vulnerabilidad

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    Últimamente he estado muy interesada en el tema del acoso sexual callejero, porque sé la impotencia que se siente cuando viejos degenerados (lo digo así porque no hay otra forma de referirse a ellos) abusan de tu espacio y de tu libertad de tránsito; y lo hacen de tal manera que te hacen sentir vulnerable y violentada. Me ha pasado tantas veces que ya ni recuerdo la cantidad. He sufrido de piropos, tocaciones, seguimientos, alusiones sexuales a mi cuerpo, entre otras cosas. Y lo que más me enfurece es que he quedado tan frágil que no he podido responder.

    Una de mis peores experiencias ocurrió cuando tenía 13 años y venía de vuelta de la playa con una amiga. Un tipo viejo nos empezó a seguir y me asusté mucho, ya que él estaba cada vez más cerca. Caminaba hacia mí de forma tan intimidante que mi corazón se aceleró y mis piernas empezaron a temblar. Finalmente el viejo se acercó, me tocó el poto y me dijo al oído: “Tan hermosa que es usted”. Yo no sabía qué hacer hasta que un cuidador de autos le empezó a gritar que era degenerado y el acosador se fue. Desde ese día que siento un constante temor a salir sola a la calle. Además, ya me han pasado muchas cosas más como palabras al oído, agarrones o punteos en la micro que me hacen sentir, además de vulnerable, víctima de acoso.

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      Era verano, estaba de vacaciones y tenía una de esas piscinas armables. Hacía mucho calor, así que partí al patio con mi traje de baño puesto. Alcancé a bañarme unos diez minutos, cuando mi nana, que había estado un rato en el patio tendiendo ropa, se me acercó muy seria y me dijo “ándate pa’ dentro que ese señor te está mirando”. Yo ni siquiera me había percatado que había un hombre en el techo de la casa de al lado haciendo arreglos. Cuando lo miré, se hizo el hueón.

      En ese entonces no comprendí nada, no procesé nada, sólo obedecí y me entré. Pero ahora me doy cuenta de por qué me tuve que entrar y por qué ese señor me miraba. No estaba usando bikini, ¡ni me habían crecido las pechugas! Pero el señor aun así me había estado mirando. ¿Cómo tanto? ¿Cómo?

      Nunca toqué el tema con mi nana. Cuando fui más grande me acordé de eso y me sentí vulnerable. No me pude bañar en mi piscina, en mi propia casa, porque un viejo de la contru me miraba raro.

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        Cuando estaba en la enseñanza media, el liceo me quedaba muy lejos. Yo vivo en Maipú y tenía que ir hasta Providencia para estudiar, así que siempre debía tomar micro. Un día, cuando tenía dieciséis años, venía caminando desde el paradero de la micro a mi casa (aproximadamente dos cuadras) y un tipo en bicicleta comenzó a pedalear lentamente a mi lado, siguiéndome.

        No me decía nada, pero yo sabía que me estaba mirando las piernas y el trasero, podía ver la lujuria en sus ojos. Aunque yo tampoco entendía por qué me miraba tanto si yo andaba con un jumper que no era corto; con los años aprendí que eso daba igual. Cuando faltaba muy poco para llegar a mi casa, vi al tipo adelantarme y meterse a mi pasaje, como si supiera que yo vivía ahí.

        Cuando yo entré al pasaje, él estaba justo afuera de mi casa, masturbándose. A esa hora mi casa estaba vacía, así que por ningún motivo pensé en entrar. Seguí caminando sin mirarlo y me fui a la casa de una vecina, en shock. Al entrar rompí en llanto y la abracé.

        Nunca me había sentido tan vulnerable en mi vida, me sentía solamente un objeto de diversión del tipo, como si él tuviera un gran poder sobre mí para hacer lo que quisiera. Llamé a mis padres y quedé en esperar a que llegaran donde mi vecina.

        El año pasado, ya siendo universitaria, me fui en la mañana a la universidad, pero en el camino comencé a sentirme muy enferma, así que me bajé en la Plaza de Maipú y tomé una micro de vuelta a mi casa. Al caminar, vi a un tipo extraño que caminaba muy cerca mío, pero como habían más personas no me preocupé, ya que el tipo me adelantó y le perdí el rastro. O eso yo creía.

        Al entrar a mi pasaje él estaba parado en la esquina con el pasaje adyacente, yo venía con unas ganas de vomitar increíbles y tenía las llaves en la mano, así que decidí entrar a mi casa lo más rápido posible gritando “mamá, mamá”, sólo para que él creyera que mi familia estaba en la casa. Cuando cerré la reja él comenzó a acercarse y pude ver su cara.

        Todos los recuerdos volvieron a mí: era el mismo tipo que vi masturbándose en mi adolescencia. Entré y llamé a mi pololo llorando, él dijo que si lo veía lo mataba y cosas así. Después estuve todo el día pensando en ello, sintiéndome vulnerable otra vez. ¿Y si él entraba a mi casa? ¿Y si me violaba adentro?. Es la peor sensación del mundo porque no era un tipo cualquiera, era el mismo que ya me había acosado antes.

        Me preocupa que cosas así pasen, vivo cerca de colegios y veo todos los días niñas pequeñas hacer el mismo recorrido que yo. No denuncié en su momento porque no tenía un nombre, sólo tenía un rostro clavado en mi mente. Al día de hoy no lo he vuelto a ver, pero siempre que camino de la micro a mi casa siento terror de encontrarlo.