“Mete su mano por debajo de mi jumper, estaba tan asustada que solo atiné a pedirle a mi hermana que corriera”

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    Eran los primeros días de primavera, estaba en octavo básico, acababa de cumplir 13 años. Siempre, toda la vida, había usado el jumper ancho hasta la rodilla, porque mi mamá me repetía siempre que era mejor así para no llamar la atención de nadie. Pero ese año, como cualquier adolescente, quería sentirme bonita, le rogué por varias semanas a mi mamá que me permitiera ajustar el jumper -que era dos tallas más grande- y me dejara hacerle basta unos seis dedos por encima de la rodilla, como lo usaban el resto de mis compañeras. Luego de muchas vacilaciones, mi madre aceptó.

    Ese día, iba al colegio sola con mi hermana de nueve años. Como todos los días, era el primer día que fui al colegio feliz con mi nuevo jumper. De pronto, por el camino, veo a lo lejos unas mas allá antes veo un tipo desconocido que mira insistentemente hacia nosotras. Me siento un poco asustada, pero tras verlo desaparecer, me tranquilizo y sigo avanzando.

    Unos cinco minutos más tarde, el tipo aparece tras nosotras y me mete su mano por debajo del jumper. Pensé lo peor, estaba tan asustada que solo atiné a pedirle a mi hermana que corriera hasta el colegio. Fue lo ultimo que alcancé a decir, antes de que mi voz se paralizara sin poder articular otra palabra. Producto del impacto, también se me nubló la vista y al voltearme sólo pude ver una silueta gris de un hombre de unos 30 años que me observaba sonriente mientras yo lloraba paralizada. Luego de unos minutos, corrió victorioso. Llegué al colegio llorando, los inspectores llamaron a mi mamá, quien vino a retirarme y me llevó a la casa, me acogió y contuvo por supuesto, pero también me dijo: “viste, te dije que no arreglaras el jumper”.