con mi polerón de generación nuevo. Nos subimos a la micro con mis compañeras, porque íbamos a comer algo en la Plaza de Maipú. Estábamos a punto de bajarnos y nos pusimos en la puerta, cuando de repente sentí que alguien se puso detrás de mí, pensé que se iba a bajar también. Sin embargo, sentí que me agarraron el trasero como si giraran una manilla de una puerta. Me apretó tan fuerte que salí corriendo de la micro a llorar, no pude reaccionar, ver su cara, decirle algo o contarles a mis compañeras. Nadie sabe en mi casa que me pasó eso. Traté de olvidarlo, pero es imposible y tampoco se puede hacer algo.

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            Cuando tenía 15 años, hice uno de mis primeros viajes en micro desde y hacia mi colegio. En ese tiempo existían las micros amarillas. Era hora punta. Siempre pensé que estando cerca del chofer, estaría más segura, pero no. Iba de pie, ubicada al costado del chofer y la micro iba llenísima y todos me empujaban para bajar o subir. Recuerdo que era invierno y nos permitían ir con pantalones. En una parada, entre empujones sentí una mano que me apretó en la parte más baja de mi trasero y vagina, por lo que horrorizada miré hacia atrás y no había nadie. No había tipo a quien culpar, nadie vio algo y de seguro el que me abusó bajó rápidamente de la micro. Para mí eso traspasó el límite de acoso. Tocar un cuerpo y unos genitales ajenos es abuso sexual. Desde ese momento, busqué pantalones más holgados y a usar prendas masculinas; todo para insinuarme lo menos posible. Pero seguía recibía palabrotas obscenas en la calle.

            A mis 22 años, con mi mochila cargada de libros dirigiéndome a la universidad, un tipo en evidente estado de ebriedad que se estaba tambaleando, se acercó y me tocó el trasero. Me acordé de la vez anterior, por lo que tomé mi pesado bolso y como pude lo levanté y golpeé en la cabeza al hombre; después lloré de impotencia. A mi lado había una caseta de seguridad ciudadana. El tipo que estaba ahí me preguntó qué había pasado, y yo entre lágrimas le dije que un degenerado me había tocado el trasero. Y él solo rió.

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              Para ir a mi lugar de estudio viajo diariamente en Metro, aproximadamente durante una hora y un poco más. Se dan situaciones en las que dependiendo de lo que me ponga, debo andar con más cuidado, lo que es incómodo y asqueroso. Un día, mientras subíamos en el caos que se da en Vicente Valdés, un señor comenzó a comentarme sobre cómo subíamos. Suelo viajar escuchando música para evitar tener que responder a viejos, y para poder justificarme con un “no escuché”, pero esta vez eso no bastó. El señor comenzó a irse cada vez más encima de mí, y como sabrán el espacio disponible para “hacerse a un lado” en hora punta no existe, por lo que sin querer incomodé a otras personas intentando correrme. No me importaba si alguien me decía algo, ya que solo quería evitar estar en el mismo espacio que aquel señor. Con su cuerpo seguía insistiendo, y sentía cómo casi se restregaba encima de mí. Soy una persona tímida, no normalmente, pero estas situaciones me bloquean y no sé qué hacer. Solo sabía que debía salir de ahí, pero no tenía dónde. Podía bajarme, pero me daba miedo que él hiciera otra cosa y pasara solo por “roce”. Para mi desgracia, el señor se bajaba en la misma estación que yo, por lo que intenté ir detrás de él para que no se diera cuenta de que yo también me había bajado ahí. No sé si lo logré.

              Al otro día en la mañana, para mi mala suerte, aquel señor subió en la misma estación que yo. No lo reconocí por su cara, ya que el día anterior me había dado vergüenza mirarlo, pero si por su ropa. Usaba el mismo asqueroso polerón de polar azul, lo reconocí por el puño al afirmarse y se ubicó justo atrás mío; la situación fue la misma. No sabía qué hacer, quería llorar y pedir ayuda, pero la verdad es que no me atreví. Cuando bajé en Vicente Valdés, aquel señor también lo hizo, por lo que quise mezclarme entre la gente y no lo logré. Al subir al nuevo carro el señor quedó a un cierta distancia de mí, ahí fue cuando lo miré y él también me miró, quise saber quién era, porque me propuse no dejar que hiciera lo mismo. Con el transcurso del viaje, y mientras algunos subían y otros bajaban, los que nos quedábamos arriba “nos acomodábamos” como podíamos. Quise creer que aquel señor no iría donde yo estaba, pero me equivoqué, se puso atrás mío a puntearme derechamente. Pensé en gritarle; quería hacerlo; pero una vez más me congelé y solo atiné a “intentar correrme” de ahí aunque eso incomodara a otros.

              Las personas me vieron incómoda, pero nadie dijo nada. No era su obligación, pero si lo hubieran hecho me habrían ayudado mucho. Tengo la gracia de no volver a verlo, pero el temor siempre está ahí. Intento recordar su cara y su ropa para no confundirme si lo veo. La verdad es que tengo miedo de verlo, de saber que es él, de que me reconozca, de ser estúpida y de no volver a hacer nada. Porque a pesar de que anhelo no viajar más en metro en hora punta, no puedo dejar de hacerlo, no puedo dejar mis estudios por esto.

              Cuento esto porque la verdad no se lo he contado a nadie y necesitaba hacerlo. Viajar con temor es horrible, puede por ser el mismo hombre, puede ser otro, pero no puede ser que esto siga pasando.

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                Les comento que soy una estudiante universitaria de 23 años, y actualmente estoy en mi último curso. Mi apariencia física es como la de una adolescente, especialmente mi rostro, incluso aquellos que no me conocen me consideran de 16 años. Desde hace al menos 3 años, he sido reiteradas veces víctima de acoso callejero.

                La primera, ocurrió cuando tenía 15 años. Un hombre me siguió hasta mi establecimiento sin dejar de observarme. Mis padres me aconsejaron que cambiara el horario en el que llegaba y lo hice. Después de eso no volvió a ocurrir nada, por lo que no me preocupe más del tema.

                Uno de los episodios más fuertes que he vivido, fue hace un par de años. Iba viajando en un bus lleno y un hombre se quedó parado detrás mío. Como no tenía espacio para moverme, el tipo se quedó ahí y puso sus brazos muy cerca de mí pero sin tocarme. Sin embargo, sentí como me “punteaba” descaradamente y nadie me ayudó. Intente correrme, pero no me dejó y cada vez que recuerdo esto vuelve a mí la impotencia y el asco que sentí. Luego él se bajó y yo quedé en blanco sin saber qué hacer. No le conté a mi familia, ya que no me dejarían seguir haciendo los viajes como siempre; todo esto me lo guardé con la esperanza de no volver a ver a este sujeto. Desde ese día, tengo cuidado de quienes se acercan y cómo me miran.

                En otras ocasiones los hombres que me encuentro en el trayecto de salida de la universidad se me cruzan para tirarme besos, decirme cosas de connotación sexual o algún tipo de frase que no se atreven a decir en frente de más público. Nunca son las mismas personas, pero la inseguridad sigue siendo la misma.

                No le cuento esto a otras personas, en primer lugar por el miedo de que me culpen a mí misma de provocar estas conductas. Yo no me visto provocativamente, no me gustan los escotes ni andar con
                faldas. Además, me he percatado que las veces que más me han molestado, siempre ha sido cuando ando más tapada, con ropa suelta y con una apariencia más infantil. En segundo, porque no hay nadie que le dé la importancia que tiene a esta problemática. Muchos dicen que le pongo mucho ‘‘color’’, incluso cuando estas situaciones me hacen sentirme pasada a llevar como mujer y como persona. Y en tercer lugar, mi familia es muy conservadora, por lo que esto es un tema tabú, pese a que mis primas también podrían llegar a sufrir los mismos abusos que yo.

                Esto es lo que quería contar, ya que llevo mucho tiempo con esto guardado. Espero que estas acciones el día de mañana sean sancionadas y el acoso callejero se considere un delito.

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                  Tengo varias experiencias que compartir aquí, pero cuento esta porque es la más reciente y una de las que más me ha afectado anímicamente.

                  Hace una semana vino a verme desde el sur mi mamá. Como vivimos lejos, vernos es un gran acontecimiento, así que salimos a comer algo rico a Providencia. Sabía que a la vuelta tendríamos que tomar la tristemente conocida micro 210, así que comimos y pagamos rápido para volver temprano, a eso de las 12:00 de la noche. Como cualquier día viernes, la micro venía llena con mucha gente tomando y fumando arriba. Yo soy emetofóbica (fobia al vómito), y justo tuve la mala suerte de que un hombre se puso a vomitar (de borracho) arriba de la micro, cerca de donde estábamos con mi mamá. Me puse muy nerviosa y avancé hasta el frente como pude (los que tienen alguna fobia entenderán que no fue de exagerada, sino para evitar un ataque de pánico), sin embargo mi mamá no pudo pasar con toda la gente que había, así que se quedó atrás. Mientras me sujetaba como podía, porque estaba tiritando y llorando por lo que acababa de ver, sentí una mano tocándome por atrás, fuerte, sin disimulo ni vergüenza. No fue un agarrón cualquiera, su dedo índice presionaba con fuerza mi vagina por sobre la ropa. Me quedé helada. Nadie, nunca, ni siquiera con mi consentimiento, me había tocado así, con esa brutalidad. Normalmente cuando me gritan cosas en la calle les respondo o al menos les hago algún gesto, pero iba tan mal con lo que acababa de pasar que no atiné a nada, solo a darme vuelta para que parara. Vi que era un niño, no mayor que yo, y me dio demasiada rabia la liviandad con que se tomaba lo que acababa de hacer. Ni siquiera le dio vergüenza que lo identificara. No ocultó su cara. Y yo que no había hecho nada malo, que había caminado a ese lugar de la micro buscando sentirme segura después de algo que había sido traumático, me tocó sentir culpa, vergüenza e impotencia. Agaché la cara y contuve las lágrimas, como si hubiera sido mi responsabilidad que me ultrajaran y por haber estado justo en ese lugar.

                  Cuando nos bajamos, mi mamá asumió que seguía llorando por lo del viejo vomitando. Me consoló y me preparó un tecito. Cuando le conté, me dijo que no tomara nunca más esa micro. Luego le comenté a mi pololo y me dijo: “Pucha amor, que tienes mala suerte”. Pero lo peor fue contarle a mi papá, cito textual: “Tú eres tonta, como vas a andar sola en la micro a esa hora. Si un día te violan va a ser culpa tuya, de nadie más que tuya”.

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                    Tengo 25 años y desde los trece  que he sido víctima de acoso callejero en incontables ocasiones.  Antes de contar mi primera experiencia, quisiera realizar algunas observaciones hacia las mujeres que sufrimos esto. Soy parte de esta comunidad desde que empezó en Facebook y siempre he leído lo mismo. La mayoría de los testimonios inician describiendo la ropa que llevaban puesta y contando que esta no era provocativa. Si nosotras iniciamos nuestros relatos describiendo la “ropa no provocativa” que llevábamos puesta. Ese es el primer error: ningún tipo de ropa justifica un acoso. Usted puede salir a la calle en bikini y nadie tiene derecho a tocarla sin su autorización. Hay que eliminar de nuestra cabeza y vocabulario eso de “ropa no provocativa”. Primero, porque es injusto contra nosotras mismas y es una forma de justificar el acoso. Segundo, porque los hombres son seres pensantes, por lo que pueden evitar “provocarse”.

                    Mi segunda crítica es hacia nuestras madres y abuelas que más de alguna vez dijeron la frase “preocúpate cuando no te griten” o “te gritan porque eres bonita”. O sea que ¿nosotras necesitamos la aprobación de un hombre para considerarnos bonitas? No es así, las mujeres valen por sí misma y no necesitan la aprobación de nadie.

                    Luego de esto les cuento mi experiencia. A pesar de ser una mujer de carácter fuerte, nunca he tenido la suficiente personalidad para enfrentar el acoso. Me da miedo la reacción de la otra persona, no sé cómo enfrentar la violencia. Me da susto que estos tipos lleguen más lejos, que me golpeen o algo peor.  En ese entonces, tenía doce años. Era una niña, nunca había dado un beso, ni siquiera me había gustado alguien, de hecho aún jugaba con mi hermana a las muñecas y mi primera experiencia con el sexo opuesto fue a través del acoso de este tipo. Iba caminando hacia la casa de mi mejor amiga, cuando pasó un tipo de unos sesenta años en bicicleta que me agarró el trasero de una manera tan fuerte e invasiva, que me llegó a levantar del suelo. Quedé en blanco, en shock, sin poder ni hablar. El tipo se dio vuelta a mirar mi reacción y me sonrió. Yo quede allí, de pie, sin poder decir una palabra e inmovilizada. Después de un rato y con un hilo de voz le grité: “Viejo cochino”, (creo que ni me escucho).  Llegué tiritando y llorando a la casa de mi amiga. No podía explicarle lo que me había pasado, entonces se quedó conmigo haciéndome cariño durante horas, mientras yo no paraba de llorar, porque me sentía muy sucia y casi violada. Tuvieron que llamar a mi mama porque no me atrevía a irme sola. Luego en mi casa, lloré toda la noche. Me sentía culpable y no comprendía qué hice para pasar por eso, no entendía por qué lo hizo si el era mayor que mi abuelo, ni qué le podía ver a  una niña de 12 años.

                    Luego de eso me ha pasado en innumerables acosos callejeros, así que aprendí a evitar calles peligrosas, a cruzar si viene alguien sospechoso en frente, a no mirar ni sonreír en la calle, y no salir sola de noche, porque de lo contrario me acosan. La única forma que no me suceda es si salgo con mi novio, recién ahí soy una persona que merece respeto, a la que no le gritan ni tocan. Es injusto que solo de la mano de un hombre uno pueda caminar tranquila, me quitaron el uso de los espacios públicos desde que tengo 12 años y eso debe cambiar, eduquemos a nuestra familia, que nuestros abuelos, padres, tíos, primos, sepan que esto pasa, molesta y es una forma de violencia. Creo que si partimos por nuestro entorno de a poco esto irá cambiando.

                     

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                      Toda mi vida he debido soportar el acoso de hombres. La naturaleza me hizo dotada, pero ¿qué culpa tengo yo? ¡Es mi cuerpo! Cuando tenía 16 años, estaba caminando con uniforme por Av. Departamental a las 16:00 horas, cuando pasó un tipo en bicicleta. Yo iba a ver a mi abuelita y de repente, el hombre se acercó mucho, estiró su mano hacia mis senos y los tocó. No podría describir el sentimiento de violación que sentí, le grité un par de cosas, pero siguió tranquilamente andando en su bicicleta. Para evitar este tipo de situaciones, me he tapado para que no me miren, pero igual lo hacen, así que aprendí que debía protegerme y enfrentarlos. Siempre los enfrento y les pregunto qué miran, si se les perdió algo o les digo que yo podría ser su hija, pero en general desvían la mirada y desaparecen.

                      A mis 28 años, tenía superados estos eventos y logré dejar de lado el hecho de que me afecten, aprendí a vivir con ellos y enfrentarlos, eso hasta hace dos meses. Iba en la micro 210 a las 14:00 horas en el último asiento, cuando dos tipos caminaron hacia el fondo, me miraron y se sentaron separados. Ambos empezaron a masturbarse por separado, riéndose de la situación. Yo atiné a pararme y decirles que eran unos asquerosos, pero entre risas me dijeron: ”Uy, la santa” y entre carcajadas se bajaron. Estaba indignada. Me pregunto ¿por qué tenemos que soportar esto? ¿Por qué no podemos andar tranquilas? Incluso en el metro estamos muy expuestas a tocaciones, sin capacidad de ver si son intencionados o no. Debemos tratar de salvar nuestra integridad como sea, deberíamos poder caminar y vestirnos como queramos, donde queramos y ¡en paz!